Personajes hay en todas las ciudades y pueblos,
muchos de ellos son conocidos por su apodo y otros, en cambio, son
completamente anónimos; se los conoce porque frecuentan los mismos lugares,
porque siempre están vestidos con la misma ropa o por sus hábitos, pero nadie
sabe cómo se llaman, sólo son identificados por estas señas particulares.
El personaje que me convoca hoy a escribir
encuadra dentro de los que uno conoce por el apodo y por determinadas señas
particulares; nunca supe cómo se llama o, si lo supe, hoy no lo recuerdo. Sí sé
dónde vivía, porque es cerca de mi casa materna, además que es tío o pariente
cercano de una persona que conozco. Sus señas particulares fueron siempre las
mismas: sucio, desprolijo, con los ojos muy rojos y caminando a los tumbos; eso
sí, siempre amable y respetuoso. Al menos, así es desde que tengo memoria de
haberlo visto por primera vez, una tarde de 1.997; a excepción de la amabilidad
y el respeto, las demás características fueron siempre iguales: yo volvía
caminando de la escuela, como habitualmente hacía, y cuando estaba a dos
cuadras de mi casa vi a un hombre tirado sobre la vereda junto a su bicicleta;
no se movía, pero tampoco me animé a acercarme a ver si respiraba (de ahí que
no conocí, en esa ocasión, su fase respetuosa y amable, porque él estaba
dormido). En ese momento yo tenía 13 años y nunca había estado tan cerca de un
accidente en la vía pública (bueno, es lo que yo pensaba en ese momento), así
que toqué el timbre en una casa y le pregunté a la mujer que me atendió si
podría llamar a la ambulancia para que atienda a ese hombre que estaba caído en
la vereda de en frente. Ella lo miró y me dijo: “quedate tranquilo, él siempre
se cae porque es borrachín. Ya se va a levantar cuando se le pase el pedo.
Gracias igual”. Y después de eso, con una amable sonrisa, cerró la puerta.
Seguí camino a mi casa, deben haber sido las
18.15 de una tarde más o menos cálida, porque recuerdo que había sol y era
otoño. Poco después salí en la bicicleta, pasé por ahí y, efectivamente, él ya
no estaba. Eso me dejó tranquilo y di fe que la mujer tenía razón: se levantaría
cuando se le pasara el pedo.
Pero después de ese primer encuentro (en el
que él no me conoció por los motivos que ya conté) comencé a prestarle atención
a la esquina en la que vivía. Hasta ese momento, hasta ese día, era una esquina
más como las muchas que uno cruza a diario y pasan inadvertidas, como parte de
un paisaje monótono y sin vida. Pero desde ese día, esa esquina pasó a tener
dueño, pasó a tener una historia; alguien vivía en ese lugar tan feo y tenía un
problema: se chupaba, se mamaba y se caía en cualquier lado.
El tiempo pasó, fui creciendo y el camino a la
escuela fue siempre el mismo, así que esa esquina era ya parte del paisaje al
que le prestaba atención y no al que pasaba desapercibido. Ocasionalmente lo
veía trastabillando para subirse a la bicicleta o, por el contrario, intentando
bajarse, siempre apoyando un pie en el cordón como para ganar un poco más de
altura y subirse a (o bajarse de) su bicicleta. Alguna vez lo he visto sentado
en el pasto, apoyando su espalda contra el tapial de su esquina, de su casa;
también, alguna vez lo vi “dormido” sobre el pasto escarchado en algún
invierno, cuando iba para la escuela o cuando volvía. Era una escena que me
causaba curiosidad y tristeza, aunque, en mi mente adolescente y carente de
empatía, no se me cruzaba por la cabeza acercarme a ver si necesitaba ayuda. Me
daba miedo que la gente me fuera a juzgar por acercarme a “ese borracho” y me
tildaran, andá a saber de qué (porque la gente es mala y comenta). Entonces,
pensando con más de 20 años de distancia, me doy cuenta que si me acercaba a
hablarle, en una de esas, él podría haber sentido que alguien le daba importancia
y que no estaba solo, y yo también podría haber descubierto a un nuevo ser
humano frente a mí. Pero en aquellos años mis intereses eran otros totalmente
distintos: yo quería ver si me podía levantar a una pendeja y tener novia, para
no ser el único del grupo que no tenía y, por ende, dejar de ser “el raro”, el
que “si no tiene novia, seguro que algo tiene”; nadie pensaba que yo no tenía
novia porque no me animaba a encarar a una mina... En fin, me quedaba nomás con
la curiosidad y nada más, seguía mi ruta. Pero él vivía ahí y siempre estaría
la posibilidad de cruzarlo cada vez que iba a la escuela o cuando volvía;
además, como hacía doble turno, pasaba 4 veces al día por esa esquina y las
posibilidades de verlo y alimentar mi curiosidad, aumentaban…
Los años pasaron, terminé la secundaria y
empecé a trabajar, pero mi ruta seguía llevándome a pasar por esa esquina, así
que el paisaje continuaba siendo el mismo: ocasionalmente lo veía desparramado
en el suelo, durmiendo o tratando de levantarse, y yo siendo un simple
espectador; nunca me involucré. De hecho, el tiempo siguió pasando y trayendo
nuevas cosas: descubrí que tenía una vida social, no era un ermitaño que vivía
en una covacha, ¡tenía amigos! Está bien, eran amistades que hacían lo mismo
que él: juntarse a chupar como si no hubiera un mañana y luego irse a dormir… O
quedarse dormidos en el patio o la vereda, donde el sueño (y el pedo) los
venciera. Eso sí: jamás tuvo que ir la policía a esa casa por algún vecino que
se quejara, porque él y sus amigos nunca molestaron a nadie. Ellos se juntaban
y hacían la suya; es más, si te cruzaban saliendo de la casa, te saludaban y
seguían su rumbo. Era como ver una postal de los viejos almacenes y bolichones
de pueblo, que los “viejos” salían un poco entonados, pero con el respeto por
los demás intacto. Bueno, así eran estos muchachos.
Nunca indagué en su historia, hasta que conocí
a una chica (de mi edad, unos 30 o 32 años tenía ella en ese momento) y
charlando sobre las cosas cotidianas de cada uno, no sé cómo llegué a contarle
de este personaje. La cosa es que él era hermano o primo de la mamá de ella,
así que ahí conocí un poco más de su historia, pero apenas un poco: en esa casa,
él vivía con su madre hasta que la mujer falleció; aparentemente, ese fue el “click”
que lo llevó a tomar. O sea, viéndolo hoy, casi 10 años después de esa charla,
es probable que se haya deprimido por la muerte de su madre y, al no contar con
ninguna contención, la única salida que encontró fue la bebida.
Esta historia empezó hace mucho más de 27
años, de aquella tarde de otoño de 1.997, cuando lo vi por primera vez, caído
en la vereda de su casa. Vaya uno a saber cuándo se gestó en él esa angustia
que lo sumergió en el oscuro y triste mundo del alcoholismo. Como decía hace un
rato, lo bueno es que siempre fue muy respetuoso y jamás se metió en problemas
con nadie; él se chupaba y no jodía los vecinos ni a los ocasionales
transeúntes que pasaran por su vereda. Eso sí, era objeto de miradas curiosas,
como la que yo fijé en él, pero también de miradas juiciosas, prejuiciosas y,
peor aún, indiferentes. Él era parte de un paisaje frío y sin importancia, de
un lugar feo y sucio, carente de belleza estética; pero nadie, y me incluyo,
pudo ver que detrás de ese entorno tan feo vivía un ser humano con los mismos
sentimientos que cualquiera que lo miraba al pasar. Quizás era fanático de un equipo
de fútbol, quizás tuvo un amor que nunca pudo concretar, quizás ha soñado con
una familia, quizás ese sueño, su amor, su fanatismo, se diluyeron con el
tiempo en tantas cajas de vino…
Hace unos días, mi vieja me comentó que estaba
internado, muy delicado; no importa por qué, sólo sabíamos que no le quedaba
mucho hilo en el carretel… Hoy, 16 de noviembre, mi vieja me contó que había
fallecido. Sinceramente me dio pena, porque pensé en su vida y traté de ponerme
en su lugar por un instante. Debe ser feo vivir así, sin oportunidades, en
medio de la mugre, acompañado solamente por una cajita de vino y los dolores de
una vida de miseria; debe ser feo sentirse invisible para una sociedad que sólo
te mira para asquearse de tu aspecto o para curiosear en tu desdicha; debe ser
feo que te conozcan por ser un “borrachín” y te tilden de vago o de mugriento,
que te adjudiquen supuestos sin fundamentos y sin siquiera saber si tenías algo
que decir. Mi viejo lo conoció y da fe que era buen tipo. Este personaje del
que hablo, era una de esas personas anónimas que mencioné al principio, conocido
sólo por su apodo: Cándido, le decían; su nombre es un misterio.
