27/05/2025

Todo es Narrable

 

3 de diciembre de 2011


 A las 20.30 en punto atravesé la puerta principal de la Biblioteca Ameghino, con el fin de estar en la presentación del libro No Hay Tiempo que Perder, de Reynaldo Sietecase. Unos pocos visitantes deambulaban por el hall, otros estaban fumando en el patio interno. Seguí camino al salón de conferencias, ubicado al final del pasillo, crucé el umbral y me topé con una masa de gente desconocida. Busqué entre esos rostros, añejos y extraños, alguno que fuera conocido; la primera fue Cristina, la dueña de la librería T&P, la saludé y crucé un par de palabras con ella; luego volví a mi postura anterior, buscando caras conocidas. Mis manos sudorosas, contenían los libros que le traía de regalo al escritor. ¿Dónde estaba? No lo veía, pero entre el barullo adivinaba su voz. Di un paso hacia la mesa donde se exhibían los libros y lo vi; estaba conversando con dos o tres personas, jovial y atento, tal como se lo escucha en la radio.

 Me acerqué a una mesa colmada de libros y compré un ejemplar. En ese momento, el autor pasó frente a mí con una bolsa llena de regalos, me saludó atentamente y le devolví el gesto de la misma manera. Con cierta timidez, me acerqué a él y le entregué el presente: dos libros que contenían dos de mis cuentos. Conversamos un poco sobre el mercado literario, de las dificultades que afronta un autor y de la buena calidad de esos libros; aprendí que las publicaciones para antologías por concurso no suelen tener mucho cuidado en los detalles de presentación. Siempre algo se aprende. Me despedí y lo dejé seguir hablando con la gente, ya que un hombre muy mayor, que había conocido a su padre, se acercó a saludarlo.

 Esperé unos minutos, mientras hablaba con otro conocido, con quien intentamos dilucidar de dónde nos conocíamos, ya que su rostro y su nombre los recordaba, pero no el contexto de dónde lo conocía. Luego, él se retiró y yo volví al autor a pedirle que me firmara el ejemplar que había adquirido. Ante Reynaldo, había una cola similar a la que forma la gente cuando va a pagar sus cuentas, pero mucho más entusiasta. Entre tantas voces, oí una que me resultó familiar: me di vuelta para ver quién era y, ante mí, estaba mi profesor de portugués. Nos saludamos y, en un breve cruce de palabras, me comentó que también está su hija menor, María. Finalmente llegó mi turno. Sietecase volvió a preguntar mi nombre, ya que mi apellido lo recordaba de la charla que habíamos tenidos minutos antes; posó su mano sujetando el libro y dejó fluir la tinta sobre la primera página. Una vez cumplido mi objetivo, fui a saludar a María; intercambiamos un par de palabras hasta que nos invitaron a tomar asiento para escuchar al autor.

 Igual que un curso en primer día de escuela, nos fuimos acomodando, buscando el mejor lugar para ver y escuchar. Primero me senté atrás, pero luego, vi un asiento libre en la tercera fila y lo ocupé. El primero en hablar fue Abel Pistrito, periodista local, refiriéndose al trabajo expuesto en las páginas del libro, el viaje a Sicilia y al pasado, más los textos de su historia como periodista. Luego, llegó el turno de Reynaldo, de contarnos su historia, su trabajo.

 Con respetuoso silencio, escuchamos al periodista que diariamente nos acompañaba con su voz a través de la radio en su programa “Mañana es Tarde”, por Radio Del Plata. Disfrutamos de su recorrido, de su oratoria y del orgullo de compartir ese breve instante de vida con él en nuestra ciudad.

Veinte horas

15 de diciembre de 2011

 

 Cuando vi llegar a mi compañera, me encontraba en el banco del patio de mi trabajo leyendo el libro No hay Tiempo que Perder, de Reynaldo Sietecase. Eran casi las cuatro de la tarde. Mi jornada se había excedido prolongadamente, ya que mi horario de salida era a las ocho de la mañana. Fue un día largo, aunque la guardia fue calma: pude leer, hacer crucigramas y mirar un poco de televisión, mientras esperaba a que los socios del servicio privado de emergencias médicas llamaran solicitando una visita o, en el peor de los casos, por una emergencia. Durante la noche, fueron unas pocas salidas de la ambulancia, consultas por fiebre, mareos, náuseas, pero ninguna emergencia, hasta que sucedió: las 03.50 de la madrugada, llamaron para ver a un paciente que no respondía a estímulos, y parecía no estar respirando. “…me parece que no respira… José, José (mi interlocutor intentaba despertar al paciente, cuyo parentesco desconozco, mientras hablaba conmigo) Vengan rápido… José, José… No respira…”. Finalmente, el anciano había muerto. El resto de la jornada fue igual de tranquila que la noche, como si los pacientes supiesen del cansancio de mis compañeros y mío, y hubiesen hecho el esfuerzo de soportar sus malestares en silencio para hacernos más liviana la guardia.

 Saludé a Noelia, que llegaba a relevarme, la puse al corriente de lo ocurrido en el día y le pasé los servicios pendientes; tomé mi mochila, mi moto, y partí. El sol de la tarde era cálido. Una leve brisa traía consigo el aire caliente de diciembre; Venado Tuerto es calurosa cuando quiere. Camino a mi casa, iba pensando en llegar, sólo quería dormir, aunque también pensaba en escribir lo ocurrido. No tenía idea qué hacer primero, aunque sabía que debía seguir ese orden: llegar, acostarme un rato y luego escribir. Antes de arribar a mi refugio, pasé por un telecentro a comprar una tarjeta prepaga para mi teléfono; el problema de quienes nos quedamos sin crédito es destinar dinero (fuera de presupuesto) para una tarjeta. Por fin, con la compra realizada, emprendí el recorrido por las últimas calles hasta mi casa. Ya no sentía la brisa, no le prestaba atención; sólo pensaba en llegar.

 Abrí el portón que da a la calle, entré la moto y lo cerré; la estacioné en el patio, atravesé la puerta de casa y, una vez adentro, el primer paso de mi plan estaba dado. Sin embargo, antes de dormir, cargué el crédito en el celular (por las dudas).  “Su saldo es de veinte pesos…” me decía la computadora de la compañía telefónica con parca voz de mujer, como una novia enojada que te habla con desdén. Finalmente, llegué al dormitorio, me desligué de toda vestimenta y me metí a la cama. Mi cuerpo necesitaba renovar la energía que había consumido, por el simple hecho de haber permanecido alerta tanto tiempo; veinte horas de guardia, más las que había transitado el día anterior, con apenas tres de descanso. Cerré mis ojos y ya no existía nada más, sólo el placer de sentir cómo iba relajándome poco a poco en ese abrazo que la almohada y el colchón me daban.

 Desperté a las siete de la tarde, hora que había programado en la alarma del teléfono; no había sido muy largo el descanso, pero con eso tiraba hasta que volviera a acostarme. Encendí la radio y la inconfundible voz de Sebastián Vignolo parecía darme la bienvenida a la tarde noche. El aire de mi casa estaba viciado por haber permanecido tanto tiempo cerrada y los ambientes me pedían a gritos que abriera las puertas de par en par: “¡Ventilá un poco!”. Pero hice caso omiso, porque estaba en calzoncillos, deambulando por la intimidad de mi hogar, y no quería vestirme. Puse el agua a calentar y preparé el mate; recién ahí, cuando terminé con eso, decidí a dar el último paso de mi plan y encendí la computadora. Ahora sí, estaba listo para escribir y contar esta historia que, como cualquier hecho, puede ser narrada. Eso lo aprendí también de Sietecase. “Todo es narrable”, dijo en la charla que dio en la Biblioteca Ameghino, hace dos semanas. Aun no puedo creer haberlo conocido; “todo es narrable”, y estas veinte horas, también.

 Cebé el primer mate, le di un sorbo y posé mis dedos sobre el teclado… 

29/04/2025

La vida sigue

Hace mucho que no escribo, pero ayer me anoticié de un hecho muy triste que fue la gota que llenó el vaso y me motivó a escribir algo que venía craneando desde hace bastante.

Todos sabemos que, de un momento a otro, podemos dejar este plano; no importa cómo ni en qué circunstancias, pero somos conscientes de eso. Sin embargo, no estamos pensando en que nos vamos a morir; sin embargo, lo que sí está bueno es plantearse individualmente: ¿Qué hago con mi existencia? ¿Dialogo? ¿Reflexiono? ¿Digo "te amo" o "te quiero" a mis seres queridos? ¿Disfruto de las pequeñas cosas de la vida? ¿Cuánto tiempo malgasto sintiéndome mal y preocupándome? ¿Me gusta mi trabajo? ¿Miento, o hablo con sinceridad? ¿Me cuido y cuido a los demás? ¿Cuánto tiempo hace que no veo a tal persona? ¿Me ocupo de contactarla? Y esa lista de preguntas se puede extender hasta el infinito. La cuestión es preguntarse sobre la propia vida, sobre los propios afectos y, con la más cruda sinceridad, reconocerse qué se está dejando de hacer o, como me gusta decir, qué se está procrastinando. ¿Por qué y para qué dejamos para después? Después llamo, después voy, después hago... Después puede ser muy tarde. Especialmente si se trata de personas, y es acá a donde apunto con este texto.

Como decía al principio, todos sabemos que nos podemos morir de un momento a otro, pero no vivimos pensando en eso y está bien, porque la muerte es lo único asegurado que tenemos en la vida y pensar tanto en ella sería una pérdida de tiempo. El tema es que, mientras respiramos, tenemos la obligación (me atrevo a decirlo así) de VIVIR: abrazar más, estudiar, aprender algo nuevo, tomar unos mates con los amigos un día cualquiera. disfrutar de jugar como niños, etcétetetetetetetetetetetetetetetetetera (un amplio etcétera). ¿Y por qué? Porque, cuando alguien se va repentinamente, recordamos las veces que dijimos que "después llamo" o "después voy"; porque ese tiempo que se va no vuelve; porque, una vez que alguien se va, es para siempre y nunca más habrá un nuevo encuentro; porque cuando la salud flaquea nos acordamos de todo lo que no hicimos por vergüenza, por lo que va a pensar el resto, porque "ya estoy grande para eso"; porque estamos vivos ahora y la obligación de vivir es ahora. ¿Y para qué? El "para qué" es más duro, pero más corto: Simplemente, para no vivir con la angustia del "mirá si hubiera ido antes" o "mirá si lo hubiera hecho antes". Esa angustia enferma más que cualquier virus, porque se alía con la culpa y juntas se comen a una persona desde adentro.

Entonces, para ir cerrando este pensamiento, la vida se vive y se llena todos los días. No hace falta llamar ni visitar a todos tus seres queridos, pero sí un mensajito, una llamada o una visita de vez en cuando. Básicamente, para sentir más tranquilidad en tu alma cuando alguien se vaya para siempre, porque después vendrán a decirte que "la vida sigue", y sí, es así; pero no es lo mismo que la vida siga con una eterna culpa, que con el sentimiento de haber vivido cada momento.

01/10/2024

"Trébol de 4 hojas"


 Llegar a determinada edad y no tener una familia constituida (esposa e hijo, por ejemplo), además de tener una situación económica inestable (o, por decirlo de otra manera, de mierda), genera angustia y una cantidad importante de cuestionamientos hacia la propia existencia: ¿Qué decisiones tomé a lo largo de mi vida para haber llegado hasta acá? ¿Qué decisiones tomo a diario? ¿Estas decisiones me ayudan a mejorar mi calidad de vida, la empeoran o la mantienen? Y así un montón de preguntas que me hago a diario porque tengo 41, porque llego a mitad de mes y empiezo a arañar la lata; o sea, no tengo plata y empiezo a sacar los últimos pesos que andan dando vueltas por la billetera o por algún bolsillo. Es penoso, es difícil de digerir y de aceptar, porque muchos ex compañeros de primaría, secundaria o de facultad, hoy ya tienen sus familias constituidas, una estabilidad económica que les permite, al menos, tener un auto o algo de plata hasta volver a cobrar el sueldo. Yo no. Apenas si puedo juntar unos mangos con los dos acompañamientos particulares que veo 2 veces por semana a cada uno. Con eso tiro, pero no alcanza.

 Es difícil pensar con calma cuando la cabeza es un tumulto de ideas y cuestionamientos que no llevan a ninguna parte, excepto a profundizar la angustia. Cuando hay algo de plata, uno se siente más tranquilo y puede pensar cómo hacerla crecer, pero hay que tener cuidado con el autosabotaje de pensar en los pagos pendientes y que la poca plata que hay en este momento no alcanza.

 Le debe pasar a más de una persona que lee este artículo, que cranea ideas para hacer crercer la economía doméstica. Uno se basa en lo que conoce, lo que le gusta o, simplemente, lo que pueda generar plata fácil y con poca o nula inversión. Quizás aparece una buena idea, pero también los cuestionamientos: ¿esto será rentable? ¿A quién le puedo vender esto? ¿Cuánto tiempo tardaré en generar un buen ingreso extra? ¿Y si invierto y no vendo? Y así un montón de preguntas más, que dan vueltas en la cabeza alrededor de la "grandiosa idea". Bueno, lo cierto es que hay que planificar y mantener la paciencia y la constancia para llevar adelante el proyecto. El principal obstáculo entre la idea y el resultado materializado es uno mismo; sí, uno mismo es quien se trunca los proyectos. No son las entidades financieras que otorgan créditos, ni el Estado, ni el vecino que tira mierda; es uno mismo, con esos cuestionamientos permanentes y negativos.

 Decía que hay que macerar y mantener la paciencia y la constancia para llevar adelante un proyecto. En mi caso, por ejemplo, pienso mucho y muchas veces mis proyectos quedan en una hoja o archivados en alguna carpeta de mi computadora. Si los extendiera un poco más y los llevara a la práctica, seguramente funcionarían y terminaría por no tener tiempo de llevarlos a cabo a todos. Por eso, lo mejor es la organización y la dedicación de tiempo y energía a un solo proyecto a la vez.

 Primero, evaluar entre todos los proyectos que andan dando vueltas y rescatar los más rentables, por decirlo así. Luego, examinar entre estos cuál es el que mejor se adapta a las condiciones actuales. Por último, tomar uno, el más especial, el que más nos convenza que ese es EL PROYECTO y comenzar a organizarlo, planificarlo y trabajarlo. Llevará mucho tiempo, pero al estar en marcha, el objetivo final ya estará mucho más cerca que antes.

 Sí, leerlo así, en una publicación de un blog es fácil y queda lindo, pero para llevarlo a la práctica son necesarias cuatro etapas, pasos o, como dice el título, las cuatro hojas del trébol: decisión, voluntad, paciencia y constancia. 

  1. Decisión de llevar a la práctica el proyecto
  2. Voluntad de comenzar
  3. Paciencia en el proceso
  4. Constancia para llevarlo a cabo hasta materializarlo
 Hace muchos años (doce, para ser exactos), creé esta idea del trébol de 4 hojas después de una charla con mi kinesiólogo, cuando estaba haciendo una rehabilitación. En ese momento, él me explicó que para lograr una buena recuperación era necesario tener voluntad, paciencia y constancia; con esa base, entendí que vale para cualquier emprendimiento, incluso para lo más simple, como puede ser el orden de la casa o de la economía familiar. Entonces me di cuenta que a esa idea le faltaba una pata: la decisión de llevar a la práctica lo que sea que uno se proponga. Entonces es así como quedó esta idea del "trébol de 4 hojas".
 Esta es una simple reflexión de autoayuda que me sirvió y me sirve para no desesperarme y buscar siempre una salida airosa de la situación adversa de mi economía. Cabe aclarar una sola cosa, que es muy importante: si la paso mal económicamente es porque tomé malas decisiones con mi dinero; nadie tiene la culpa a excepción de mí, que no supe administrarme. De la misma manera, la solución depende de mí y de las decisiones que tome a partir de ahora. No será un camino rápido ni fácil, pero una vez que se comienza ya se está más cerca del resultado. Si te suena, quizás sea hora que tomes tu trébol y comiences a realizar el camino de las 4 hojas, en pos de tu crecimiento.

26/09/2024

La procrastinación individual de la manada.

 

 La vida es interesante... Nacemos, crecemos y morimos. A lo largo de esas tres instancias forjamos nuestra historia y nos encontramos con personas que dejan huella en nuestra vida. Personas que conocemos en determinado momento y continuamos un vínculo durante varios años o, quizás, con las que entablamos un breve contacto, efímero en el tiempo de nuestra vida, pero que dejan una estela de su esencia en nuestra historia. De cualquier manera, cada persona con la que interactuamos nos lega algo de sí y nos construye, nos ayuda a crecer un poquito más; en resumen, cada contacto nos deja una experiencia. Pero también está la otra parte de la vida, la que duele largamente, la que nos deja una sensación amarga, la que marca el fin de una etapa: la muerte. ¿Y qué es la muerte? Es más que la desaparición física de un ser vivo; la muerte es el fin de un ciclo y es ahí donde los seres humanos experimentamos uno de los dolores más profundos; cuando elaboramos un duelo que puede ser breve o durar años, quizás, hasta el fin de nuestra existencia.

 Estas dos últimas semanas han sido para mí un resumen de esto que acabo de escribir, porque en estos días transcurridos desde el martes 17 hasta el martes 24 de septiembre, han sido golpes emocionalmente fuertes: la mamá de un amigo de la infancia, quien también era amiga de mi mamá; un ex compañero de la facultad, con quien mantuvimos una amistad durante varios años; un hombre mayor con quien debía comenzar un acompañamiento y apenas habíamos tenido tres entrevistas; y un hombre a quien acompañaba desde hacía más de 5 años; también, en estos días me enteré del fallecimiento de un hombre a quien había entrevistado una sola vez, que era el papá de una mujer que acompañé mucho tiempo. Desde 2020, cuando la pandemia nos azotaba con muertes todos los días (que, cada tanto, era alguien cercano), que no tenía esta sensación de pérdida.

 ¿Los seres humanos somos extraños o es parte de nuestra naturaleza, esto de sentir la muerte cuando sucede? ¿Somos conscientes de nuestro paso por la vida y de los vínculos, o nos damos cuenta cuando hay poco tiempo o, peor aún, cuando ya es tarde? Nos alejamos de los vínculos, nos ensordecemos y cegamos ante la rutina y dejamos de prestar atención a las personas que queremos, las mantenemos presentes en el recuerdo pero no hay llamados o mensajes; quizás, mantenemos un contacto periódico, pero no profundizamos en temas sensibles o de cercanía. ¿Será el comportamiento de la manada (*) el que nos condiciona, nos lleva a avanzar en el día a día; el que ocasionalmente nos permite retornar para ver cómo están los demás seres que conocemos y luego nos obliga a seguir adelante en nuestra vida? Porque, cuando uno de esos seres se va, se pierde o se muere, es cuando recordamos que es (o era) importante para nosotros. ¿Entonces, por qué o para qué dejamos pasar el tiempo? ¿Por qué o para qué dejamos para después una visita o un mensaje? Sí, la rutina de la manada nos obliga a seguir avanzando y no nos queda tiempo en el día para hacer las visitas pendientes; pero no es excusa para dejar atrás a personas significativas o para dedicar unos minutos más de la visita periódica y conversar un poco sobre la vida u otra cosa que nos permita reencontrarnos con la humanidad que nos caracteriza y dejar de ser, al menos por un momento, parte de esa manada que avanza sin detenerse.

 Lamentablemente, fue necesario que murieran cinco personas cercanas o conocidas, para inspirarme esta reflexión. Lamentablemente, también, no es la primera vez que lo pienso. Lamentablemente, me dejo arrear por la manada, más allá que el dolor pasa con el tiempo, las energías y la pulsión de vida vuelven a su cauce cotidiano y me vuelvo a olvidar de lo importante, que es lo que mencionaba líneas arriba: si no podemos visitar personalmente, podemos tomarnos unos minutos para hacer una llamada o enviar un mensaje. La vida no debe ser únicamente transitar los días junto a la manada, sino que es también prestarnos atención individualmente, encontrarnos con nuestra humanidad más esencial y permitirnos estar cerca de quienes queremos. Porque, cuando se alejan de la manada, se pierden o se mueren, ya es tarde para todo y el dolor se hace mucho más grande y pesado.

 Yo creo que todo termina cuando debe terminar y que nadie se muere en la víspera, o sea, nadie se muere antes de tiempo y dejando algo pendiente en su esencia (que no es lo mismo que en la vida en general). Pero si a eso le sumamos el encuentro cercano durante el tiempo de vida, mientras ambos respiramos, cuando llegue el momento de la despedida definitiva no quedarán asuntos pendientes que lamentar; sólo la pérdida física. Esto, aunque parezca uno de esos "consejos útiles para vivir mejor", puede ayudar a la elaboración del duelo y mitigar un poco el dolor. Porque ese dolor de la pérdida, cuando no hay un contacto y sólo se remite a los recuerdos, se acentúa con la culpa de no habernos hecho tiempo para compartir un mate, una charla o un simple saludo por mensaje; en definitiva, un mínimo contacto para hacerle saber al otro que estamos ahí, que esa persona aún sigue siendo importante y que le dedicamos una porción de nuestro tiempo, de nuestra vida.

 Después nos vemos, después paso, después, después, después... Después, puede ser muy tarde.


(*) Este "comportamiento de manada" que menciono no tiene que ver con la definición psicológica, sino que es una metáfora para explicar una idea.

20/09/2024

Cecilia Grierson


 
Para entrar en contexto, la guerra civil entre Unitarios y Federales sacudió al actual territorio nacional desde sus orígenes independentistas, y para 1859, este conflicto llevaba aproximadamente 30 años.

 El 22 de noviembre de ese año, en la ciudad de Buenos Aires, nació Cecilia: que fue la primera hija del matrimonio conformado por Jane Duffy (inmigrante irlandesa), y John Parish Robertson Grierson & Kelton (hijo del inmigrante escocés William Grierson, que se estableció en las Provincias Unidas en 1825, en la colonia Santa Catalina, ubicada en Monte Grande, en la provincia de Buenos Aires. Este asentamiento, fue la primera y única colonia escocesa en el país).

 A Cecilia le siguieron sus hermanos Catalina, David, Juan, Tomás y Diego.

 A poco más de un mes de su nacimiento, el 26 de diciembre, fue bautizada en la Basílica de Nuestra Señora de La Merced (conocida como Iglesia de la Merced), que es uno de los templos católicos más antiguos de la Ciudad de Buenos Aires. (Libro de Bautismos 1857-1860, página 208).

 Pasó la mayor parte de su infancia en dos estancias familiares: primero en la Banda Oriental del Uruguay, y luego en la provincia de Entre Ríos, en el distrito de Gená, departamento del Uruguay.

Cita Textual“Fui una niña apática e in­dolente, pero amiga de contemplar la naturaleza y las plantas; los pájaros me atraían, así como el cabalgar por esas soledades; y gozaba, en general, de una independencia poco común en aquellos tiempos…”

 El 11 de abril de 1870, se produjo el homicidio del entonces gobernador de Entre Ríos, Justo José de Urquiza; hecho que causó grandes daños a la economía de muchos estancieros de la provincia, incluyendo a la familia Grierson.

 Por esto, Cecilia comenzó a trabajar junto a sus padres, aunque, sin dejar sus clases de piano. Sin embargo, a Cecilia le gustaba la lectura, y en la casa había una biblioteca muy grande y rica en contenidos, cuyos libros estaban escritos en inglés; por ende, tuvo una cultura muy amplia desde niña.


El trabajo y el contacto con la educación

 Cuando murió su pa­dre, y por los conflictos bélicos que seguían sacudiendo a la provincia, su madre la envió a Buenos Aires, donde, en lugar de quedarse en la casa de sus familiares, trabajó como institutriz; para ese entonces, Cecilia tenía aproximadamente 12 años; y para conseguir ese trabajo tuvo que alargarse los vestidos, para aparentar más edad…

 Al poco tiempo regresó a Entre Ríos, y como el patrimonio de la familia era cada vez menor, su madre aceptó el ofrecimiento del entonces gobernador, Leónidas Echagüe, para crear una escuela rural en la estancia familiar.

 Jane figuraba como directora y Cecilia hacía el trabajo de maestra; aunque, desde 1873, y con apenas 14 años, fue directora y maestra, con los pocos conocimientos teóricos que tenía. Asimismo, los resultados fueron positivos:

 Gracias a esta escuela, el analfabetismo de aquellos pueblos de Entre Ríos, disminuyó en poco tiempo. Por citar un ejemplo: antes, había que hacer diez o quince leguas para encontrar a alguien que leyera una carta y la contestara, o para fir­mar un documento.

 Pero a partir de ese momento todo comenzó a ser muy diferente: porque un jornalero o una mujer de campo, podía saber qué firmaba, qué le estaban informando en un periódico, o aprender algo de un libro; en resumen, las personas de bajos recursos podían instruirse.

 En 1875, Cecilia Grierson ingresó a la escuela Normal Nº 1, que había sido fundada por Emma Nicolay de Caprile (una maestra de origen polaco, nacionalizada estadounidense, que vino al país a instancias de Domingo Faustino Sarmiento).

 Después de tres años en ese internado, se recibió de maestra a principios de 1878. Y sobre esto, cuenta que...

Cita Textual: “Allí aprendíamos a vapor, pues urgía formar maes­tras en nuestro país; enseñábamos con entusiasmo a la par que estudiábamos y aprendíamos…”


Su vida laboral

 Una vez obtenido el título, Domingo Faustino Sarmiento, por entonces director de Escuelas, la nombró maestra en la Escuela Mixta de San Cristóbal, y con su sueldo trasladó a su familia a Buenos Aires.

 En 1880, mientras la capital ingresaba a la federalización (es decir, cuando el país adquiría la figura de Nación), trabajó nueve meses sin cobrar el sueldo que, para ese entonces, era el único sostén económico de la familia.

 Dos años después, quiso estudiar en ciencias naturales, pero en 1883 decidió ingresar en la Facultad de Medicina; esto sería difícil, porque esa carrera estaba orientada sólo para varones, y hasta el momento ninguna mujer había logrado recibirse con el título de Médico.

 Pero ella siguió adelante, ya que ningún reglamento interno de la Universidad decía que las mujeres no podían estudiar dicha especialidad y ya había un antecedente: Élida Passo (1867-1893), que logró estudiar Farmacia, graduarse, y posteriormente cursar hasta quinto año de medicina, pero no logró recibirse, porque enfermó de tuberculosis y falleció en 1893).

 Una de las motivaciones que tuvo para ingresar a la Facultad de Medicina fue su amiga, Amalia Kenig, quien padecía una enfermedad crónica, que afectaba sus vías respiratorias. Quizás, un fuerte impulso fue la ilusión de curarla, pero lamentablemente, su amiga murió pocos años después que Cecilia obtuviera el título de médica.

 En sus seis años de estudio de la carrera de medicina fue impulsora de proyectos para mejorar la calidad de vida, tanto de pacientes como de profesionales.

 Por citar sólo algunos:

·      Fue ayudante de histología en la Facultad de Medicina desde 1885 hasta 1888 (La histología es la rama de la biología que estudia la composición, la estructura y las características de los tejidos orgánicos de los seres vivos);

·   Fue ayudante en micrografía de la Asistencia Pública des­de 1886 hasta 1891 (La micrografía es la obtención de imágenes de objetos no visibles a simple vista, que se logra a través de instrumentos ópticos o electrónicos como lupas y microscopios);

·     Por concurso obtuvo el puesto de practicante de vacuna, siendo interna de la Casa de Aislamien­to (hoy Hospital Muñiz) durante la ola de cólera que azotó a Buenos Aires en 1886;

· Fue prac­ticante menor, luego mayor del hospital Rivadavia (Los practicantes, son los estudiantes que hacen pasantías o prácticas mientras cursan la carrera);

·   También fue practicante en el primer instituto de gimnasia Zander, entre otras muchas actividades en que destacó (Gustav Zander fue un médico sueco que, básicamente, inventó los gimnasios).

·   En 1886, fundó la primera escuela de enfermeras de Sudamérica en el Círculo Médico, que fue oficializada por la Asistencia Publica en 1891, y donde se desempeñó como directora hasta 1913.

·  Dio un curso de masajis­tas, teniendo como base la instrucción sobre economía doméstica y puericultura, que es la crianza, cuidados y desarrollo de los niños, como se hacía en Inglate­rra por aquellos años.

·   También instituyó el uniforme de enfermera y, desde entonces, empezó a usarse en todo el país y luego en otros países sudamericanos.

·    El 15 de abril de 1892 fundó la Sociedad Ar­gentina de Primeros Auxilios, gracias a la que se pudo dar instrucción en todas las escuelas, instituciones populares y dependencias oficiales del país, lo que fomentó la creación de sa­las de primeros auxilios en muchos pueblos.

·   Tuvo la iniciativa de crear un consultorio-escuela para tratar a niños con problemas de comportamiento, dificultades en el habla y en el aprendizaje, y colaboró con el equipo liderado por Samuel Molina con la primera cesárea que se realizó en Argentina en 1892, en el entonces Hospital de Mujeres, hoy hospital Rivadavia.

·     Fue nombrada “miembro honorario de la Sociedad Bomberos Voluntarios de la Boca”, y también fue la única socia ho­noraria del “Club del Progreso de Capital Federal”.

 Entre otras innovaciones que aportó, una de las más felices (por decirlo de alguna manera), fue la de repartir juguetes a los niños en las salas de los hospitales, y poner a la vista cuadros alegres y vistosos

 

·       En 1897 publicó Masaje práctico, uno de los primeros libros sobre técnicas kinesiológicas;

·  En 1901 fue fundadora de la Asociación Obstétrica Nacional y de la Revista Obstétrica, que concibió como una herramienta para ofrecer a las parteras argentinas un enfoque científico y médico para la profesión que, por entonces, era ejercida por las "matronas" (las matronas eran parteras de oficio, que ayudaban a las mujeres en el momento del parto).

·        También, durante los años que estudió en la facultad de medicina, llegó a trabajar hasta ocho horas diarias para llevar el sustento a la casa.

 Asimismo, y pese a ser médica diplomada, no consiguió ingresar al profesorado de la Facultad, puntualmente a la sección en que la enseñanza se hace sólo para mujeres. Su intención era seguir formando mujeres.

 Además de atender pacientes de manera particular, era médica agregada a la sala de mujeres del hospital San Roque (hoy hospital Ramos Mejía) –el puesto de Médico Agregado, es el encargado directamente de las actividades asistenciales y académicas, que le indique el jefe de Servicio-

 Fue secretaria del Patronato de la Infancia en sus principios; ins­pectora del asilo nocturno y examinadora de par­teras de la Asistencia Pública; también colaboró en la instalación del servicio de primeros auxilios de la misma institución, para el que gestionó y obtuvo el derecho de usar la campana de alarma en las calles que, hasta ese momento, era de uso exclusivo de los bomberos de la capital.

 También fue miembro activo de la Cruz Roja, y de mu­chas otras instituciones benéficas y de educación.

 Y su aporte a la sociedad continuó… En 1895 ofreció parte de su patrimonio al Ministerio de Instrucción Pública, que consistía en una parcela de tierra en Entre Ríos, para que se fundara una escuela agrícola. Insistía en que la agri­cultura práctica formara parte de la instrucción primaria.

 En ese mismo año, dictó cursos de «primeros auxilios en casos de acciden­tes» en todas las escuelas normales de la capital, incluso en la de varones, y continuó dando clases hasta 1898.

 Desde 1897 hasta 1903, fue examinadora en la escuela de la Peniten­ciaría Nacional; tam­bién fue inspectora de madres desamparadas a cargo del juez de menores; vocal de la comisión de sordomudos y examinadora de éstos.

 También, en ese mismo año, participó en la confección de programas prácticos para las es­cuelas de la provincia de Buenos Aires.

 Y, pese a todas estas actividades, se hacía tiem­po para los quehaceres domésticos, asistir a conferencias científicas y li­terarias, y también a fiestas artísticas y deportivas. Le gustaba bailar y divertirse, pero no gustaba de hacer visitas o ir a fiestas privadas. Consideraba que, por su condición de médica y estar en permanente contacto con la dolencia ajena, no era ético llevar sus preocupaciones a lugares donde la gente iba a divertirse.

 Si bien era una mujer consagrada a su profesión de médica y formadora, reconocía que su salud se deterioraba…

Cita Textual: “…En esta profesión, en que la enfermedad más insignifican­te puede complicarse de un momento a otro, la tarea no siempre grata que resulta del contacto diario con la humanidad doliente en su peor faz (con enfermedades físicas y peor aún morales; la ingratitud humana; el peligro de traicionar por un gesto o una palabra el secreto médico tan sa­grado), mantenía mi espíritu en un estado de ten­sión y angustia que al cabo de los años ha reper­cutido hondamente en mi organismo”.

 En 1899 viajó a Eu­ropa para perfeccionar sus estudios médicos y visitar institutos de educación, llevando la representación de algunas sociedades femeninas ante el Congreso que se re­unía en Londres, en julio de ese año, convocado por el Consejo Internacional de Mujeres. Ahí se le dio el nombramiento de vicepresidente honoraria, con el compromiso de fundar en Argentina, un Consejo Nacional de Mujeres.

 Durante sus viajes, estudió los institutos de economía do­méstica, labores femeninas y ramos conexos, dando como resultado el informe titulado Educación téc­nica de la mujer.

 Con un grupo de amigas, organizaron la So­ciedad de Educación Doméstica, como una sección del Consejo Nacional de Mujeres, y fundaron la primera escuela práctica de economía doméstica que se llamó «Escuela técnica del hogar». Ahí se enseñaban quehaceres domésticos, cocina y mo­distería (que es la confección de ropa).

 Vale aclarar que esta escuela fue autónoma (es decir, sin sostenimiento público ni privado) por, aproximadamente, 10 años.

 En Europa también se interesó por los institutos de ciegos y presentó un informe que se publicó en el Boletín Oficial del 1º de mayo de 1900y en el Monitor de Educación Común, del 1º de junio de ese mismo año; además, trajo material de enseñanza para los ciegos, de las mejores instituciones.

 Asistió al primer Congreso «Eugénico» (la “eugénesis”, es el estudio y aplicación de la genética y el ADN) y como única argentina que se interesó por estos nuevos estudios, dio a conocer estas ideas en el país.


Actividad política y social

 Con Alicia Moreau de Justo, Elvira Rawson y Julieta Lanteri-Renshaw, entre otras, iniciaron la lucha por los derechos civiles y políticos femeninos y propusieron reformas al Código Civil en beneficio de la situación de la mujer.

 Y en relación a esto, en 1910 fue nombrada presidente del primer Congreso Femenino Internacional, reunido en nuestro país, que fuera convoca­do y organizado por la asociación “Universita­rias argentinas”.

 También fue convocada por el Instituto Nacional de Sordo-mudas, para dictar una clase de anatomía, fisiología e higiene; además, para ser médica de las alumnas. En ese cargo se desempeñó gratuitamente durante largo tiempo, hasta que el puesto fue remunerado, entonces el trabajo fue dado a un hombre.

 Fue profesora de anatomía en la Academia de Bellas Artes por un corto tiempo; también dictó cursos libres de gimnasia y masaje médico en la escuela de medicina.

 Con la fundación el Liceo de Señoritas de la capital fue nombrada profesora de ciencias e inauguró el pri­mer curso de ciencias domésticas, dividido en tres años, y tratando sobre estos tres temas: la habitación, los cuidados personales, la puericultura y los pri­meros auxilios.


Obra literaria

 Cecilia Grierson publicó numerosas obras literarias, entre libros y folletos. Algunos de los más difundidos, fueron:

ª     Histero-ovariotomías efectuadas en el Hospital de Mujeres desde 1883 a 1886: se trata de su tesis de graduación de la carrera de Medicina. En esta obra destaca que casi todas las mujeres operadas de histero-ovariotomías sufren una modificación pasajera y notable del carácter, una marcada irascibilidad; aún aquellas que antes de operarse lo tenían suave y apacible, luego de la cirugía se enojaban con cualquier persona (desde médicos y enfermeros, hasta familiares y amigos).

ª     Otra de sus publicaciones literarias fue Masaje Práctico, de 1897, que es considerado el libro precursor de la técnica kinesiólogica; actividad que estaba inhibida para las mujeres trabajadoras de la salud. Específicamente, es la continuación de la obra de Ernesto Arberg, autor del primer libro sobre la especialidad en Sudamérica.

ª     Cuando regresó de Europa en 1899, publicó Educación téc­nica de la mujer, en 1909 publicó Primeros auxilios en casos de accidentes e indisposiciones repentinas, obra editada por la casa editora y librería "Las Ciencias" e impresa en la imprenta de Adolfo Grau, y un año después publicó La educación del ciego y cuidado del enfermo. Continuó con su producción literaria sobre medicina en 1912 editando Guía de la enfermera y Cuidado de enfermos.

ª     Colonia de Monte Grande. Primera y única colonia formada por escoceses en Argentina, de 1925, impresa en los Talleres SA Casa Jacobo Peuser Ltda, publicación que escribió para evocar la vida de los colonos en ese territorio. Si bien, había querido publicar ese libro en 1910 (como escribió en la introducción del mismo), recibió oposición para hacerlo. Para redactarlo, realizó consultas en periódicos de la época como el British PacketThe Standard, las Guías Blondell, los libros de los hermanos Parish Roberton, y Buenos Aires desde setenta años atrás, escrito por Wilde, además de datos provistos por el consulado británico…

 También forma parte de su larga producción literaria, el estudio exhaustivo sobre el Código Civil argentino vigente en ellos tiempos, que concluyó a que la mujer casada en nuestro país tenía los mismos derechos que un niño, y tuvo como consecuencia la reforma de la ley en 1926, que permitió obtener derechos a las mujeres que contrajeran matrimonio a partir de entonces.


Últimos años de vida

 Después de tantos años de trabajo, decidió tomar un descanso de algunos meses, acom­pañando a su familia a Europa. Al regresar de ese viaje, se conven­ció de que ya no era la misma, y recordó la frase que dijo un profesor, en una conferencia en 1910: “es un error, un atentado contra sí mismo, una inmoralidad, el trabajar con exceso”.

Reconoció que:

Cita Textual“...No es la tarea apacible de la enseñanza lo que agota el organismo; es el trabajo apurado, la lu­cha diaria sin tregua, y más cuando (…) una tiene que encontrar obstáculos a cada paso, y creo que hasta mis últimos instantes tendré que luchar si aún quiero realizar algo. (…)”

 En 1927, ya con 68 años de edad, se retiró a la localidad de Los Cocos, en las sierras cordobesas, donde pasó sus últimos años, viviendo en la pobreza. Y pese a tener que subsistir con una magra jubilación, poco antes de morir, donó al Consejo Nacional de Educación, su propiedad en Los Cocos, donde luego se construyó la Escuela N°189, que hoy lleva su nombre.

 Ceclia Grierson nunca se casó ni tuvo hijos, pero su legado está presente en hospitales y escuelas de todo el país.

 Murió el 10 de abril de 1934 y fue enterrada en el Cementerio Británico de Buenos Aires.


Homenajes

 Después de su muerte, Cecilia Grierson recibió homenajes y reconocimiento a nivel nacional, como la escuela de Enfermería que ella creara, que a partir de 1935 lleva su nombre, así como la escuela Secundaria N°13, en el Partido de Moreno, y la escuela N° 502 de la ciudad deTandil (ambas en la provincia de Buenos Aires) entre otros establecimientos educativos.

 El Hospital Zonal General de Agudos de la ciudad bonaerense de Guernica, también lleva su nombre.

 En 1980 se creó la Plaza Cecilia Grierson en el barrio de San Telmo de la Ciudad de Buenos Aires sobre la avenida San Juan al 600.

 También, en 1995, una calle del barrio de Puerto Madero (más precisamente, la continuación de la avenida Córdoba hacia el río) fue bautizada con su nombre.

 Su retrato se encuentra en el Salón Mujeres Argentinas de la Casa Rosada, junto a otras figuras de nuestra historia, como Victoria OcampoJuana AzurduyAlicia Moreau de Justo, y Eva Perón, entre otras. Además, un sello postal del Estado Argentino la conmemora.

 El 22 de noviembre de 2016, Google la homenajeó en el 157° aniversario de su nacimiento con un doodle, en cuya ilustración se encuentra ella.

 Ese mismo año, el Centro Argentino de Información Científica y Tecnológica (CONICETcreó el Directorio de científicos argentinos Dra. Grierson: una base de datos orientada a la identificación de autoridades científicas de Argentina desde su fundación como país hasta la actualidad.

 En 2018, el Consejo Directivo de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de La Plata, bautizó con el nombre de "Cecilia Grierson" al Espacio Académico del Hospital Escuela "General San Martín" de dicha ciudad.

 En el exterior, en Quito, capital de Ecuador, hay un jardín de infantes que lleva su nombre. Y en otros países de Sudamérica, Cecilia Grierson está presene en los manuales de historia de la medicina por ser la primera mujer en fundar una escuela de enfermería y ser también la primera médica recibida en el continente.

Se estuvo tan cerca...

   Se terminó otra ilusión; otra Copa Libertadores que se niega a dar una vuelta olímpica en el Cilindro de Avellaneda. En el pueblo racingu...