30/10/2025

Se estuvo tan cerca...

 


 Se terminó otra ilusión; otra Copa Libertadores que se niega a dar una vuelta olímpica en el Cilindro de Avellaneda. En el pueblo racinguista hay bronca, impotencia, dolor; una sensación de vacío, como quien pierde algo valioso y atesorado... ¡Y, vaya si lo era! Racing venía envalentonado y confiado por la Sudamericana y por la Recopa, por eso se permitió soñar con la tercera presea internacional en menos de un año; se lo merecía, era una necesidad que debía ser satisfecha... Pero no. Otra vez no...

 Racing hizo una campaña impresionante, impecable; el único equipo argentino entre los cuatro mejores de América en este 2025; el primer grande quiso y buscó el reencuentro con la gloria, porque ya le había agarrado el gusto, quería probar otro poquito de ese elixir que se sirve sólo a los mejores; pero se quedó con los labios secos, sin ese festejo, sin ese grito que se ahogó en la garganda de los hinchas que lo vivieron en cada casa, en cada filial y en cada peña hasta el último momento, hasta el pitido final. Hoy duele la garganta por no gritar, por no cantarle al país y al continente que Racing es campeón; duele el corazón por el esfuerzo que hizo el equipo y no alcanzó. Se estuvo tan cerca...

 La Academia debía levantar el 1 a 0 a favor de Flamengo: o empataba para ir a penales o ganaba por afano para asegurarse el pase a la final. Pero la redonda no quiso entrar o, mejor dicho, Rossi le prohibió el paso hacia la red en más de una ocasión; por eso también hay bronca e impotencia, porque el arquero argentino se convirtió en una muralla humana que detuvo cada disparo hacia su arco. La artillería de Racing fue insuficiente, pero demostró su poderío; tras la expulsión de Plata y la consecuente inequidad numérica, el equipo brasileño se replegó en su área esperando a resistir las embestidas de Racing, que se había convertido en un malón celeste y blanco; un pelotón de ataque que asedió al rival hasta el final. Racing quiso, pero no pudo. Buscó, llegó, hirió, pero no logró dañar lo suficiente a la defensa brasileña para alcanzar el empate, y el tan ansiado pase quedó en manos de los visitantes.

 Gustavo Costas, el técnico académico, dijo que "defraudó a su gente", pero no fue así: Racing llegó donde ningún otro equipo argentino pudo; jugó cada partido con las piernas, la cabeza y el corazón, mucho corazón... Costas no defraudó a nadie; Racing no defraudó a nadie. El mundo racinguista está agradecido a este equipo y cuerpo técnico por volver a sentirse campeón, por regresar a lo más alto del fútbol, porque ser de Racing es más que sólo ostentar títulos. Ser de Racing es llevar la camiseta con el orgullo de sentirse campeón aunque el triunfo sea del otro; ser de Racing es tener la entereza de aguantar un mal resultado y sostener el aliento al equipo; ser de Racing es bancarse las derrotas y disfrutar cada triunfo como si fuera el último. Porque ser de Racing no es para cualquiera y Racing no es cualquier equipo... Por eso llegó donde llegó y logró lo que logró. Se estuvo tan cerca...

 Pero Racing no se rinde, no agacha la cabeza, no se calla en las tribunas, ni en las filiales, ni en cada casa; Racing sigue mirando hacia adelante, se sacude el pasto de la camiseta, se seca el sudor de la frente y vuelve a buscar la gloria. A empezar de nuevo, con esperanzas renovadas y una nueva meta a alcanzar, pero con el empuje que trae desde el principio; Racing sigue con las piernas calientes, el corazón latiendo y la garganta ansiosa por volver a gritar los goles que lo conduzcan hasta el podio del campeón. ¡Aguante Racing! ¡Vamos, Academia!

20/08/2025

Mi Cobito

 Hoy, 20 de agosto de 2025, es un día especialmente triste, porque ya no volveré a verte ni a escucharte; tampoco voy a prepararte comida ni a enojarme porque te escapás a la calle con los otros perros... En realidad, ese enojo era la manifestación de un sentimiento de miedo e impotencia: miedo a que te pase algo malo, e impotencia de no poder evitarlo, porque corrías más rápido que yo y nunca te pude alcanzar...
 Fueron cinco años y nueve meses que compartimos entre juegos, mimos y más de una "travesura" cometida desde tu más íntima inocencia y tu más pura esencia. Porque vos, como todos los demás animales, sólo sienten el impulso y buscan la forma de satisfacerlo; sólo sienten, no razonan. Para eso estamos nosotros, aunque dejemos mucho que desear a la hora de comprenderlos.
 De los muchos momentos que vivimos, desde que eras un cachorro de dos meses hasta hoy, me quedan muchos recuerdos hermosos y felices, y algunos tristes. Por empezar, me acuerdo de tu primera cagada (literalmente hablando) sobre el asiento del auto, que me dejaste un regalito marrón oscuro; me acuerdo de tus primeros pasos en casa y rescato uno de los últimos que fue hace unos días cuando, repentinamente, mientras acomodaba unas porquerías en el patio, me trajiste tu pelotita de tenis y me invitaste a jugar. Fue irresistible volver a tirarla y verte correr detrás de ella para traerla nuevamente; en eso consistía nuestro juego, además de retenerla con fuerza entre tus dientes para que yo "luchara" hasta recuperarla o, en su defecto, si yo no te insistía la dejabas caer a mis pies y comenzabas a ladrar para que volviera a tirarla... Qué me iba a imaginar que sería nuestro último juego...
 Monadas como la del video que comparto, hay miles; con la pelotita, otras muchas; jugando con Cora, con Ástor, con los perros de la cuadra, muchísimas. Todas, ahora, son parte del mundo de recuerdos que me quedan de vos. Ese es tu legado para mí. Me hiciste reír, me hiciste enojar, me hiciste preocupar y también me hiciste emocionar. ¡Cuántas cosas provoca el amor! Es inevitable que me emocione al escribirte esta carta, pero son lágrimas mixtas: unas de dolor, otras de tranquilidad; dolor por la pérdida física y tranquilidad de saber que ya no hay sufrimiento en tu cuerpito.
 Hace unos meses empezó este último tramo, cuando te llevé al veterinario porque estabas muy flaco y débil. Tenías anemia y una bacteria que te había afectado el hígado y el páncreas. Te agarramos a tiempo, según el veterinario. Después de unos días de medicación y comer mejor que yó, repuntaste. Volviste a ser un travieso que se escapaba apenas encontraba la oportunidad; claro que nunca volviste a ser el perrito hiperactivo que siempre fuiste, pero seguías corriendo muy rápido y tampoco podía alcanzarte.
 Esas escapadas fueron las que, posiblemente, te llevaron a comer algo en descomposición y decantaron en este problema. Es imposible no sentir culpa y "negociar" conmigo mismo "qué hubiera sido si...", "si yo hubiese sido más cuidadoso, nunca te hubieras escapado..." y así. Básicamente, como decimos, es llorar sobre la leche derramada. No hay culpas, ni mías ni tuyas; sólo cierta negligencia de mi parte al no tomarme unos minutos para atarte antes de entrar con la moto y liberarte una vez cerrado el portón. Básicamente, esa es la negociación conmigo mismo de la que te hablé recién, y es total y absolutamente al pedo, porque ya es tarde.
 Estoy muy triste, te extraño y es muy difícil desde ayer llegar a casa y no ver tu nariz asomando por debajo del portón o verte salir corriendo hacia la esquina cuando me veías llegar. Lo cómico (y que aumentaba mi sentimiento de enojo e impotencia) era que te quedabas mirándome con esa carita de "no entiendo, ¿hice algo malo?", como esperando a que corra a buscarte y vos salir huyendo de mi alcance. Era tu juego, siempre lo fue; desde que eras un cachorro de seis meses, que te escapabas, te detenías, esperabas a que me acerque y salías corriendo. De esas escapadas, rescato una de tus "travesuras", que era traer de regalo una paloma muerta: abría la puerta y estabas sentadito junto a tu presente para nosotros.
 Pido perdón, a vos y a mí, por no darme cuenta de estos últimos regalos que me diste; por no haber querido aceptar que se acercaba el final. Porque te vi muy desmejorado en los últimos días y, pese a que te llevé al veterinario, no quise ver que eran los últimos días que compartiríamos físicamente. Conservo nuestras últimas miradas; tus ojitos hermosos, cansados y pálidos; esa mirada que decía tanto aunque no pudieras pronunciar palabras. Te abracé mucho, pero quisiera que hubieran sido muchos más. También me doy cuenta recién ahora que me diste señales de despedida, como la semana pasada cuando te echaste en mi cama o el domingo, cuando te echaste debajo de la mesa. Recién ahora entiendo que eran tus últimos encuentros con nuestra casa, la que conociste desde cachorro, donde transitaste la mayor parte de tu vida; recién ahora me doy cuenta...
 Te fuiste muy joven, mi hermoso Cobito, como me gustaba decirte, y ese es otro gran dolor... Imaginé que compartiríamos muchos años juntos, como compartí con otros perritos, pero nuestra historia fue más breve, aunque cargada de momentos entrañables a partir de hoy.
 Ahora sé que hay un alma más que me acompaña desde otro plano y un ser más que extrañaré hasta el final de mis días. Me hiciste muy feliz y lo seguirás haciendo en cada recuerdo. Te amo para siempre, Coby.

19/08/2025

Coby

 

Nació un 2 de octubre de 2019 junto a otros cinco hermanitos y la dueña de su mamá los daba en adopción, por no tener recursos para mantenerlos. Por esas cosas de la vida, mi ex pareja se contactó con ella y fui a buscarlo; era un pomponcito marrón con una rayita de pelo negro cruzando su lomo hasta la cola. Había mucho espacio en aquel patio que lo vio nacer y donde vivió sus primeros dos meses de vida; lo vi y me enamoré. Lo alcé, lo acaricié y nos fuimos; así fue nuestro primer encuentro. Pero antes de ese momento, Coby ya se llamaba Coby; fue por una marca de micrófonos; sin embargo, tiempo después la gente confundía su nombre con Covid (y en algo se parecían: Covid y Coby hicieron desastres).

 Durante los primeros días de adopción vivió conmigo, recién a la semana fue a la casa en la que viviría el siguiente año. Aquellos primeros días, creo, fueron los que marcaron nuestro vínculo. Luego, en la otra casa, jugábamos y salíamos a pasear a la plaza Sarmiento, que quedaba cerca.

 Con el correr de los meses, se fue haciendo grande y dañino, jugaba con lo que se le pusiera en frente y mordía todo aquello que cupiera en su boca: una zapatilla, una media, un almohadón, una botella plástica, un calzoncillo y un amplio etcétera. Todo rompía, hasta que le compré una pelota de goma bien dura y pesada; al principio no la podía sostener, pero se las ingeniaba para jugar. Igual, cuando le caía algo para morder (y romper) lo aprovechaba.

 Hay muchas anécdotas en esa primera etapa de vida, pero me quedo con la que, a mi criterio, es la mejor: cuando fue un poco más grande, rondando los seis meses de vida, lo dejábamos salir a pasear, pero era cómico el "regalo" que traía: palomas muertas. Siempre nos dejaba en la puerta un regalito de esos, mientras esperaba a que le abriéramos para entrar a comer.

 Tiempo después, vino la separación y con ella la situación que plantea la canción de Jesse & Joy: ¿Con quién se queda el perro? Luego de debatir sobre los pro y los contras, decidimos que lo mejor para Coby sería que viviera conmigo, porque en casa tendría patio y otros dos perros para jugar, Pompín y Cora, además de un gato, Ástor. Así fue que Coby se volvió a subir al auto, esta vez de mi viejo, y se mudó a su casa definitiva.

 El tiempo fue pasando, Pompín y Cora fallecieron, y sólo quedaron Coby y Ástor. Lo llamativo es que, pese a ser perro y gato, se llevan muy bien. El tema es que Coby necesitaba otros perros, así que lo fui dejando que de a poco se hiciera amigo de la barra de los perros de la cuadra (pese a tener casa, andan siempre en la calle). El problema comenzó cuando Coby redescubrió el gustito de la libertad que da la calle, entonces empezó a pasar algunos días afuera, callejeando y jugando con los otros perros. Pero, si hubiera sido sólo eso, no existiría problema alguno... El tema es que comía cualquier cosa, y eso comenzó a deteriorar su salud.

 Poco a poco comenzó a perder peso hasta que, en el mes de marzo o abril de este año, lo llevé al veterinario. El diagnóstico no era bueno: problemas hepáticos y pancreáticos a causa de una bacteria que, además, le provocó anemia. Con medicación y cuidados (básicamente, que no salga a la calle) fue recuperando energía y vitalidad. Pero la tranquilidad duró poco... Desde hace unas semanas comenzó a escaparse nuevamente: cada vez que abría el portón de casa para entrar o salir, el tipo trataba de salirse. La mayoría de las veces podía retenerlo o impedirle el paso, pero esas pocas veces que agarró la calle, fueron decisivas para que su salud se complique nuevamente. Comenzó por perder peso paulatinamente y, en consecuencia, energía.

 Coby siempre fue un perro hiperactivo, pero últimamente estaba más tranquilo, incluso, ya no corría al gato para jugar como lo hizo hasta hace dos semanas. Entonces, decidí llevarlo al veterinario, que lo medicó para la anemia y volvimos a casa; la indicación fue que le diera algo de pollo hervido o carne, pero nada más y que volviéramos mañana (o sea, hoy). Sin embargo, no comió. Hoy lo llevé al veterinario y se quedó internado, para que le pase suero y evaluar su recuperación.

 Sinceramente, es una situación que me angustia mucho. Escribí esta entrada solamente para desahogarme y recordar un poco de su carácter inquieto, que es lo que más me gusta de él. Ya quisiera que se reponga y me traiga su pelota (que no es la pesada, es otra que ya está pinchada de tantos mordiscos) y salga corriendo con la misma torpeza de un cachorro, cosa que sigue manteniendo hasta el día de hoy.

 Te espero para que volvamos a jugar y para cuidarte mejor, mi hermoso Cobito.

27/05/2025

Todo es Narrable

 

3 de diciembre de 2011


 A las 20.30 en punto atravesé la puerta principal de la Biblioteca Ameghino, con el fin de estar en la presentación del libro No Hay Tiempo que Perder, de Reynaldo Sietecase. Unos pocos visitantes deambulaban por el hall, otros estaban fumando en el patio interno. Seguí camino al salón de conferencias, ubicado al final del pasillo, crucé el umbral y me topé con una masa de gente desconocida. Busqué entre esos rostros, añejos y extraños, alguno que fuera conocido; la primera fue Cristina, la dueña de la librería T&P, la saludé y crucé un par de palabras con ella; luego volví a mi postura anterior, buscando caras conocidas. Mis manos sudorosas, contenían los libros que le traía de regalo al escritor. ¿Dónde estaba? No lo veía, pero entre el barullo adivinaba su voz. Di un paso hacia la mesa donde se exhibían los libros y lo vi; estaba conversando con dos o tres personas, jovial y atento, tal como se lo escucha en la radio.

 Me acerqué a una mesa colmada de libros y compré un ejemplar. En ese momento, el autor pasó frente a mí con una bolsa llena de regalos, me saludó atentamente y le devolví el gesto de la misma manera. Con cierta timidez, me acerqué a él y le entregué el presente: dos libros que contenían dos de mis cuentos. Conversamos un poco sobre el mercado literario, de las dificultades que afronta un autor y de la buena calidad de esos libros; aprendí que las publicaciones para antologías por concurso no suelen tener mucho cuidado en los detalles de presentación. Siempre algo se aprende. Me despedí y lo dejé seguir hablando con la gente, ya que un hombre muy mayor, que había conocido a su padre, se acercó a saludarlo.

 Esperé unos minutos, mientras hablaba con otro conocido, con quien intentamos dilucidar de dónde nos conocíamos, ya que su rostro y su nombre los recordaba, pero no el contexto de dónde lo conocía. Luego, él se retiró y yo volví al autor a pedirle que me firmara el ejemplar que había adquirido. Ante Reynaldo, había una cola similar a la que forma la gente cuando va a pagar sus cuentas, pero mucho más entusiasta. Entre tantas voces, oí una que me resultó familiar: me di vuelta para ver quién era y, ante mí, estaba mi profesor de portugués. Nos saludamos y, en un breve cruce de palabras, me comentó que también está su hija menor, María. Finalmente llegó mi turno. Sietecase volvió a preguntar mi nombre, ya que mi apellido lo recordaba de la charla que habíamos tenidos minutos antes; posó su mano sujetando el libro y dejó fluir la tinta sobre la primera página. Una vez cumplido mi objetivo, fui a saludar a María; intercambiamos un par de palabras hasta que nos invitaron a tomar asiento para escuchar al autor.

 Igual que un curso en primer día de escuela, nos fuimos acomodando, buscando el mejor lugar para ver y escuchar. Primero me senté atrás, pero luego, vi un asiento libre en la tercera fila y lo ocupé. El primero en hablar fue Abel Pistrito, periodista local, refiriéndose al trabajo expuesto en las páginas del libro, el viaje a Sicilia y al pasado, más los textos de su historia como periodista. Luego, llegó el turno de Reynaldo, de contarnos su historia, su trabajo.

 Con respetuoso silencio, escuchamos al periodista que diariamente nos acompañaba con su voz a través de la radio en su programa “Mañana es Tarde”, por Radio Del Plata. Disfrutamos de su recorrido, de su oratoria y del orgullo de compartir ese breve instante de vida con él en nuestra ciudad.

Veinte horas

15 de diciembre de 2011

 

 Cuando vi llegar a mi compañera, me encontraba en el banco del patio de mi trabajo leyendo el libro No hay Tiempo que Perder, de Reynaldo Sietecase. Eran casi las cuatro de la tarde. Mi jornada se había excedido prolongadamente, ya que mi horario de salida era a las ocho de la mañana. Fue un día largo, aunque la guardia fue calma: pude leer, hacer crucigramas y mirar un poco de televisión, mientras esperaba a que los socios del servicio privado de emergencias médicas llamaran solicitando una visita o, en el peor de los casos, por una emergencia. Durante la noche, fueron unas pocas salidas de la ambulancia, consultas por fiebre, mareos, náuseas, pero ninguna emergencia, hasta que sucedió: las 03.50 de la madrugada, llamaron para ver a un paciente que no respondía a estímulos, y parecía no estar respirando. “…me parece que no respira… José, José (mi interlocutor intentaba despertar al paciente, cuyo parentesco desconozco, mientras hablaba conmigo) Vengan rápido… José, José… No respira…”. Finalmente, el anciano había muerto. El resto de la jornada fue igual de tranquila que la noche, como si los pacientes supiesen del cansancio de mis compañeros y mío, y hubiesen hecho el esfuerzo de soportar sus malestares en silencio para hacernos más liviana la guardia.

 Saludé a Noelia, que llegaba a relevarme, la puse al corriente de lo ocurrido en el día y le pasé los servicios pendientes; tomé mi mochila, mi moto, y partí. El sol de la tarde era cálido. Una leve brisa traía consigo el aire caliente de diciembre; Venado Tuerto es calurosa cuando quiere. Camino a mi casa, iba pensando en llegar, sólo quería dormir, aunque también pensaba en escribir lo ocurrido. No tenía idea qué hacer primero, aunque sabía que debía seguir ese orden: llegar, acostarme un rato y luego escribir. Antes de arribar a mi refugio, pasé por un telecentro a comprar una tarjeta prepaga para mi teléfono; el problema de quienes nos quedamos sin crédito es destinar dinero (fuera de presupuesto) para una tarjeta. Por fin, con la compra realizada, emprendí el recorrido por las últimas calles hasta mi casa. Ya no sentía la brisa, no le prestaba atención; sólo pensaba en llegar.

 Abrí el portón que da a la calle, entré la moto y lo cerré; la estacioné en el patio, atravesé la puerta de casa y, una vez adentro, el primer paso de mi plan estaba dado. Sin embargo, antes de dormir, cargué el crédito en el celular (por las dudas).  “Su saldo es de veinte pesos…” me decía la computadora de la compañía telefónica con parca voz de mujer, como una novia enojada que te habla con desdén. Finalmente, llegué al dormitorio, me desligué de toda vestimenta y me metí a la cama. Mi cuerpo necesitaba renovar la energía que había consumido, por el simple hecho de haber permanecido alerta tanto tiempo; veinte horas de guardia, más las que había transitado el día anterior, con apenas tres de descanso. Cerré mis ojos y ya no existía nada más, sólo el placer de sentir cómo iba relajándome poco a poco en ese abrazo que la almohada y el colchón me daban.

 Desperté a las siete de la tarde, hora que había programado en la alarma del teléfono; no había sido muy largo el descanso, pero con eso tiraba hasta que volviera a acostarme. Encendí la radio y la inconfundible voz de Sebastián Vignolo parecía darme la bienvenida a la tarde noche. El aire de mi casa estaba viciado por haber permanecido tanto tiempo cerrada y los ambientes me pedían a gritos que abriera las puertas de par en par: “¡Ventilá un poco!”. Pero hice caso omiso, porque estaba en calzoncillos, deambulando por la intimidad de mi hogar, y no quería vestirme. Puse el agua a calentar y preparé el mate; recién ahí, cuando terminé con eso, decidí a dar el último paso de mi plan y encendí la computadora. Ahora sí, estaba listo para escribir y contar esta historia que, como cualquier hecho, puede ser narrada. Eso lo aprendí también de Sietecase. “Todo es narrable”, dijo en la charla que dio en la Biblioteca Ameghino, hace dos semanas. Aun no puedo creer haberlo conocido; “todo es narrable”, y estas veinte horas, también.

 Cebé el primer mate, le di un sorbo y posé mis dedos sobre el teclado… 

29/04/2025

La vida sigue

Hace mucho que no escribo, pero ayer me anoticié de un hecho muy triste que fue la gota que llenó el vaso y me motivó a escribir algo que venía craneando desde hace bastante.

Todos sabemos que, de un momento a otro, podemos dejar este plano; no importa cómo ni en qué circunstancias, pero somos conscientes de eso. Sin embargo, no estamos pensando en que nos vamos a morir; sin embargo, lo que sí está bueno es plantearse individualmente: ¿Qué hago con mi existencia? ¿Dialogo? ¿Reflexiono? ¿Digo "te amo" o "te quiero" a mis seres queridos? ¿Disfruto de las pequeñas cosas de la vida? ¿Cuánto tiempo malgasto sintiéndome mal y preocupándome? ¿Me gusta mi trabajo? ¿Miento, o hablo con sinceridad? ¿Me cuido y cuido a los demás? ¿Cuánto tiempo hace que no veo a tal persona? ¿Me ocupo de contactarla? Y esa lista de preguntas se puede extender hasta el infinito. La cuestión es preguntarse sobre la propia vida, sobre los propios afectos y, con la más cruda sinceridad, reconocerse qué se está dejando de hacer o, como me gusta decir, qué se está procrastinando. ¿Por qué y para qué dejamos para después? Después llamo, después voy, después hago... Después puede ser muy tarde. Especialmente si se trata de personas, y es acá a donde apunto con este texto.

Como decía al principio, todos sabemos que nos podemos morir de un momento a otro, pero no vivimos pensando en eso y está bien, porque la muerte es lo único asegurado que tenemos en la vida y pensar tanto en ella sería una pérdida de tiempo. El tema es que, mientras respiramos, tenemos la obligación (me atrevo a decirlo así) de VIVIR: abrazar más, estudiar, aprender algo nuevo, tomar unos mates con los amigos un día cualquiera. disfrutar de jugar como niños, etcétetetetetetetetetetetetetetetetetera (un amplio etcétera). ¿Y por qué? Porque, cuando alguien se va repentinamente, recordamos las veces que dijimos que "después llamo" o "después voy"; porque ese tiempo que se va no vuelve; porque, una vez que alguien se va, es para siempre y nunca más habrá un nuevo encuentro; porque cuando la salud flaquea nos acordamos de todo lo que no hicimos por vergüenza, por lo que va a pensar el resto, porque "ya estoy grande para eso"; porque estamos vivos ahora y la obligación de vivir es ahora. ¿Y para qué? El "para qué" es más duro, pero más corto: Simplemente, para no vivir con la angustia del "mirá si hubiera ido antes" o "mirá si lo hubiera hecho antes". Esa angustia enferma más que cualquier virus, porque se alía con la culpa y juntas se comen a una persona desde adentro.

Entonces, para ir cerrando este pensamiento, la vida se vive y se llena todos los días. No hace falta llamar ni visitar a todos tus seres queridos, pero sí un mensajito, una llamada o una visita de vez en cuando. Básicamente, para sentir más tranquilidad en tu alma cuando alguien se vaya para siempre, porque después vendrán a decirte que "la vida sigue", y sí, es así; pero no es lo mismo que la vida siga con una eterna culpa, que con el sentimiento de haber vivido cada momento.

01/10/2024

"Trébol de 4 hojas"


 Llegar a determinada edad y no tener una familia constituida (esposa e hijo, por ejemplo), además de tener una situación económica inestable (o, por decirlo de otra manera, de mierda), genera angustia y una cantidad importante de cuestionamientos hacia la propia existencia: ¿Qué decisiones tomé a lo largo de mi vida para haber llegado hasta acá? ¿Qué decisiones tomo a diario? ¿Estas decisiones me ayudan a mejorar mi calidad de vida, la empeoran o la mantienen? Y así un montón de preguntas que me hago a diario porque tengo 41, porque llego a mitad de mes y empiezo a arañar la lata; o sea, no tengo plata y empiezo a sacar los últimos pesos que andan dando vueltas por la billetera o por algún bolsillo. Es penoso, es difícil de digerir y de aceptar, porque muchos ex compañeros de primaría, secundaria o de facultad, hoy ya tienen sus familias constituidas, una estabilidad económica que les permite, al menos, tener un auto o algo de plata hasta volver a cobrar el sueldo. Yo no. Apenas si puedo juntar unos mangos con los dos acompañamientos particulares que veo 2 veces por semana a cada uno. Con eso tiro, pero no alcanza.

 Es difícil pensar con calma cuando la cabeza es un tumulto de ideas y cuestionamientos que no llevan a ninguna parte, excepto a profundizar la angustia. Cuando hay algo de plata, uno se siente más tranquilo y puede pensar cómo hacerla crecer, pero hay que tener cuidado con el autosabotaje de pensar en los pagos pendientes y que la poca plata que hay en este momento no alcanza.

 Le debe pasar a más de una persona que lee este artículo, que cranea ideas para hacer crercer la economía doméstica. Uno se basa en lo que conoce, lo que le gusta o, simplemente, lo que pueda generar plata fácil y con poca o nula inversión. Quizás aparece una buena idea, pero también los cuestionamientos: ¿esto será rentable? ¿A quién le puedo vender esto? ¿Cuánto tiempo tardaré en generar un buen ingreso extra? ¿Y si invierto y no vendo? Y así un montón de preguntas más, que dan vueltas en la cabeza alrededor de la "grandiosa idea". Bueno, lo cierto es que hay que planificar y mantener la paciencia y la constancia para llevar adelante el proyecto. El principal obstáculo entre la idea y el resultado materializado es uno mismo; sí, uno mismo es quien se trunca los proyectos. No son las entidades financieras que otorgan créditos, ni el Estado, ni el vecino que tira mierda; es uno mismo, con esos cuestionamientos permanentes y negativos.

 Decía que hay que macerar y mantener la paciencia y la constancia para llevar adelante un proyecto. En mi caso, por ejemplo, pienso mucho y muchas veces mis proyectos quedan en una hoja o archivados en alguna carpeta de mi computadora. Si los extendiera un poco más y los llevara a la práctica, seguramente funcionarían y terminaría por no tener tiempo de llevarlos a cabo a todos. Por eso, lo mejor es la organización y la dedicación de tiempo y energía a un solo proyecto a la vez.

 Primero, evaluar entre todos los proyectos que andan dando vueltas y rescatar los más rentables, por decirlo así. Luego, examinar entre estos cuál es el que mejor se adapta a las condiciones actuales. Por último, tomar uno, el más especial, el que más nos convenza que ese es EL PROYECTO y comenzar a organizarlo, planificarlo y trabajarlo. Llevará mucho tiempo, pero al estar en marcha, el objetivo final ya estará mucho más cerca que antes.

 Sí, leerlo así, en una publicación de un blog es fácil y queda lindo, pero para llevarlo a la práctica son necesarias cuatro etapas, pasos o, como dice el título, las cuatro hojas del trébol: decisión, voluntad, paciencia y constancia. 

  1. Decisión de llevar a la práctica el proyecto
  2. Voluntad de comenzar
  3. Paciencia en el proceso
  4. Constancia para llevarlo a cabo hasta materializarlo
 Hace muchos años (doce, para ser exactos), creé esta idea del trébol de 4 hojas después de una charla con mi kinesiólogo, cuando estaba haciendo una rehabilitación. En ese momento, él me explicó que para lograr una buena recuperación era necesario tener voluntad, paciencia y constancia; con esa base, entendí que vale para cualquier emprendimiento, incluso para lo más simple, como puede ser el orden de la casa o de la economía familiar. Entonces me di cuenta que a esa idea le faltaba una pata: la decisión de llevar a la práctica lo que sea que uno se proponga. Entonces es así como quedó esta idea del "trébol de 4 hojas".
 Esta es una simple reflexión de autoayuda que me sirvió y me sirve para no desesperarme y buscar siempre una salida airosa de la situación adversa de mi economía. Cabe aclarar una sola cosa, que es muy importante: si la paso mal económicamente es porque tomé malas decisiones con mi dinero; nadie tiene la culpa a excepción de mí, que no supe administrarme. De la misma manera, la solución depende de mí y de las decisiones que tome a partir de ahora. No será un camino rápido ni fácil, pero una vez que se comienza ya se está más cerca del resultado. Si te suena, quizás sea hora que tomes tu trébol y comiences a realizar el camino de las 4 hojas, en pos de tu crecimiento.

Se estuvo tan cerca...

   Se terminó otra ilusión; otra Copa Libertadores que se niega a dar una vuelta olímpica en el Cilindro de Avellaneda. En el pueblo racingu...