Era un día cálido, de esos que invitan a
sentarse en una plaza a tomar mates. Aquella tarde, Luís ingresó muy apresurado
a la pensión donde convivía con un anciano, y éste lo pudo comprobar al
escuchar los pasos en la escalera y verlo ingresar a la habitación que
compartían.
El joven, apenas lo saludó antes de ingresar
al baño a ducharse; pocos minutos después, salió envuelto en una toalla y
comenzó a vestirse presurosamente. El viejo, observaba sus movimientos en
silencio mientras tomaba mates sentado en la pequeña mesa de la cocina.
Una vez hubo terminado de vestirse y peinarse,
Luís encaminó sus pasos hacia la puerta, pero el anciano lo detuvo al invitarlo
con un mate.
- Antes de irse tómese un mate,
m’hijo.
- No puedo, don Pedro, me tengo
que ir; me está esperando una mina y…
- Tómese el mate, m’hijo, yo sé
lo que le digo –Repitió el viejo con voz serena; aun manteniendo el mate en el
aire, como si fuese una ofrenda religiosa.
- ¡Pero me tengo que ir, don
Pedro! ¡Me tengo que encontrar con esa mina, y estoy atrasado! ¡Me está
haciendo perder tiempo!
- Tómese el mate y escuche algo
importante que tengo que decirle…
El joven miró su reloj con ofuscación,
asimismo, optó por tomar el mate. “Este
viejo me va a hacer perder a esta mina”, pensó.
- Listo, me voy –dijo, cuando lo terminó el mate y se lo entregó al anciano.
- ¡Espere! –respondió a secas, mientras se
cebaba un mate- Lo que le tengo que decir es importante. Siéntese y escuche.
- Pero…
- Pero nada, m’hijo. Usted es
joven, yo soy viejo, y lo que tengo que decir le puede servir para el resto del
viaje. Hágame caso, por favor; siéntese.
Instintivamente, Luís tomó asiento; esta vez
no miró su reloj, supuso que, si no
se quedaba unos minutos más, jamás podría llegar a encontrarse con la mujer.
Pero don Pedro no parecía apurado; es más, cambió la yerba y cebó un mate;
mientras el joven lo tomaba, el viejo comenzó con una pregunta:
- ¿Por qué está tan apurado,
m’hijo?
- ¡Ya le dije, porque me tengo
que encontrar con una mina y es tarde!
- ¿Tarde, para qué?
- ¿Cómo para qué? ¡Para llegar
hasta la plaza donde nos vamos a encontrar! Me espera a las cinco de la tarde y
son las cinco menos diez, encima tengo como veinte minutos de colectivo hasta
allá y…
- Espere –interrumpió el viejo-, cálmese…
¿Y usted cree que esta chica se va a ir si no llega a las cinco en punto?
- Y…
- Si es así, usted no es del
interés de esta chica; si realmente usted le interesa, ella lo va a esperar.
- Bueno, pero…
- Dígame: ¿vale la pena correr y
andar apurado, a riesgo de caerse y no llegar nunca?
- No le entiendo, don Pedro. ¿A
dónde quiere llegar? ¡Se me hace tarde!
- Deme el mate y le digo -lo cebó lentamente y
prosiguió-. Fíjese cómo llegó a este cuarto: subió corriendo las escaleras,
entró casi sin saludar, se bañó y volvió a salir corriendo. Si no lo detenía para
decirle esto, usted iba a bajar las escaleras enloquecido, iba a tomar el
colectivo y se iba a poner más ansioso por el tiempo del viaje; iba a sudar
nervios en cada parada…
- No lo entiendo… -volvió a mirar su reloj: eran
las 16.56.
- Lo que quiero decirle, m’hijo,
es que puede que llegue tarde ahora, pero va a llegar. Imagine qué hubiese
pasado si se tropezaba al subir la escalera… Dígame, ¿qué hubiese pasado?
Luís guardó silencio unos instantes, no se
atrevía a mirar a los ojos de aquel viejo, cuyo brillo adivinaba detrás del
grueso vidrio de sus anteojos. Tomó el mate y lo devolvió a don Pedro.
- Me… Me hubiera caído o me
hubiera lastimado… -respondió,
casi a regañadientes.
- Exacto, m’hijo, y no hubiera
podido llegar nunca a verse con esa chica; porque en vez de ir a una plaza,
hubiera tenido que ir a un hospital a que le vean el pie.
- Sí, tiene razón, pero por
suerte no pasó nada y…
- ¿Y si pasaba? ¿Y si ahora,
cuando sale de acá, se cae?
Otra vez, Luís guardó silencio. Aquellas
palabras estaban haciendo mella en su cerebro, porque estaba entendiendo el mensaje.
Finalmente, el viejo dijo:
-
M’hijo, yo también he sido joven; también he
tenido aventuras y me he desesperado cuando no podía llegar… Le regalo esta reflexión,
para que piense mientras va en el colectivo: la vida es como una escalera y,
como tal, hay que subirla peldaño por peldaño, sin correr. Cuando ofrezca un
descanso hay que tomarlo y descansar, para seguir ascendiendo con más energía.
¿Me explico?
Luís sonrió al escuchar la metáfora del viejo,
se levantó y lo abrazó en gratitud. Entonces, don Pedro le palmeó la mejilla y
le dijo:
-
Ahora vaya y encuéntrese con ella. Recuerde que, si usted le interesa, esta
chica lo va a esperar.
El joven descendió la escalera a paso
habitual, sin prisas, relajado; caminó hasta la esquina y esperó al colectivo
unos minutos, hasta que llegó. Aquellos veinte
minutos se esfumaron entre el murmullo de la gente y el vibrante arrullo del
motor; finalmente, al llegar a la parada, Luís caminó las dos cuadras que lo
separaban del lugar de encuentro. Estaba ansioso, pero tranquilo; aquella breve
conversación con el viejo lo había ayudado a pensar con más claridad y entender
que todo lo que deba ser, será.
El sol reinaba en la tarde y una cálida brisa
acariciaba los cabellos de los transeúntes. Desde el mástil de una ondeante
bandera argentina, Luís oteaba el entorno en busca de aquella muchacha, pero no
la veía. Cuando volteó para retornar, suponiendo que él no le interesaba y por eso no
lo había esperado, la vio junto a una fuente. Estaba haciendo lo mismo que él,
intentando encontrarlo entre la gente, el paisaje verde y los monumentos.
- ¡Hola, me esperaste! –dijo Luís, con entusiasmo.
- ¡Hola! ¡Claro que te esperé!
Vivo acá y sé el lío que es, y que no siempre se puede ser puntual. Además, si
no me hubieses interesado, creeme que ya no estaría acá…
-
…Aquella confesión me trajo a la mente lo mismo
que me había dicho el viejo Pedro un rato antes, cuando estábamos en la pensión
haciendo lo mismo que estoy haciendo con vos. Pero ahora yo soy el viejo y vos
sos el joven…
El mate despedía un suave vapor mientras era
sujetado por la mano de mi tío, que me estaba relatando su historia. No recuerdo el año, ni día ni el mes; sólo sé
que aún no caminaba, por lo que no estaba yendo a trabajar y recibía algunas
visitas a diario. Esa tarde, él había llegado a verme, para conversar un poco y
tomar unos mates. El diálogo comenzó como todos en ese entonces:
- ¿Cómo
estás, te duele?
Y así
seguíamos, yo comentando cómo se desarrollaba mi día a día y, de paso, me
interiorizaba en el día a día de la persona que me visitara.
Con mi tío, la charla empieza en el hoy, se
desplaza hacia el ayer y culmina en una filosofía que se nutre de experiencias
personales. De ellas, rescatamos hechos que nos dejan la enseñanza que vamos
compartiendo en el transcurso de los minutos, entre diálogo y mates.
Sin dudas, este legado es una máxima de vida
que, quizás, cuando sea viejo, yo pueda transmitirle a otro hombre joven para
ayudarlo a transitar la escalera de su vida.