20/08/2025

Mi Cobito

 Hoy, 20 de agosto de 2025, es un día especialmente triste, porque ya no volveré a verte ni a escucharte; tampoco voy a prepararte comida ni a enojarme porque te escapás a la calle con los otros perros... En realidad, ese enojo era la manifestación de un sentimiento de miedo e impotencia: miedo a que te pase algo malo, e impotencia de no poder evitarlo, porque corrías más rápido que yo y nunca te pude alcanzar...
 Fueron cinco años y nueve meses que compartimos entre juegos, mimos y más de una "travesura" cometida desde tu más íntima inocencia y tu más pura esencia. Porque vos, como todos los demás animales, sólo sienten el impulso y buscan la forma de satisfacerlo; sólo sienten, no razonan. Para eso estamos nosotros, aunque dejemos mucho que desear a la hora de comprenderlos.
 De los muchos momentos que vivimos, desde que eras un cachorro de dos meses hasta hoy, me quedan muchos recuerdos hermosos y felices, y algunos tristes. Por empezar, me acuerdo de tu primera cagada (literalmente hablando) sobre el asiento del auto, que me dejaste un regalito marrón oscuro; me acuerdo de tus primeros pasos en casa y rescato uno de los últimos que fue hace unos días cuando, repentinamente, mientras acomodaba unas porquerías en el patio, me trajiste tu pelotita de tenis y me invitaste a jugar. Fue irresistible volver a tirarla y verte correr detrás de ella para traerla nuevamente; en eso consistía nuestro juego, además de retenerla con fuerza entre tus dientes para que yo "luchara" hasta recuperarla o, en su defecto, si yo no te insistía la dejabas caer a mis pies y comenzabas a ladrar para que volviera a tirarla... Qué me iba a imaginar que sería nuestro último juego...
 Monadas como la del video que comparto, hay miles; con la pelotita, otras muchas; jugando con Cora, con Ástor, con los perros de la cuadra, muchísimas. Todas, ahora, son parte del mundo de recuerdos que me quedan de vos. Ese es tu legado para mí. Me hiciste reír, me hiciste enojar, me hiciste preocupar y también me hiciste emocionar. ¡Cuántas cosas provoca el amor! Es inevitable que me emocione al escribirte esta carta, pero son lágrimas mixtas: unas de dolor, otras de tranquilidad; dolor por la pérdida física y tranquilidad de saber que ya no hay sufrimiento en tu cuerpito.
 Hace unos meses empezó este último tramo, cuando te llevé al veterinario porque estabas muy flaco y débil. Tenías anemia y una bacteria que te había afectado el hígado y el páncreas. Te agarramos a tiempo, según el veterinario. Después de unos días de medicación y comer mejor que yó, repuntaste. Volviste a ser un travieso que se escapaba apenas encontraba la oportunidad; claro que nunca volviste a ser el perrito hiperactivo que siempre fuiste, pero seguías corriendo muy rápido y tampoco podía alcanzarte.
 Esas escapadas fueron las que, posiblemente, te llevaron a comer algo en descomposición y decantaron en este problema. Es imposible no sentir culpa y "negociar" conmigo mismo "qué hubiera sido si...", "si yo hubiese sido más cuidadoso, nunca te hubieras escapado..." y así. Básicamente, como decimos, es llorar sobre la leche derramada. No hay culpas, ni mías ni tuyas; sólo cierta negligencia de mi parte al no tomarme unos minutos para atarte antes de entrar con la moto y liberarte una vez cerrado el portón. Básicamente, esa es la negociación conmigo mismo de la que te hablé recién, y es total y absolutamente al pedo, porque ya es tarde.
 Estoy muy triste, te extraño y es muy difícil desde ayer llegar a casa y no ver tu nariz asomando por debajo del portón o verte salir corriendo hacia la esquina cuando me veías llegar. Lo cómico (y que aumentaba mi sentimiento de enojo e impotencia) era que te quedabas mirándome con esa carita de "no entiendo, ¿hice algo malo?", como esperando a que corra a buscarte y vos salir huyendo de mi alcance. Era tu juego, siempre lo fue; desde que eras un cachorro de seis meses, que te escapabas, te detenías, esperabas a que me acerque y salías corriendo. De esas escapadas, rescato una de tus "travesuras", que era traer de regalo una paloma muerta: abría la puerta y estabas sentadito junto a tu presente para nosotros.
 Pido perdón, a vos y a mí, por no darme cuenta de estos últimos regalos que me diste; por no haber querido aceptar que se acercaba el final. Porque te vi muy desmejorado en los últimos días y, pese a que te llevé al veterinario, no quise ver que eran los últimos días que compartiríamos físicamente. Conservo nuestras últimas miradas; tus ojitos hermosos, cansados y pálidos; esa mirada que decía tanto aunque no pudieras pronunciar palabras. Te abracé mucho, pero quisiera que hubieran sido muchos más. También me doy cuenta recién ahora que me diste señales de despedida, como la semana pasada cuando te echaste en mi cama o el domingo, cuando te echaste debajo de la mesa. Recién ahora entiendo que eran tus últimos encuentros con nuestra casa, la que conociste desde cachorro, donde transitaste la mayor parte de tu vida; recién ahora me doy cuenta...
 Te fuiste muy joven, mi hermoso Cobito, como me gustaba decirte, y ese es otro gran dolor... Imaginé que compartiríamos muchos años juntos, como compartí con otros perritos, pero nuestra historia fue más breve, aunque cargada de momentos entrañables a partir de hoy.
 Ahora sé que hay un alma más que me acompaña desde otro plano y un ser más que extrañaré hasta el final de mis días. Me hiciste muy feliz y lo seguirás haciendo en cada recuerdo. Te amo para siempre, Coby.

19/08/2025

Coby

 

Nació un 2 de octubre de 2019 junto a otros cinco hermanitos y la dueña de su mamá los daba en adopción, por no tener recursos para mantenerlos. Por esas cosas de la vida, mi ex pareja se contactó con ella y fui a buscarlo; era un pomponcito marrón con una rayita de pelo negro cruzando su lomo hasta la cola. Había mucho espacio en aquel patio que lo vio nacer y donde vivió sus primeros dos meses de vida; lo vi y me enamoré. Lo alcé, lo acaricié y nos fuimos; así fue nuestro primer encuentro. Pero antes de ese momento, Coby ya se llamaba Coby; fue por una marca de micrófonos; sin embargo, tiempo después la gente confundía su nombre con Covid (y en algo se parecían: Covid y Coby hicieron desastres).

 Durante los primeros días de adopción vivió conmigo, recién a la semana fue a la casa en la que viviría el siguiente año. Aquellos primeros días, creo, fueron los que marcaron nuestro vínculo. Luego, en la otra casa, jugábamos y salíamos a pasear a la plaza Sarmiento, que quedaba cerca.

 Con el correr de los meses, se fue haciendo grande y dañino, jugaba con lo que se le pusiera en frente y mordía todo aquello que cupiera en su boca: una zapatilla, una media, un almohadón, una botella plástica, un calzoncillo y un amplio etcétera. Todo rompía, hasta que le compré una pelota de goma bien dura y pesada; al principio no la podía sostener, pero se las ingeniaba para jugar. Igual, cuando le caía algo para morder (y romper) lo aprovechaba.

 Hay muchas anécdotas en esa primera etapa de vida, pero me quedo con la que, a mi criterio, es la mejor: cuando fue un poco más grande, rondando los seis meses de vida, lo dejábamos salir a pasear, pero era cómico el "regalo" que traía: palomas muertas. Siempre nos dejaba en la puerta un regalito de esos, mientras esperaba a que le abriéramos para entrar a comer.

 Tiempo después, vino la separación y con ella la situación que plantea la canción de Jesse & Joy: ¿Con quién se queda el perro? Luego de debatir sobre los pro y los contras, decidimos que lo mejor para Coby sería que viviera conmigo, porque en casa tendría patio y otros dos perros para jugar, Pompín y Cora, además de un gato, Ástor. Así fue que Coby se volvió a subir al auto, esta vez de mi viejo, y se mudó a su casa definitiva.

 El tiempo fue pasando, Pompín y Cora fallecieron, y sólo quedaron Coby y Ástor. Lo llamativo es que, pese a ser perro y gato, se llevan muy bien. El tema es que Coby necesitaba otros perros, así que lo fui dejando que de a poco se hiciera amigo de la barra de los perros de la cuadra (pese a tener casa, andan siempre en la calle). El problema comenzó cuando Coby redescubrió el gustito de la libertad que da la calle, entonces empezó a pasar algunos días afuera, callejeando y jugando con los otros perros. Pero, si hubiera sido sólo eso, no existiría problema alguno... El tema es que comía cualquier cosa, y eso comenzó a deteriorar su salud.

 Poco a poco comenzó a perder peso hasta que, en el mes de marzo o abril de este año, lo llevé al veterinario. El diagnóstico no era bueno: problemas hepáticos y pancreáticos a causa de una bacteria que, además, le provocó anemia. Con medicación y cuidados (básicamente, que no salga a la calle) fue recuperando energía y vitalidad. Pero la tranquilidad duró poco... Desde hace unas semanas comenzó a escaparse nuevamente: cada vez que abría el portón de casa para entrar o salir, el tipo trataba de salirse. La mayoría de las veces podía retenerlo o impedirle el paso, pero esas pocas veces que agarró la calle, fueron decisivas para que su salud se complique nuevamente. Comenzó por perder peso paulatinamente y, en consecuencia, energía.

 Coby siempre fue un perro hiperactivo, pero últimamente estaba más tranquilo, incluso, ya no corría al gato para jugar como lo hizo hasta hace dos semanas. Entonces, decidí llevarlo al veterinario, que lo medicó para la anemia y volvimos a casa; la indicación fue que le diera algo de pollo hervido o carne, pero nada más y que volviéramos mañana (o sea, hoy). Sin embargo, no comió. Hoy lo llevé al veterinario y se quedó internado, para que le pase suero y evaluar su recuperación.

 Sinceramente, es una situación que me angustia mucho. Escribí esta entrada solamente para desahogarme y recordar un poco de su carácter inquieto, que es lo que más me gusta de él. Ya quisiera que se reponga y me traiga su pelota (que no es la pesada, es otra que ya está pinchada de tantos mordiscos) y salga corriendo con la misma torpeza de un cachorro, cosa que sigue manteniendo hasta el día de hoy.

 Te espero para que volvamos a jugar y para cuidarte mejor, mi hermoso Cobito.

Se estuvo tan cerca...

   Se terminó otra ilusión; otra Copa Libertadores que se niega a dar una vuelta olímpica en el Cilindro de Avellaneda. En el pueblo racingu...