04/05/2023

Hay equipo

 


 Aprovechando que mayo es el mes del trabajo, me pareció copado escribir sobre mi historia con la actividad laboral, la que comencé a realizar siendo muy joven.

 Empecé en este mundo del laburo cuando era apenas un pibe de 16 años, vivíamos del sueldo de mi vieja, que trabajaba como empleada doméstica en una casa de familia y, a decir verdad, las cosas se complicaban. A esa edad, yo era muy idílico y creía que, por ser varón, debía ocupar el rol del hombre de la casa. Y los mandatos sociales decían (siempre dijeron) que el hombre debe ser el que trae el sustento de la casa. Si bien no lo sentía así, asumía la responsabilidad de contribuir a la economía doméstica y, principalmente, ayudar a mi vieja.

 Ella se deslomaba trabajando mañana y tarde, levantándose a las 07.00, cortando a las 14.00 y volviendo a trabajar a las 16.00 para terminar a las 21.00. Ese trajín duró casi 10 años (pueden haber sido 11 o 12, no lo recuerdo con nitidez). Yo la veía esforzarse para administrar la plata que ganaba para comprar la comida, pagar los servicios, comprarme lo necesario para la escuela, alimentar al perro y también para que yo saliera los fines de semana. Algún que otro gasto extra debía bancarse también con la plata de ella y a eso sumarle los créditos que iba sacando para hacer arreglos en la casa.

 Como me pesaba ser un mantenido, pese a que ella no estaba muy de acuerdo (en el fondo, creo que sentía alivio al saber que yo quisiera laburar) y gracias a un amigo que me ofreció trabajar en la fábrica de su familia, es que pude dar mis primeros pasos en el mundo laboral. Gracias a mi decisión de trabajar y al ofrecimiento de Martín (así se llama mi amigo) empecé este camino de ida en el que uno aprende a disfrutar del sabroso fruto del trabajo. Ni esfuerzo ni sacrificio ni lucha, como venden los gremialistas. ¡No! Desde muy joven y, pese a la rebeldía propia de la adolescencia, tuve en claro que el trabajo no implica una lucha, sino todo lo contrario. Y, con el correr de los años, entendí aún más y profundicé mis conceptos sobre el trabajo: sea cual sea el área en que uno se desempeñe, es un auténtico trabajo en equipo. Porque, por citar el ejemplo de mi experiencia, en una fábrica todos debemos llevar a cabo nuestra tarea, que es el eslabón que nos toca ocupar en la cadena de producción, y al final de esa cadena se consigue el producto final; si uno es enfermero pasa lo mismo, y también si se trabaja de telefonista, peón de albañil, en un estudio contable, en la secretaría de un abogado, si sos dueño, si sos operador de radio, escritor, malabarista en una compañía de teatro, etcétera, etcétera, etcétera. En cualquier rubro que nos desempeñemos, siempre trabajamos en equipo, y eso es importantísimo saberlo, aceptarlo y llevarlo a cabo con la dignidad que el puesto ocupado merece.

 La experiencia fabril fue muy constructiva, porque aprendí mucho sobre la inyección de plásticos, los diferentes tipos de polímeros que usábamos, cómo utilizar algunas herramientas, cómo funciona (a grandes rasgos) una máquina inyectora, un deshumificador (un aparato que le quita la humedad al plástico), y la cantidad de pasos que hay desde que abrís la bolsa de materia prima hasta el producto final.

 Entré en el verano de 2000 y trabajé aproximadamente 7 años (meses más, meses menos) hasta que, después de mandarme varias cagadas, decidí renunciar, asesorado por un amigo abogado que me ayudó a irme dejando las cosas bien, porque estaba muy agradecido por la oportunidad, pero ya no me hallaba en ese trabajo.

 Después de renunciar quise emprender como productor y conductor de radio, haciendo un programa que salía de lunes a viernes. Siempre fui un desastre vendiendo, así que no pude tener una mísera publicidad en los meses que estuve haciendo el programa. Y, mientras tanto, para sobrevivir, hice una changa con el tío de la novia que tenía en ese tiempo, que era tapicero; también imprimí varias copias de mi currículum y empecé a mandar a las vacantes que aparecían en los Avisos Clasificados del diario El Informe hasta que, por octubre o noviembre de 2007, me llamaron de una empresa para ocupar una vacante en un call center. Asistí a las entrevistas de admisión y a los pocos días me llamaron para decirme que comenzaba con las pruebas. Fue toda una experiencia, porque nunca había trabajado en una oficina… Cuando entré, fue como en esas películas yanquis, en que los trabajadores tienen boxes individuales y todos están metidos en su computadora y su teléfono; bueno, así fue la primera impresión que tuve cuando entré a ese enorme lugar, repleto de boxes verdes y gente hablando por teléfono. Yo veía a esas mujeres hablando por teléfono todas juntas y a la vez, manejando una envidiable concentración para no distraerse con las conversaciones de las demás compañeras.

 En ese call center estuve casi tres años y medio, y aprendí a trabajar los sábados, los domingos y los feriados, además que el primer año me tocó año nuevo a la noche… ¡Un infierno! Si bien ya venía haciendo el turno noche (que estaba solo, porque los servicios no eran tantos), esa fue la noche más larga y estresante de todas. Cuando se hicieron las seis de la mañana, hora en que terminaba mi turno, estaba completamente agotado. El estrés no era por estar un año nuevo atendiendo el teléfono, sino, como era un call center del servicio de grúas de una compañía de seguros, mi misión era enviar un auxilio a cualquier asociado que me lo pidiera. Pero un 31 de diciembre a la noche, pedirle a una grúa que salga a remolcar a un tipo que se quedó a 100 kilómetros de su destino, era muy difícil y había que llamar a otros prestadores hasta conseguir uno. Y, mientras tanto, había que atajar los reclamos del socio que esperaba la grúa. Así fue durante las primeras horas de la noche, con varios asociados, luego, pasada la medianoche, la cosa se calmó bastante.

 En ese call center también atendíamos un servicio extra, que era de salud. Nada que ver con la compañía de seguros, sino que era un convenio con otra empresa, y ese fue el motivo por el que me despidieron en septiembre de 2010: porque, como no me gustaba esa parte de mi trabajo, me mandé algunas metidas de pata muy grosas: me echaba flores de puteadas cuando llamaba a un sanatorio u hospital en medio de una emergencia y tardaban en atender, pero cuando alguien levantaba el tubo del otro lado, yo era un señorito inglés. Nadie receptaba mis insultos al Universo, pero esa cloaca de obscenidades que salía de mi boca quedaba grabada y a los superiores no les gustaba. Ese fue mi único error (cojudo error, digo hoy) por el que la empresa decidió “prescindir de mis servicios”. En ese tiempo que trabajé ahí, me había convertido en uno de los referentes de mis compañeros nuevos, porque había aprendido a manejar bien los servicios grúa y, mientras atendía 2 o 3 al mismo tiempo, podía darle una mano a algún compañero o compañera que me necesitara.

 Bueno, vueltas de la vida, una pareja que trabajaba conmigo había emprendido con un comercio (una despensa) y me ofrecieron que se la atienda hasta que me salga un nuevo trabajo que me dé más estabilidad. Así que atendí la despensa “Fuerza” durante poco más de un mes hasta que, a fines de 2011, me llamaron para una entrevista de trabajo en una empresa privada de emergencias médicas: mi función sería atender el teléfono y a las personas que fuesen a medirse la presión, colocarse un inyectable o pedir asesoramiento para asociarse. Ahí también estuve trabajando poco más de tres años, además que aprendí mucho sobre la medicación básica que se usa en estos servicios domiciliarios, a preparar el botiquín, a limpiar el consultorio, a tomar la presión, a escuchar a la gente que iba a controlársela y también desmitifiqué la figura del médico. Antes de trabajar ahí, creía que los médicos debían ser serios y siempre tomarse a la tremenda cualquier dolor que acusara una persona, así como también pensaba que, mientras estaba de guardia, un profesional de la salud hacía una vigilia permanente. Pero, al estar desde adentro, supe que a veces hacían guardias de hasta 72 horas, por lo que hacerlas sin dormir sería, como dijo un profesor de Cecilia Grierson en 1910, “un error, un atentado contra sí mismo, una inmoralidad”. Entonces, aprendí que los profesionales de la salud son tan humanos como las personas que requieren de sus servicios; parece una estupidez, pero la mayoría de la gente no lo entiende y cree que “el doctor” debe estar siempre a la espera de su llamado y que un simple dolor en el pelo, acarreado desde hace una semana, es una emergencia… No, ahí también aprendí y entendí algo que me pedían las operadoras de los sanatorios en el trabajo anterior: “¿qué color le pongo al servicio?”, me decía la persona que tenía del otro lado, y para mí era chino básico. “¡¿Qué color?! ¡¿Qué sé yo, qué color se usa?!” “¿Esto es un servicio de salud o una cartuchera escolar?”, pensaba mientras la escuchaba. Claro, cuando entré a trabajar en esta empresa de emergencias aprendí qué son esos colores: verde para consultas, amarillo para urgencias y rojo para emergencias. ¡Ahí todo cuadraba! Entonces, persona que leés esto, te explico que un dolor de pelo de hace una semana, no es una emergencia, sino una consulta; por ende, el móvil va a demorar en llegar (o sea, hasta que termine las demás consultas o, si tiene una emergencia, la atenderá primero y esperarás con tu pelo doliente hasta que estabilicen al paciente y esa atención esté finalizada). En síntesis, el color que se le aplica a cada servicio indica la prioridad por el riesgo vital que el evento implica: si es accidente de tránsito, es código rojo o emercencia, por lo que la atención es inmediata; si es una fractura, es código amarillo o urgencia, y la atención no puede demorar más de 30 minutos; si es dolor de pelo desde hace una semana, es código verde o consulta, y la atención se puede demorar entre 60 y 120 minutos, aproximadamente.

 Bueno, la cosa es que de ahí también me echaron. ¿A que no adivinan por qué? Sí, porque también me mandé cagadas. A estas no las tengo tan claras, además que al despedirme no me dieron demasiadas explicaciones; asimismo, quedé muy agradecido con el equipo de trabajo y con lo aprendido, porque la empresa me dio una mano enorme cuando tuve un accidente (ya lo contaré en otra publicación) y me aliviaron mucho la carga económica de traslados, curaciones y cuidados.

 El tiempo entre que fui despedido hasta que conseguí mi siguiente trabajo, fue el más largo de inactividad desde que había comenzado a trabajar en aquel lejano año 2000, cuando era un adolescente con la cara llena de granos y una mochila cargada de expectativas de crecimiento económico y social. Poco antes de quedarme sin trabajo, por octubre de 2013, me había inscripto en un curso de formación laboral, de acompañante terapéutico y gerontológico, y me preocupaba no conseguir un laburo antes de ingresar a cursar, además que se me terminaba la plata de la indemnización y debía pagar el alquiler, comer y bancar los servicios. Por ese tiempo, una de las últimas sogas que tiré fue la de emprender con la novia de un amigo en hacer prepizzas para vender. Hasta me había hecho los análisis para la habilitación municipal, así que me había tomado el emprendimiento en serio. Pese a que nos salían muy ricas, el negocio no salió como planeábamos y, tras intentar hacerlo mejor, al no conseguir comercios que nos las compren, decidimos dejarlo. Por supuesto que nos comimos todas las prepizzas que nos habían sobrado, así que habremos comido pizza por un mes.

 A mediados de marzo de 2014, cuando estaba arañando la lata para rescatar los últimos mangos que tenía, una amiga me hizo llegar un ejemplar de los Avisos Clasificados de El Informe, en el que pedían una persona para cuidar a un paciente con Alzheimer. Como iba a estudiar algo similar, decidí presentarme a la entrevista. Sin saberlo, estaba ingresando a un nuevo mundo, a una experiencia que me acompaña hasta el día de hoy, porque gracias a esta decisión conocí y conozco gente maravillosa, aprendí y aprendo sobre los pacientes, las dificultades por las que mi servicio es solicitado, y también sobre mí mismo. Este hombre con quien comencé a trabajar en marzo de 2014, fue mi primer gran maestro en el arte de cuidar a una persona: su nombre era Donato (de él cuento una anécdota en una narración anterior a esta).

 Trabajar con él me abrió las puertas a nuevos pacientes y mayores experiencias, llegando al lugar donde hoy me encuentro, que es la clínica de salud mental en la que formo parte del equipo interdisciplinario como acompañante terapéutico y, desde hace un año y pico, también trabajo como administrativo.

 Actualmente, mientras sigo trabajando en la clínica y con algunos pacientes particulares, estoy emprendiendo en mis pasiones, que son la locución, el dibujo y la escritura. Acá también, pese a hacerlo solo, sé que necesito de otro para completar determinados pasos; y con mi pareja estamos haciendo algo similar y también somos un equipo.

 En mi carrera laboral he pasado por muchos rubros y he aprendido la importancia de trabajar codo a codo con mis compañeros, con humildad y sin pretender pasar por encima de ninguno de ellos.

 El trabajo dignifica y estimula positivamente a querer progresar. Si no sos feliz en el lugar que trabajás o en la actividad que realizás, entonces es momento de plantearte qué te gustaría hacer y tratar de enfocarte en tu objetivo. Al fin y al cabo, trabajar es más que hacer algo a cambio de dinero; trabajar es también disfrutar de la actividad y también del resultado; así, cuando percibas tu pago, será doblemente gratificante.

 Cada trabajo necesita como mínimo a dos personas: una que trabaja y una que paga, ese es el equipo mínimo e indispensable para llevar a cabo cualquier actividad. Cultivemos y profesemos la hermosa y valiosa cultura del trabajo.

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