ACLARACIÓN: En esta historia, los nombres son cambiados por una cuestión de respeto a sus protagonistas.
El Alzheimer es una enfermedad muy jodida,
como todos sabemos. Pero les aseguro que una cosa es saber algo por leer un
artículo o ver un video en YouTube, y otra muy distinta es convivir con ella.
En lo personal, puedo decir que he estado en la
frontera de esa enfermedad: o sea, he leído, pero también he estado junto a un paciente
y su familia en una parte crucial del Alzheimer. Esta historia (en realidad, mi
encuentro cara a cara con la enfermedad), comenzó en el año 2014. Ironías de la
historia, empecé a trabajar con un paciente con Alzheimer, un 24 de marzo, Día
Nacional de la Memoria…
Pero más allá de este hecho anecdótico, esta
experiencia me marcó tanto que hoy, a 9 años de aquel día, aún sigo evocando lo
aprendido y aprehendido con él, además que sigo emocionándome cuando lo nombro
y cuento mi tiempo a su lado. ¡Y no es para menos, porque fue mi primer
maestro! El que me enseñó, involuntariamente, sobre su enfermedad, sobre mi
trabajo y sobre mí mismo. Gracias a él aprendí a “dialogar”, por decirlo así,
con una persona con demencia, a higienizarlo, a bañarlo, y también aprendí la
importancia de cuidar la piel de un paciente en reposo. Él me enseñó tanto, que
hasta me hizo ver la importancia de cuidar la salud mental de quienes conviven
y cuidan a un paciente en esas condiciones.
Pero esto ya es hablar de mí, y quiero hablar
de él y de su enfermedad, que afecta aproximadamente a cincuenta y cinco
millones a de personas en todo el mundo. Y, aunque cada caso es único e irrepetible,
todos tendrán algo en común, más allá que ninguno tendrá la misma historia.
Dentro de esta enfermedad, así como en otras demencias
y enfermedades neurológicas e incapacitantes, hay historias felices e historias
muy tristes. En el caso de Donato, la historia es triste por la enfermedad en
sí, pero para él la vida era un permanente cambio, yo era alguien nuevo a cada
rato y todos los días debía hacer una rutina repetitiva de acciones para
seguirle el tren en las alucinaciones propias de la enfermedad que cambiaban su
realidad permanentemente. En los dos años y pico que trabajé junto a él,
también me enseñó a ser un buen improvisador y a encontrar la luz del humor
entre la penumbra de la tristeza.
La historia de Donato comienza el 21 de
noviembre de 1930, y la conocí gracias a los relatos de su esposa, Ema, que me
la contaba cuando yo llegaba a la noche a cuidar de él. Pero no será el tema de
esta narración. Lo que me trae a escribir y evocarlo es una anécdota que
grafica los aires por los que puede volar la imaginación cuando no hay
conocimientos sobre lo que se tiene en frente. O sea, cuando uno ignora algo
(sea poco o mucho), imagina y crea hipótesis respecto a eso, aunque no siempre
sean correctas.
La fecha es incierta, pero para
contextualizar, podemos situarnos en alguna madrugada de mayo o junio de 2014…
Hacía muy poco tiempo que cuidaba a Donato y, como era habitual, él se
levantaba a la madrugada y deambulaba por la casa con un único objetivo: irse a
su casa. Como cada noche que esto pasaba, yo trataba de inventar argumentos
para situarlo en contexto y que se diera cuenta que se encontraba en su casa. A
veces funcionaba, pero otras no.
Ahí aparece la primera ignorancia de mi parte,
porque desconocía tanto la enfermedad que no me daba cuenta que iba a ser
imposible que entrara en razones, a menos que su cerebro hiciera conexión con
mis palabras y cayera en mi realidad. Digo “mi realidad”, porque la suya era
completamente distinta y aleatoria: si ahora decía que en la foto estaba su
hijo, a los 2 minutos veía a su padre o a sí mismo. Entonces, mi primer error
aparecía al querer hacerlo comprender algo que para él ya estaba claro: se
tenía que ir a su casa, porque esa (en la que estábamos) no lo era. O sí, pero
no la casa a la que él se refería.
Aquella noche se había dormido temprano, así
que dejé la puerta del dormitorio abierta (para escucharlo), me preparé el mate
y me quedé leyendo apuntes en el comedor. En un momento, como a la una de la
madrugada, sentí el típico quejido de una persona que se despierta, las cobijas
que se arrastraban lentamente de su cuerpo, destapándolo, y un sonido
característico que me anunciaba que Donato se estaba levantando: el roce de las
pantuflas contra el piso de parqué mientras se las estaba calzando. “Fffttt… Fffttt…”
y los pasos se escuchaban, lentos, cruzando la puerta del dormitorio.
Dejé los apuntes, el mate, y salí a su encuentro:
-¡Hola, Donato! ¿Cómo está? -Era
una de las frases que usaba con él, cada vez que se despertaba.
-Hola, che… Bien, bien... Estoy
buscando la puerta, porque me tengo que ir a mi casa…
Su dicción era disminuida y arrastraba las
palabras, aunque se le entendía bastante bien (especialmente cuando puteaba).
Como otras tantas noches, estaba buscando la puerta para irse a su casa,
entonces ya tenía la primera treta preparada…
-¿Tomamos unos mates, Donato?
Mientras, esperamos a que venga Guillermo, que me tiene que venir a buscar…
Guillermo es su hijo, con quien Donato tenía
un vínculo muy fuerte y, por esta enfermedad, se había convertido en uno de sus
principales lazarillos.
Esa artimaña, la de invocar a su hijo,
funcionaba en la mayoría de los casos… Por menos de 5 minutos y luego debía
volver a usarla o inventar una nueva. Pero aquella noche funcionó y aceptó los
mates.
Observé, como otras noches, que pasaba la mano
suavemente por la superficie de la mesa mientras tomaba el mate; al hacerlo,
parecía un profesor de carpintería dando una clase magistral: la delicadeza con
que acariciaba la madera, era hipnótica.
Durante varios años había trabajado en una
carpintería puliendo muebles, y su esposa me contaba que, con sólo pasar el
dorso de la mano por la superficie, ya sabía si estaba terminada o en qué
lugares aún quedaban pequeñas asperezas. Con ese gesto, Donato estaba volviendo
a aquellos años…
Pero, repentinamente, “cambió de canal” y
reapareció el tema con que había empezado su charla: “Me tengo que ir, che”. Y
se levantó, enfilando para la puerta de calle. Aunque el portallaves estaba
colgado a un lado de la puerta, a la llave de la casa la guardábamos en el
modular, para evitar que saliera y se pudiera caer o golpear.
Abrió el ventiluz y miró hacia afuera (como,
en apariencia, siempre había sido su costumbre) y tanteó el picaporte. “¡Clack”
¡Clack!”, la puerta se mantenía inmutable. Nuevamente, “¡Clack” ¡Clack!”, tirón
hacia adentro; “¡Clack” ¡Clack!”, y otro tirón (esta vez más fuerte). ¡Y la
puerta no se abría!
-¡Pero, che! ¡¿Por qué no se
abre?!
-Es que está cerrado con llave,
Donato… -le decía con un tono calmo, aunque inquieto. La verdad es que temía
que rompiera la puerta o se cayera.
-¡¿Por qué está cerrado con
llave?! ¡¿Dónde está la llave?!
Ahí volví a la carga con mi artimaña:
-¡Discúlpeme, Donato! Me olvidé
de decirle que Guillermo se llevó la llave para hacerse una copia. Ya debe
estar por venir.
Con eso se tranquilizaba, pero enseguida
volvía con ese imperativo: “Tengo que ir a mi casa”. El tema es que cada vez
que se repetía, se ponía más nervioso. Y, pensándolo bien, tenía razón: él
necesitaba irse y yo le ponía siempre un freno. Más allá que no lo recordaba,
estimo que algo le quedaba, así fuera la sensación de molestia al no poder
hacer lo que estaba pendiente.
La cosa es que esa noche sucedió algo que me
hizo pensar por mucho tiempo, y me atrevo a decir que sigo reflexionando sobre
ese evento hasta hoy, 9 años después. Resulta que, en un momento determinado,
ante su insistencia de “tener que irse a su casa”, volví a usar el planteo que
él estaba en su casa, que esos eran sus muebles, que las personas de las fotos
eran él, su esposa, sus hijos, sus nietos…
Pero Donato me dijo algo que me dejó helado:
-¡¡Ya sé que esta es mi casa,
pero yo necesito irme a mi otra casa, con mi familia!!
En ese momento me quedé helado. Un frío me
recorrió la espalda, porque pensé que este hombre había tenido una segunda
familia y que, por tratarse de una enfermedad que lo dejaba “sin filtro”, ahora
se iba a deschavar y se vendría flor de quilombo. Pero enseguida me volvió el
alma al cuerpo y sentí que me sacaban de encima tres toneladas de peso…
-¡Tengo que ir a mi otra casa,
con mi madre y mis hermanas!
Después de ese evento me propuse que, en
adelante, debía estudiar más y mejor la patología que afecte a la persona que
tenga a mi cuidado, y también su historia. Hay veces que nos topamos con algo
que desconocemos y creemos que es algo fácil de resolver, pero ignoramos el
tema en su mayor porcentaje; cuando hablamos de enfermedades, especialmente de
las neurodegenerativas (como el Alzheimer), también debemos tener en cuenta la
historia y el contexto histórico en que esa persona ha desarrollado su vida.
Quizás, así, podamos entender, aprender y aprehender más sobre el ser humano
que tenemos en frente. Y estudiando esos importantes detalles, también nos
instruyamos sobre nosotros mismos. Cada persona es una biblioteca de historias
y conocimientos que, si la conocemos, va a ayudarnos a entender mejor su
presente (sea que esté enferma o no) y evitar la creación de prejuicios y
falsas conclusiones.
Siempre digo que Donato fue mi primer maestro,
y esta anécdota es una pequeña e importante lección que muestra que realmente
fue así.

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