Se terminó otra ilusión; otra Copa Libertadores que se niega a dar una vuelta olímpica en el Cilindro de Avellaneda. En el pueblo racinguista hay bronca, impotencia, dolor; una sensación de vacío, como quien pierde algo valioso y atesorado... ¡Y, vaya si lo era! Racing venía envalentonado y confiado por la Sudamericana y por la Recopa, por eso se permitió soñar con la tercera presea internacional en menos de un año; se lo merecía, era una necesidad que debía ser satisfecha... Pero no. Otra vez no...
Racing hizo una campaña impresionante, impecable; el único equipo argentino entre los cuatro mejores de América en este 2025; el primer grande quiso y buscó el reencuentro con la gloria, porque ya le había agarrado el gusto, quería probar otro poquito de ese elixir que se sirve sólo a los mejores; pero se quedó con los labios secos, sin ese festejo, sin ese grito que se ahogó en la garganda de los hinchas que lo vivieron en cada casa, en cada filial y en cada peña hasta el último momento, hasta el pitido final. Hoy duele la garganta por no gritar, por no cantarle al país y al continente que Racing es campeón; duele el corazón por el esfuerzo que hizo el equipo y no alcanzó. Se estuvo tan cerca...
La Academia debía levantar el 1 a 0 a favor de Flamengo: o empataba para ir a penales o ganaba por afano para asegurarse el pase a la final. Pero la redonda no quiso entrar o, mejor dicho, Rossi le prohibió el paso hacia la red en más de una ocasión; por eso también hay bronca e impotencia, porque el arquero argentino se convirtió en una muralla humana que detuvo cada disparo hacia su arco. La artillería de Racing fue insuficiente, pero demostró su poderío; tras la expulsión de Plata y la consecuente inequidad numérica, el equipo brasileño se replegó en su área esperando a resistir las embestidas de Racing, que se había convertido en un malón celeste y blanco; un pelotón de ataque que asedió al rival hasta el final. Racing quiso, pero no pudo. Buscó, llegó, hirió, pero no logró dañar lo suficiente a la defensa brasileña para alcanzar el empate, y el tan ansiado pase quedó en manos de los visitantes.
Gustavo Costas, el técnico académico, dijo que "defraudó a su gente", pero no fue así: Racing llegó donde ningún otro equipo argentino pudo; jugó cada partido con las piernas, la cabeza y el corazón, mucho corazón... Costas no defraudó a nadie; Racing no defraudó a nadie. El mundo racinguista está agradecido a este equipo y cuerpo técnico por volver a sentirse campeón, por regresar a lo más alto del fútbol, porque ser de Racing es más que sólo ostentar títulos. Ser de Racing es llevar la camiseta con el orgullo de sentirse campeón aunque el triunfo sea del otro; ser de Racing es tener la entereza de aguantar un mal resultado y sostener el aliento al equipo; ser de Racing es bancarse las derrotas y disfrutar cada triunfo como si fuera el último. Porque ser de Racing no es para cualquiera y Racing no es cualquier equipo... Por eso llegó donde llegó y logró lo que logró. Se estuvo tan cerca...
Pero Racing no se rinde, no agacha la cabeza, no se calla en las tribunas, ni en las filiales, ni en cada casa; Racing sigue mirando hacia adelante, se sacude el pasto de la camiseta, se seca el sudor de la frente y vuelve a buscar la gloria. A empezar de nuevo, con esperanzas renovadas y una nueva meta a alcanzar, pero con el empuje que trae desde el principio; Racing sigue con las piernas calientes, el corazón latiendo y la garganta ansiosa por volver a gritar los goles que lo conduzcan hasta el podio del campeón. ¡Aguante Racing! ¡Vamos, Academia!



