Cuando cumplí 20 años, cosa que parece haber sido ayer, pensé que al llegar a los 40 estaría con una familia formada, con hijos, un auto y una casa propia. Casi idealicé una vida resuelta a esa edad… Pero esa edad se acercó tan rápidamente que no me di cuenta o, quizás, no sentí prisa y me relajé demasiado haciendo una vida distinta a la de mis congéneres. Hoy en día estoy a pocos meses de cumplir los 40 y, excepto la casa, carezco de lo demás: no tengo hijos, no tengo auto y no tengo una estabilidad económica; sí tengo la casa, porque salimos sorteados con mi vieja hace unos años en un plan de viviendas de la Provincia (si no, tampoco podría haberla comprado), y la familia está en proyecto. Esto último es estimulante, porque me ayuda a bajar a Tierra y tranquilizar un poco la cabeza, que piensa y piensa cómo hacer para generar más plata extra sin tener que vivir para trabajar, y me da ese abrazo emocional de saber que una de las expectativas que tenía hace 20 años atrás, está en vías de cumplirse. Además, eso quiere decir que las otras también van a venir tarde o temprano… Con toda franqueza y poniendo los pies sobre el suelo, soy yo el que tiene que materializar esas expectativas pendientes…
Si bien trabajo desde los 16 años, nunca aprendí a cuidar correctamente el dinero. Sé que no soy el único, porque es mucha la gente que conozco y veo en el día a día que ha llegado o superado la barrera de los 40 sin lograr una estabilidad económica, por ende, sin lograr ordenar su economía y tener, al menos, un pequeño colchoncito que le sirva para bancar un gasto inesperado, una comida con los amigos, un regalo, un viajecito, un gustito…
Y, más allá que la economía del país es más inestable que la piedra movediza de Tandil (que, de hecho, se cayó el 29 de febrero de 1912), no vale echarle la culpa a eso, porque la plata del bolsillo depende de uno, de cómo la gana y cómo (y en qué) la gasta. Aunque, haciendo justicia a la objetividad, nuestro país es una máquina exprimidora de bolsillos; desde los trabajadores más precarios hasta los empresarios más potentados, en Argentina los impuestos son elevados y están en todos lados, además que los precios suben constantemente y esa inflación, literalmente, se come el dinero de cada uno de nosotros.
Entonces, cuando uno no sabe organizarse con su propio dinero y se le agrega la inestabilidad permanente, pareciera que el pozo se hace cada vez más hondo y uno ve cómo los pequeños bordes de los que se sostiene, van desmoronándose, amenazando con tragarnos y llevarnos a las profundidades de la quiebra económica.
Obviamente que este texto no es una crítica a la economía del país ni a un gobierno en particular, porque, desde los tiempos de la colonia, quienes estuvieron en el poder han exprimido y explotado los recursos naturales y humanos, y la economía siempre ha estado floja de papeles. Así que no es un flagelo que se pueda atribuir a un color político, sino a una identidad que es la nuestra: los argentinos tenemos ese estigma en nuestro ADN.
La cosa es que estoy vislumbrando el horizonte y pareciera que el sol del amanecer trajera un 40 enorme que me dice:
¿Y, maestro, qué estás haciendo para llegar hasta acá como querés?
Y me pregunto, si ese sol con el 40 gigante, me estará boludeando o si me estará tratando de incentivar a que me mueva, a que, si no llego a los 40 con los bolsillos llenos, por lo menos, me ponga a hacer las cosas como debo para empezar a llenarlos.
Como soy un positivista (ya explicaré, en otro texto, a qué apunto con ser positivista), me quedo con la segunda opción: me tengo que poner en marcha para generar ese dinero extra y así empezar a materializar los sueños y expectativas que tengo desde los 20 años.
¿Pero, qué puedo hacer para tener más plata? Tiene que ser algo rentable, que me guste hacer, que sea útil, que requiera poca (o nula) inversión y, muy importante, que sea legal… Bueno, sé que la forma más rápida de conseguir plata es por izquierda, pero soy tan honesto (por no decir boludo), que no puedo hacer algo si sé que estoy cagando a alguien. Así que me emprendo en un proyecto muy ambicioso y difícil: organizar todos esos ítems que mencioné recién y comenzar uno nuevo.
En eso estoy desde hace un montón, vengo puliendo ideas viejas, anotando ideas nuevas, descartando unas, reciclando otras y volviendo a desechar algunas… Sí, vos, que estás leyendo esto, dirás “¡pero, este tipo es medio pelotudo!” Y, lo decís vos, no yo… Pero no me tengo tan mal ponderado, aunque sí soy autoexigente y vueltero, como una calesita.
Y vos dirás, “bueno, se entiende que estás entrando a los 40 y sientas la presión del tiempo por progresar y salir adelante…” Pero no, siempre fui vueltero, enfermizamente evaluativo de cada paso a dar, de contemplar los “pro” y los “contra”, de ver la posibilidad de demanda que vaya a tener por parte de la gente, etcétera. Pero el mayor enemigo de mis proyectos, siempre he sido yo. Y vos dirás, “¡¿Por qué, Jorge?!” Porque, al final, siempre termino autoboicoteando la idea.
Por una cuestión de necesidad emocional, voy a hacer una especie de inventario de lo que considero que son mis aptitudes:
Sé dibujar bastante bien
Soy perfeccionista
Me sigo formando en locución, que es una actividad que amo
Me gusta generar contenidos en Youtube
Tengo buenas ideas
Soy creativo y tengo una gran imaginación
Canto muy bien (mentira). Tengo sentido del humor
Soy positivo
Intento ser resolutivo (buscar soluciones a los problemas, y no al revés)
Escribo bastante bien (siempre trato de aprender algo nuevo)
Soy sociable
Ahora voy a enumerar lo que considero que son mis flaquezas:
No sé vender publicidad
Me cuesta poner un proyecto en marcha sin pensar demasiado en las dificultades
Temo demasiado a no poder
Pienso más de lo que hago
La espera del momento justo es una piedra que siempre pongo delante de mí
Pienso: ¿cómo hago para vender “esto”? ¿A la gente le interesa lo que hago? ¿Quién se interesará en leer o escuchar cuentos, hoy en día? (estas preguntas pertenecen a la nefasta familia de las llamadas “autoboicoteantes”)
Y no sé qué más, aunque sé que alguna flaqueza debe quedar en el tintero. Pero a diario intento ser más positivista que ayer, buscando aceptar que tengo esta edad, que mi situación económica actual variará (para bien o para mal) dependiendo de los movimientos que decida hacer. Lógicamente, es un partido de ajedrez conmigo mismo y, por lo tanto, es difícil inclinar la balanza hacia los pensamientos positivos y de progreso, porque es como plantearse: “mi pensamiento positivo juega con las blancas y el pensamiento negativo juega con las negras”, pero estoy jugando conmigo mismo y, por ende, no puedo engañarme a mí mismo, porque sé de antemano qué pieza va a mover “la otra parte”. Bueno, ya sé que es un quilombo de ideas y palabras, pero es así como soy…
Estoy llegando a los 40 y es hora de hacer lo que tengo que hacer… Entonces, me digo a mí mismo: “Jorge, ponete las pilas”.
