La vida es una mujer tan bella como misteriosa
y sabia. Pero no es sino cuando sufrimos, que aprendemos a escuchar y observar
detenidamente sus lecciones. Y no fue hasta que debí transitar por un sendero
muy oscuro, casi sintiendo el gélido aliento de la muerte, que pude
apreciarlas. Recién es la punta de un ovillo tan largo, que sólo veré el final
cuando realmente llegue el final. Sumado a esa experiencia, una conversación
con mi tío me enseñó dos metáforas: una salida de la boca de mi abuelo, y otra
de un anciano que se cruzó en la vida de mi tío cuando él era joven. La de mi
abuelo dice: “cuando salgas, no cierres esa puerta; por ahí pasó mi padre, el
padre de mi padre, y el padre del padre de mi padre; del mismo modo pasarán tus
hijos, y los hijos de tus hijos, y los hijos de los hijos de tus hijos”. Hace
referencia a que la puerta que atravesará mi tío en ese momento es la vida. Y
el hecho de dejarla abierta es para que los que siguen tras él, puedan seguir
sus huellas. Por eso mi abuelo hace referencia a su padre, su abuelo y su
bisabuelo; justamente para ejemplificar que él siguió los pasos de sus mayores,
dejó su huella para que la sigan sus hijos (en este caso mi tío), y como para
continuar el tránsito por la vida le pide a mi tío que siga marcando el camino
para que sus hijos, nietos y bisnietos continúen con su ejemplo.
La metáfora del anciano rezaba: “la vida es
como una escalera, y debés subirla peldaño por peldaño, lentamente, sin apuro;
nunca corriendo, porque podés tropezar y caer. Y cada vez que te ofrezca un
descanso, tomalo, así repondrás fuerzas para seguir subiendo”. La explicación a
esta metáfora es tan interesante como la anterior: Al transitar por la vida y
llevar a cabo nuestras rutinas, debemos ser más precavidos, detener la marcha a
una velocidad que nos permita apreciar mejor nuestro entorno, y todo aquello
que se nos ofrece a cada instante. Algo tan simple como mantener un diálogo con
nuestros padres, con un amigo o pareja, puede ser muy constructivo y revelador.
Si andamos siempre apurados, podemos perder mucho más que el supuesto tiempo
que perdemos al detenernos; contrariamente a eso, deteniéndonos ganamos mucho
más. Una palabra sabia de nuestro padre o madre, un punto de vista de nuestro
amigo, una sonrisa de nuestra pareja, pueden ser el gesto elemental para que
nuestro día sea mejor. Si pasamos apurados, corremos el riesgo de sufrir un
accidente; es decir, si no nos detenemos a apreciar ese pequeño gesto, tal vez
no tengamos una nueva oportunidad de disfrutarlo. Nunca sabremos cuándo es el
final del ovillo de la otra persona o nuestro.
Así fue que, deteniéndome en estos ejemplos,
pensándolos, más la explicación de mi tío, tomé esas frases como máximas para
aplicar en mi vida. Y si bien no hay que pensar en la muerte todo el tiempo y
en base a eso apreciar más la vida, sí deberíamos hacer las cosas por el simple
placer de vivirlas y regalarles a nuestros seres queridos más tiempo
compartido. Así la vida nos resulta más activa y productiva. Así, con pequeños
grandes gestos que llenen nuestra alma y la de nuestros semejantes, podemos
hacer un tránsito más agradable por este, nuestro camino. Nuestro ovillo y el
de los demás, se desmadejará de otra manera. Al menos, eso es lo que puedo
transmitir desde que
