Las luces del alba asomaban, tenues, entre los
nubarrones. Despuntaba una jornada decisiva para la historia y para aquellos
hombres que aguardaban el momento justo para actuar.
Afuera, la gente también estaba expectante:
armas, distintivos, movimiento de carretas, gauchos y milicianos, se mezclaban
con los relinchos y el ruido metálico de espuelas, facones y bayonetas.
Por fin, la hora indicada había llegado; el
sacerdote dio su bendición y la muchedumbre encaminó sus pasos hacia el Cabildo
de Buenos Aires poniendo fin a la espera.
Comenzaba a escribirse una nueva página en la
historia.
