En este blog comparto textos que escribí hace mucho y que escribo actualmente; verás cuentos, investigación histórica y artículos de opinión. Espero tus comentarios y te agradezco la visita. ¡Que disfrutes la lectura!
20/08/2025
Mi Cobito
19/08/2025
Coby
Nació un 2 de octubre de 2019 junto a otros cinco hermanitos y la dueña de su mamá los daba en adopción, por no tener recursos para mantenerlos. Por esas cosas de la vida, mi ex pareja se contactó con ella y fui a buscarlo; era un pomponcito marrón con una rayita de pelo negro cruzando su lomo hasta la cola. Había mucho espacio en aquel patio que lo vio nacer y donde vivió sus primeros dos meses de vida; lo vi y me enamoré. Lo alcé, lo acaricié y nos fuimos; así fue nuestro primer encuentro. Pero antes de ese momento, Coby ya se llamaba Coby; fue por una marca de micrófonos; sin embargo, tiempo después la gente confundía su nombre con Covid (y en algo se parecían: Covid y Coby hicieron desastres).Durante los primeros días de adopción vivió conmigo, recién a la semana fue a la casa en la que viviría el siguiente año. Aquellos primeros días, creo, fueron los que marcaron nuestro vínculo. Luego, en la otra casa, jugábamos y salíamos a pasear a la plaza Sarmiento, que quedaba cerca.
Con el correr de los meses, se fue haciendo grande y dañino, jugaba con lo que se le pusiera en frente y mordía todo aquello que cupiera en su boca: una zapatilla, una media, un almohadón, una botella plástica, un calzoncillo y un amplio etcétera. Todo rompía, hasta que le compré una pelota de goma bien dura y pesada; al principio no la podía sostener, pero se las ingeniaba para jugar. Igual, cuando le caía algo para morder (y romper) lo aprovechaba.
Hay muchas anécdotas en esa primera etapa de vida, pero me quedo con la que, a mi criterio, es la mejor: cuando fue un poco más grande, rondando los seis meses de vida, lo dejábamos salir a pasear, pero era cómico el "regalo" que traía: palomas muertas. Siempre nos dejaba en la puerta un regalito de esos, mientras esperaba a que le abriéramos para entrar a comer.
Tiempo después, vino la separación y con ella la situación que plantea la canción de Jesse & Joy: ¿Con quién se queda el perro? Luego de debatir sobre los pro y los contras, decidimos que lo mejor para Coby sería que viviera conmigo, porque en casa tendría patio y otros dos perros para jugar, Pompín y Cora, además de un gato, Ástor. Así fue que Coby se volvió a subir al auto, esta vez de mi viejo, y se mudó a su casa definitiva.
El tiempo fue pasando, Pompín y Cora fallecieron, y sólo quedaron Coby y Ástor. Lo llamativo es que, pese a ser perro y gato, se llevan muy bien. El tema es que Coby necesitaba otros perros, así que lo fui dejando que de a poco se hiciera amigo de la barra de los perros de la cuadra (pese a tener casa, andan siempre en la calle). El problema comenzó cuando Coby redescubrió el gustito de la libertad que da la calle, entonces empezó a pasar algunos días afuera, callejeando y jugando con los otros perros. Pero, si hubiera sido sólo eso, no existiría problema alguno... El tema es que comía cualquier cosa, y eso comenzó a deteriorar su salud.
Poco a poco comenzó a perder peso hasta que, en el mes de marzo o abril de este año, lo llevé al veterinario. El diagnóstico no era bueno: problemas hepáticos y pancreáticos a causa de una bacteria que, además, le provocó anemia. Con medicación y cuidados (básicamente, que no salga a la calle) fue recuperando energía y vitalidad. Pero la tranquilidad duró poco... Desde hace unas semanas comenzó a escaparse nuevamente: cada vez que abría el portón de casa para entrar o salir, el tipo trataba de salirse. La mayoría de las veces podía retenerlo o impedirle el paso, pero esas pocas veces que agarró la calle, fueron decisivas para que su salud se complique nuevamente. Comenzó por perder peso paulatinamente y, en consecuencia, energía.
Coby siempre fue un perro hiperactivo, pero últimamente estaba más tranquilo, incluso, ya no corría al gato para jugar como lo hizo hasta hace dos semanas. Entonces, decidí llevarlo al veterinario, que lo medicó para la anemia y volvimos a casa; la indicación fue que le diera algo de pollo hervido o carne, pero nada más y que volviéramos mañana (o sea, hoy). Sin embargo, no comió. Hoy lo llevé al veterinario y se quedó internado, para que le pase suero y evaluar su recuperación.
Sinceramente, es una situación que me angustia mucho. Escribí esta entrada solamente para desahogarme y recordar un poco de su carácter inquieto, que es lo que más me gusta de él. Ya quisiera que se reponga y me traiga su pelota (que no es la pesada, es otra que ya está pinchada de tantos mordiscos) y salga corriendo con la misma torpeza de un cachorro, cosa que sigue manteniendo hasta el día de hoy.
Te espero para que volvamos a jugar y para cuidarte mejor, mi hermoso Cobito.
27/05/2025
Todo es Narrable
3 de
diciembre de 2011
A
las 20.30 en punto atravesé la puerta principal de
Me
acerqué a una mesa colmada de libros y compré un ejemplar. En ese momento, el
autor pasó frente a mí con una bolsa llena de regalos, me saludó atentamente y
le devolví el gesto de la misma manera. Con cierta timidez, me acerqué a él y
le entregué el presente: dos libros que contenían dos de mis cuentos.
Conversamos un poco sobre el mercado literario, de las dificultades que afronta
un autor y de la buena calidad de esos libros; aprendí que las publicaciones
para antologías por concurso no suelen tener mucho cuidado en los detalles de
presentación. Siempre algo se aprende. Me despedí y lo dejé seguir hablando con
la gente, ya que un hombre muy mayor, que había conocido a su padre, se acercó
a saludarlo.
Esperé unos minutos, mientras hablaba con otro
conocido, con quien intentamos dilucidar de dónde nos conocíamos, ya que su
rostro y su nombre los recordaba, pero no el contexto de dónde lo conocía. Luego,
él se retiró y yo volví al autor a pedirle que me firmara el ejemplar que había
adquirido. Ante Reynaldo, había una cola similar a la que forma la gente cuando
va a pagar sus cuentas, pero mucho más entusiasta. Entre tantas voces, oí una
que me resultó familiar: me di vuelta para ver quién era y, ante mí, estaba mi
profesor de portugués. Nos saludamos y, en un breve cruce de palabras, me
comentó que también está su hija menor, María. Finalmente llegó mi turno.
Sietecase volvió a preguntar mi nombre, ya que mi apellido lo recordaba de la
charla que habíamos tenidos minutos antes; posó su mano sujetando el libro y
dejó fluir la tinta sobre la primera página. Una vez cumplido mi objetivo, fui
a saludar a María; intercambiamos un par de palabras hasta que nos invitaron a
tomar asiento para escuchar al autor.
Igual que un curso en primer día de escuela,
nos fuimos acomodando, buscando el mejor lugar para ver y escuchar. Primero me
senté atrás, pero luego, vi un asiento libre en la tercera fila y lo ocupé. El
primero en hablar fue Abel Pistrito, periodista local, refiriéndose al trabajo
expuesto en las páginas del libro, el viaje a Sicilia y al pasado, más los textos de su historia como
periodista. Luego, llegó el turno de Reynaldo, de contarnos su historia, su
trabajo.
Con respetuoso silencio, escuchamos al periodista que diariamente nos acompañaba con su voz a través de la radio en su programa “Mañana es Tarde”, por Radio Del Plata. Disfrutamos de su recorrido, de su oratoria y del orgullo de compartir ese breve instante de vida con él en nuestra ciudad.
Veinte horas
15 de
diciembre de 2011
Cuando vi llegar a mi compañera, me encontraba
en el banco del patio de mi trabajo leyendo el libro No hay Tiempo que Perder, de Reynaldo Sietecase. Eran casi las
cuatro de la tarde. Mi jornada se había excedido prolongadamente, ya que mi
horario de salida era a las ocho de la mañana. Fue un día largo, aunque la
guardia fue calma: pude leer, hacer crucigramas y mirar un poco de televisión,
mientras esperaba a que los socios del servicio privado de emergencias médicas
llamaran solicitando una visita o, en el peor de los casos, por una emergencia.
Durante la noche, fueron unas pocas salidas de la ambulancia, consultas por fiebre,
mareos, náuseas, pero ninguna emergencia, hasta que sucedió: las 03.50 de la
madrugada, llamaron para ver a un paciente que no respondía a estímulos, y
parecía no estar respirando. “…me parece
que no respira… José, José (mi interlocutor intentaba despertar al
paciente, cuyo parentesco desconozco, mientras hablaba conmigo) Vengan rápido… José, José… No respira…”.
Finalmente, el anciano había muerto. El resto de la jornada fue igual de
tranquila que la noche, como si los pacientes supiesen del cansancio de mis
compañeros y mío, y hubiesen hecho el esfuerzo de soportar sus malestares en
silencio para hacernos más liviana la guardia.
Saludé a Noelia, que llegaba a relevarme, la
puse al corriente de lo ocurrido en el día y le pasé los servicios pendientes;
tomé mi mochila, mi moto, y partí. El sol de la tarde era cálido. Una leve
brisa traía consigo el aire caliente de diciembre; Venado Tuerto es calurosa
cuando quiere. Camino a mi casa, iba pensando en llegar, sólo quería dormir,
aunque también pensaba en escribir lo ocurrido. No tenía idea qué hacer
primero, aunque sabía que debía seguir ese orden: llegar, acostarme un rato y
luego escribir. Antes de arribar a mi refugio, pasé por un telecentro a comprar
una tarjeta prepaga para mi teléfono; el problema de quienes nos quedamos sin
crédito es destinar dinero (fuera de presupuesto) para una tarjeta. Por fin,
con la compra realizada, emprendí el recorrido por las últimas calles hasta mi
casa. Ya no sentía la brisa, no le prestaba atención; sólo pensaba en llegar.
Abrí el portón que da a la calle, entré la
moto y lo cerré; la estacioné en el patio, atravesé la puerta de casa y, una
vez adentro, el primer paso de mi plan estaba dado. Sin embargo, antes de
dormir, cargué el crédito en el celular (por las dudas). “Su
saldo es de veinte pesos…” me decía la computadora de la compañía
telefónica con parca voz de mujer, como una novia enojada que te habla con
desdén. Finalmente, llegué al dormitorio, me desligué de toda vestimenta y me
metí a la cama. Mi cuerpo necesitaba renovar la energía que había consumido,
por el simple hecho de haber permanecido alerta tanto tiempo; veinte horas de guardia,
más las que había transitado el día anterior, con apenas tres de descanso.
Cerré mis ojos y ya no existía nada más, sólo el placer de sentir cómo iba
relajándome poco a poco en ese abrazo que la almohada y el colchón me daban.
Desperté a las siete de la tarde, hora que
había programado en la alarma del teléfono; no había sido muy largo el
descanso, pero con eso tiraba hasta que volviera a acostarme. Encendí la radio
y la inconfundible voz de Sebastián Vignolo parecía darme la bienvenida a la
tarde noche. El aire de mi casa estaba viciado por haber permanecido tanto
tiempo cerrada y los ambientes me pedían a gritos que abriera las puertas de
par en par: “¡Ventilá un poco!”. Pero hice caso omiso, porque estaba en
calzoncillos, deambulando por la intimidad de mi hogar, y no quería vestirme. Puse
el agua a calentar y preparé el mate; recién ahí, cuando terminé con eso, decidí
a dar el último paso de mi plan y encendí la computadora. Ahora sí, estaba
listo para escribir y contar esta historia que, como cualquier hecho, puede ser
narrada. Eso lo aprendí también de Sietecase. “Todo es narrable”, dijo en la charla que dio en
Cebé el primer mate, le di un sorbo y posé mis dedos sobre el teclado…
18/09/2024
Pedaleando por Venado (1° Parte)
El "porqué": Venado Tuerto es la ciudad en la que nací, crecí y vivo; acá conocí a mis amigos, tuve mis historias de amor y de desamor, hice la primaria, la secundaria, el terciario y mis cursos de formación laboral. Además, es la ciudad que me permitió aprender a trabajar; empecé a los 16 años en la fábrica de la familia de un amigo y luego tuve muchos trabajos, hasta que, hace 10 años, me formé y empecé a trabajar como acompañante terapéutico y gerontológico; profesión que ejerzo en la actualidad.
10/06/2023
Pescar una idea
Un día cualquiera te querés poner a escribir, así que
prendés la compu, te preparás el mate (tomás el primero y cebás el segundo) y
mientras sentís el sutil ruidito de la espumita y el vapor se te cruza por
delante del monitor, ponés los deditos en el teclado y, como por arte de magia,
se te pone la mente en blanco y no sabés sobre qué vas a escribir. ¿Cómo puede
ser? ¡Si hasta hace instantes tenías una idea buenísima dándote vueltas y
esperabas el momento oportuno para volcarlo en la hoja de texto, y ahora te
encontrás con la cabeza completamente vacía…!
10/05/2023
Siempre hay tiempo para aprender
La vida es una mujer tan bella como misteriosa
y sabia. Pero no es sino cuando sufrimos, que aprendemos a escuchar y observar
detenidamente sus lecciones. Y no fue hasta que debí transitar por un sendero
muy oscuro, casi sintiendo el gélido aliento de la muerte, que pude
apreciarlas. Recién es la punta de un ovillo tan largo, que sólo veré el final
cuando realmente llegue el final. Sumado a esa experiencia, una conversación
con mi tío me enseñó dos metáforas: una salida de la boca de mi abuelo, y otra
de un anciano que se cruzó en la vida de mi tío cuando él era joven. La de mi
abuelo dice: “cuando salgas, no cierres esa puerta; por ahí pasó mi padre, el
padre de mi padre, y el padre del padre de mi padre; del mismo modo pasarán tus
hijos, y los hijos de tus hijos, y los hijos de los hijos de tus hijos”. Hace
referencia a que la puerta que atravesará mi tío en ese momento es la vida. Y
el hecho de dejarla abierta es para que los que siguen tras él, puedan seguir
sus huellas. Por eso mi abuelo hace referencia a su padre, su abuelo y su
bisabuelo; justamente para ejemplificar que él siguió los pasos de sus mayores,
dejó su huella para que la sigan sus hijos (en este caso mi tío), y como para
continuar el tránsito por la vida le pide a mi tío que siga marcando el camino
para que sus hijos, nietos y bisnietos continúen con su ejemplo.
La metáfora del anciano rezaba: “la vida es
como una escalera, y debés subirla peldaño por peldaño, lentamente, sin apuro;
nunca corriendo, porque podés tropezar y caer. Y cada vez que te ofrezca un
descanso, tomalo, así repondrás fuerzas para seguir subiendo”. La explicación a
esta metáfora es tan interesante como la anterior: Al transitar por la vida y
llevar a cabo nuestras rutinas, debemos ser más precavidos, detener la marcha a
una velocidad que nos permita apreciar mejor nuestro entorno, y todo aquello
que se nos ofrece a cada instante. Algo tan simple como mantener un diálogo con
nuestros padres, con un amigo o pareja, puede ser muy constructivo y revelador.
Si andamos siempre apurados, podemos perder mucho más que el supuesto tiempo
que perdemos al detenernos; contrariamente a eso, deteniéndonos ganamos mucho
más. Una palabra sabia de nuestro padre o madre, un punto de vista de nuestro
amigo, una sonrisa de nuestra pareja, pueden ser el gesto elemental para que
nuestro día sea mejor. Si pasamos apurados, corremos el riesgo de sufrir un
accidente; es decir, si no nos detenemos a apreciar ese pequeño gesto, tal vez
no tengamos una nueva oportunidad de disfrutarlo. Nunca sabremos cuándo es el
final del ovillo de la otra persona o nuestro.
Así fue que, deteniéndome en estos ejemplos,
pensándolos, más la explicación de mi tío, tomé esas frases como máximas para
aplicar en mi vida. Y si bien no hay que pensar en la muerte todo el tiempo y
en base a eso apreciar más la vida, sí deberíamos hacer las cosas por el simple
placer de vivirlas y regalarles a nuestros seres queridos más tiempo
compartido. Así la vida nos resulta más activa y productiva. Así, con pequeños
grandes gestos que llenen nuestra alma y la de nuestros semejantes, podemos
hacer un tránsito más agradable por este, nuestro camino. Nuestro ovillo y el
de los demás, se desmadejará de otra manera. Al menos, eso es lo que puedo
transmitir desde que
05/05/2023
La Escalera - Parábola de la vida

Era un día cálido, de esos que invitan a
sentarse en una plaza a tomar mates. Aquella tarde, Luís ingresó muy apresurado
a la pensión donde convivía con un anciano, y éste lo pudo comprobar al
escuchar los pasos en la escalera y verlo ingresar a la habitación que
compartían.
El joven, apenas lo saludó antes de ingresar
al baño a ducharse; pocos minutos después, salió envuelto en una toalla y
comenzó a vestirse presurosamente. El viejo, observaba sus movimientos en
silencio mientras tomaba mates sentado en la pequeña mesa de la cocina.
Una vez hubo terminado de vestirse y peinarse,
Luís encaminó sus pasos hacia la puerta, pero el anciano lo detuvo al invitarlo
con un mate.
- Antes de irse tómese un mate,
m’hijo.
- No puedo, don Pedro, me tengo
que ir; me está esperando una mina y…
- Tómese el mate, m’hijo, yo sé
lo que le digo –Repitió el viejo con voz serena; aun manteniendo el mate en el
aire, como si fuese una ofrenda religiosa.
- ¡Pero me tengo que ir, don
Pedro! ¡Me tengo que encontrar con esa mina, y estoy atrasado! ¡Me está
haciendo perder tiempo!
- Tómese el mate y escuche algo
importante que tengo que decirle…
El joven miró su reloj con ofuscación,
asimismo, optó por tomar el mate. “Este
viejo me va a hacer perder a esta mina”, pensó.
- Listo, me voy –dijo, cuando lo terminó el mate y se lo entregó al anciano.
- ¡Espere! –respondió a secas, mientras se
cebaba un mate- Lo que le tengo que decir es importante. Siéntese y escuche.
- Pero…
- Pero nada, m’hijo. Usted es
joven, yo soy viejo, y lo que tengo que decir le puede servir para el resto del
viaje. Hágame caso, por favor; siéntese.
Instintivamente, Luís tomó asiento; esta vez
no miró su reloj, supuso que, si no
se quedaba unos minutos más, jamás podría llegar a encontrarse con la mujer.
Pero don Pedro no parecía apurado; es más, cambió la yerba y cebó un mate;
mientras el joven lo tomaba, el viejo comenzó con una pregunta:
- ¿Por qué está tan apurado,
m’hijo?
- ¡Ya le dije, porque me tengo
que encontrar con una mina y es tarde!
- ¿Tarde, para qué?
- ¿Cómo para qué? ¡Para llegar
hasta la plaza donde nos vamos a encontrar! Me espera a las cinco de la tarde y
son las cinco menos diez, encima tengo como veinte minutos de colectivo hasta
allá y…
- Espere –interrumpió el viejo-, cálmese…
¿Y usted cree que esta chica se va a ir si no llega a las cinco en punto?
- Y…
- Si es así, usted no es del
interés de esta chica; si realmente usted le interesa, ella lo va a esperar.
- Bueno, pero…
- Dígame: ¿vale la pena correr y
andar apurado, a riesgo de caerse y no llegar nunca?
- No le entiendo, don Pedro. ¿A
dónde quiere llegar? ¡Se me hace tarde!
- Deme el mate y le digo -lo cebó lentamente y
prosiguió-. Fíjese cómo llegó a este cuarto: subió corriendo las escaleras,
entró casi sin saludar, se bañó y volvió a salir corriendo. Si no lo detenía para
decirle esto, usted iba a bajar las escaleras enloquecido, iba a tomar el
colectivo y se iba a poner más ansioso por el tiempo del viaje; iba a sudar
nervios en cada parada…
- No lo entiendo… -volvió a mirar su reloj: eran
las 16.56.
- Lo que quiero decirle, m’hijo,
es que puede que llegue tarde ahora, pero va a llegar. Imagine qué hubiese
pasado si se tropezaba al subir la escalera… Dígame, ¿qué hubiese pasado?
Luís guardó silencio unos instantes, no se
atrevía a mirar a los ojos de aquel viejo, cuyo brillo adivinaba detrás del
grueso vidrio de sus anteojos. Tomó el mate y lo devolvió a don Pedro.
- Me… Me hubiera caído o me
hubiera lastimado… -respondió,
casi a regañadientes.
- Exacto, m’hijo, y no hubiera
podido llegar nunca a verse con esa chica; porque en vez de ir a una plaza,
hubiera tenido que ir a un hospital a que le vean el pie.
- Sí, tiene razón, pero por
suerte no pasó nada y…
- ¿Y si pasaba? ¿Y si ahora,
cuando sale de acá, se cae?
Otra vez, Luís guardó silencio. Aquellas
palabras estaban haciendo mella en su cerebro, porque estaba entendiendo el mensaje.
Finalmente, el viejo dijo:
-
M’hijo, yo también he sido joven; también he
tenido aventuras y me he desesperado cuando no podía llegar… Le regalo esta reflexión,
para que piense mientras va en el colectivo: la vida es como una escalera y,
como tal, hay que subirla peldaño por peldaño, sin correr. Cuando ofrezca un
descanso hay que tomarlo y descansar, para seguir ascendiendo con más energía.
¿Me explico?
Luís sonrió al escuchar la metáfora del viejo,
se levantó y lo abrazó en gratitud. Entonces, don Pedro le palmeó la mejilla y
le dijo:
-
Ahora vaya y encuéntrese con ella. Recuerde que, si usted le interesa, esta
chica lo va a esperar.
El joven descendió la escalera a paso
habitual, sin prisas, relajado; caminó hasta la esquina y esperó al colectivo
unos minutos, hasta que llegó. Aquellos veinte
minutos se esfumaron entre el murmullo de la gente y el vibrante arrullo del
motor; finalmente, al llegar a la parada, Luís caminó las dos cuadras que lo
separaban del lugar de encuentro. Estaba ansioso, pero tranquilo; aquella breve
conversación con el viejo lo había ayudado a pensar con más claridad y entender
que todo lo que deba ser, será.
El sol reinaba en la tarde y una cálida brisa
acariciaba los cabellos de los transeúntes. Desde el mástil de una ondeante
bandera argentina, Luís oteaba el entorno en busca de aquella muchacha, pero no
la veía. Cuando volteó para retornar, suponiendo que él no le interesaba y por eso no
lo había esperado, la vio junto a una fuente. Estaba haciendo lo mismo que él,
intentando encontrarlo entre la gente, el paisaje verde y los monumentos.
- ¡Hola, me esperaste! –dijo Luís, con entusiasmo.
- ¡Hola! ¡Claro que te esperé!
Vivo acá y sé el lío que es, y que no siempre se puede ser puntual. Además, si
no me hubieses interesado, creeme que ya no estaría acá…
-
…Aquella confesión me trajo a la mente lo mismo
que me había dicho el viejo Pedro un rato antes, cuando estábamos en la pensión
haciendo lo mismo que estoy haciendo con vos. Pero ahora yo soy el viejo y vos
sos el joven…
El mate despedía un suave vapor mientras era
sujetado por la mano de mi tío, que me estaba relatando su historia. No recuerdo el año, ni día ni el mes; sólo sé
que aún no caminaba, por lo que no estaba yendo a trabajar y recibía algunas
visitas a diario. Esa tarde, él había llegado a verme, para conversar un poco y
tomar unos mates. El diálogo comenzó como todos en ese entonces:
- ¿Cómo
estás, te duele?
Y así
seguíamos, yo comentando cómo se desarrollaba mi día a día y, de paso, me
interiorizaba en el día a día de la persona que me visitara.
Con mi tío, la charla empieza en el hoy, se
desplaza hacia el ayer y culmina en una filosofía que se nutre de experiencias
personales. De ellas, rescatamos hechos que nos dejan la enseñanza que vamos
compartiendo en el transcurso de los minutos, entre diálogo y mates.
Sin dudas, este legado es una máxima de vida
que, quizás, cuando sea viejo, yo pueda transmitirle a otro hombre joven para
ayudarlo a transitar la escalera de su vida.
04/05/2023
Hay equipo
Aprovechando que mayo es el mes del trabajo,
me pareció copado escribir sobre mi historia con la actividad laboral, la que
comencé a realizar siendo muy joven.
Empecé en este mundo del laburo cuando era
apenas un pibe de 16 años, vivíamos del sueldo de mi vieja, que trabajaba como
empleada doméstica en una casa de familia y, a decir verdad, las cosas se
complicaban. A esa edad, yo era muy idílico y creía que, por ser varón, debía
ocupar el rol del hombre de la casa. Y los mandatos sociales decían (siempre
dijeron) que el hombre debe ser el que trae el sustento de la casa. Si bien no
lo sentía así, asumía la responsabilidad de contribuir a la economía doméstica
y, principalmente, ayudar a mi vieja.
Ella se deslomaba trabajando mañana y tarde,
levantándose a las 07.00, cortando a las 14.00 y volviendo a trabajar a las
16.00 para terminar a las 21.00. Ese trajín duró casi 10 años (pueden haber
sido 11 o 12, no lo recuerdo con nitidez). Yo la veía esforzarse para
administrar la plata que ganaba para comprar la comida, pagar los servicios,
comprarme lo necesario para la escuela, alimentar al perro y también para que
yo saliera los fines de semana. Algún que otro gasto extra debía bancarse
también con la plata de ella y a eso sumarle los créditos que iba sacando para
hacer arreglos en la casa.
Como me pesaba ser un mantenido, pese a que
ella no estaba muy de acuerdo (en el fondo, creo que sentía alivio al saber que
yo quisiera laburar) y gracias a un amigo que me ofreció trabajar en la fábrica
de su familia, es que pude dar mis primeros pasos en el mundo laboral. Gracias
a mi decisión de trabajar y al ofrecimiento de Martín (así se llama mi amigo)
empecé este camino de ida en el que uno aprende a disfrutar del sabroso fruto
del trabajo. Ni esfuerzo ni sacrificio ni lucha, como venden los gremialistas.
¡No! Desde muy joven y, pese a la rebeldía propia de la adolescencia, tuve en
claro que el trabajo no implica una lucha, sino todo lo contrario. Y, con el
correr de los años, entendí aún más y profundicé mis conceptos sobre el
trabajo: sea cual sea el área en que uno se desempeñe, es un auténtico trabajo
en equipo. Porque, por citar el ejemplo de mi experiencia, en una fábrica todos
debemos llevar a cabo nuestra tarea, que es el eslabón que nos toca ocupar en
la cadena de producción, y al final de esa cadena se consigue el producto
final; si uno es enfermero pasa lo mismo, y también si se trabaja de
telefonista, peón de albañil, en un estudio contable, en la secretaría de un
abogado, si sos dueño, si sos operador de radio, escritor, malabarista en una
compañía de teatro, etcétera, etcétera, etcétera. En cualquier rubro que nos
desempeñemos, siempre trabajamos en equipo, y eso es importantísimo saberlo,
aceptarlo y llevarlo a cabo con la dignidad que el puesto ocupado merece.
La experiencia fabril fue muy constructiva,
porque aprendí mucho sobre la inyección de plásticos, los diferentes tipos de polímeros
que usábamos, cómo utilizar algunas herramientas, cómo funciona (a grandes
rasgos) una máquina inyectora, un deshumificador (un aparato que le quita la
humedad al plástico), y la cantidad de pasos que hay desde que abrís la bolsa
de materia prima hasta el producto final.
Entré en el verano de 2000 y trabajé
aproximadamente 7 años (meses más, meses menos) hasta que, después de mandarme
varias cagadas, decidí renunciar, asesorado por un amigo abogado que me ayudó a
irme dejando las cosas bien, porque estaba muy agradecido por la oportunidad,
pero ya no me hallaba en ese trabajo.
Después de renunciar quise emprender como
productor y conductor de radio, haciendo un programa que salía de lunes a
viernes. Siempre fui un desastre vendiendo, así que no pude tener una mísera
publicidad en los meses que estuve haciendo el programa. Y, mientras tanto,
para sobrevivir, hice una changa con el tío de la novia que tenía en ese tiempo,
que era tapicero; también imprimí varias copias de mi currículum y empecé a
mandar a las vacantes que aparecían en los Avisos Clasificados del diario El
Informe hasta que, por octubre o noviembre de 2007, me llamaron de una empresa
para ocupar una vacante en un call center. Asistí a las entrevistas de admisión
y a los pocos días me llamaron para decirme que comenzaba con las pruebas. Fue
toda una experiencia, porque nunca había trabajado en una oficina… Cuando
entré, fue como en esas películas yanquis, en que los trabajadores tienen boxes
individuales y todos están metidos en su computadora y su teléfono; bueno, así
fue la primera impresión que tuve cuando entré a ese enorme lugar, repleto de
boxes verdes y gente hablando por teléfono. Yo veía a esas mujeres hablando por
teléfono todas juntas y a la vez, manejando una envidiable concentración para
no distraerse con las conversaciones de las demás compañeras.
En ese call center estuve casi tres años y
medio, y aprendí a trabajar los sábados, los domingos y los feriados, además
que el primer año me tocó año nuevo a la noche… ¡Un infierno! Si bien ya venía
haciendo el turno noche (que estaba solo, porque los servicios no eran tantos),
esa fue la noche más larga y estresante de todas. Cuando se hicieron las seis
de la mañana, hora en que terminaba mi turno, estaba completamente agotado. El
estrés no era por estar un año nuevo atendiendo el teléfono, sino, como era un
call center del servicio de grúas de una compañía de seguros, mi misión era
enviar un auxilio a cualquier asociado que me lo pidiera. Pero un 31 de
diciembre a la noche, pedirle a una grúa que salga a remolcar a un tipo que se
quedó a 100 kilómetros de su destino, era muy difícil y había que llamar a
otros prestadores hasta conseguir uno. Y, mientras tanto, había que atajar los
reclamos del socio que esperaba la grúa. Así fue durante las primeras horas de
la noche, con varios asociados, luego, pasada la medianoche, la cosa se calmó
bastante.
En ese call center también atendíamos un
servicio extra, que era de salud. Nada que ver con la compañía de seguros, sino
que era un convenio con otra empresa, y ese fue el motivo por el que me
despidieron en septiembre de 2010: porque, como no me gustaba esa parte de mi
trabajo, me mandé algunas metidas de pata muy grosas: me echaba flores de
puteadas cuando llamaba a un sanatorio u hospital en medio de una emergencia y tardaban
en atender, pero cuando alguien levantaba el tubo del otro lado, yo era un
señorito inglés. Nadie receptaba mis insultos al Universo, pero esa cloaca de
obscenidades que salía de mi boca quedaba grabada y a los superiores no les
gustaba. Ese fue mi único error (cojudo error, digo hoy) por el que la empresa
decidió “prescindir de mis servicios”. En ese tiempo que trabajé ahí, me había
convertido en uno de los referentes de mis compañeros nuevos, porque había
aprendido a manejar bien los servicios grúa y, mientras atendía 2 o 3 al mismo
tiempo, podía darle una mano a algún compañero o compañera que me necesitara.
Bueno, vueltas de la vida, una pareja que
trabajaba conmigo había emprendido con un comercio (una despensa) y me
ofrecieron que se la atienda hasta que me salga un nuevo trabajo que me dé más
estabilidad. Así que atendí la despensa “Fuerza” durante poco más de un mes
hasta que, a fines de 2011, me llamaron para una entrevista de trabajo en una
empresa privada de emergencias médicas: mi función sería atender el teléfono y
a las personas que fuesen a medirse la presión, colocarse un inyectable o pedir
asesoramiento para asociarse. Ahí también estuve trabajando poco más de tres
años, además que aprendí mucho sobre la medicación básica que se usa en estos
servicios domiciliarios, a preparar el botiquín, a limpiar el consultorio, a
tomar la presión, a escuchar a la gente que iba a controlársela y también
desmitifiqué la figura del médico. Antes de trabajar ahí, creía que los médicos
debían ser serios y siempre tomarse a la tremenda cualquier dolor que acusara
una persona, así como también pensaba que, mientras estaba de guardia, un
profesional de la salud hacía una vigilia permanente. Pero, al estar desde
adentro, supe que a veces hacían guardias de hasta 72 horas, por lo que
hacerlas sin dormir sería, como dijo un profesor de Cecilia Grierson en 1910,
“un error, un atentado contra sí mismo, una
inmoralidad”. Entonces, aprendí que los profesionales de la salud son tan humanos
como las personas que requieren de sus servicios; parece una estupidez, pero la
mayoría de la gente no lo entiende y cree que “el doctor” debe estar siempre a
la espera de su llamado y que un simple dolor en el pelo, acarreado desde hace
una semana, es una emergencia… No, ahí también aprendí y entendí algo que me
pedían las operadoras de los sanatorios en el trabajo anterior: “¿qué color le
pongo al servicio?”, me decía la persona que tenía del otro lado, y para mí era
chino básico. “¡¿Qué color?! ¡¿Qué sé yo, qué color se usa?!” “¿Esto es un
servicio de salud o una cartuchera escolar?”, pensaba mientras la escuchaba.
Claro, cuando entré a trabajar en esta empresa de emergencias aprendí qué son
esos colores: verde para consultas, amarillo para urgencias y rojo para
emergencias. ¡Ahí todo cuadraba! Entonces, persona que leés esto, te explico
que un dolor de pelo de hace una semana, no es una emergencia, sino una
consulta; por ende, el móvil va a demorar en llegar (o sea, hasta que termine
las demás consultas o, si tiene una emergencia, la atenderá primero y esperarás
con tu pelo doliente hasta que estabilicen al paciente y esa atención esté
finalizada). En síntesis, el color que se le aplica a cada servicio indica la
prioridad por el riesgo vital que el evento implica: si es accidente de
tránsito, es código rojo o emercencia, por lo que la atención es inmediata; si
es una fractura, es código amarillo o urgencia, y la atención no puede demorar
más de 30 minutos; si es dolor de pelo desde hace una semana, es código verde o
consulta, y la atención se puede demorar entre 60 y 120 minutos,
aproximadamente.
Bueno, la
cosa es que de ahí también me echaron. ¿A que no adivinan por qué? Sí, porque
también me mandé cagadas. A estas no las tengo tan claras, además que al
despedirme no me dieron demasiadas explicaciones; asimismo, quedé muy
agradecido con el equipo de trabajo y con lo aprendido, porque la empresa me
dio una mano enorme cuando tuve un accidente (ya lo contaré en otra
publicación) y me aliviaron mucho la carga económica de traslados, curaciones y
cuidados.
El tiempo
entre que fui despedido hasta que conseguí mi siguiente trabajo, fue el más
largo de inactividad desde que había comenzado a trabajar en aquel lejano año
2000, cuando era un adolescente con la cara llena de granos y una mochila
cargada de expectativas de crecimiento económico y social. Poco antes de
quedarme sin trabajo, por octubre de 2013, me había inscripto en un curso de
formación laboral, de acompañante terapéutico y gerontológico, y me preocupaba
no conseguir un laburo antes de ingresar a cursar, además que se me terminaba
la plata de la indemnización y debía pagar el alquiler, comer y bancar los
servicios. Por ese tiempo, una de las últimas sogas que tiré fue la de
emprender con la novia de un amigo en hacer prepizzas para vender. Hasta me
había hecho los análisis para la habilitación municipal, así que me había
tomado el emprendimiento en serio. Pese a que nos salían muy ricas, el negocio
no salió como planeábamos y, tras intentar hacerlo mejor, al no conseguir
comercios que nos las compren, decidimos dejarlo. Por supuesto que nos comimos
todas las prepizzas que nos habían sobrado, así que habremos comido pizza por
un mes.
A mediados de
marzo de 2014, cuando estaba arañando la lata para rescatar los últimos mangos
que tenía, una amiga me hizo llegar un ejemplar de los Avisos Clasificados de
El Informe, en el que pedían una persona para cuidar a un paciente con
Alzheimer. Como iba a estudiar algo similar, decidí presentarme a la
entrevista. Sin saberlo, estaba ingresando a un nuevo mundo, a una experiencia
que me acompaña hasta el día de hoy, porque gracias a esta decisión conocí y
conozco gente maravillosa, aprendí y aprendo sobre los pacientes, las
dificultades por las que mi servicio es solicitado, y también sobre mí mismo.
Este hombre con quien comencé a trabajar en marzo de 2014, fue mi primer gran
maestro en el arte de cuidar a una persona: su nombre era Donato (de él cuento
una anécdota en una narración anterior a esta).
Trabajar con
él me abrió las puertas a nuevos pacientes y mayores experiencias, llegando al
lugar donde hoy me encuentro, que es la clínica de salud mental en la que formo
parte del equipo interdisciplinario como acompañante terapéutico y, desde hace
un año y pico, también trabajo como administrativo.
Actualmente,
mientras sigo trabajando en la clínica y con algunos pacientes particulares,
estoy emprendiendo en mis pasiones, que son la locución, el dibujo y la
escritura. Acá también, pese a hacerlo solo, sé que necesito de otro para
completar determinados pasos; y con mi pareja estamos haciendo algo similar y también
somos un equipo.
En mi carrera
laboral he pasado por muchos rubros y he aprendido la importancia de trabajar codo
a codo con mis compañeros, con humildad y sin pretender pasar por encima de ninguno
de ellos.
El trabajo
dignifica y estimula positivamente a querer progresar. Si no sos feliz en el
lugar que trabajás o en la actividad que realizás, entonces es momento de
plantearte qué te gustaría hacer y tratar de enfocarte en tu objetivo. Al fin y
al cabo, trabajar es más que hacer algo a cambio de dinero; trabajar es también
disfrutar de la actividad y también del resultado; así, cuando percibas tu
pago, será doblemente gratificante.
Cada trabajo
necesita como mínimo a dos personas: una que trabaja y una que paga, ese es el
equipo mínimo e indispensable para llevar a cabo cualquier actividad.
Cultivemos y profesemos la hermosa y valiosa cultura del trabajo.
25/04/2023
Camino a los 40
Cuando cumplí 20 años, cosa que parece haber sido ayer, pensé que al llegar a los 40 estaría con una familia formada, con hijos, un auto y una casa propia. Casi idealicé una vida resuelta a esa edad… Pero esa edad se acercó tan rápidamente que no me di cuenta o, quizás, no sentí prisa y me relajé demasiado haciendo una vida distinta a la de mis congéneres. Hoy en día estoy a pocos meses de cumplir los 40 y, excepto la casa, carezco de lo demás: no tengo hijos, no tengo auto y no tengo una estabilidad económica; sí tengo la casa, porque salimos sorteados con mi vieja hace unos años en un plan de viviendas de la Provincia (si no, tampoco podría haberla comprado), y la familia está en proyecto. Esto último es estimulante, porque me ayuda a bajar a Tierra y tranquilizar un poco la cabeza, que piensa y piensa cómo hacer para generar más plata extra sin tener que vivir para trabajar, y me da ese abrazo emocional de saber que una de las expectativas que tenía hace 20 años atrás, está en vías de cumplirse. Además, eso quiere decir que las otras también van a venir tarde o temprano… Con toda franqueza y poniendo los pies sobre el suelo, soy yo el que tiene que materializar esas expectativas pendientes…
Si bien trabajo desde los 16 años, nunca aprendí a cuidar correctamente el dinero. Sé que no soy el único, porque es mucha la gente que conozco y veo en el día a día que ha llegado o superado la barrera de los 40 sin lograr una estabilidad económica, por ende, sin lograr ordenar su economía y tener, al menos, un pequeño colchoncito que le sirva para bancar un gasto inesperado, una comida con los amigos, un regalo, un viajecito, un gustito…
Y, más allá que la economía del país es más inestable que la piedra movediza de Tandil (que, de hecho, se cayó el 29 de febrero de 1912), no vale echarle la culpa a eso, porque la plata del bolsillo depende de uno, de cómo la gana y cómo (y en qué) la gasta. Aunque, haciendo justicia a la objetividad, nuestro país es una máquina exprimidora de bolsillos; desde los trabajadores más precarios hasta los empresarios más potentados, en Argentina los impuestos son elevados y están en todos lados, además que los precios suben constantemente y esa inflación, literalmente, se come el dinero de cada uno de nosotros.
Entonces, cuando uno no sabe organizarse con su propio dinero y se le agrega la inestabilidad permanente, pareciera que el pozo se hace cada vez más hondo y uno ve cómo los pequeños bordes de los que se sostiene, van desmoronándose, amenazando con tragarnos y llevarnos a las profundidades de la quiebra económica.
Obviamente que este texto no es una crítica a la economía del país ni a un gobierno en particular, porque, desde los tiempos de la colonia, quienes estuvieron en el poder han exprimido y explotado los recursos naturales y humanos, y la economía siempre ha estado floja de papeles. Así que no es un flagelo que se pueda atribuir a un color político, sino a una identidad que es la nuestra: los argentinos tenemos ese estigma en nuestro ADN.
La cosa es que estoy vislumbrando el horizonte y pareciera que el sol del amanecer trajera un 40 enorme que me dice:
¿Y, maestro, qué estás haciendo para llegar hasta acá como querés?
Y me pregunto, si ese sol con el 40 gigante, me estará boludeando o si me estará tratando de incentivar a que me mueva, a que, si no llego a los 40 con los bolsillos llenos, por lo menos, me ponga a hacer las cosas como debo para empezar a llenarlos.
Como soy un positivista (ya explicaré, en otro texto, a qué apunto con ser positivista), me quedo con la segunda opción: me tengo que poner en marcha para generar ese dinero extra y así empezar a materializar los sueños y expectativas que tengo desde los 20 años.
¿Pero, qué puedo hacer para tener más plata? Tiene que ser algo rentable, que me guste hacer, que sea útil, que requiera poca (o nula) inversión y, muy importante, que sea legal… Bueno, sé que la forma más rápida de conseguir plata es por izquierda, pero soy tan honesto (por no decir boludo), que no puedo hacer algo si sé que estoy cagando a alguien. Así que me emprendo en un proyecto muy ambicioso y difícil: organizar todos esos ítems que mencioné recién y comenzar uno nuevo.
En eso estoy desde hace un montón, vengo puliendo ideas viejas, anotando ideas nuevas, descartando unas, reciclando otras y volviendo a desechar algunas… Sí, vos, que estás leyendo esto, dirás “¡pero, este tipo es medio pelotudo!” Y, lo decís vos, no yo… Pero no me tengo tan mal ponderado, aunque sí soy autoexigente y vueltero, como una calesita.
Y vos dirás, “bueno, se entiende que estás entrando a los 40 y sientas la presión del tiempo por progresar y salir adelante…” Pero no, siempre fui vueltero, enfermizamente evaluativo de cada paso a dar, de contemplar los “pro” y los “contra”, de ver la posibilidad de demanda que vaya a tener por parte de la gente, etcétera. Pero el mayor enemigo de mis proyectos, siempre he sido yo. Y vos dirás, “¡¿Por qué, Jorge?!” Porque, al final, siempre termino autoboicoteando la idea.
Por una cuestión de necesidad emocional, voy a hacer una especie de inventario de lo que considero que son mis aptitudes:
Sé dibujar bastante bien
Soy perfeccionista
Me sigo formando en locución, que es una actividad que amo
Me gusta generar contenidos en Youtube
Tengo buenas ideas
Soy creativo y tengo una gran imaginación
Canto muy bien (mentira). Tengo sentido del humor
Soy positivo
Intento ser resolutivo (buscar soluciones a los problemas, y no al revés)
Escribo bastante bien (siempre trato de aprender algo nuevo)
Soy sociable
Ahora voy a enumerar lo que considero que son mis flaquezas:
No sé vender publicidad
Me cuesta poner un proyecto en marcha sin pensar demasiado en las dificultades
Temo demasiado a no poder
Pienso más de lo que hago
La espera del momento justo es una piedra que siempre pongo delante de mí
Pienso: ¿cómo hago para vender “esto”? ¿A la gente le interesa lo que hago? ¿Quién se interesará en leer o escuchar cuentos, hoy en día? (estas preguntas pertenecen a la nefasta familia de las llamadas “autoboicoteantes”)
Y no sé qué más, aunque sé que alguna flaqueza debe quedar en el tintero. Pero a diario intento ser más positivista que ayer, buscando aceptar que tengo esta edad, que mi situación económica actual variará (para bien o para mal) dependiendo de los movimientos que decida hacer. Lógicamente, es un partido de ajedrez conmigo mismo y, por lo tanto, es difícil inclinar la balanza hacia los pensamientos positivos y de progreso, porque es como plantearse: “mi pensamiento positivo juega con las blancas y el pensamiento negativo juega con las negras”, pero estoy jugando conmigo mismo y, por ende, no puedo engañarme a mí mismo, porque sé de antemano qué pieza va a mover “la otra parte”. Bueno, ya sé que es un quilombo de ideas y palabras, pero es así como soy…
Estoy llegando a los 40 y es hora de hacer lo que tengo que hacer… Entonces, me digo a mí mismo: “Jorge, ponete las pilas”.
Se estuvo tan cerca...
Se terminó otra ilusión; otra Copa Libertadores que se niega a dar una vuelta olímpica en el Cilindro de Avellaneda. En el pueblo racingu...
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Un día cualquiera te querés poner a escribir, así que prendés la compu, te preparás el mate (tomás el primero y cebás el segundo) y mient...






