21/04/2023

Discusión reflexiva


 Aclaración: En esta historia, los nombres son cambiados por una cuestión de respeto a sus protagonistas.

 Las discusiones en la pareja son algo frecuente, pero no son algo a lo que uno se acostumbre, como sí puede hacerlo a dormir de costado o al ritual de las mañanas al levantarse. Siempre dejan huellas profundas que, como en un lodazal, se marcan con facilidad y tardan en borrarse. Y no es rencor lo que queda, sino dolor. A veces se puede disfrazar de enojo para aparentar entereza y seguridad, pero, en el fondo, duele mucho.

 Hace poco leí una parábola que explica que cuando las personas se enojan, gritan porque sus corazones se alejan. Y creo que ese debe ser el factor más doloroso, porque tenés a la persona a pocos centímetros de vos, pero emocionalmente están tan lejos que, pareciera, los gritos son la única vía de comunicación. Y si a los gritos se le suman insultos o agresiones, el filo de esas palabras y actos hieren más…

 Las palabras salen de esas bocas casi sin filtro, pronunciando los adjetivos que jamás saldrían si ambas personas estuvieran tranquilas. Esa falta de filtro, probablemente, permite que cada uno desahogue las molestias cotidianas: las propias y las que el otro le genera. Pero no es la mejor manera de resolver una diferencia entre dos almas que se aman.

 Creo que la evolución nos proveyó de voz y razonamiento para poder comunicarnos, y parte de esa comunicación es resolver las diferencias hablando. Pero aún somos una especie joven (hablando en términos evolutivos) y siguen vivos los vestigios más primitivos de nuestros antepasados. Pero no me voy a ir por las ramas (justamente, como nuestros antepasados).

 El tema es que, cuando discutimos acaloradamente con nuestra pareja porque hay diferencias grandes y difíciles de consensuar, terminamos heridos y cansados. He leído y escuchado que lo lindo de las peleas son las reconciliaciones, como si el premio a la tolerancia ante esa ola de violencia fuera unos minutos de sexo y placer. Eso no tiene gollete (como dice mi vieja, cuando algo no tiene sentido). Entre las historias, he rescatado una que conocí en primera persona, muy de cerca. Ellos son Carlos y Laura (por llamarlos de alguna manera), se encontraron de grandes, con una vida llena de experiencias amorosas frustradas, además de los golpes que la vida le haya asestado a cada uno a lo largo de los años. Ninguno tenía hijos, aunque sí había un deseo de concebir, aunque sea uno.

 Ambos tenían mucho que aprender y aprehender del otro, más allá de poseer un fuerte carácter a la hora de soltar los enojos. Entonces, eran una pareja de dos seres muy sensibles y proclives a los enojos, aunque eran mucho más proclives al sufrimiento que la frustración acarreaba en ellos cuando bajaba la intensidad del encontronazo.

 Ambos venían de un día cansador, el trabajo y la vida se habían puesto de acuerdo para joder a estos dos infelices que debían encontrarse a la noche, como todos los días. Resulta que Carlos es un despelote con los horarios, tiene casi 40 años y sigue llegando tarde a casi todos lados; suele decir que el día que se muera va a llegar tarde a su propio velatorio (y, quienes lo conocemos, sabemos que es muy posible que así sea). Laura, en cambio, es despelotada, pero también muy autoexigente: vive tensa, porque no llega a cumplir casi ninguna de las múltiples actividades que se propone en el día, además de los cursos en los que se inscribe y la enorme carga horaria que tiene en su trabajo. Con semejante panorama, ambos son una pila de nervios y cualquier dificultad puede llevarlos a una explosión más dañina que un cachorro en una fábrica de ropa.

 Esa noche, como casi todos los días, él llegó tarde. Ella estaba enojada porque no encontraba una campera que necesitaba, además que le hinchaba soberanamente las pelotas que él siempre se demore o provoque demoras (como aquella vez que se tenían que ir a ver el partido en la filial de Racing y cuando estaban por salir, a él se le antojó ir al baño). Carlos llegó, abrió la puerta y lanzó su habitual saludo:

-       ¡Holaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! -con un tono jocoso y juguetón.

 Pero la respuesta fue una gran cara que culo, tanto que Carlos no supo si el “hola” que ella le respondió, era su voz apagada o un pedo sordo. Ninguna de las dos cosas: ese “hola” casi imperceptible al oído humano, fue la advertencia de la tormenta, el relámpago que antecede al trueno.

-       ¿Qué te pasa? -el tono de Carlos había bajado y denostaba hastío.

 No tenía ganas de otra discusión, pero se la veía venir.

 Ella es muy irascible y él también, la única diferencia está en que Carlos no es tan impulsivo como Laura, que tiene la capacidad de reaccionar después que explota. Y así fue…

 A medida que la discusión avanzaba y recorría el departamento, también avanzaba la angustia y la frustración, que se camuflaba en el ímpetu que cada uno ponía a sus argumentos para ganarla. Finalmente, él se sentó en un taburete y se acodó en la barra que divide la cocina del comedor; ella se apoyó en la mesada de la cocina. Estaban separados por el calor de la discusión, pero también lo estaban físicamente por aquella barra que hacía las veces de muralla protectora, como si eso pudiera detener los proyectiles que salían de aquellas bocas enfurecidas.

 Para resumir la historia, ella le echó en cara todas las cosas que le molestaban de él, lógicamente, haciendo una liberadora catarsis que duró largos y agotadores minutos. Él no se quedó callado y también respondió, primero intentando frenarla con preguntas (incisivas) y luego con afirmaciones que, en lugar de detener la pelea, sólo la potenciaron. Algo así como cuando uno le avienta oxígeno al asado para que la llama se haga más fuerte; lo mismo, pero en vez de tratarse del cálido y dulce fuego del amor, se trataba del infernal fuego del desamor (porque, digan lo que digan, las peleas en la pareja son uno de los más grandes actos de desamor). Laura rodeó la barra y se posicionó frente a Carlos, y el tono de la discusión se elevó hasta el punto de ebullición. Pero, repentinamente, las voces se callaron y el silencio se adueñó de la escena; la bomba había explotado entre las manos de ambos y ahora sólo quedaba el sordo e incómodo silencio entre los escombros de sus almas desgarradas.

 Él se quedó sentado en el taburete, junto a la barra que no había podido protegerlo de las palabras de Laura; ella también estaba herida y se sentó en el otro taburete, quedando frente a él. Retomó la palabra, pero esta vez hablando de ella, del dolor que le causaba sentirse lejos de su familia y principales afectos; decía no entender por qué siempre la dejaron de lado, desde que era chica, y siempre hubo favoritismo hacia su hermano por parte de su madre, su padre y su abuela.

-       ¡Me quiero ir con mi abuelo! -dijo, y rompió en llanto.

 Un llanto demasiado potente como para que Carlos se mantuviera ajeno. Antes que él extendiera un músculo de su brazo derecho para abrazarla, ella se adelantó y lo hizo primero. Él, manteniendo el silencio, la replicó en el gesto y ahí se quedó. También necesitaba descansar en los brazos de Laura, pero se sentía tan dolido que apenas si podía respirar. Las palabras de ella, más allá del daño que le hicieron, lo habían hecho reflexionar profundamente; habían calado muy hondo en él y le habían develado una realidad que no estaba viendo: ella se había cansado de la monotonía de la relación. ¿Sería el final? ¿Acaso se terminaría aquella relación que él tanto había deseado, por culpa de sus estructuras y falta de atención hacia ella?

 “¡¿Cuándo vas a aprender, Carlos?!” Se decía a sí mismo, pensando. Ella, pasada la efusión del llanto y habiendo recuperado un poco el aliento, le preguntó:

-       ¿Qué pensás?

 Carlos se mantuvo en silencio unos minutos y luego respondió con un hilo de voz:

-       Nada… Me siento para el orto…

 Y ahí se quedó, no dijo más nada por un rato. Luego, aún abrazado a Laura, le respondió. Había necesitado más tiempo para elaborar la respuesta, para elegir las palabras y hablar desde la razón en lugar de hacerlo desde el dolor, porque sabía que una palabra mal dicha o un tono equivocado, podía encender otra vez aquella disputa.

-       Yo me comprometo a cambiar mis estructuras y tratar de llegar a tiempo; es algo muy difícil, lo que me estás pidiendo… -dijo Carlos, con el mismo tono de voz- Pero a cambio te pido que no vuelvas a maltratarme, que pienses un poco lo que me vas a decir, antes de largarme lo primero que se te viene a la boca…

 Laura volvió a abrazarlo y así se quedó un largo rato, en silencio, apenas sollozando. La calma retornaba al departamento, mientras ambos se contenían en un abrazo que intentaba reparar las roturas internas de cada uno.

 Eran casi las 23.00 y el hambre los obligó a plantearse que, ahora que la furia había calmado, debían preparar algo para comer. Cocinar juntos siempre ayuda en la unión y el acercamiento, ellos suelen hacerlo por el gusto compartido del arte culinario y ese fue el manto de piedad que ambos necesitaban. En realidad, no se jugaron mucho para cocinar: simplemente recalentaron una sopa que había sobrado del día anterior y le agregaron unos fideos mostacholes “de colores”, pusieron la novela que están viendo por YouTube (una que pasaron cuando ambos eran muy chicos y que, por nostalgia o por buscar un entretenimiento, decidieron comenzar a ver cada noche: Más Allá del Horizonte), y una vez que todo estaba listo se sentaron a cenar.

 Cuando terminaron de lavar los platos y ver dos capítulos seguidos, el sueño comenzó a ganar terreno. Apagaron la computadora, juntaron lo que quedaba en la mesa, Laura fue a cepillarse los dientes y luego la siguió Carlos; finalmente, y un poco empujados por el frío, ambos se metieron en la cama. Se abrazaron y besaron, volviendo a encontrarse, pero no hubo la reconciliación que profesan los amantes del melodrama del amor. El sexo quedó postergado para otro día, porque estaban cansados y debían madrugar (y el reloj seguía avanzando hacia el amanecer), así que se durmieron abrazados y tranquilos, brindándose mutuamente su calor, además del calor proporcionado por una estufita extra: la gata se echó a dormir sobre ellos.

 Aquella batalla no había dejado vencedores ni vencidos, nadie pudo adjudicarse laureles; sólo quedaron dos almas exhaustas por el fragor de una pelea que comenzó por un evento repetido que desgastó silenciosamente la paciencia de Laura. Habían podido conciliar las diferencias con palabras, pero las heridas aún seguían abiertas y la sensibilidad estaba a flor de piel. Carlos había decidido quedarse a dormir con ella por dos motivos: primero, porque estaba cansado y con mucho sueño, y no le parecía prudente conducir en ese estado; y segundo, porque necesitaba abrazar a Laura y ser abrazado por ella. Sus ojos se cerraron, las respiraciones se hicieron cada vez más sutiles, y el “arrorró” final fue el ronroneo de la gata.

 La luz de la mañana llegó con su frío resplandor e inundó lentamente la habitación, atravesando tímidamente las cortinas oscuras de la ventana. Kicky, la gatita, aún seguía durmiendo entre ellos; Carlos, apenas sonó la alarma de su despertador, la dejó sonar unos minutos para despabilarse, mientras Laura remoloneaba en su lado de la cama. Una cosa que les resulta curiosa es que siempre se duermen abrazados y se despiertan alejados. “¿Significará algo?”, se preguntó Laura en varias ocasiones. Carlos cree que es solamente porque están acostumbrados a dormir solos, pero ninguna de las posturas tiene demasiado sentido.

 El desayuno fue casi sin palabras, aunque él se permitió hacer algún chiste sutil buscando provocar la risa de su novia, pero sin demasiado éxito. A ella no le gustaba reírse cuando se levantaba. Aquella mañana, Laura se fue a trabajar y Carlos se quedó en el departamento para acomodar la mesa y lavar las tazas usadas en el desayuno, luego se fue.

 Como todos los días, apenas llegó al portón de entrada de su casa, saludó a los perros de la calle que siempre vienen a recibirlo y a buscar mimos y comida, una vez que ingresó a su propiedad saludó a sus perros y a su gato, que también se acercaron a recibirlo, entre ladridos y maullidos. Giró la llave y siguió pensando en las palabras de su novia, esas que lo habían hecho reflexionar y encontrarse con la dura verdad que no estaba queriendo ver. Dejó la mochila en una silla y puso a calentar el agua en la pava eléctrica; mientras seguía pensando, preparó el mate.

 La radio, siempre sintonizada en la misma AM, lo había recibido con la voz de Miguel Clariá que estaba hablando con un entrevistado. Carlos permaneció en silencio, escuchando a sus pensamientos más que a la radio, como cuando un equipo de rescate hace el relevamiento de los daños después de un huracán.

 Se sentó frente a la computadora y cebó el primer mate. Mientras observaba el vaporcito de agua saliendo por entre la yerba seca, la encendió; se quedó unos segundos mirando la pantalla, intentando ordenar sus ideas.

 Después de tomarse otro mate, colocó sus dedos sobre el teclado y comenzó a escribir…

17/04/2023

Me tengo que ir a mi casa


ACLARACIÓN
: En esta historia, los nombres son cambiados por una cuestión de respeto a sus protagonistas.

 

 El Alzheimer es una enfermedad muy jodida, como todos sabemos. Pero les aseguro que una cosa es saber algo por leer un artículo o ver un video en YouTube, y otra muy distinta es convivir con ella.

 En lo personal, puedo decir que he estado en la frontera de esa enfermedad: o sea, he leído, pero también he estado junto a un paciente y su familia en una parte crucial del Alzheimer. Esta historia (en realidad, mi encuentro cara a cara con la enfermedad), comenzó en el año 2014. Ironías de la historia, empecé a trabajar con un paciente con Alzheimer, un 24 de marzo, Día Nacional de la Memoria…

 Pero más allá de este hecho anecdótico, esta experiencia me marcó tanto que hoy, a 9 años de aquel día, aún sigo evocando lo aprendido y aprehendido con él, además que sigo emocionándome cuando lo nombro y cuento mi tiempo a su lado. ¡Y no es para menos, porque fue mi primer maestro! El que me enseñó, involuntariamente, sobre su enfermedad, sobre mi trabajo y sobre mí mismo. Gracias a él aprendí a “dialogar”, por decirlo así, con una persona con demencia, a higienizarlo, a bañarlo, y también aprendí la importancia de cuidar la piel de un paciente en reposo. Él me enseñó tanto, que hasta me hizo ver la importancia de cuidar la salud mental de quienes conviven y cuidan a un paciente en esas condiciones.

 Pero esto ya es hablar de mí, y quiero hablar de él y de su enfermedad, que afecta aproximadamente a cincuenta y cinco millones a de personas en todo el mundo. Y, aunque cada caso es único e irrepetible, todos tendrán algo en común, más allá que ninguno tendrá la misma historia.

 Dentro de esta enfermedad, así como en otras demencias y enfermedades neurológicas e incapacitantes, hay historias felices e historias muy tristes. En el caso de Donato, la historia es triste por la enfermedad en sí, pero para él la vida era un permanente cambio, yo era alguien nuevo a cada rato y todos los días debía hacer una rutina repetitiva de acciones para seguirle el tren en las alucinaciones propias de la enfermedad que cambiaban su realidad permanentemente. En los dos años y pico que trabajé junto a él, también me enseñó a ser un buen improvisador y a encontrar la luz del humor entre la penumbra de la tristeza.

 La historia de Donato comienza el 21 de noviembre de 1930, y la conocí gracias a los relatos de su esposa, Ema, que me la contaba cuando yo llegaba a la noche a cuidar de él. Pero no será el tema de esta narración. Lo que me trae a escribir y evocarlo es una anécdota que grafica los aires por los que puede volar la imaginación cuando no hay conocimientos sobre lo que se tiene en frente. O sea, cuando uno ignora algo (sea poco o mucho), imagina y crea hipótesis respecto a eso, aunque no siempre sean correctas.

 La fecha es incierta, pero para contextualizar, podemos situarnos en alguna madrugada de mayo o junio de 2014… Hacía muy poco tiempo que cuidaba a Donato y, como era habitual, él se levantaba a la madrugada y deambulaba por la casa con un único objetivo: irse a su casa. Como cada noche que esto pasaba, yo trataba de inventar argumentos para situarlo en contexto y que se diera cuenta que se encontraba en su casa. A veces funcionaba, pero otras no.

 Ahí aparece la primera ignorancia de mi parte, porque desconocía tanto la enfermedad que no me daba cuenta que iba a ser imposible que entrara en razones, a menos que su cerebro hiciera conexión con mis palabras y cayera en mi realidad. Digo “mi realidad”, porque la suya era completamente distinta y aleatoria: si ahora decía que en la foto estaba su hijo, a los 2 minutos veía a su padre o a sí mismo. Entonces, mi primer error aparecía al querer hacerlo comprender algo que para él ya estaba claro: se tenía que ir a su casa, porque esa (en la que estábamos) no lo era. O sí, pero no la casa a la que él se refería.

 Aquella noche se había dormido temprano, así que dejé la puerta del dormitorio abierta (para escucharlo), me preparé el mate y me quedé leyendo apuntes en el comedor. En un momento, como a la una de la madrugada, sentí el típico quejido de una persona que se despierta, las cobijas que se arrastraban lentamente de su cuerpo, destapándolo, y un sonido característico que me anunciaba que Donato se estaba levantando: el roce de las pantuflas contra el piso de parqué mientras se las estaba calzando. “Fffttt… Fffttt…” y los pasos se escuchaban, lentos, cruzando la puerta del dormitorio.

 Dejé los apuntes, el mate, y salí a su encuentro:

-¡Hola, Donato! ¿Cómo está? -Era una de las frases que usaba con él, cada vez que se despertaba.

-Hola, che… Bien, bien... Estoy buscando la puerta, porque me tengo que ir a mi casa…

 Su dicción era disminuida y arrastraba las palabras, aunque se le entendía bastante bien (especialmente cuando puteaba). Como otras tantas noches, estaba buscando la puerta para irse a su casa, entonces ya tenía la primera treta preparada…

-¿Tomamos unos mates, Donato? Mientras, esperamos a que venga Guillermo, que me tiene que venir a buscar…

 Guillermo es su hijo, con quien Donato tenía un vínculo muy fuerte y, por esta enfermedad, se había convertido en uno de sus principales lazarillos.

 Esa artimaña, la de invocar a su hijo, funcionaba en la mayoría de los casos… Por menos de 5 minutos y luego debía volver a usarla o inventar una nueva. Pero aquella noche funcionó y aceptó los mates.

 Observé, como otras noches, que pasaba la mano suavemente por la superficie de la mesa mientras tomaba el mate; al hacerlo, parecía un profesor de carpintería dando una clase magistral: la delicadeza con que acariciaba la madera, era hipnótica.

 Durante varios años había trabajado en una carpintería puliendo muebles, y su esposa me contaba que, con sólo pasar el dorso de la mano por la superficie, ya sabía si estaba terminada o en qué lugares aún quedaban pequeñas asperezas. Con ese gesto, Donato estaba volviendo a aquellos años…

 Pero, repentinamente, “cambió de canal” y reapareció el tema con que había empezado su charla: “Me tengo que ir, che”. Y se levantó, enfilando para la puerta de calle. Aunque el portallaves estaba colgado a un lado de la puerta, a la llave de la casa la guardábamos en el modular, para evitar que saliera y se pudiera caer o golpear.

 Abrió el ventiluz y miró hacia afuera (como, en apariencia, siempre había sido su costumbre) y tanteó el picaporte. “¡Clack” ¡Clack!”, la puerta se mantenía inmutable. Nuevamente, “¡Clack” ¡Clack!”, tirón hacia adentro; “¡Clack” ¡Clack!”, y otro tirón (esta vez más fuerte). ¡Y la puerta no se abría!

-¡Pero, che! ¡¿Por qué no se abre?!

-Es que está cerrado con llave, Donato… -le decía con un tono calmo, aunque inquieto. La verdad es que temía que rompiera la puerta o se cayera.

-¡¿Por qué está cerrado con llave?! ¡¿Dónde está la llave?!

 Ahí volví a la carga con mi artimaña:

-¡Discúlpeme, Donato! Me olvidé de decirle que Guillermo se llevó la llave para hacerse una copia. Ya debe estar por venir.

 Con eso se tranquilizaba, pero enseguida volvía con ese imperativo: “Tengo que ir a mi casa”. El tema es que cada vez que se repetía, se ponía más nervioso. Y, pensándolo bien, tenía razón: él necesitaba irse y yo le ponía siempre un freno. Más allá que no lo recordaba, estimo que algo le quedaba, así fuera la sensación de molestia al no poder hacer lo que estaba pendiente.

 La cosa es que esa noche sucedió algo que me hizo pensar por mucho tiempo, y me atrevo a decir que sigo reflexionando sobre ese evento hasta hoy, 9 años después. Resulta que, en un momento determinado, ante su insistencia de “tener que irse a su casa”, volví a usar el planteo que él estaba en su casa, que esos eran sus muebles, que las personas de las fotos eran él, su esposa, sus hijos, sus nietos…

 Pero Donato me dijo algo que me dejó helado:

-¡¡Ya sé que esta es mi casa, pero yo necesito irme a mi otra casa, con mi familia!!

 En ese momento me quedé helado. Un frío me recorrió la espalda, porque pensé que este hombre había tenido una segunda familia y que, por tratarse de una enfermedad que lo dejaba “sin filtro”, ahora se iba a deschavar y se vendría flor de quilombo. Pero enseguida me volvió el alma al cuerpo y sentí que me sacaban de encima tres toneladas de peso…

-¡Tengo que ir a mi otra casa, con mi madre y mis hermanas!

 Después de ese evento me propuse que, en adelante, debía estudiar más y mejor la patología que afecte a la persona que tenga a mi cuidado, y también su historia. Hay veces que nos topamos con algo que desconocemos y creemos que es algo fácil de resolver, pero ignoramos el tema en su mayor porcentaje; cuando hablamos de enfermedades, especialmente de las neurodegenerativas (como el Alzheimer), también debemos tener en cuenta la historia y el contexto histórico en que esa persona ha desarrollado su vida. Quizás, así, podamos entender, aprender y aprehender más sobre el ser humano que tenemos en frente. Y estudiando esos importantes detalles, también nos instruyamos sobre nosotros mismos. Cada persona es una biblioteca de historias y conocimientos que, si la conocemos, va a ayudarnos a entender mejor su presente (sea que esté enferma o no) y evitar la creación de prejuicios y falsas conclusiones.

 Siempre digo que Donato fue mi primer maestro, y esta anécdota es una pequeña e importante lección que muestra que realmente fue así.

Se estuvo tan cerca...

   Se terminó otra ilusión; otra Copa Libertadores que se niega a dar una vuelta olímpica en el Cilindro de Avellaneda. En el pueblo racingu...