Aprovechando que mayo es el mes del trabajo,
me pareció copado escribir sobre mi historia con la actividad laboral, la que
comencé a realizar siendo muy joven.
Empecé en este mundo del laburo cuando era
apenas un pibe de 16 años, vivíamos del sueldo de mi vieja, que trabajaba como
empleada doméstica en una casa de familia y, a decir verdad, las cosas se
complicaban. A esa edad, yo era muy idílico y creía que, por ser varón, debía
ocupar el rol del hombre de la casa. Y los mandatos sociales decían (siempre
dijeron) que el hombre debe ser el que trae el sustento de la casa. Si bien no
lo sentía así, asumía la responsabilidad de contribuir a la economía doméstica
y, principalmente, ayudar a mi vieja.
Ella se deslomaba trabajando mañana y tarde,
levantándose a las 07.00, cortando a las 14.00 y volviendo a trabajar a las
16.00 para terminar a las 21.00. Ese trajín duró casi 10 años (pueden haber
sido 11 o 12, no lo recuerdo con nitidez). Yo la veía esforzarse para
administrar la plata que ganaba para comprar la comida, pagar los servicios,
comprarme lo necesario para la escuela, alimentar al perro y también para que
yo saliera los fines de semana. Algún que otro gasto extra debía bancarse
también con la plata de ella y a eso sumarle los créditos que iba sacando para
hacer arreglos en la casa.
Como me pesaba ser un mantenido, pese a que
ella no estaba muy de acuerdo (en el fondo, creo que sentía alivio al saber que
yo quisiera laburar) y gracias a un amigo que me ofreció trabajar en la fábrica
de su familia, es que pude dar mis primeros pasos en el mundo laboral. Gracias
a mi decisión de trabajar y al ofrecimiento de Martín (así se llama mi amigo)
empecé este camino de ida en el que uno aprende a disfrutar del sabroso fruto
del trabajo. Ni esfuerzo ni sacrificio ni lucha, como venden los gremialistas.
¡No! Desde muy joven y, pese a la rebeldía propia de la adolescencia, tuve en
claro que el trabajo no implica una lucha, sino todo lo contrario. Y, con el
correr de los años, entendí aún más y profundicé mis conceptos sobre el
trabajo: sea cual sea el área en que uno se desempeñe, es un auténtico trabajo
en equipo. Porque, por citar el ejemplo de mi experiencia, en una fábrica todos
debemos llevar a cabo nuestra tarea, que es el eslabón que nos toca ocupar en
la cadena de producción, y al final de esa cadena se consigue el producto
final; si uno es enfermero pasa lo mismo, y también si se trabaja de
telefonista, peón de albañil, en un estudio contable, en la secretaría de un
abogado, si sos dueño, si sos operador de radio, escritor, malabarista en una
compañía de teatro, etcétera, etcétera, etcétera. En cualquier rubro que nos
desempeñemos, siempre trabajamos en equipo, y eso es importantísimo saberlo,
aceptarlo y llevarlo a cabo con la dignidad que el puesto ocupado merece.
La experiencia fabril fue muy constructiva,
porque aprendí mucho sobre la inyección de plásticos, los diferentes tipos de polímeros
que usábamos, cómo utilizar algunas herramientas, cómo funciona (a grandes
rasgos) una máquina inyectora, un deshumificador (un aparato que le quita la
humedad al plástico), y la cantidad de pasos que hay desde que abrís la bolsa
de materia prima hasta el producto final.
Entré en el verano de 2000 y trabajé
aproximadamente 7 años (meses más, meses menos) hasta que, después de mandarme
varias cagadas, decidí renunciar, asesorado por un amigo abogado que me ayudó a
irme dejando las cosas bien, porque estaba muy agradecido por la oportunidad,
pero ya no me hallaba en ese trabajo.
Después de renunciar quise emprender como
productor y conductor de radio, haciendo un programa que salía de lunes a
viernes. Siempre fui un desastre vendiendo, así que no pude tener una mísera
publicidad en los meses que estuve haciendo el programa. Y, mientras tanto,
para sobrevivir, hice una changa con el tío de la novia que tenía en ese tiempo,
que era tapicero; también imprimí varias copias de mi currículum y empecé a
mandar a las vacantes que aparecían en los Avisos Clasificados del diario El
Informe hasta que, por octubre o noviembre de 2007, me llamaron de una empresa
para ocupar una vacante en un call center. Asistí a las entrevistas de admisión
y a los pocos días me llamaron para decirme que comenzaba con las pruebas. Fue
toda una experiencia, porque nunca había trabajado en una oficina… Cuando
entré, fue como en esas películas yanquis, en que los trabajadores tienen boxes
individuales y todos están metidos en su computadora y su teléfono; bueno, así
fue la primera impresión que tuve cuando entré a ese enorme lugar, repleto de
boxes verdes y gente hablando por teléfono. Yo veía a esas mujeres hablando por
teléfono todas juntas y a la vez, manejando una envidiable concentración para
no distraerse con las conversaciones de las demás compañeras.
En ese call center estuve casi tres años y
medio, y aprendí a trabajar los sábados, los domingos y los feriados, además
que el primer año me tocó año nuevo a la noche… ¡Un infierno! Si bien ya venía
haciendo el turno noche (que estaba solo, porque los servicios no eran tantos),
esa fue la noche más larga y estresante de todas. Cuando se hicieron las seis
de la mañana, hora en que terminaba mi turno, estaba completamente agotado. El
estrés no era por estar un año nuevo atendiendo el teléfono, sino, como era un
call center del servicio de grúas de una compañía de seguros, mi misión era
enviar un auxilio a cualquier asociado que me lo pidiera. Pero un 31 de
diciembre a la noche, pedirle a una grúa que salga a remolcar a un tipo que se
quedó a 100 kilómetros de su destino, era muy difícil y había que llamar a
otros prestadores hasta conseguir uno. Y, mientras tanto, había que atajar los
reclamos del socio que esperaba la grúa. Así fue durante las primeras horas de
la noche, con varios asociados, luego, pasada la medianoche, la cosa se calmó
bastante.
En ese call center también atendíamos un
servicio extra, que era de salud. Nada que ver con la compañía de seguros, sino
que era un convenio con otra empresa, y ese fue el motivo por el que me
despidieron en septiembre de 2010: porque, como no me gustaba esa parte de mi
trabajo, me mandé algunas metidas de pata muy grosas: me echaba flores de
puteadas cuando llamaba a un sanatorio u hospital en medio de una emergencia y tardaban
en atender, pero cuando alguien levantaba el tubo del otro lado, yo era un
señorito inglés. Nadie receptaba mis insultos al Universo, pero esa cloaca de
obscenidades que salía de mi boca quedaba grabada y a los superiores no les
gustaba. Ese fue mi único error (cojudo error, digo hoy) por el que la empresa
decidió “prescindir de mis servicios”. En ese tiempo que trabajé ahí, me había
convertido en uno de los referentes de mis compañeros nuevos, porque había
aprendido a manejar bien los servicios grúa y, mientras atendía 2 o 3 al mismo
tiempo, podía darle una mano a algún compañero o compañera que me necesitara.
Bueno, vueltas de la vida, una pareja que
trabajaba conmigo había emprendido con un comercio (una despensa) y me
ofrecieron que se la atienda hasta que me salga un nuevo trabajo que me dé más
estabilidad. Así que atendí la despensa “Fuerza” durante poco más de un mes
hasta que, a fines de 2011, me llamaron para una entrevista de trabajo en una
empresa privada de emergencias médicas: mi función sería atender el teléfono y
a las personas que fuesen a medirse la presión, colocarse un inyectable o pedir
asesoramiento para asociarse. Ahí también estuve trabajando poco más de tres
años, además que aprendí mucho sobre la medicación básica que se usa en estos
servicios domiciliarios, a preparar el botiquín, a limpiar el consultorio, a
tomar la presión, a escuchar a la gente que iba a controlársela y también
desmitifiqué la figura del médico. Antes de trabajar ahí, creía que los médicos
debían ser serios y siempre tomarse a la tremenda cualquier dolor que acusara
una persona, así como también pensaba que, mientras estaba de guardia, un
profesional de la salud hacía una vigilia permanente. Pero, al estar desde
adentro, supe que a veces hacían guardias de hasta 72 horas, por lo que
hacerlas sin dormir sería, como dijo un profesor de Cecilia Grierson en 1910,
“un error, un atentado contra sí mismo, una
inmoralidad”. Entonces, aprendí que los profesionales de la salud son tan humanos
como las personas que requieren de sus servicios; parece una estupidez, pero la
mayoría de la gente no lo entiende y cree que “el doctor” debe estar siempre a
la espera de su llamado y que un simple dolor en el pelo, acarreado desde hace
una semana, es una emergencia… No, ahí también aprendí y entendí algo que me
pedían las operadoras de los sanatorios en el trabajo anterior: “¿qué color le
pongo al servicio?”, me decía la persona que tenía del otro lado, y para mí era
chino básico. “¡¿Qué color?! ¡¿Qué sé yo, qué color se usa?!” “¿Esto es un
servicio de salud o una cartuchera escolar?”, pensaba mientras la escuchaba.
Claro, cuando entré a trabajar en esta empresa de emergencias aprendí qué son
esos colores: verde para consultas, amarillo para urgencias y rojo para
emergencias. ¡Ahí todo cuadraba! Entonces, persona que leés esto, te explico
que un dolor de pelo de hace una semana, no es una emergencia, sino una
consulta; por ende, el móvil va a demorar en llegar (o sea, hasta que termine
las demás consultas o, si tiene una emergencia, la atenderá primero y esperarás
con tu pelo doliente hasta que estabilicen al paciente y esa atención esté
finalizada). En síntesis, el color que se le aplica a cada servicio indica la
prioridad por el riesgo vital que el evento implica: si es accidente de
tránsito, es código rojo o emercencia, por lo que la atención es inmediata; si
es una fractura, es código amarillo o urgencia, y la atención no puede demorar
más de 30 minutos; si es dolor de pelo desde hace una semana, es código verde o
consulta, y la atención se puede demorar entre 60 y 120 minutos,
aproximadamente.
Bueno, la
cosa es que de ahí también me echaron. ¿A que no adivinan por qué? Sí, porque
también me mandé cagadas. A estas no las tengo tan claras, además que al
despedirme no me dieron demasiadas explicaciones; asimismo, quedé muy
agradecido con el equipo de trabajo y con lo aprendido, porque la empresa me
dio una mano enorme cuando tuve un accidente (ya lo contaré en otra
publicación) y me aliviaron mucho la carga económica de traslados, curaciones y
cuidados.
El tiempo
entre que fui despedido hasta que conseguí mi siguiente trabajo, fue el más
largo de inactividad desde que había comenzado a trabajar en aquel lejano año
2000, cuando era un adolescente con la cara llena de granos y una mochila
cargada de expectativas de crecimiento económico y social. Poco antes de
quedarme sin trabajo, por octubre de 2013, me había inscripto en un curso de
formación laboral, de acompañante terapéutico y gerontológico, y me preocupaba
no conseguir un laburo antes de ingresar a cursar, además que se me terminaba
la plata de la indemnización y debía pagar el alquiler, comer y bancar los
servicios. Por ese tiempo, una de las últimas sogas que tiré fue la de
emprender con la novia de un amigo en hacer prepizzas para vender. Hasta me
había hecho los análisis para la habilitación municipal, así que me había
tomado el emprendimiento en serio. Pese a que nos salían muy ricas, el negocio
no salió como planeábamos y, tras intentar hacerlo mejor, al no conseguir
comercios que nos las compren, decidimos dejarlo. Por supuesto que nos comimos
todas las prepizzas que nos habían sobrado, así que habremos comido pizza por
un mes.
A mediados de
marzo de 2014, cuando estaba arañando la lata para rescatar los últimos mangos
que tenía, una amiga me hizo llegar un ejemplar de los Avisos Clasificados de
El Informe, en el que pedían una persona para cuidar a un paciente con
Alzheimer. Como iba a estudiar algo similar, decidí presentarme a la
entrevista. Sin saberlo, estaba ingresando a un nuevo mundo, a una experiencia
que me acompaña hasta el día de hoy, porque gracias a esta decisión conocí y
conozco gente maravillosa, aprendí y aprendo sobre los pacientes, las
dificultades por las que mi servicio es solicitado, y también sobre mí mismo.
Este hombre con quien comencé a trabajar en marzo de 2014, fue mi primer gran
maestro en el arte de cuidar a una persona: su nombre era Donato (de él cuento
una anécdota en una narración anterior a esta).
Trabajar con
él me abrió las puertas a nuevos pacientes y mayores experiencias, llegando al
lugar donde hoy me encuentro, que es la clínica de salud mental en la que formo
parte del equipo interdisciplinario como acompañante terapéutico y, desde hace
un año y pico, también trabajo como administrativo.
Actualmente,
mientras sigo trabajando en la clínica y con algunos pacientes particulares,
estoy emprendiendo en mis pasiones, que son la locución, el dibujo y la
escritura. Acá también, pese a hacerlo solo, sé que necesito de otro para
completar determinados pasos; y con mi pareja estamos haciendo algo similar y también
somos un equipo.
En mi carrera
laboral he pasado por muchos rubros y he aprendido la importancia de trabajar codo
a codo con mis compañeros, con humildad y sin pretender pasar por encima de ninguno
de ellos.
El trabajo
dignifica y estimula positivamente a querer progresar. Si no sos feliz en el
lugar que trabajás o en la actividad que realizás, entonces es momento de
plantearte qué te gustaría hacer y tratar de enfocarte en tu objetivo. Al fin y
al cabo, trabajar es más que hacer algo a cambio de dinero; trabajar es también
disfrutar de la actividad y también del resultado; así, cuando percibas tu
pago, será doblemente gratificante.
Cada trabajo
necesita como mínimo a dos personas: una que trabaja y una que paga, ese es el
equipo mínimo e indispensable para llevar a cabo cualquier actividad.
Cultivemos y profesemos la hermosa y valiosa cultura del trabajo.