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27/05/2025

Veinte horas

15 de diciembre de 2011

 

 Cuando vi llegar a mi compañera, me encontraba en el banco del patio de mi trabajo leyendo el libro No hay Tiempo que Perder, de Reynaldo Sietecase. Eran casi las cuatro de la tarde. Mi jornada se había excedido prolongadamente, ya que mi horario de salida era a las ocho de la mañana. Fue un día largo, aunque la guardia fue calma: pude leer, hacer crucigramas y mirar un poco de televisión, mientras esperaba a que los socios del servicio privado de emergencias médicas llamaran solicitando una visita o, en el peor de los casos, por una emergencia. Durante la noche, fueron unas pocas salidas de la ambulancia, consultas por fiebre, mareos, náuseas, pero ninguna emergencia, hasta que sucedió: las 03.50 de la madrugada, llamaron para ver a un paciente que no respondía a estímulos, y parecía no estar respirando. “…me parece que no respira… José, José (mi interlocutor intentaba despertar al paciente, cuyo parentesco desconozco, mientras hablaba conmigo) Vengan rápido… José, José… No respira…”. Finalmente, el anciano había muerto. El resto de la jornada fue igual de tranquila que la noche, como si los pacientes supiesen del cansancio de mis compañeros y mío, y hubiesen hecho el esfuerzo de soportar sus malestares en silencio para hacernos más liviana la guardia.

 Saludé a Noelia, que llegaba a relevarme, la puse al corriente de lo ocurrido en el día y le pasé los servicios pendientes; tomé mi mochila, mi moto, y partí. El sol de la tarde era cálido. Una leve brisa traía consigo el aire caliente de diciembre; Venado Tuerto es calurosa cuando quiere. Camino a mi casa, iba pensando en llegar, sólo quería dormir, aunque también pensaba en escribir lo ocurrido. No tenía idea qué hacer primero, aunque sabía que debía seguir ese orden: llegar, acostarme un rato y luego escribir. Antes de arribar a mi refugio, pasé por un telecentro a comprar una tarjeta prepaga para mi teléfono; el problema de quienes nos quedamos sin crédito es destinar dinero (fuera de presupuesto) para una tarjeta. Por fin, con la compra realizada, emprendí el recorrido por las últimas calles hasta mi casa. Ya no sentía la brisa, no le prestaba atención; sólo pensaba en llegar.

 Abrí el portón que da a la calle, entré la moto y lo cerré; la estacioné en el patio, atravesé la puerta de casa y, una vez adentro, el primer paso de mi plan estaba dado. Sin embargo, antes de dormir, cargué el crédito en el celular (por las dudas).  “Su saldo es de veinte pesos…” me decía la computadora de la compañía telefónica con parca voz de mujer, como una novia enojada que te habla con desdén. Finalmente, llegué al dormitorio, me desligué de toda vestimenta y me metí a la cama. Mi cuerpo necesitaba renovar la energía que había consumido, por el simple hecho de haber permanecido alerta tanto tiempo; veinte horas de guardia, más las que había transitado el día anterior, con apenas tres de descanso. Cerré mis ojos y ya no existía nada más, sólo el placer de sentir cómo iba relajándome poco a poco en ese abrazo que la almohada y el colchón me daban.

 Desperté a las siete de la tarde, hora que había programado en la alarma del teléfono; no había sido muy largo el descanso, pero con eso tiraba hasta que volviera a acostarme. Encendí la radio y la inconfundible voz de Sebastián Vignolo parecía darme la bienvenida a la tarde noche. El aire de mi casa estaba viciado por haber permanecido tanto tiempo cerrada y los ambientes me pedían a gritos que abriera las puertas de par en par: “¡Ventilá un poco!”. Pero hice caso omiso, porque estaba en calzoncillos, deambulando por la intimidad de mi hogar, y no quería vestirme. Puse el agua a calentar y preparé el mate; recién ahí, cuando terminé con eso, decidí a dar el último paso de mi plan y encendí la computadora. Ahora sí, estaba listo para escribir y contar esta historia que, como cualquier hecho, puede ser narrada. Eso lo aprendí también de Sietecase. “Todo es narrable”, dijo en la charla que dio en la Biblioteca Ameghino, hace dos semanas. Aun no puedo creer haberlo conocido; “todo es narrable”, y estas veinte horas, también.

 Cebé el primer mate, le di un sorbo y posé mis dedos sobre el teclado… 

29/04/2025

La vida sigue

Hace mucho que no escribo, pero ayer me anoticié de un hecho muy triste que fue la gota que llenó el vaso y me motivó a escribir algo que venía craneando desde hace bastante.

Todos sabemos que, de un momento a otro, podemos dejar este plano; no importa cómo ni en qué circunstancias, pero somos conscientes de eso. Sin embargo, no estamos pensando en que nos vamos a morir; sin embargo, lo que sí está bueno es plantearse individualmente: ¿Qué hago con mi existencia? ¿Dialogo? ¿Reflexiono? ¿Digo "te amo" o "te quiero" a mis seres queridos? ¿Disfruto de las pequeñas cosas de la vida? ¿Cuánto tiempo malgasto sintiéndome mal y preocupándome? ¿Me gusta mi trabajo? ¿Miento, o hablo con sinceridad? ¿Me cuido y cuido a los demás? ¿Cuánto tiempo hace que no veo a tal persona? ¿Me ocupo de contactarla? Y esa lista de preguntas se puede extender hasta el infinito. La cuestión es preguntarse sobre la propia vida, sobre los propios afectos y, con la más cruda sinceridad, reconocerse qué se está dejando de hacer o, como me gusta decir, qué se está procrastinando. ¿Por qué y para qué dejamos para después? Después llamo, después voy, después hago... Después puede ser muy tarde. Especialmente si se trata de personas, y es acá a donde apunto con este texto.

Como decía al principio, todos sabemos que nos podemos morir de un momento a otro, pero no vivimos pensando en eso y está bien, porque la muerte es lo único asegurado que tenemos en la vida y pensar tanto en ella sería una pérdida de tiempo. El tema es que, mientras respiramos, tenemos la obligación (me atrevo a decirlo así) de VIVIR: abrazar más, estudiar, aprender algo nuevo, tomar unos mates con los amigos un día cualquiera. disfrutar de jugar como niños, etcétetetetetetetetetetetetetetetetetera (un amplio etcétera). ¿Y por qué? Porque, cuando alguien se va repentinamente, recordamos las veces que dijimos que "después llamo" o "después voy"; porque ese tiempo que se va no vuelve; porque, una vez que alguien se va, es para siempre y nunca más habrá un nuevo encuentro; porque cuando la salud flaquea nos acordamos de todo lo que no hicimos por vergüenza, por lo que va a pensar el resto, porque "ya estoy grande para eso"; porque estamos vivos ahora y la obligación de vivir es ahora. ¿Y para qué? El "para qué" es más duro, pero más corto: Simplemente, para no vivir con la angustia del "mirá si hubiera ido antes" o "mirá si lo hubiera hecho antes". Esa angustia enferma más que cualquier virus, porque se alía con la culpa y juntas se comen a una persona desde adentro.

Entonces, para ir cerrando este pensamiento, la vida se vive y se llena todos los días. No hace falta llamar ni visitar a todos tus seres queridos, pero sí un mensajito, una llamada o una visita de vez en cuando. Básicamente, para sentir más tranquilidad en tu alma cuando alguien se vaya para siempre, porque después vendrán a decirte que "la vida sigue", y sí, es así; pero no es lo mismo que la vida siga con una eterna culpa, que con el sentimiento de haber vivido cada momento.

01/10/2024

"Trébol de 4 hojas"


 Llegar a determinada edad y no tener una familia constituida (esposa e hijo, por ejemplo), además de tener una situación económica inestable (o, por decirlo de otra manera, de mierda), genera angustia y una cantidad importante de cuestionamientos hacia la propia existencia: ¿Qué decisiones tomé a lo largo de mi vida para haber llegado hasta acá? ¿Qué decisiones tomo a diario? ¿Estas decisiones me ayudan a mejorar mi calidad de vida, la empeoran o la mantienen? Y así un montón de preguntas que me hago a diario porque tengo 41, porque llego a mitad de mes y empiezo a arañar la lata; o sea, no tengo plata y empiezo a sacar los últimos pesos que andan dando vueltas por la billetera o por algún bolsillo. Es penoso, es difícil de digerir y de aceptar, porque muchos ex compañeros de primaría, secundaria o de facultad, hoy ya tienen sus familias constituidas, una estabilidad económica que les permite, al menos, tener un auto o algo de plata hasta volver a cobrar el sueldo. Yo no. Apenas si puedo juntar unos mangos con los dos acompañamientos particulares que veo 2 veces por semana a cada uno. Con eso tiro, pero no alcanza.

 Es difícil pensar con calma cuando la cabeza es un tumulto de ideas y cuestionamientos que no llevan a ninguna parte, excepto a profundizar la angustia. Cuando hay algo de plata, uno se siente más tranquilo y puede pensar cómo hacerla crecer, pero hay que tener cuidado con el autosabotaje de pensar en los pagos pendientes y que la poca plata que hay en este momento no alcanza.

 Le debe pasar a más de una persona que lee este artículo, que cranea ideas para hacer crercer la economía doméstica. Uno se basa en lo que conoce, lo que le gusta o, simplemente, lo que pueda generar plata fácil y con poca o nula inversión. Quizás aparece una buena idea, pero también los cuestionamientos: ¿esto será rentable? ¿A quién le puedo vender esto? ¿Cuánto tiempo tardaré en generar un buen ingreso extra? ¿Y si invierto y no vendo? Y así un montón de preguntas más, que dan vueltas en la cabeza alrededor de la "grandiosa idea". Bueno, lo cierto es que hay que planificar y mantener la paciencia y la constancia para llevar adelante el proyecto. El principal obstáculo entre la idea y el resultado materializado es uno mismo; sí, uno mismo es quien se trunca los proyectos. No son las entidades financieras que otorgan créditos, ni el Estado, ni el vecino que tira mierda; es uno mismo, con esos cuestionamientos permanentes y negativos.

 Decía que hay que macerar y mantener la paciencia y la constancia para llevar adelante un proyecto. En mi caso, por ejemplo, pienso mucho y muchas veces mis proyectos quedan en una hoja o archivados en alguna carpeta de mi computadora. Si los extendiera un poco más y los llevara a la práctica, seguramente funcionarían y terminaría por no tener tiempo de llevarlos a cabo a todos. Por eso, lo mejor es la organización y la dedicación de tiempo y energía a un solo proyecto a la vez.

 Primero, evaluar entre todos los proyectos que andan dando vueltas y rescatar los más rentables, por decirlo así. Luego, examinar entre estos cuál es el que mejor se adapta a las condiciones actuales. Por último, tomar uno, el más especial, el que más nos convenza que ese es EL PROYECTO y comenzar a organizarlo, planificarlo y trabajarlo. Llevará mucho tiempo, pero al estar en marcha, el objetivo final ya estará mucho más cerca que antes.

 Sí, leerlo así, en una publicación de un blog es fácil y queda lindo, pero para llevarlo a la práctica son necesarias cuatro etapas, pasos o, como dice el título, las cuatro hojas del trébol: decisión, voluntad, paciencia y constancia. 

  1. Decisión de llevar a la práctica el proyecto
  2. Voluntad de comenzar
  3. Paciencia en el proceso
  4. Constancia para llevarlo a cabo hasta materializarlo
 Hace muchos años (doce, para ser exactos), creé esta idea del trébol de 4 hojas después de una charla con mi kinesiólogo, cuando estaba haciendo una rehabilitación. En ese momento, él me explicó que para lograr una buena recuperación era necesario tener voluntad, paciencia y constancia; con esa base, entendí que vale para cualquier emprendimiento, incluso para lo más simple, como puede ser el orden de la casa o de la economía familiar. Entonces me di cuenta que a esa idea le faltaba una pata: la decisión de llevar a la práctica lo que sea que uno se proponga. Entonces es así como quedó esta idea del "trébol de 4 hojas".
 Esta es una simple reflexión de autoayuda que me sirvió y me sirve para no desesperarme y buscar siempre una salida airosa de la situación adversa de mi economía. Cabe aclarar una sola cosa, que es muy importante: si la paso mal económicamente es porque tomé malas decisiones con mi dinero; nadie tiene la culpa a excepción de mí, que no supe administrarme. De la misma manera, la solución depende de mí y de las decisiones que tome a partir de ahora. No será un camino rápido ni fácil, pero una vez que se comienza ya se está más cerca del resultado. Si te suena, quizás sea hora que tomes tu trébol y comiences a realizar el camino de las 4 hojas, en pos de tu crecimiento.

26/09/2024

La procrastinación individual de la manada.

 

 La vida es interesante... Nacemos, crecemos y morimos. A lo largo de esas tres instancias forjamos nuestra historia y nos encontramos con personas que dejan huella en nuestra vida. Personas que conocemos en determinado momento y continuamos un vínculo durante varios años o, quizás, con las que entablamos un breve contacto, efímero en el tiempo de nuestra vida, pero que dejan una estela de su esencia en nuestra historia. De cualquier manera, cada persona con la que interactuamos nos lega algo de sí y nos construye, nos ayuda a crecer un poquito más; en resumen, cada contacto nos deja una experiencia. Pero también está la otra parte de la vida, la que duele largamente, la que nos deja una sensación amarga, la que marca el fin de una etapa: la muerte. ¿Y qué es la muerte? Es más que la desaparición física de un ser vivo; la muerte es el fin de un ciclo y es ahí donde los seres humanos experimentamos uno de los dolores más profundos; cuando elaboramos un duelo que puede ser breve o durar años, quizás, hasta el fin de nuestra existencia.

 Estas dos últimas semanas han sido para mí un resumen de esto que acabo de escribir, porque en estos días transcurridos desde el martes 17 hasta el martes 24 de septiembre, han sido golpes emocionalmente fuertes: la mamá de un amigo de la infancia, quien también era amiga de mi mamá; un ex compañero de la facultad, con quien mantuvimos una amistad durante varios años; un hombre mayor con quien debía comenzar un acompañamiento y apenas habíamos tenido tres entrevistas; y un hombre a quien acompañaba desde hacía más de 5 años; también, en estos días me enteré del fallecimiento de un hombre a quien había entrevistado una sola vez, que era el papá de una mujer que acompañé mucho tiempo. Desde 2020, cuando la pandemia nos azotaba con muertes todos los días (que, cada tanto, era alguien cercano), que no tenía esta sensación de pérdida.

 ¿Los seres humanos somos extraños o es parte de nuestra naturaleza, esto de sentir la muerte cuando sucede? ¿Somos conscientes de nuestro paso por la vida y de los vínculos, o nos damos cuenta cuando hay poco tiempo o, peor aún, cuando ya es tarde? Nos alejamos de los vínculos, nos ensordecemos y cegamos ante la rutina y dejamos de prestar atención a las personas que queremos, las mantenemos presentes en el recuerdo pero no hay llamados o mensajes; quizás, mantenemos un contacto periódico, pero no profundizamos en temas sensibles o de cercanía. ¿Será el comportamiento de la manada (*) el que nos condiciona, nos lleva a avanzar en el día a día; el que ocasionalmente nos permite retornar para ver cómo están los demás seres que conocemos y luego nos obliga a seguir adelante en nuestra vida? Porque, cuando uno de esos seres se va, se pierde o se muere, es cuando recordamos que es (o era) importante para nosotros. ¿Entonces, por qué o para qué dejamos pasar el tiempo? ¿Por qué o para qué dejamos para después una visita o un mensaje? Sí, la rutina de la manada nos obliga a seguir avanzando y no nos queda tiempo en el día para hacer las visitas pendientes; pero no es excusa para dejar atrás a personas significativas o para dedicar unos minutos más de la visita periódica y conversar un poco sobre la vida u otra cosa que nos permita reencontrarnos con la humanidad que nos caracteriza y dejar de ser, al menos por un momento, parte de esa manada que avanza sin detenerse.

 Lamentablemente, fue necesario que murieran cinco personas cercanas o conocidas, para inspirarme esta reflexión. Lamentablemente, también, no es la primera vez que lo pienso. Lamentablemente, me dejo arrear por la manada, más allá que el dolor pasa con el tiempo, las energías y la pulsión de vida vuelven a su cauce cotidiano y me vuelvo a olvidar de lo importante, que es lo que mencionaba líneas arriba: si no podemos visitar personalmente, podemos tomarnos unos minutos para hacer una llamada o enviar un mensaje. La vida no debe ser únicamente transitar los días junto a la manada, sino que es también prestarnos atención individualmente, encontrarnos con nuestra humanidad más esencial y permitirnos estar cerca de quienes queremos. Porque, cuando se alejan de la manada, se pierden o se mueren, ya es tarde para todo y el dolor se hace mucho más grande y pesado.

 Yo creo que todo termina cuando debe terminar y que nadie se muere en la víspera, o sea, nadie se muere antes de tiempo y dejando algo pendiente en su esencia (que no es lo mismo que en la vida en general). Pero si a eso le sumamos el encuentro cercano durante el tiempo de vida, mientras ambos respiramos, cuando llegue el momento de la despedida definitiva no quedarán asuntos pendientes que lamentar; sólo la pérdida física. Esto, aunque parezca uno de esos "consejos útiles para vivir mejor", puede ayudar a la elaboración del duelo y mitigar un poco el dolor. Porque ese dolor de la pérdida, cuando no hay un contacto y sólo se remite a los recuerdos, se acentúa con la culpa de no habernos hecho tiempo para compartir un mate, una charla o un simple saludo por mensaje; en definitiva, un mínimo contacto para hacerle saber al otro que estamos ahí, que esa persona aún sigue siendo importante y que le dedicamos una porción de nuestro tiempo, de nuestra vida.

 Después nos vemos, después paso, después, después, después... Después, puede ser muy tarde.


(*) Este "comportamiento de manada" que menciono no tiene que ver con la definición psicológica, sino que es una metáfora para explicar una idea.

17/11/2023

Un personaje conocido y anónimo

 

 Personajes hay en todas las ciudades y pueblos, muchos de ellos son conocidos por su apodo y otros, en cambio, son completamente anónimos; se los conoce porque frecuentan los mismos lugares, porque siempre están vestidos con la misma ropa o por sus hábitos, pero nadie sabe cómo se llaman, sólo son identificados por estas señas particulares.

 El personaje que me convoca hoy a escribir encuadra dentro de los que uno conoce por el apodo y por determinadas señas particulares; nunca supe cómo se llama o, si lo supe, hoy no lo recuerdo. Sí sé dónde vivía, porque es cerca de mi casa materna, además que es tío o pariente cercano de una persona que conozco. Sus señas particulares fueron siempre las mismas: sucio, desprolijo, con los ojos muy rojos y caminando a los tumbos; eso sí, siempre amable y respetuoso. Al menos, así es desde que tengo memoria de haberlo visto por primera vez, una tarde de 1.997; a excepción de la amabilidad y el respeto, las demás características fueron siempre iguales: yo volvía caminando de la escuela, como habitualmente hacía, y cuando estaba a dos cuadras de mi casa vi a un hombre tirado sobre la vereda junto a su bicicleta; no se movía, pero tampoco me animé a acercarme a ver si respiraba (de ahí que no conocí, en esa ocasión, su fase respetuosa y amable, porque él estaba dormido). En ese momento yo tenía 13 años y nunca había estado tan cerca de un accidente en la vía pública (bueno, es lo que yo pensaba en ese momento), así que toqué el timbre en una casa y le pregunté a la mujer que me atendió si podría llamar a la ambulancia para que atienda a ese hombre que estaba caído en la vereda de en frente. Ella lo miró y me dijo: “quedate tranquilo, él siempre se cae porque es borrachín. Ya se va a levantar cuando se le pase el pedo. Gracias igual”. Y después de eso, con una amable sonrisa, cerró la puerta.

 Seguí camino a mi casa, deben haber sido las 18.15 de una tarde más o menos cálida, porque recuerdo que había sol y era otoño. Poco después salí en la bicicleta, pasé por ahí y, efectivamente, él ya no estaba. Eso me dejó tranquilo y di fe que la mujer tenía razón: se levantaría cuando se le pasara el pedo.

 Pero después de ese primer encuentro (en el que él no me conoció por los motivos que ya conté) comencé a prestarle atención a la esquina en la que vivía. Hasta ese momento, hasta ese día, era una esquina más como las muchas que uno cruza a diario y pasan inadvertidas, como parte de un paisaje monótono y sin vida. Pero desde ese día, esa esquina pasó a tener dueño, pasó a tener una historia; alguien vivía en ese lugar tan feo y tenía un problema: se chupaba, se mamaba y se caía en cualquier lado.

 El tiempo pasó, fui creciendo y el camino a la escuela fue siempre el mismo, así que esa esquina era ya parte del paisaje al que le prestaba atención y no al que pasaba desapercibido. Ocasionalmente lo veía trastabillando para subirse a la bicicleta o, por el contrario, intentando bajarse, siempre apoyando un pie en el cordón como para ganar un poco más de altura y subirse a (o bajarse de) su bicicleta. Alguna vez lo he visto sentado en el pasto, apoyando su espalda contra el tapial de su esquina, de su casa; también, alguna vez lo vi “dormido” sobre el pasto escarchado en algún invierno, cuando iba para la escuela o cuando volvía. Era una escena que me causaba curiosidad y tristeza, aunque, en mi mente adolescente y carente de empatía, no se me cruzaba por la cabeza acercarme a ver si necesitaba ayuda. Me daba miedo que la gente me fuera a juzgar por acercarme a “ese borracho” y me tildaran, andá a saber de qué (porque la gente es mala y comenta). Entonces, pensando con más de 20 años de distancia, me doy cuenta que si me acercaba a hablarle, en una de esas, él podría haber sentido que alguien le daba importancia y que no estaba solo, y yo también podría haber descubierto a un nuevo ser humano frente a mí. Pero en aquellos años mis intereses eran otros totalmente distintos: yo quería ver si me podía levantar a una pendeja y tener novia, para no ser el único del grupo que no tenía y, por ende, dejar de ser “el raro”, el que “si no tiene novia, seguro que algo tiene”; nadie pensaba que yo no tenía novia porque no me animaba a encarar a una mina... En fin, me quedaba nomás con la curiosidad y nada más, seguía mi ruta. Pero él vivía ahí y siempre estaría la posibilidad de cruzarlo cada vez que iba a la escuela o cuando volvía; además, como hacía doble turno, pasaba 4 veces al día por esa esquina y las posibilidades de verlo y alimentar mi curiosidad, aumentaban…

 Los años pasaron, terminé la secundaria y empecé a trabajar, pero mi ruta seguía llevándome a pasar por esa esquina, así que el paisaje continuaba siendo el mismo: ocasionalmente lo veía desparramado en el suelo, durmiendo o tratando de levantarse, y yo siendo un simple espectador; nunca me involucré. De hecho, el tiempo siguió pasando y trayendo nuevas cosas: descubrí que tenía una vida social, no era un ermitaño que vivía en una covacha, ¡tenía amigos! Está bien, eran amistades que hacían lo mismo que él: juntarse a chupar como si no hubiera un mañana y luego irse a dormir… O quedarse dormidos en el patio o la vereda, donde el sueño (y el pedo) los venciera. Eso sí: jamás tuvo que ir la policía a esa casa por algún vecino que se quejara, porque él y sus amigos nunca molestaron a nadie. Ellos se juntaban y hacían la suya; es más, si te cruzaban saliendo de la casa, te saludaban y seguían su rumbo. Era como ver una postal de los viejos almacenes y bolichones de pueblo, que los “viejos” salían un poco entonados, pero con el respeto por los demás intacto. Bueno, así eran estos muchachos.

 Nunca indagué en su historia, hasta que conocí a una chica (de mi edad, unos 30 o 32 años tenía ella en ese momento) y charlando sobre las cosas cotidianas de cada uno, no sé cómo llegué a contarle de este personaje. La cosa es que él era hermano o primo de la mamá de ella, así que ahí conocí un poco más de su historia, pero apenas un poco: en esa casa, él vivía con su madre hasta que la mujer falleció; aparentemente, ese fue el “click” que lo llevó a tomar. O sea, viéndolo hoy, casi 10 años después de esa charla, es probable que se haya deprimido por la muerte de su madre y, al no contar con ninguna contención, la única salida que encontró fue la bebida.

 Esta historia empezó hace mucho más de 27 años, de aquella tarde de otoño de 1.997, cuando lo vi por primera vez, caído en la vereda de su casa. Vaya uno a saber cuándo se gestó en él esa angustia que lo sumergió en el oscuro y triste mundo del alcoholismo. Como decía hace un rato, lo bueno es que siempre fue muy respetuoso y jamás se metió en problemas con nadie; él se chupaba y no jodía los vecinos ni a los ocasionales transeúntes que pasaran por su vereda. Eso sí, era objeto de miradas curiosas, como la que yo fijé en él, pero también de miradas juiciosas, prejuiciosas y, peor aún, indiferentes. Él era parte de un paisaje frío y sin importancia, de un lugar feo y sucio, carente de belleza estética; pero nadie, y me incluyo, pudo ver que detrás de ese entorno tan feo vivía un ser humano con los mismos sentimientos que cualquiera que lo miraba al pasar. Quizás era fanático de un equipo de fútbol, quizás tuvo un amor que nunca pudo concretar, quizás ha soñado con una familia, quizás ese sueño, su amor, su fanatismo, se diluyeron con el tiempo en tantas cajas de vino…

 Hace unos días, mi vieja me comentó que estaba internado, muy delicado; no importa por qué, sólo sabíamos que no le quedaba mucho hilo en el carretel… Hoy, 16 de noviembre, mi vieja me contó que había fallecido. Sinceramente me dio pena, porque pensé en su vida y traté de ponerme en su lugar por un instante. Debe ser feo vivir así, sin oportunidades, en medio de la mugre, acompañado solamente por una cajita de vino y los dolores de una vida de miseria; debe ser feo sentirse invisible para una sociedad que sólo te mira para asquearse de tu aspecto o para curiosear en tu desdicha; debe ser feo que te conozcan por ser un “borrachín” y te tilden de vago o de mugriento, que te adjudiquen supuestos sin fundamentos y sin siquiera saber si tenías algo que decir. Mi viejo lo conoció y da fe que era buen tipo. Este personaje del que hablo, era una de esas personas anónimas que mencioné al principio, conocido sólo por su apodo: Cándido, le decían; su nombre es un misterio.

10/06/2023

Pescar una idea

 

 Un día cualquiera te querés poner a escribir, así que prendés la compu, te preparás el mate (tomás el primero y cebás el segundo) y mientras sentís el sutil ruidito de la espumita y el vapor se te cruza por delante del monitor, ponés los deditos en el teclado y, como por arte de magia, se te pone la mente en blanco y no sabés sobre qué vas a escribir. ¿Cómo puede ser? ¡Si hasta hace instantes tenías una idea buenísima dándote vueltas y esperabas el momento oportuno para volcarlo en la hoja de texto, y ahora te encontrás con la cabeza completamente vacía…!

 Antes de entrar en desesperación, hacés una pausa y le das un sorbo a ese mate recién cebado que te invita a tomarlo con ese vaporcito y la espumita crepitante. El agua caliente arrastra por tu boca los sabores de la yerba y el sutil gustito de la cucharadita de café que le agregaste. Está fuerte como cachetada de Transformer, pero así te gusta (no que te cachetee un Transformer, entiéndase que hablo del mate): con un sabor intenso y fuerte, capaz de persistir aún por encima del gusto a cebolla que te quedó de la tarta recalentada que comiste. Te gusta ese mate señorial, cuya sola presencia en la mesa te dice “este soy yo, acá estoy” que no se golpea el pecho porque no tiene manos, pero vos sí te golpeás el pecho (simbólicamente, claro) por el mate que te cebaste. Aunque, sabés de antemano que dentro de un rato, cuando ya te metas en la sinuosidad de la escritura, lo vas a dejar un poco de lado y se te empezará a lavar, y su sabor será cada vez más suave y lo encontrarás más parecido al agua vieja del florero que al señor mate con que estás actualmente.

 El aroma del café mezclado con la yerba te acarician la nariz, el cerebro y la imaginación; remueven un poco tus pensamientos y recuerdos, pero no das con la idea que querías escribir hace unos minutos. De todas maneras, fluyen como agua de río y se asoman nuevas y buenas, como un cardumen de salmones que nada a contracorriente y salta fuera del agua; entonces, una de ellas queda, por decirlo así, atrapada en tu red y comienza a moverse en tu cabeza como queriendo volver al cardumen, y con cada movimiento va revolviendo tus neuronas, haciendo que aparezcan otras ideas más pequeñas de las que se alimenta y se hace más fuerte. Pero al ir creciendo te va guiando hacia un tema sobre el que escribir y se da una especie de retroalimentación, porque mientras la idea crece vos escribís y, a medida que escribís, la idea crece.

 Finalmente, casi sin darte cuenta cómo ni porqué, llegás al punto final, al cierre de un texto que nació del caudaloso río de ideas que surca tu mente y por la “pesca” al azar de una de ellas. Entonces podés soltar esa idea gordita y linda, para que regrese con las demás y vuelva a vos cuando quiera. Ese texto tiene la magia de ser una total improvisación creada únicamente de la información acumulada en el sedimento vivo de tu memoria…. Igual que este.

 A propósito… Para esta altura se cumplió lo que te dije líneas más arriba: mi señor mate está tan lavado que se parece al agua vieja de un florero.


10/05/2023

Siempre hay tiempo para aprender

 


 La vida es una mujer tan bella como misteriosa y sabia. Pero no es sino cuando sufrimos, que aprendemos a escuchar y observar detenidamente sus lecciones. Y no fue hasta que debí transitar por un sendero muy oscuro, casi sintiendo el gélido aliento de la muerte, que pude apreciarlas. Recién es la punta de un ovillo tan largo, que sólo veré el final cuando realmente llegue el final. Sumado a esa experiencia, una conversación con mi tío me enseñó dos metáforas: una salida de la boca de mi abuelo, y otra de un anciano que se cruzó en la vida de mi tío cuando él era joven. La de mi abuelo dice: “cuando salgas, no cierres esa puerta; por ahí pasó mi padre, el padre de mi padre, y el padre del padre de mi padre; del mismo modo pasarán tus hijos, y los hijos de tus hijos, y los hijos de los hijos de tus hijos”. Hace referencia a que la puerta que atravesará mi tío en ese momento es la vida. Y el hecho de dejarla abierta es para que los que siguen tras él, puedan seguir sus huellas. Por eso mi abuelo hace referencia a su padre, su abuelo y su bisabuelo; justamente para ejemplificar que él siguió los pasos de sus mayores, dejó su huella para que la sigan sus hijos (en este caso mi tío), y como para continuar el tránsito por la vida le pide a mi tío que siga marcando el camino para que sus hijos, nietos y bisnietos continúen con su ejemplo.

 La metáfora del anciano rezaba: “la vida es como una escalera, y debés subirla peldaño por peldaño, lentamente, sin apuro; nunca corriendo, porque podés tropezar y caer. Y cada vez que te ofrezca un descanso, tomalo, así repondrás fuerzas para seguir subiendo”. La explicación a esta metáfora es tan interesante como la anterior: Al transitar por la vida y llevar a cabo nuestras rutinas, debemos ser más precavidos, detener la marcha a una velocidad que nos permita apreciar mejor nuestro entorno, y todo aquello que se nos ofrece a cada instante. Algo tan simple como mantener un diálogo con nuestros padres, con un amigo o pareja, puede ser muy constructivo y revelador. Si andamos siempre apurados, podemos perder mucho más que el supuesto tiempo que perdemos al detenernos; contrariamente a eso, deteniéndonos ganamos mucho más. Una palabra sabia de nuestro padre o madre, un punto de vista de nuestro amigo, una sonrisa de nuestra pareja, pueden ser el gesto elemental para que nuestro día sea mejor. Si pasamos apurados, corremos el riesgo de sufrir un accidente; es decir, si no nos detenemos a apreciar ese pequeño gesto, tal vez no tengamos una nueva oportunidad de disfrutarlo. Nunca sabremos cuándo es el final del ovillo de la otra persona o nuestro.

 Así fue que, deteniéndome en estos ejemplos, pensándolos, más la explicación de mi tío, tomé esas frases como máximas para aplicar en mi vida. Y si bien no hay que pensar en la muerte todo el tiempo y en base a eso apreciar más la vida, sí deberíamos hacer las cosas por el simple placer de vivirlas y regalarles a nuestros seres queridos más tiempo compartido. Así la vida nos resulta más activa y productiva. Así, con pequeños grandes gestos que llenen nuestra alma y la de nuestros semejantes, podemos hacer un tránsito más agradable por este, nuestro camino. Nuestro ovillo y el de los demás, se desmadejará de otra manera. Al menos, eso es lo que puedo transmitir desde que la Parca y San Pedro se disputaban mi vida en un tablero de ajedrez. Hoy disfruto de mis días en compañía de mis padres, amigos y conocidos; aunque también aprovecho las oportunidades de seguir conociendo gente. Todo esto que me está pasando, todo lo que me rodea, me hace más fuerte como persona, me ayuda a crecer, me hace feliz, me llena el alma. Aprendí que, en lugar de hacerme mala sangre por pequeñeces, es mejor buscar una solución a ese problemita... La vida es una mujer tan bella como misteriosa y sabia. Pero no es sino cuando sufrimos que aprendemos a escuchar y observar detenidamente sus lecciones. Yo, estoy aprendiendo, por eso lo transmito.

05/05/2023

La Escalera - Parábola de la vida

 Era un día cálido, de esos que invitan a sentarse en una plaza a tomar mates. Aquella tarde, Luís ingresó muy apresurado a la pensión donde convivía con un anciano, y éste lo pudo comprobar al escuchar los pasos en la escalera y verlo ingresar a la habitación que compartían.

 El joven, apenas lo saludó antes de ingresar al baño a ducharse; pocos minutos después, salió envuelto en una toalla y comenzó a vestirse presurosamente. El viejo, observaba sus movimientos en silencio mientras tomaba mates sentado en la pequeña mesa de la cocina.

 Una vez hubo terminado de vestirse y peinarse, Luís encaminó sus pasos hacia la puerta, pero el anciano lo detuvo al invitarlo con un mate.

     - Antes de irse tómese un mate, m’hijo.

     - No puedo, don Pedro, me tengo que ir; me está esperando una mina y…

     - Tómese el mate, m’hijo, yo sé lo que le digo –Repitió el viejo con voz serena; aun manteniendo el mate en el aire, como si fuese una ofrenda religiosa.

     - ¡Pero me tengo que ir, don Pedro! ¡Me tengo que encontrar con esa mina, y estoy atrasado! ¡Me está haciendo perder tiempo!

     - Tómese el mate y escuche algo importante que tengo que decirle…

 El joven miró su reloj con ofuscación, asimismo, optó por tomar el mate. “Este viejo me va a hacer perder a esta mina”, pensó.

     - Listo, me voy –dijo, cuando lo terminó el mate y se lo entregó al anciano.

     - ¡Espere!respondió a secas, mientras se cebaba un mate- Lo que le tengo que decir es importante. Siéntese y escuche.

     - Pero…

     - Pero nada, m’hijo. Usted es joven, yo soy viejo, y lo que tengo que decir le puede servir para el resto del viaje. Hágame caso, por favor; siéntese.

 Instintivamente, Luís tomó asiento; esta vez no miró su reloj, supuso que, si no se quedaba unos minutos más, jamás podría llegar a encontrarse con la mujer. Pero don Pedro no parecía apurado; es más, cambió la yerba y cebó un mate; mientras el joven lo tomaba, el viejo comenzó con una pregunta:

     - ¿Por qué está tan apurado, m’hijo?

     - ¡Ya le dije, porque me tengo que encontrar con una mina y es tarde!

     - ¿Tarde, para qué?

     - ¿Cómo para qué? ¡Para llegar hasta la plaza donde nos vamos a encontrar! Me espera a las cinco de la tarde y son las cinco menos diez, encima tengo como veinte minutos de colectivo hasta allá y…

     - Espere –interrumpió el viejo-, cálmese… ¿Y usted cree que esta chica se va a ir si no llega a las cinco en punto?

     - Y…

     - Si es así, usted no es del interés de esta chica; si realmente usted le interesa, ella lo va a esperar.

     - Bueno, pero…

     - Dígame: ¿vale la pena correr y andar apurado, a riesgo de caerse y no llegar nunca?

     - No le entiendo, don Pedro. ¿A dónde quiere llegar? ¡Se me hace tarde!

     - Deme el mate y le digo -lo cebó lentamente y prosiguió-. Fíjese cómo llegó a este cuarto: subió corriendo las escaleras, entró casi sin saludar, se bañó y volvió a salir corriendo. Si no lo detenía para decirle esto, usted iba a bajar las escaleras enloquecido, iba a tomar el colectivo y se iba a poner más ansioso por el tiempo del viaje; iba a sudar nervios en cada parada…

     - No lo entiendo… -volvió a mirar su reloj: eran las 16.56.

     - Lo que quiero decirle, m’hijo, es que puede que llegue tarde ahora, pero va a llegar. Imagine qué hubiese pasado si se tropezaba al subir la escalera… Dígame, ¿qué hubiese pasado?

 Luís guardó silencio unos instantes, no se atrevía a mirar a los ojos de aquel viejo, cuyo brillo adivinaba detrás del grueso vidrio de sus anteojos. Tomó el mate y lo devolvió a don Pedro.

     - Me… Me hubiera caído o me hubiera lastimado… -respondió, casi a regañadientes.

     - Exacto, m’hijo, y no hubiera podido llegar nunca a verse con esa chica; porque en vez de ir a una plaza, hubiera tenido que ir a un hospital a que le vean el pie.

     - Sí, tiene razón, pero por suerte no pasó nada y…

     - ¿Y si pasaba? ¿Y si ahora, cuando sale de acá, se cae?

 Otra vez, Luís guardó silencio. Aquellas palabras estaban haciendo mella en su cerebro, porque estaba entendiendo el mensaje.

 Finalmente, el viejo dijo:

-       M’hijo, yo también he sido joven; también he tenido aventuras y me he desesperado cuando no podía llegar… Le regalo esta reflexión, para que piense mientras va en el colectivo: la vida es como una escalera y, como tal, hay que subirla peldaño por peldaño, sin correr. Cuando ofrezca un descanso hay que tomarlo y descansar, para seguir ascendiendo con más energía. ¿Me explico?

 Luís sonrió al escuchar la metáfora del viejo, se levantó y lo abrazó en gratitud. Entonces, don Pedro le palmeó la mejilla y le dijo:

-       Ahora vaya y encuéntrese con ella. Recuerde que, si usted le interesa, esta chica lo va a esperar.

 El joven descendió la escalera a paso habitual, sin prisas, relajado; caminó hasta la esquina y esperó al colectivo unos minutos, hasta que llegó. Aquellos veinte minutos se esfumaron entre el murmullo de la gente y el vibrante arrullo del motor; finalmente, al llegar a la parada, Luís caminó las dos cuadras que lo separaban del lugar de encuentro. Estaba ansioso, pero tranquilo; aquella breve conversación con el viejo lo había ayudado a pensar con más claridad y entender que todo lo que deba ser, será.

 El sol reinaba en la tarde y una cálida brisa acariciaba los cabellos de los transeúntes. Desde el mástil de una ondeante bandera argentina, Luís oteaba el entorno en busca de aquella muchacha, pero no la veía. Cuando volteó para retornar, suponiendo que él no le interesaba y por eso no lo había esperado, la vio junto a una fuente. Estaba haciendo lo mismo que él, intentando encontrarlo entre la gente, el paisaje verde y los monumentos.

     - ¡Hola, me esperaste! –dijo Luís, con entusiasmo.

     - ¡Hola! ¡Claro que te esperé! Vivo acá y sé el lío que es, y que no siempre se puede ser puntual. Además, si no me hubieses interesado, creeme que ya no estaría acá…

 

-       …Aquella confesión me trajo a la mente lo mismo que me había dicho el viejo Pedro un rato antes, cuando estábamos en la pensión haciendo lo mismo que estoy haciendo con vos. Pero ahora yo soy el viejo y vos sos el joven…

 El mate despedía un suave vapor mientras era sujetado por la mano de mi tío, que me estaba relatando su historia. No recuerdo el año, ni día ni el mes; sólo sé que aún no caminaba, por lo que no estaba yendo a trabajar y recibía algunas visitas a diario. Esa tarde, él había llegado a verme, para conversar un poco y tomar unos mates. El diálogo comenzó como todos en ese entonces:

-       ¿Cómo estás, te duele?

 Y así seguíamos, yo comentando cómo se desarrollaba mi día a día y, de paso, me interiorizaba en el día a día de la persona que me visitara.

 Con mi tío, la charla empieza en el hoy, se desplaza hacia el ayer y culmina en una filosofía que se nutre de experiencias personales. De ellas, rescatamos hechos que nos dejan la enseñanza que vamos compartiendo en el transcurso de los minutos, entre diálogo y mates.

 Sin dudas, este legado es una máxima de vida que, quizás, cuando sea viejo, yo pueda transmitirle a otro hombre joven para ayudarlo a transitar la escalera de su vida.

 

04/05/2023

Hay equipo

 


 Aprovechando que mayo es el mes del trabajo, me pareció copado escribir sobre mi historia con la actividad laboral, la que comencé a realizar siendo muy joven.

 Empecé en este mundo del laburo cuando era apenas un pibe de 16 años, vivíamos del sueldo de mi vieja, que trabajaba como empleada doméstica en una casa de familia y, a decir verdad, las cosas se complicaban. A esa edad, yo era muy idílico y creía que, por ser varón, debía ocupar el rol del hombre de la casa. Y los mandatos sociales decían (siempre dijeron) que el hombre debe ser el que trae el sustento de la casa. Si bien no lo sentía así, asumía la responsabilidad de contribuir a la economía doméstica y, principalmente, ayudar a mi vieja.

 Ella se deslomaba trabajando mañana y tarde, levantándose a las 07.00, cortando a las 14.00 y volviendo a trabajar a las 16.00 para terminar a las 21.00. Ese trajín duró casi 10 años (pueden haber sido 11 o 12, no lo recuerdo con nitidez). Yo la veía esforzarse para administrar la plata que ganaba para comprar la comida, pagar los servicios, comprarme lo necesario para la escuela, alimentar al perro y también para que yo saliera los fines de semana. Algún que otro gasto extra debía bancarse también con la plata de ella y a eso sumarle los créditos que iba sacando para hacer arreglos en la casa.

 Como me pesaba ser un mantenido, pese a que ella no estaba muy de acuerdo (en el fondo, creo que sentía alivio al saber que yo quisiera laburar) y gracias a un amigo que me ofreció trabajar en la fábrica de su familia, es que pude dar mis primeros pasos en el mundo laboral. Gracias a mi decisión de trabajar y al ofrecimiento de Martín (así se llama mi amigo) empecé este camino de ida en el que uno aprende a disfrutar del sabroso fruto del trabajo. Ni esfuerzo ni sacrificio ni lucha, como venden los gremialistas. ¡No! Desde muy joven y, pese a la rebeldía propia de la adolescencia, tuve en claro que el trabajo no implica una lucha, sino todo lo contrario. Y, con el correr de los años, entendí aún más y profundicé mis conceptos sobre el trabajo: sea cual sea el área en que uno se desempeñe, es un auténtico trabajo en equipo. Porque, por citar el ejemplo de mi experiencia, en una fábrica todos debemos llevar a cabo nuestra tarea, que es el eslabón que nos toca ocupar en la cadena de producción, y al final de esa cadena se consigue el producto final; si uno es enfermero pasa lo mismo, y también si se trabaja de telefonista, peón de albañil, en un estudio contable, en la secretaría de un abogado, si sos dueño, si sos operador de radio, escritor, malabarista en una compañía de teatro, etcétera, etcétera, etcétera. En cualquier rubro que nos desempeñemos, siempre trabajamos en equipo, y eso es importantísimo saberlo, aceptarlo y llevarlo a cabo con la dignidad que el puesto ocupado merece.

 La experiencia fabril fue muy constructiva, porque aprendí mucho sobre la inyección de plásticos, los diferentes tipos de polímeros que usábamos, cómo utilizar algunas herramientas, cómo funciona (a grandes rasgos) una máquina inyectora, un deshumificador (un aparato que le quita la humedad al plástico), y la cantidad de pasos que hay desde que abrís la bolsa de materia prima hasta el producto final.

 Entré en el verano de 2000 y trabajé aproximadamente 7 años (meses más, meses menos) hasta que, después de mandarme varias cagadas, decidí renunciar, asesorado por un amigo abogado que me ayudó a irme dejando las cosas bien, porque estaba muy agradecido por la oportunidad, pero ya no me hallaba en ese trabajo.

 Después de renunciar quise emprender como productor y conductor de radio, haciendo un programa que salía de lunes a viernes. Siempre fui un desastre vendiendo, así que no pude tener una mísera publicidad en los meses que estuve haciendo el programa. Y, mientras tanto, para sobrevivir, hice una changa con el tío de la novia que tenía en ese tiempo, que era tapicero; también imprimí varias copias de mi currículum y empecé a mandar a las vacantes que aparecían en los Avisos Clasificados del diario El Informe hasta que, por octubre o noviembre de 2007, me llamaron de una empresa para ocupar una vacante en un call center. Asistí a las entrevistas de admisión y a los pocos días me llamaron para decirme que comenzaba con las pruebas. Fue toda una experiencia, porque nunca había trabajado en una oficina… Cuando entré, fue como en esas películas yanquis, en que los trabajadores tienen boxes individuales y todos están metidos en su computadora y su teléfono; bueno, así fue la primera impresión que tuve cuando entré a ese enorme lugar, repleto de boxes verdes y gente hablando por teléfono. Yo veía a esas mujeres hablando por teléfono todas juntas y a la vez, manejando una envidiable concentración para no distraerse con las conversaciones de las demás compañeras.

 En ese call center estuve casi tres años y medio, y aprendí a trabajar los sábados, los domingos y los feriados, además que el primer año me tocó año nuevo a la noche… ¡Un infierno! Si bien ya venía haciendo el turno noche (que estaba solo, porque los servicios no eran tantos), esa fue la noche más larga y estresante de todas. Cuando se hicieron las seis de la mañana, hora en que terminaba mi turno, estaba completamente agotado. El estrés no era por estar un año nuevo atendiendo el teléfono, sino, como era un call center del servicio de grúas de una compañía de seguros, mi misión era enviar un auxilio a cualquier asociado que me lo pidiera. Pero un 31 de diciembre a la noche, pedirle a una grúa que salga a remolcar a un tipo que se quedó a 100 kilómetros de su destino, era muy difícil y había que llamar a otros prestadores hasta conseguir uno. Y, mientras tanto, había que atajar los reclamos del socio que esperaba la grúa. Así fue durante las primeras horas de la noche, con varios asociados, luego, pasada la medianoche, la cosa se calmó bastante.

 En ese call center también atendíamos un servicio extra, que era de salud. Nada que ver con la compañía de seguros, sino que era un convenio con otra empresa, y ese fue el motivo por el que me despidieron en septiembre de 2010: porque, como no me gustaba esa parte de mi trabajo, me mandé algunas metidas de pata muy grosas: me echaba flores de puteadas cuando llamaba a un sanatorio u hospital en medio de una emergencia y tardaban en atender, pero cuando alguien levantaba el tubo del otro lado, yo era un señorito inglés. Nadie receptaba mis insultos al Universo, pero esa cloaca de obscenidades que salía de mi boca quedaba grabada y a los superiores no les gustaba. Ese fue mi único error (cojudo error, digo hoy) por el que la empresa decidió “prescindir de mis servicios”. En ese tiempo que trabajé ahí, me había convertido en uno de los referentes de mis compañeros nuevos, porque había aprendido a manejar bien los servicios grúa y, mientras atendía 2 o 3 al mismo tiempo, podía darle una mano a algún compañero o compañera que me necesitara.

 Bueno, vueltas de la vida, una pareja que trabajaba conmigo había emprendido con un comercio (una despensa) y me ofrecieron que se la atienda hasta que me salga un nuevo trabajo que me dé más estabilidad. Así que atendí la despensa “Fuerza” durante poco más de un mes hasta que, a fines de 2011, me llamaron para una entrevista de trabajo en una empresa privada de emergencias médicas: mi función sería atender el teléfono y a las personas que fuesen a medirse la presión, colocarse un inyectable o pedir asesoramiento para asociarse. Ahí también estuve trabajando poco más de tres años, además que aprendí mucho sobre la medicación básica que se usa en estos servicios domiciliarios, a preparar el botiquín, a limpiar el consultorio, a tomar la presión, a escuchar a la gente que iba a controlársela y también desmitifiqué la figura del médico. Antes de trabajar ahí, creía que los médicos debían ser serios y siempre tomarse a la tremenda cualquier dolor que acusara una persona, así como también pensaba que, mientras estaba de guardia, un profesional de la salud hacía una vigilia permanente. Pero, al estar desde adentro, supe que a veces hacían guardias de hasta 72 horas, por lo que hacerlas sin dormir sería, como dijo un profesor de Cecilia Grierson en 1910, “un error, un atentado contra sí mismo, una inmoralidad”. Entonces, aprendí que los profesionales de la salud son tan humanos como las personas que requieren de sus servicios; parece una estupidez, pero la mayoría de la gente no lo entiende y cree que “el doctor” debe estar siempre a la espera de su llamado y que un simple dolor en el pelo, acarreado desde hace una semana, es una emergencia… No, ahí también aprendí y entendí algo que me pedían las operadoras de los sanatorios en el trabajo anterior: “¿qué color le pongo al servicio?”, me decía la persona que tenía del otro lado, y para mí era chino básico. “¡¿Qué color?! ¡¿Qué sé yo, qué color se usa?!” “¿Esto es un servicio de salud o una cartuchera escolar?”, pensaba mientras la escuchaba. Claro, cuando entré a trabajar en esta empresa de emergencias aprendí qué son esos colores: verde para consultas, amarillo para urgencias y rojo para emergencias. ¡Ahí todo cuadraba! Entonces, persona que leés esto, te explico que un dolor de pelo de hace una semana, no es una emergencia, sino una consulta; por ende, el móvil va a demorar en llegar (o sea, hasta que termine las demás consultas o, si tiene una emergencia, la atenderá primero y esperarás con tu pelo doliente hasta que estabilicen al paciente y esa atención esté finalizada). En síntesis, el color que se le aplica a cada servicio indica la prioridad por el riesgo vital que el evento implica: si es accidente de tránsito, es código rojo o emercencia, por lo que la atención es inmediata; si es una fractura, es código amarillo o urgencia, y la atención no puede demorar más de 30 minutos; si es dolor de pelo desde hace una semana, es código verde o consulta, y la atención se puede demorar entre 60 y 120 minutos, aproximadamente.

 Bueno, la cosa es que de ahí también me echaron. ¿A que no adivinan por qué? Sí, porque también me mandé cagadas. A estas no las tengo tan claras, además que al despedirme no me dieron demasiadas explicaciones; asimismo, quedé muy agradecido con el equipo de trabajo y con lo aprendido, porque la empresa me dio una mano enorme cuando tuve un accidente (ya lo contaré en otra publicación) y me aliviaron mucho la carga económica de traslados, curaciones y cuidados.

 El tiempo entre que fui despedido hasta que conseguí mi siguiente trabajo, fue el más largo de inactividad desde que había comenzado a trabajar en aquel lejano año 2000, cuando era un adolescente con la cara llena de granos y una mochila cargada de expectativas de crecimiento económico y social. Poco antes de quedarme sin trabajo, por octubre de 2013, me había inscripto en un curso de formación laboral, de acompañante terapéutico y gerontológico, y me preocupaba no conseguir un laburo antes de ingresar a cursar, además que se me terminaba la plata de la indemnización y debía pagar el alquiler, comer y bancar los servicios. Por ese tiempo, una de las últimas sogas que tiré fue la de emprender con la novia de un amigo en hacer prepizzas para vender. Hasta me había hecho los análisis para la habilitación municipal, así que me había tomado el emprendimiento en serio. Pese a que nos salían muy ricas, el negocio no salió como planeábamos y, tras intentar hacerlo mejor, al no conseguir comercios que nos las compren, decidimos dejarlo. Por supuesto que nos comimos todas las prepizzas que nos habían sobrado, así que habremos comido pizza por un mes.

 A mediados de marzo de 2014, cuando estaba arañando la lata para rescatar los últimos mangos que tenía, una amiga me hizo llegar un ejemplar de los Avisos Clasificados de El Informe, en el que pedían una persona para cuidar a un paciente con Alzheimer. Como iba a estudiar algo similar, decidí presentarme a la entrevista. Sin saberlo, estaba ingresando a un nuevo mundo, a una experiencia que me acompaña hasta el día de hoy, porque gracias a esta decisión conocí y conozco gente maravillosa, aprendí y aprendo sobre los pacientes, las dificultades por las que mi servicio es solicitado, y también sobre mí mismo. Este hombre con quien comencé a trabajar en marzo de 2014, fue mi primer gran maestro en el arte de cuidar a una persona: su nombre era Donato (de él cuento una anécdota en una narración anterior a esta).

 Trabajar con él me abrió las puertas a nuevos pacientes y mayores experiencias, llegando al lugar donde hoy me encuentro, que es la clínica de salud mental en la que formo parte del equipo interdisciplinario como acompañante terapéutico y, desde hace un año y pico, también trabajo como administrativo.

 Actualmente, mientras sigo trabajando en la clínica y con algunos pacientes particulares, estoy emprendiendo en mis pasiones, que son la locución, el dibujo y la escritura. Acá también, pese a hacerlo solo, sé que necesito de otro para completar determinados pasos; y con mi pareja estamos haciendo algo similar y también somos un equipo.

 En mi carrera laboral he pasado por muchos rubros y he aprendido la importancia de trabajar codo a codo con mis compañeros, con humildad y sin pretender pasar por encima de ninguno de ellos.

 El trabajo dignifica y estimula positivamente a querer progresar. Si no sos feliz en el lugar que trabajás o en la actividad que realizás, entonces es momento de plantearte qué te gustaría hacer y tratar de enfocarte en tu objetivo. Al fin y al cabo, trabajar es más que hacer algo a cambio de dinero; trabajar es también disfrutar de la actividad y también del resultado; así, cuando percibas tu pago, será doblemente gratificante.

 Cada trabajo necesita como mínimo a dos personas: una que trabaja y una que paga, ese es el equipo mínimo e indispensable para llevar a cabo cualquier actividad. Cultivemos y profesemos la hermosa y valiosa cultura del trabajo.

Se estuvo tan cerca...

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