Aclaración: En esta historia, los nombres son cambiados por una cuestión de respeto a sus protagonistas.
Las discusiones en la pareja son algo
frecuente, pero no son algo a lo que uno se acostumbre, como sí puede hacerlo a
dormir de costado o al ritual de las mañanas al levantarse. Siempre dejan
huellas profundas que, como en un lodazal, se marcan con facilidad y tardan en
borrarse. Y no es rencor lo que queda, sino dolor. A veces se puede disfrazar
de enojo para aparentar entereza y seguridad, pero, en el fondo, duele mucho.
Hace poco leí una parábola que explica que
cuando las personas se enojan, gritan porque sus corazones se alejan. Y creo
que ese debe ser el factor más doloroso, porque tenés a la persona a pocos centímetros
de vos, pero emocionalmente están tan lejos que, pareciera, los gritos son la
única vía de comunicación. Y si a los gritos se le suman insultos o agresiones,
el filo de esas palabras y actos hieren más…
Las palabras salen de esas bocas casi sin filtro,
pronunciando los adjetivos que jamás saldrían si ambas personas estuvieran
tranquilas. Esa falta de filtro, probablemente, permite que cada uno desahogue
las molestias cotidianas: las propias y las que el otro le genera. Pero no es
la mejor manera de resolver una diferencia entre dos almas que se aman.
Creo que la evolución nos proveyó de voz y
razonamiento para poder comunicarnos, y parte de esa comunicación es resolver
las diferencias hablando. Pero aún somos una especie joven (hablando en términos
evolutivos) y siguen vivos los vestigios más primitivos de nuestros
antepasados. Pero no me voy a ir por las ramas (justamente, como nuestros
antepasados).
El tema es que, cuando discutimos
acaloradamente con nuestra pareja porque hay diferencias grandes y difíciles de
consensuar, terminamos heridos y cansados. He leído y escuchado que lo lindo de
las peleas son las reconciliaciones, como si el premio a la tolerancia ante esa
ola de violencia fuera unos minutos de sexo y placer. Eso no tiene gollete
(como dice mi vieja, cuando algo no tiene sentido). Entre las historias, he
rescatado una que conocí en primera persona, muy de cerca. Ellos son Carlos y
Laura (por llamarlos de alguna manera), se encontraron de grandes, con una vida
llena de experiencias amorosas frustradas, además de los golpes que la vida le
haya asestado a cada uno a lo largo de los años. Ninguno tenía hijos, aunque sí
había un deseo de concebir, aunque sea uno.
Ambos tenían mucho que aprender y aprehender
del otro, más allá de poseer un fuerte carácter a la hora de soltar los enojos.
Entonces, eran una pareja de dos seres muy sensibles y proclives a los enojos,
aunque eran mucho más proclives al sufrimiento que la frustración acarreaba en
ellos cuando bajaba la intensidad del encontronazo.
Ambos venían de un día cansador, el trabajo y
la vida se habían puesto de acuerdo para joder a estos dos infelices que debían
encontrarse a la noche, como todos los días. Resulta que Carlos es un despelote
con los horarios, tiene casi 40 años y sigue llegando tarde a casi todos lados;
suele decir que el día que se muera va a llegar tarde a su propio velatorio (y,
quienes lo conocemos, sabemos que es muy posible que así sea). Laura, en
cambio, es despelotada, pero también muy autoexigente: vive tensa, porque no
llega a cumplir casi ninguna de las múltiples actividades que se propone en el
día, además de los cursos en los que se inscribe y la enorme carga horaria que
tiene en su trabajo. Con semejante panorama, ambos son una pila de nervios y
cualquier dificultad puede llevarlos a una explosión más dañina que un cachorro
en una fábrica de ropa.
Esa noche, como casi todos los días, él llegó
tarde. Ella estaba enojada porque no encontraba una campera que necesitaba,
además que le hinchaba soberanamente las pelotas que él siempre se demore o
provoque demoras (como aquella vez que se tenían que ir a ver el partido en la
filial de Racing y cuando estaban por salir, a él se le antojó ir al baño).
Carlos llegó, abrió la puerta y lanzó su habitual saludo:
- ¡Holaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! -con un
tono jocoso y juguetón.
Pero la respuesta fue una gran cara que culo,
tanto que Carlos no supo si el “hola” que ella le respondió, era su voz apagada
o un pedo sordo. Ninguna de las dos cosas: ese “hola” casi imperceptible al
oído humano, fue la advertencia de la tormenta, el relámpago que antecede al
trueno.
- ¿Qué te pasa? -el tono de Carlos
había bajado y denostaba hastío.
No tenía ganas de otra discusión, pero se la
veía venir.
Ella es muy irascible y él también, la única
diferencia está en que Carlos no es tan impulsivo como Laura, que tiene la
capacidad de reaccionar después que explota. Y así fue…
A medida que la discusión avanzaba y recorría
el departamento, también avanzaba la angustia y la frustración, que se
camuflaba en el ímpetu que cada uno ponía a sus argumentos para ganarla.
Finalmente, él se sentó en un taburete y se acodó en la barra que divide la
cocina del comedor; ella se apoyó en la mesada de la cocina. Estaban separados
por el calor de la discusión, pero también lo estaban físicamente por aquella
barra que hacía las veces de muralla protectora, como si eso pudiera detener los
proyectiles que salían de aquellas bocas enfurecidas.
Para resumir la historia, ella le echó en cara
todas las cosas que le molestaban de él, lógicamente, haciendo una liberadora
catarsis que duró largos y agotadores minutos. Él no se quedó callado y también
respondió, primero intentando frenarla con preguntas (incisivas) y luego con
afirmaciones que, en lugar de detener la pelea, sólo la potenciaron. Algo así
como cuando uno le avienta oxígeno al asado para que la llama se haga más
fuerte; lo mismo, pero en vez de tratarse del cálido y dulce fuego del amor, se
trataba del infernal fuego del desamor (porque, digan lo que digan, las peleas
en la pareja son uno de los más grandes actos de desamor). Laura rodeó la barra
y se posicionó frente a Carlos, y el tono de la discusión se elevó hasta el
punto de ebullición. Pero, repentinamente, las voces se callaron y el silencio
se adueñó de la escena; la bomba había explotado entre las manos de ambos y
ahora sólo quedaba el sordo e incómodo silencio entre los escombros de sus
almas desgarradas.
Él se quedó sentado en el taburete, junto a la
barra que no había podido protegerlo de las palabras de Laura; ella también
estaba herida y se sentó en el otro taburete, quedando frente a él. Retomó la
palabra, pero esta vez hablando de ella, del dolor que le causaba sentirse
lejos de su familia y principales afectos; decía no entender por qué siempre la
dejaron de lado, desde que era chica, y siempre hubo favoritismo hacia su
hermano por parte de su madre, su padre y su abuela.
- ¡Me quiero ir con mi abuelo!
-dijo, y rompió en llanto.
Un llanto demasiado potente como para que Carlos
se mantuviera ajeno. Antes que él extendiera un músculo de su brazo derecho
para abrazarla, ella se adelantó y lo hizo primero. Él, manteniendo el
silencio, la replicó en el gesto y ahí se quedó. También necesitaba descansar
en los brazos de Laura, pero se sentía tan dolido que apenas si podía respirar.
Las palabras de ella, más allá del daño que le hicieron, lo habían hecho
reflexionar profundamente; habían calado muy hondo en él y le habían develado
una realidad que no estaba viendo: ella se había cansado de la monotonía de la
relación. ¿Sería el final? ¿Acaso se terminaría aquella relación que él tanto
había deseado, por culpa de sus estructuras y falta de atención hacia ella?
“¡¿Cuándo vas a aprender, Carlos?!” Se decía a
sí mismo, pensando. Ella, pasada la efusión del llanto y habiendo recuperado un
poco el aliento, le preguntó:
- ¿Qué pensás?
Carlos se mantuvo en silencio unos minutos y
luego respondió con un hilo de voz:
- Nada… Me siento para el orto…
Y ahí se quedó, no dijo más nada por un rato.
Luego, aún abrazado a Laura, le respondió. Había necesitado más tiempo para
elaborar la respuesta, para elegir las palabras y hablar desde la razón en
lugar de hacerlo desde el dolor, porque sabía que una palabra mal dicha o un
tono equivocado, podía encender otra vez aquella disputa.
- Yo me comprometo a cambiar mis
estructuras y tratar de llegar a tiempo; es algo muy difícil, lo que me estás
pidiendo… -dijo Carlos, con el mismo tono de voz- Pero a cambio te pido que no
vuelvas a maltratarme, que pienses un poco lo que me vas a decir, antes de
largarme lo primero que se te viene a la boca…
Laura volvió a abrazarlo y así se quedó un
largo rato, en silencio, apenas sollozando. La calma retornaba al departamento,
mientras ambos se contenían en un abrazo que intentaba reparar las roturas internas
de cada uno.
Eran casi las 23.00 y el hambre los obligó a
plantearse que, ahora que la furia había calmado, debían preparar algo para comer.
Cocinar juntos siempre ayuda en la unión y el acercamiento, ellos suelen
hacerlo por el gusto compartido del arte culinario y ese fue el manto de piedad
que ambos necesitaban. En realidad, no se jugaron mucho para cocinar:
simplemente recalentaron una sopa que había sobrado del día anterior y le
agregaron unos fideos mostacholes “de colores”, pusieron la novela que están
viendo por YouTube (una que pasaron cuando ambos eran muy chicos y que, por
nostalgia o por buscar un entretenimiento, decidieron comenzar a ver cada
noche: Más Allá del Horizonte), y una vez que todo estaba listo se sentaron a
cenar.
Cuando terminaron de lavar los platos y ver
dos capítulos seguidos, el sueño comenzó a ganar terreno. Apagaron la
computadora, juntaron lo que quedaba en la mesa, Laura fue a cepillarse los
dientes y luego la siguió Carlos; finalmente, y un poco empujados por el frío,
ambos se metieron en la cama. Se abrazaron y besaron, volviendo a encontrarse,
pero no hubo la reconciliación que profesan los amantes del melodrama del amor.
El sexo quedó postergado para otro día, porque estaban cansados y debían
madrugar (y el reloj seguía avanzando hacia el amanecer), así que se durmieron
abrazados y tranquilos, brindándose mutuamente su calor, además del calor
proporcionado por una estufita extra: la gata se echó a dormir sobre ellos.
Aquella batalla no había dejado vencedores ni
vencidos, nadie pudo adjudicarse laureles; sólo quedaron dos almas exhaustas
por el fragor de una pelea que comenzó por un evento repetido que desgastó
silenciosamente la paciencia de Laura. Habían podido conciliar las diferencias
con palabras, pero las heridas aún seguían abiertas y la sensibilidad estaba a
flor de piel. Carlos había decidido quedarse a dormir con ella por dos motivos:
primero, porque estaba cansado y con mucho sueño, y no le parecía prudente
conducir en ese estado; y segundo, porque necesitaba abrazar a Laura y ser
abrazado por ella. Sus ojos se cerraron, las respiraciones se hicieron cada vez
más sutiles, y el “arrorró” final fue el ronroneo de la gata.
La luz de la mañana llegó con su frío
resplandor e inundó lentamente la habitación, atravesando tímidamente las
cortinas oscuras de la ventana. Kicky, la gatita, aún seguía durmiendo entre
ellos; Carlos, apenas sonó la alarma de su despertador, la dejó sonar unos
minutos para despabilarse, mientras Laura remoloneaba en su lado de la cama.
Una cosa que les resulta curiosa es que siempre se duermen abrazados y se
despiertan alejados. “¿Significará algo?”, se preguntó Laura en varias
ocasiones. Carlos cree que es solamente porque están acostumbrados a dormir
solos, pero ninguna de las posturas tiene demasiado sentido.
El desayuno fue casi sin palabras, aunque él
se permitió hacer algún chiste sutil buscando provocar la risa de su novia, pero
sin demasiado éxito. A ella no le gustaba reírse cuando se levantaba. Aquella
mañana, Laura se fue a trabajar y Carlos se quedó en el departamento para
acomodar la mesa y lavar las tazas usadas en el desayuno, luego se fue.
Como todos los días, apenas llegó al portón de
entrada de su casa, saludó a los perros de la calle que siempre vienen a
recibirlo y a buscar mimos y comida, una vez que ingresó a su propiedad saludó
a sus perros y a su gato, que también se acercaron a recibirlo, entre ladridos
y maullidos. Giró la llave y siguió pensando en las palabras de su novia, esas
que lo habían hecho reflexionar y encontrarse con la dura verdad que no estaba
queriendo ver. Dejó la mochila en una silla y puso a calentar el agua en la
pava eléctrica; mientras seguía pensando, preparó el mate.
La radio, siempre sintonizada en la misma AM,
lo había recibido con la voz de Miguel Clariá que estaba hablando con un
entrevistado. Carlos permaneció en silencio, escuchando a sus pensamientos más
que a la radio, como cuando un equipo de rescate hace el relevamiento de los
daños después de un huracán.
Se sentó frente a la computadora y cebó el
primer mate. Mientras observaba el vaporcito de agua saliendo por entre la
yerba seca, la encendió; se quedó unos segundos mirando la pantalla, intentando
ordenar sus ideas.
Después de tomarse otro mate, colocó sus dedos
sobre el teclado y comenzó a escribir…