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20/08/2025

Mi Cobito

 Hoy, 20 de agosto de 2025, es un día especialmente triste, porque ya no volveré a verte ni a escucharte; tampoco voy a prepararte comida ni a enojarme porque te escapás a la calle con los otros perros... En realidad, ese enojo era la manifestación de un sentimiento de miedo e impotencia: miedo a que te pase algo malo, e impotencia de no poder evitarlo, porque corrías más rápido que yo y nunca te pude alcanzar...
 Fueron cinco años y nueve meses que compartimos entre juegos, mimos y más de una "travesura" cometida desde tu más íntima inocencia y tu más pura esencia. Porque vos, como todos los demás animales, sólo sienten el impulso y buscan la forma de satisfacerlo; sólo sienten, no razonan. Para eso estamos nosotros, aunque dejemos mucho que desear a la hora de comprenderlos.
 De los muchos momentos que vivimos, desde que eras un cachorro de dos meses hasta hoy, me quedan muchos recuerdos hermosos y felices, y algunos tristes. Por empezar, me acuerdo de tu primera cagada (literalmente hablando) sobre el asiento del auto, que me dejaste un regalito marrón oscuro; me acuerdo de tus primeros pasos en casa y rescato uno de los últimos que fue hace unos días cuando, repentinamente, mientras acomodaba unas porquerías en el patio, me trajiste tu pelotita de tenis y me invitaste a jugar. Fue irresistible volver a tirarla y verte correr detrás de ella para traerla nuevamente; en eso consistía nuestro juego, además de retenerla con fuerza entre tus dientes para que yo "luchara" hasta recuperarla o, en su defecto, si yo no te insistía la dejabas caer a mis pies y comenzabas a ladrar para que volviera a tirarla... Qué me iba a imaginar que sería nuestro último juego...
 Monadas como la del video que comparto, hay miles; con la pelotita, otras muchas; jugando con Cora, con Ástor, con los perros de la cuadra, muchísimas. Todas, ahora, son parte del mundo de recuerdos que me quedan de vos. Ese es tu legado para mí. Me hiciste reír, me hiciste enojar, me hiciste preocupar y también me hiciste emocionar. ¡Cuántas cosas provoca el amor! Es inevitable que me emocione al escribirte esta carta, pero son lágrimas mixtas: unas de dolor, otras de tranquilidad; dolor por la pérdida física y tranquilidad de saber que ya no hay sufrimiento en tu cuerpito.
 Hace unos meses empezó este último tramo, cuando te llevé al veterinario porque estabas muy flaco y débil. Tenías anemia y una bacteria que te había afectado el hígado y el páncreas. Te agarramos a tiempo, según el veterinario. Después de unos días de medicación y comer mejor que yó, repuntaste. Volviste a ser un travieso que se escapaba apenas encontraba la oportunidad; claro que nunca volviste a ser el perrito hiperactivo que siempre fuiste, pero seguías corriendo muy rápido y tampoco podía alcanzarte.
 Esas escapadas fueron las que, posiblemente, te llevaron a comer algo en descomposición y decantaron en este problema. Es imposible no sentir culpa y "negociar" conmigo mismo "qué hubiera sido si...", "si yo hubiese sido más cuidadoso, nunca te hubieras escapado..." y así. Básicamente, como decimos, es llorar sobre la leche derramada. No hay culpas, ni mías ni tuyas; sólo cierta negligencia de mi parte al no tomarme unos minutos para atarte antes de entrar con la moto y liberarte una vez cerrado el portón. Básicamente, esa es la negociación conmigo mismo de la que te hablé recién, y es total y absolutamente al pedo, porque ya es tarde.
 Estoy muy triste, te extraño y es muy difícil desde ayer llegar a casa y no ver tu nariz asomando por debajo del portón o verte salir corriendo hacia la esquina cuando me veías llegar. Lo cómico (y que aumentaba mi sentimiento de enojo e impotencia) era que te quedabas mirándome con esa carita de "no entiendo, ¿hice algo malo?", como esperando a que corra a buscarte y vos salir huyendo de mi alcance. Era tu juego, siempre lo fue; desde que eras un cachorro de seis meses, que te escapabas, te detenías, esperabas a que me acerque y salías corriendo. De esas escapadas, rescato una de tus "travesuras", que era traer de regalo una paloma muerta: abría la puerta y estabas sentadito junto a tu presente para nosotros.
 Pido perdón, a vos y a mí, por no darme cuenta de estos últimos regalos que me diste; por no haber querido aceptar que se acercaba el final. Porque te vi muy desmejorado en los últimos días y, pese a que te llevé al veterinario, no quise ver que eran los últimos días que compartiríamos físicamente. Conservo nuestras últimas miradas; tus ojitos hermosos, cansados y pálidos; esa mirada que decía tanto aunque no pudieras pronunciar palabras. Te abracé mucho, pero quisiera que hubieran sido muchos más. También me doy cuenta recién ahora que me diste señales de despedida, como la semana pasada cuando te echaste en mi cama o el domingo, cuando te echaste debajo de la mesa. Recién ahora entiendo que eran tus últimos encuentros con nuestra casa, la que conociste desde cachorro, donde transitaste la mayor parte de tu vida; recién ahora me doy cuenta...
 Te fuiste muy joven, mi hermoso Cobito, como me gustaba decirte, y ese es otro gran dolor... Imaginé que compartiríamos muchos años juntos, como compartí con otros perritos, pero nuestra historia fue más breve, aunque cargada de momentos entrañables a partir de hoy.
 Ahora sé que hay un alma más que me acompaña desde otro plano y un ser más que extrañaré hasta el final de mis días. Me hiciste muy feliz y lo seguirás haciendo en cada recuerdo. Te amo para siempre, Coby.

19/08/2025

Coby

 

Nació un 2 de octubre de 2019 junto a otros cinco hermanitos y la dueña de su mamá los daba en adopción, por no tener recursos para mantenerlos. Por esas cosas de la vida, mi ex pareja se contactó con ella y fui a buscarlo; era un pomponcito marrón con una rayita de pelo negro cruzando su lomo hasta la cola. Había mucho espacio en aquel patio que lo vio nacer y donde vivió sus primeros dos meses de vida; lo vi y me enamoré. Lo alcé, lo acaricié y nos fuimos; así fue nuestro primer encuentro. Pero antes de ese momento, Coby ya se llamaba Coby; fue por una marca de micrófonos; sin embargo, tiempo después la gente confundía su nombre con Covid (y en algo se parecían: Covid y Coby hicieron desastres).

 Durante los primeros días de adopción vivió conmigo, recién a la semana fue a la casa en la que viviría el siguiente año. Aquellos primeros días, creo, fueron los que marcaron nuestro vínculo. Luego, en la otra casa, jugábamos y salíamos a pasear a la plaza Sarmiento, que quedaba cerca.

 Con el correr de los meses, se fue haciendo grande y dañino, jugaba con lo que se le pusiera en frente y mordía todo aquello que cupiera en su boca: una zapatilla, una media, un almohadón, una botella plástica, un calzoncillo y un amplio etcétera. Todo rompía, hasta que le compré una pelota de goma bien dura y pesada; al principio no la podía sostener, pero se las ingeniaba para jugar. Igual, cuando le caía algo para morder (y romper) lo aprovechaba.

 Hay muchas anécdotas en esa primera etapa de vida, pero me quedo con la que, a mi criterio, es la mejor: cuando fue un poco más grande, rondando los seis meses de vida, lo dejábamos salir a pasear, pero era cómico el "regalo" que traía: palomas muertas. Siempre nos dejaba en la puerta un regalito de esos, mientras esperaba a que le abriéramos para entrar a comer.

 Tiempo después, vino la separación y con ella la situación que plantea la canción de Jesse & Joy: ¿Con quién se queda el perro? Luego de debatir sobre los pro y los contras, decidimos que lo mejor para Coby sería que viviera conmigo, porque en casa tendría patio y otros dos perros para jugar, Pompín y Cora, además de un gato, Ástor. Así fue que Coby se volvió a subir al auto, esta vez de mi viejo, y se mudó a su casa definitiva.

 El tiempo fue pasando, Pompín y Cora fallecieron, y sólo quedaron Coby y Ástor. Lo llamativo es que, pese a ser perro y gato, se llevan muy bien. El tema es que Coby necesitaba otros perros, así que lo fui dejando que de a poco se hiciera amigo de la barra de los perros de la cuadra (pese a tener casa, andan siempre en la calle). El problema comenzó cuando Coby redescubrió el gustito de la libertad que da la calle, entonces empezó a pasar algunos días afuera, callejeando y jugando con los otros perros. Pero, si hubiera sido sólo eso, no existiría problema alguno... El tema es que comía cualquier cosa, y eso comenzó a deteriorar su salud.

 Poco a poco comenzó a perder peso hasta que, en el mes de marzo o abril de este año, lo llevé al veterinario. El diagnóstico no era bueno: problemas hepáticos y pancreáticos a causa de una bacteria que, además, le provocó anemia. Con medicación y cuidados (básicamente, que no salga a la calle) fue recuperando energía y vitalidad. Pero la tranquilidad duró poco... Desde hace unas semanas comenzó a escaparse nuevamente: cada vez que abría el portón de casa para entrar o salir, el tipo trataba de salirse. La mayoría de las veces podía retenerlo o impedirle el paso, pero esas pocas veces que agarró la calle, fueron decisivas para que su salud se complique nuevamente. Comenzó por perder peso paulatinamente y, en consecuencia, energía.

 Coby siempre fue un perro hiperactivo, pero últimamente estaba más tranquilo, incluso, ya no corría al gato para jugar como lo hizo hasta hace dos semanas. Entonces, decidí llevarlo al veterinario, que lo medicó para la anemia y volvimos a casa; la indicación fue que le diera algo de pollo hervido o carne, pero nada más y que volviéramos mañana (o sea, hoy). Sin embargo, no comió. Hoy lo llevé al veterinario y se quedó internado, para que le pase suero y evaluar su recuperación.

 Sinceramente, es una situación que me angustia mucho. Escribí esta entrada solamente para desahogarme y recordar un poco de su carácter inquieto, que es lo que más me gusta de él. Ya quisiera que se reponga y me traiga su pelota (que no es la pesada, es otra que ya está pinchada de tantos mordiscos) y salga corriendo con la misma torpeza de un cachorro, cosa que sigue manteniendo hasta el día de hoy.

 Te espero para que volvamos a jugar y para cuidarte mejor, mi hermoso Cobito.

27/05/2025

Todo es Narrable

 

3 de diciembre de 2011


 A las 20.30 en punto atravesé la puerta principal de la Biblioteca Ameghino, con el fin de estar en la presentación del libro No Hay Tiempo que Perder, de Reynaldo Sietecase. Unos pocos visitantes deambulaban por el hall, otros estaban fumando en el patio interno. Seguí camino al salón de conferencias, ubicado al final del pasillo, crucé el umbral y me topé con una masa de gente desconocida. Busqué entre esos rostros, añejos y extraños, alguno que fuera conocido; la primera fue Cristina, la dueña de la librería T&P, la saludé y crucé un par de palabras con ella; luego volví a mi postura anterior, buscando caras conocidas. Mis manos sudorosas, contenían los libros que le traía de regalo al escritor. ¿Dónde estaba? No lo veía, pero entre el barullo adivinaba su voz. Di un paso hacia la mesa donde se exhibían los libros y lo vi; estaba conversando con dos o tres personas, jovial y atento, tal como se lo escucha en la radio.

 Me acerqué a una mesa colmada de libros y compré un ejemplar. En ese momento, el autor pasó frente a mí con una bolsa llena de regalos, me saludó atentamente y le devolví el gesto de la misma manera. Con cierta timidez, me acerqué a él y le entregué el presente: dos libros que contenían dos de mis cuentos. Conversamos un poco sobre el mercado literario, de las dificultades que afronta un autor y de la buena calidad de esos libros; aprendí que las publicaciones para antologías por concurso no suelen tener mucho cuidado en los detalles de presentación. Siempre algo se aprende. Me despedí y lo dejé seguir hablando con la gente, ya que un hombre muy mayor, que había conocido a su padre, se acercó a saludarlo.

 Esperé unos minutos, mientras hablaba con otro conocido, con quien intentamos dilucidar de dónde nos conocíamos, ya que su rostro y su nombre los recordaba, pero no el contexto de dónde lo conocía. Luego, él se retiró y yo volví al autor a pedirle que me firmara el ejemplar que había adquirido. Ante Reynaldo, había una cola similar a la que forma la gente cuando va a pagar sus cuentas, pero mucho más entusiasta. Entre tantas voces, oí una que me resultó familiar: me di vuelta para ver quién era y, ante mí, estaba mi profesor de portugués. Nos saludamos y, en un breve cruce de palabras, me comentó que también está su hija menor, María. Finalmente llegó mi turno. Sietecase volvió a preguntar mi nombre, ya que mi apellido lo recordaba de la charla que habíamos tenidos minutos antes; posó su mano sujetando el libro y dejó fluir la tinta sobre la primera página. Una vez cumplido mi objetivo, fui a saludar a María; intercambiamos un par de palabras hasta que nos invitaron a tomar asiento para escuchar al autor.

 Igual que un curso en primer día de escuela, nos fuimos acomodando, buscando el mejor lugar para ver y escuchar. Primero me senté atrás, pero luego, vi un asiento libre en la tercera fila y lo ocupé. El primero en hablar fue Abel Pistrito, periodista local, refiriéndose al trabajo expuesto en las páginas del libro, el viaje a Sicilia y al pasado, más los textos de su historia como periodista. Luego, llegó el turno de Reynaldo, de contarnos su historia, su trabajo.

 Con respetuoso silencio, escuchamos al periodista que diariamente nos acompañaba con su voz a través de la radio en su programa “Mañana es Tarde”, por Radio Del Plata. Disfrutamos de su recorrido, de su oratoria y del orgullo de compartir ese breve instante de vida con él en nuestra ciudad.

29/04/2025

La vida sigue

Hace mucho que no escribo, pero ayer me anoticié de un hecho muy triste que fue la gota que llenó el vaso y me motivó a escribir algo que venía craneando desde hace bastante.

Todos sabemos que, de un momento a otro, podemos dejar este plano; no importa cómo ni en qué circunstancias, pero somos conscientes de eso. Sin embargo, no estamos pensando en que nos vamos a morir; sin embargo, lo que sí está bueno es plantearse individualmente: ¿Qué hago con mi existencia? ¿Dialogo? ¿Reflexiono? ¿Digo "te amo" o "te quiero" a mis seres queridos? ¿Disfruto de las pequeñas cosas de la vida? ¿Cuánto tiempo malgasto sintiéndome mal y preocupándome? ¿Me gusta mi trabajo? ¿Miento, o hablo con sinceridad? ¿Me cuido y cuido a los demás? ¿Cuánto tiempo hace que no veo a tal persona? ¿Me ocupo de contactarla? Y esa lista de preguntas se puede extender hasta el infinito. La cuestión es preguntarse sobre la propia vida, sobre los propios afectos y, con la más cruda sinceridad, reconocerse qué se está dejando de hacer o, como me gusta decir, qué se está procrastinando. ¿Por qué y para qué dejamos para después? Después llamo, después voy, después hago... Después puede ser muy tarde. Especialmente si se trata de personas, y es acá a donde apunto con este texto.

Como decía al principio, todos sabemos que nos podemos morir de un momento a otro, pero no vivimos pensando en eso y está bien, porque la muerte es lo único asegurado que tenemos en la vida y pensar tanto en ella sería una pérdida de tiempo. El tema es que, mientras respiramos, tenemos la obligación (me atrevo a decirlo así) de VIVIR: abrazar más, estudiar, aprender algo nuevo, tomar unos mates con los amigos un día cualquiera. disfrutar de jugar como niños, etcétetetetetetetetetetetetetetetetetera (un amplio etcétera). ¿Y por qué? Porque, cuando alguien se va repentinamente, recordamos las veces que dijimos que "después llamo" o "después voy"; porque ese tiempo que se va no vuelve; porque, una vez que alguien se va, es para siempre y nunca más habrá un nuevo encuentro; porque cuando la salud flaquea nos acordamos de todo lo que no hicimos por vergüenza, por lo que va a pensar el resto, porque "ya estoy grande para eso"; porque estamos vivos ahora y la obligación de vivir es ahora. ¿Y para qué? El "para qué" es más duro, pero más corto: Simplemente, para no vivir con la angustia del "mirá si hubiera ido antes" o "mirá si lo hubiera hecho antes". Esa angustia enferma más que cualquier virus, porque se alía con la culpa y juntas se comen a una persona desde adentro.

Entonces, para ir cerrando este pensamiento, la vida se vive y se llena todos los días. No hace falta llamar ni visitar a todos tus seres queridos, pero sí un mensajito, una llamada o una visita de vez en cuando. Básicamente, para sentir más tranquilidad en tu alma cuando alguien se vaya para siempre, porque después vendrán a decirte que "la vida sigue", y sí, es así; pero no es lo mismo que la vida siga con una eterna culpa, que con el sentimiento de haber vivido cada momento.

01/10/2024

"Trébol de 4 hojas"


 Llegar a determinada edad y no tener una familia constituida (esposa e hijo, por ejemplo), además de tener una situación económica inestable (o, por decirlo de otra manera, de mierda), genera angustia y una cantidad importante de cuestionamientos hacia la propia existencia: ¿Qué decisiones tomé a lo largo de mi vida para haber llegado hasta acá? ¿Qué decisiones tomo a diario? ¿Estas decisiones me ayudan a mejorar mi calidad de vida, la empeoran o la mantienen? Y así un montón de preguntas que me hago a diario porque tengo 41, porque llego a mitad de mes y empiezo a arañar la lata; o sea, no tengo plata y empiezo a sacar los últimos pesos que andan dando vueltas por la billetera o por algún bolsillo. Es penoso, es difícil de digerir y de aceptar, porque muchos ex compañeros de primaría, secundaria o de facultad, hoy ya tienen sus familias constituidas, una estabilidad económica que les permite, al menos, tener un auto o algo de plata hasta volver a cobrar el sueldo. Yo no. Apenas si puedo juntar unos mangos con los dos acompañamientos particulares que veo 2 veces por semana a cada uno. Con eso tiro, pero no alcanza.

 Es difícil pensar con calma cuando la cabeza es un tumulto de ideas y cuestionamientos que no llevan a ninguna parte, excepto a profundizar la angustia. Cuando hay algo de plata, uno se siente más tranquilo y puede pensar cómo hacerla crecer, pero hay que tener cuidado con el autosabotaje de pensar en los pagos pendientes y que la poca plata que hay en este momento no alcanza.

 Le debe pasar a más de una persona que lee este artículo, que cranea ideas para hacer crercer la economía doméstica. Uno se basa en lo que conoce, lo que le gusta o, simplemente, lo que pueda generar plata fácil y con poca o nula inversión. Quizás aparece una buena idea, pero también los cuestionamientos: ¿esto será rentable? ¿A quién le puedo vender esto? ¿Cuánto tiempo tardaré en generar un buen ingreso extra? ¿Y si invierto y no vendo? Y así un montón de preguntas más, que dan vueltas en la cabeza alrededor de la "grandiosa idea". Bueno, lo cierto es que hay que planificar y mantener la paciencia y la constancia para llevar adelante el proyecto. El principal obstáculo entre la idea y el resultado materializado es uno mismo; sí, uno mismo es quien se trunca los proyectos. No son las entidades financieras que otorgan créditos, ni el Estado, ni el vecino que tira mierda; es uno mismo, con esos cuestionamientos permanentes y negativos.

 Decía que hay que macerar y mantener la paciencia y la constancia para llevar adelante un proyecto. En mi caso, por ejemplo, pienso mucho y muchas veces mis proyectos quedan en una hoja o archivados en alguna carpeta de mi computadora. Si los extendiera un poco más y los llevara a la práctica, seguramente funcionarían y terminaría por no tener tiempo de llevarlos a cabo a todos. Por eso, lo mejor es la organización y la dedicación de tiempo y energía a un solo proyecto a la vez.

 Primero, evaluar entre todos los proyectos que andan dando vueltas y rescatar los más rentables, por decirlo así. Luego, examinar entre estos cuál es el que mejor se adapta a las condiciones actuales. Por último, tomar uno, el más especial, el que más nos convenza que ese es EL PROYECTO y comenzar a organizarlo, planificarlo y trabajarlo. Llevará mucho tiempo, pero al estar en marcha, el objetivo final ya estará mucho más cerca que antes.

 Sí, leerlo así, en una publicación de un blog es fácil y queda lindo, pero para llevarlo a la práctica son necesarias cuatro etapas, pasos o, como dice el título, las cuatro hojas del trébol: decisión, voluntad, paciencia y constancia. 

  1. Decisión de llevar a la práctica el proyecto
  2. Voluntad de comenzar
  3. Paciencia en el proceso
  4. Constancia para llevarlo a cabo hasta materializarlo
 Hace muchos años (doce, para ser exactos), creé esta idea del trébol de 4 hojas después de una charla con mi kinesiólogo, cuando estaba haciendo una rehabilitación. En ese momento, él me explicó que para lograr una buena recuperación era necesario tener voluntad, paciencia y constancia; con esa base, entendí que vale para cualquier emprendimiento, incluso para lo más simple, como puede ser el orden de la casa o de la economía familiar. Entonces me di cuenta que a esa idea le faltaba una pata: la decisión de llevar a la práctica lo que sea que uno se proponga. Entonces es así como quedó esta idea del "trébol de 4 hojas".
 Esta es una simple reflexión de autoayuda que me sirvió y me sirve para no desesperarme y buscar siempre una salida airosa de la situación adversa de mi economía. Cabe aclarar una sola cosa, que es muy importante: si la paso mal económicamente es porque tomé malas decisiones con mi dinero; nadie tiene la culpa a excepción de mí, que no supe administrarme. De la misma manera, la solución depende de mí y de las decisiones que tome a partir de ahora. No será un camino rápido ni fácil, pero una vez que se comienza ya se está más cerca del resultado. Si te suena, quizás sea hora que tomes tu trébol y comiences a realizar el camino de las 4 hojas, en pos de tu crecimiento.

26/09/2024

La procrastinación individual de la manada.

 

 La vida es interesante... Nacemos, crecemos y morimos. A lo largo de esas tres instancias forjamos nuestra historia y nos encontramos con personas que dejan huella en nuestra vida. Personas que conocemos en determinado momento y continuamos un vínculo durante varios años o, quizás, con las que entablamos un breve contacto, efímero en el tiempo de nuestra vida, pero que dejan una estela de su esencia en nuestra historia. De cualquier manera, cada persona con la que interactuamos nos lega algo de sí y nos construye, nos ayuda a crecer un poquito más; en resumen, cada contacto nos deja una experiencia. Pero también está la otra parte de la vida, la que duele largamente, la que nos deja una sensación amarga, la que marca el fin de una etapa: la muerte. ¿Y qué es la muerte? Es más que la desaparición física de un ser vivo; la muerte es el fin de un ciclo y es ahí donde los seres humanos experimentamos uno de los dolores más profundos; cuando elaboramos un duelo que puede ser breve o durar años, quizás, hasta el fin de nuestra existencia.

 Estas dos últimas semanas han sido para mí un resumen de esto que acabo de escribir, porque en estos días transcurridos desde el martes 17 hasta el martes 24 de septiembre, han sido golpes emocionalmente fuertes: la mamá de un amigo de la infancia, quien también era amiga de mi mamá; un ex compañero de la facultad, con quien mantuvimos una amistad durante varios años; un hombre mayor con quien debía comenzar un acompañamiento y apenas habíamos tenido tres entrevistas; y un hombre a quien acompañaba desde hacía más de 5 años; también, en estos días me enteré del fallecimiento de un hombre a quien había entrevistado una sola vez, que era el papá de una mujer que acompañé mucho tiempo. Desde 2020, cuando la pandemia nos azotaba con muertes todos los días (que, cada tanto, era alguien cercano), que no tenía esta sensación de pérdida.

 ¿Los seres humanos somos extraños o es parte de nuestra naturaleza, esto de sentir la muerte cuando sucede? ¿Somos conscientes de nuestro paso por la vida y de los vínculos, o nos damos cuenta cuando hay poco tiempo o, peor aún, cuando ya es tarde? Nos alejamos de los vínculos, nos ensordecemos y cegamos ante la rutina y dejamos de prestar atención a las personas que queremos, las mantenemos presentes en el recuerdo pero no hay llamados o mensajes; quizás, mantenemos un contacto periódico, pero no profundizamos en temas sensibles o de cercanía. ¿Será el comportamiento de la manada (*) el que nos condiciona, nos lleva a avanzar en el día a día; el que ocasionalmente nos permite retornar para ver cómo están los demás seres que conocemos y luego nos obliga a seguir adelante en nuestra vida? Porque, cuando uno de esos seres se va, se pierde o se muere, es cuando recordamos que es (o era) importante para nosotros. ¿Entonces, por qué o para qué dejamos pasar el tiempo? ¿Por qué o para qué dejamos para después una visita o un mensaje? Sí, la rutina de la manada nos obliga a seguir avanzando y no nos queda tiempo en el día para hacer las visitas pendientes; pero no es excusa para dejar atrás a personas significativas o para dedicar unos minutos más de la visita periódica y conversar un poco sobre la vida u otra cosa que nos permita reencontrarnos con la humanidad que nos caracteriza y dejar de ser, al menos por un momento, parte de esa manada que avanza sin detenerse.

 Lamentablemente, fue necesario que murieran cinco personas cercanas o conocidas, para inspirarme esta reflexión. Lamentablemente, también, no es la primera vez que lo pienso. Lamentablemente, me dejo arrear por la manada, más allá que el dolor pasa con el tiempo, las energías y la pulsión de vida vuelven a su cauce cotidiano y me vuelvo a olvidar de lo importante, que es lo que mencionaba líneas arriba: si no podemos visitar personalmente, podemos tomarnos unos minutos para hacer una llamada o enviar un mensaje. La vida no debe ser únicamente transitar los días junto a la manada, sino que es también prestarnos atención individualmente, encontrarnos con nuestra humanidad más esencial y permitirnos estar cerca de quienes queremos. Porque, cuando se alejan de la manada, se pierden o se mueren, ya es tarde para todo y el dolor se hace mucho más grande y pesado.

 Yo creo que todo termina cuando debe terminar y que nadie se muere en la víspera, o sea, nadie se muere antes de tiempo y dejando algo pendiente en su esencia (que no es lo mismo que en la vida en general). Pero si a eso le sumamos el encuentro cercano durante el tiempo de vida, mientras ambos respiramos, cuando llegue el momento de la despedida definitiva no quedarán asuntos pendientes que lamentar; sólo la pérdida física. Esto, aunque parezca uno de esos "consejos útiles para vivir mejor", puede ayudar a la elaboración del duelo y mitigar un poco el dolor. Porque ese dolor de la pérdida, cuando no hay un contacto y sólo se remite a los recuerdos, se acentúa con la culpa de no habernos hecho tiempo para compartir un mate, una charla o un simple saludo por mensaje; en definitiva, un mínimo contacto para hacerle saber al otro que estamos ahí, que esa persona aún sigue siendo importante y que le dedicamos una porción de nuestro tiempo, de nuestra vida.

 Después nos vemos, después paso, después, después, después... Después, puede ser muy tarde.


(*) Este "comportamiento de manada" que menciono no tiene que ver con la definición psicológica, sino que es una metáfora para explicar una idea.

17/11/2023

Un personaje conocido y anónimo

 

 Personajes hay en todas las ciudades y pueblos, muchos de ellos son conocidos por su apodo y otros, en cambio, son completamente anónimos; se los conoce porque frecuentan los mismos lugares, porque siempre están vestidos con la misma ropa o por sus hábitos, pero nadie sabe cómo se llaman, sólo son identificados por estas señas particulares.

 El personaje que me convoca hoy a escribir encuadra dentro de los que uno conoce por el apodo y por determinadas señas particulares; nunca supe cómo se llama o, si lo supe, hoy no lo recuerdo. Sí sé dónde vivía, porque es cerca de mi casa materna, además que es tío o pariente cercano de una persona que conozco. Sus señas particulares fueron siempre las mismas: sucio, desprolijo, con los ojos muy rojos y caminando a los tumbos; eso sí, siempre amable y respetuoso. Al menos, así es desde que tengo memoria de haberlo visto por primera vez, una tarde de 1.997; a excepción de la amabilidad y el respeto, las demás características fueron siempre iguales: yo volvía caminando de la escuela, como habitualmente hacía, y cuando estaba a dos cuadras de mi casa vi a un hombre tirado sobre la vereda junto a su bicicleta; no se movía, pero tampoco me animé a acercarme a ver si respiraba (de ahí que no conocí, en esa ocasión, su fase respetuosa y amable, porque él estaba dormido). En ese momento yo tenía 13 años y nunca había estado tan cerca de un accidente en la vía pública (bueno, es lo que yo pensaba en ese momento), así que toqué el timbre en una casa y le pregunté a la mujer que me atendió si podría llamar a la ambulancia para que atienda a ese hombre que estaba caído en la vereda de en frente. Ella lo miró y me dijo: “quedate tranquilo, él siempre se cae porque es borrachín. Ya se va a levantar cuando se le pase el pedo. Gracias igual”. Y después de eso, con una amable sonrisa, cerró la puerta.

 Seguí camino a mi casa, deben haber sido las 18.15 de una tarde más o menos cálida, porque recuerdo que había sol y era otoño. Poco después salí en la bicicleta, pasé por ahí y, efectivamente, él ya no estaba. Eso me dejó tranquilo y di fe que la mujer tenía razón: se levantaría cuando se le pasara el pedo.

 Pero después de ese primer encuentro (en el que él no me conoció por los motivos que ya conté) comencé a prestarle atención a la esquina en la que vivía. Hasta ese momento, hasta ese día, era una esquina más como las muchas que uno cruza a diario y pasan inadvertidas, como parte de un paisaje monótono y sin vida. Pero desde ese día, esa esquina pasó a tener dueño, pasó a tener una historia; alguien vivía en ese lugar tan feo y tenía un problema: se chupaba, se mamaba y se caía en cualquier lado.

 El tiempo pasó, fui creciendo y el camino a la escuela fue siempre el mismo, así que esa esquina era ya parte del paisaje al que le prestaba atención y no al que pasaba desapercibido. Ocasionalmente lo veía trastabillando para subirse a la bicicleta o, por el contrario, intentando bajarse, siempre apoyando un pie en el cordón como para ganar un poco más de altura y subirse a (o bajarse de) su bicicleta. Alguna vez lo he visto sentado en el pasto, apoyando su espalda contra el tapial de su esquina, de su casa; también, alguna vez lo vi “dormido” sobre el pasto escarchado en algún invierno, cuando iba para la escuela o cuando volvía. Era una escena que me causaba curiosidad y tristeza, aunque, en mi mente adolescente y carente de empatía, no se me cruzaba por la cabeza acercarme a ver si necesitaba ayuda. Me daba miedo que la gente me fuera a juzgar por acercarme a “ese borracho” y me tildaran, andá a saber de qué (porque la gente es mala y comenta). Entonces, pensando con más de 20 años de distancia, me doy cuenta que si me acercaba a hablarle, en una de esas, él podría haber sentido que alguien le daba importancia y que no estaba solo, y yo también podría haber descubierto a un nuevo ser humano frente a mí. Pero en aquellos años mis intereses eran otros totalmente distintos: yo quería ver si me podía levantar a una pendeja y tener novia, para no ser el único del grupo que no tenía y, por ende, dejar de ser “el raro”, el que “si no tiene novia, seguro que algo tiene”; nadie pensaba que yo no tenía novia porque no me animaba a encarar a una mina... En fin, me quedaba nomás con la curiosidad y nada más, seguía mi ruta. Pero él vivía ahí y siempre estaría la posibilidad de cruzarlo cada vez que iba a la escuela o cuando volvía; además, como hacía doble turno, pasaba 4 veces al día por esa esquina y las posibilidades de verlo y alimentar mi curiosidad, aumentaban…

 Los años pasaron, terminé la secundaria y empecé a trabajar, pero mi ruta seguía llevándome a pasar por esa esquina, así que el paisaje continuaba siendo el mismo: ocasionalmente lo veía desparramado en el suelo, durmiendo o tratando de levantarse, y yo siendo un simple espectador; nunca me involucré. De hecho, el tiempo siguió pasando y trayendo nuevas cosas: descubrí que tenía una vida social, no era un ermitaño que vivía en una covacha, ¡tenía amigos! Está bien, eran amistades que hacían lo mismo que él: juntarse a chupar como si no hubiera un mañana y luego irse a dormir… O quedarse dormidos en el patio o la vereda, donde el sueño (y el pedo) los venciera. Eso sí: jamás tuvo que ir la policía a esa casa por algún vecino que se quejara, porque él y sus amigos nunca molestaron a nadie. Ellos se juntaban y hacían la suya; es más, si te cruzaban saliendo de la casa, te saludaban y seguían su rumbo. Era como ver una postal de los viejos almacenes y bolichones de pueblo, que los “viejos” salían un poco entonados, pero con el respeto por los demás intacto. Bueno, así eran estos muchachos.

 Nunca indagué en su historia, hasta que conocí a una chica (de mi edad, unos 30 o 32 años tenía ella en ese momento) y charlando sobre las cosas cotidianas de cada uno, no sé cómo llegué a contarle de este personaje. La cosa es que él era hermano o primo de la mamá de ella, así que ahí conocí un poco más de su historia, pero apenas un poco: en esa casa, él vivía con su madre hasta que la mujer falleció; aparentemente, ese fue el “click” que lo llevó a tomar. O sea, viéndolo hoy, casi 10 años después de esa charla, es probable que se haya deprimido por la muerte de su madre y, al no contar con ninguna contención, la única salida que encontró fue la bebida.

 Esta historia empezó hace mucho más de 27 años, de aquella tarde de otoño de 1.997, cuando lo vi por primera vez, caído en la vereda de su casa. Vaya uno a saber cuándo se gestó en él esa angustia que lo sumergió en el oscuro y triste mundo del alcoholismo. Como decía hace un rato, lo bueno es que siempre fue muy respetuoso y jamás se metió en problemas con nadie; él se chupaba y no jodía los vecinos ni a los ocasionales transeúntes que pasaran por su vereda. Eso sí, era objeto de miradas curiosas, como la que yo fijé en él, pero también de miradas juiciosas, prejuiciosas y, peor aún, indiferentes. Él era parte de un paisaje frío y sin importancia, de un lugar feo y sucio, carente de belleza estética; pero nadie, y me incluyo, pudo ver que detrás de ese entorno tan feo vivía un ser humano con los mismos sentimientos que cualquiera que lo miraba al pasar. Quizás era fanático de un equipo de fútbol, quizás tuvo un amor que nunca pudo concretar, quizás ha soñado con una familia, quizás ese sueño, su amor, su fanatismo, se diluyeron con el tiempo en tantas cajas de vino…

 Hace unos días, mi vieja me comentó que estaba internado, muy delicado; no importa por qué, sólo sabíamos que no le quedaba mucho hilo en el carretel… Hoy, 16 de noviembre, mi vieja me contó que había fallecido. Sinceramente me dio pena, porque pensé en su vida y traté de ponerme en su lugar por un instante. Debe ser feo vivir así, sin oportunidades, en medio de la mugre, acompañado solamente por una cajita de vino y los dolores de una vida de miseria; debe ser feo sentirse invisible para una sociedad que sólo te mira para asquearse de tu aspecto o para curiosear en tu desdicha; debe ser feo que te conozcan por ser un “borrachín” y te tilden de vago o de mugriento, que te adjudiquen supuestos sin fundamentos y sin siquiera saber si tenías algo que decir. Mi viejo lo conoció y da fe que era buen tipo. Este personaje del que hablo, era una de esas personas anónimas que mencioné al principio, conocido sólo por su apodo: Cándido, le decían; su nombre es un misterio.

28/10/2023

Fanatismo, una enfermedad destructiva


 Una de las enfermedades mentales más destructivas se llama FANATISMO. Un mal social cada vez más masivo, casi epidémico... 

 El fanatismo anula la capacidad de razonar, obstruye el sentido de la audición objetiva (no puede ni quiere escuchar), condena al enfermo a un reducido grupo de personas que padecen la misma enfermedad, y lo aleja de los afectos.

 Quien padece fanatismo estigmatiza a los demás por pensar diferente, elevando la autoestima de su grupo con descalificaciones dirigidas a miembros de otros grupos (en ocasiones, otros grupos de fanáticos); el uso de esta violencia se extiende también a expresiones corporales, como gestos despectivos y de desdén. Una grave característica de esta enfermedad es la de no reconocer adversarios, sino enemigos.

 Si usted tiene algún familiar, amigo, compañero de trabajo o conocido que padezca esta terrible enfermedad, he aquí algunos pasos para acompañar al enfermo:

-No contradiga ni intente "hacer entrar en razones" al paciente; recuerde que el fanatismo anula la capacidad de razonar. Sólo se expresa mediante un coloquio común a su grupo de pertenencia, una especie de manual con frases y oraciones que repite compulsivamente.

-Nunca regañe a un fanático, tampoco opine usando palabras complejas ni metáforas, porque esta enfermedad ocasiona también delirios persecutivos que hacen del enfermo una fiera asustada: ataca ante la inminente (supuesta) amenaza.

-La palabra CAMBIO tiene una connotación catastrófica en su psiquis. No la use.

-Si el enfermo se pone agresivo con usted, entienda que se trata de un brote o episodio esporádico; no lo tome como algo personal, pues se trata de una simple proyección, o bien de una transferencia.


 Recuerde: el fanatismo es un mal muy agresivo que no sólo afecta al fanático, sino también a su entorno (que en ocasiones lo destruye). Si usted tiene algún contacto con el fanatismo, intente resguardarse buscando ayuda en amistades o actividades físicas al aire libre.


 La línea entre la libertad de pensamiento y el fanatismo es tan delgada como una telaraña...

23/10/2023

"Argentina, no lo entenderías"


Opinión publicada el 23 de octubre de 2023 en otro blog. La frase del titulo no me pertenece, como tampoco me pertenece la responsabilidad colectiva que da como resultado un proceso electoral; sí es mi competencia la responsabilidad de decidir concienzudamente a la hora de poner mi voto en la urna y hacer mi aporte en búsqueda de un cambio de paradigma o, por el contrario, de seguir con un mismo gobierno.

 Lo que ha sucedido en Argentina en este 2023 ha sido (y es) un reflejo de lo que somos como sociedad: una masa heterogénea y desordenada que se desplaza hacia donde la corriente la lleve, arrastrando a su paso las voluntades minoritarias. Las elecciones PASO (Primarias Abiertas Simultaneas Obligatorias) definieron a los candidatos presidenciales que elegimos en los comicios del pasado domingo 22 de octubre; sin embargo, éstas últimas nos han dejado a millones de argentinos la sensación de que un posible cambio de paradigmas y finalizar con más de dos décadas de corrupción y saqueo desmedido puede ser un anhelo menos alcanzable: el candidato oficialista, Sergio Massa, lejos del magro resultado de las PASO, se impuso con más del 36% de los votos dejando a su principal adversario, Javier Milei, en segundo lugar con un 31%. Esto abre la puerta a una elección definitiva para el próximo 19 de noviembre (balotaje) entre Milei y Massa.

 Queda en evidencia la falta de memoria colectiva, el desinterés por un futuro sólido y más seguro, y el miedo a los cambios (a lo nuevo); el conjunto social olvida los eventos de inseguridad, el saqueo a las arcas del Estado, el apoyo a gobiernos dictatoriales como el de Venezuela y las declaraciones públicas e impúdicas de partidarios oficialistas con mensajes claramente golpistas; se olvida el afán del gobierno por seguir dividiendo para reinar, la inequidad en la repartición del dinero de TODOS y el obsceno reparto de dinero a través de planes sociales (que bien podrían calificarse como coimas) que aumentan desmedidamente el gasto público... Podría seguir enumerando los olvidos colectivos a la hora de depositar un voto, pero sería irme por las ramas, lejos del eje de esta opinión. Creo que si el gobernante electo es corrupto, es porque gran parte del electorado también lo es; no creo que haya personas honestas y coherentes que voten al representante de un gobierno que exprime al máximo las arcas del Estado y que no le importa dejar al país en llamas antes de las elecciones, autoproclamándose la única opción para salir del problema (que ellos mismos han generado) que terminan achacando a la oposición, a la guerra de Ucrania, a la invasión de Hamas a Israel, al Covid, o a cualquier evento o persona "de afuera" u opositora (recuerden que en 2008-2009, el principal enemigo era el campo, el Grupo Clarín y la "oligarquía" argentina).

 Otra vez, como sucede cada cuatro años, los argentinos nos encontramos en un momento de transición y es una obligación moral y ética hacer un uso racional del acto de votar. Entonces, a la hora de poner la boleta dentro del sobre, debemos tener en cuenta lo que escribí antes y, básicamente, estos últimos 20 años en los que han saqueado insaciablemente a nuestro país y, en consecuencia, a nosotros: a vos, a mí, a tu padre, a tu madre, a tus amigos, a tus hijos, a tus nietos, a cada ciudadano nos han saqueado los bolsillos, nos han cercenado la posibilidad de crecimiento y, si aún tenemos fuerzas y voluntad para invertir y crecer, nos limitan con una enorme carga impositiva que se lleva la mayor parte de nuestro dinero.

 El futuro de todos está en manos de los que tenemos la posibilidad de elegir, entonces pensemos concienzudamente, leamos, estudiemos un poco los eventos acontecidos en estos 20 años y tomemos una decisión en base a lo que nos generen esas situaciones que vivimos como sociedad. Enumero algunas, como ejemplo:

  • Desaparición forzada de Jorge Julio López el 28 de julio de 2006; era testigo clave en el caso Etchecolaz.
  • El conflicto con el campo en 2008 por la resolución 125 y el voto "no positivo” del entonces vicepresidente Julio Cobos, que dejó expuesta la voracidad económica del gobierno y la decisión pública de saquear al campo a través de una retención del 40% del bruto producido por las exportaciones.
  • El homicidio del fiscal Alberto Nisman, el 18 de enero de 2015, un día antes de su presentación contra la entonces presidente Cristina Fernández por el pacto con Irán y su vinculación con el atentado a la AMIA.
  • El triple crimen de General Rodríguez ocurrido en agosto de 2008, por el que se "destapó" el comercio ilegal de la efedrina, en el que se vio involucrado el entonces Jefe de Gabinete, Aníbal Fernández.
  • Santiago Maldonado, un activista que se ahogó en el río Chubut, por el que acusaron a Gendarmería de desaparición forzada. Su figura se usó impúdicamente como estandarte de lucha y reivindicación de los Derechos Humanos, descontextualizando los motivos por los cuales se produjo su muerte. Esto ocurrió entre agosto y octubre de 2018.
  • "La ruta del dinero K", causa “Los Sauces”, por la que están implicados, además de la familia Kirchner, el empresario Lázaro Báez y otros ex funcionarios kirchneristas.
  • Los subsidios otorgados por el gobierno a la Tupac Amaru, fundación de Milagros Sala en Jujuy.
  • El apoderamiento de instituciones sensibles a la población como Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, que han sido usadas como emblemas propios del kirchnerismo cuando, en realidad, su reclamo pertenece a todo el pueblo argentino.

 La lista es mucho más larga, pero si buscás, te vas a dar cuenta que esto es apenas una muestra de la cantidad de casos corruptos en los que se involucra el gobierno kirchnerista.

 Te saquean en la cara, te dan un peso y te roban diez. ¿Vas a seguir avalando este desastre? ¿Vas a permitir que tus hijos se críen en un país lleno de "derechos" sin obligaciones? ¿Creés que es ético vivir de arriba y que otros trabajen para mantenerte? ¿Creés que es digno vivir pobre y mantenido por el Estado (que somos todos), en lugar de crecer y superarte trabajando honradamente? ¿Creés que es justo y digno trabajar 10, 12 o más horas diarias para que el Estado se quede con el 70% de tu salario? ¿Creés que es justo y digno sentir intranquilidad cuando salís de tu casa, porque no hay seguridad y te pueden afanar o matar en cualquier lugar? ¿Te querés quedar con la sensación incómoda de la zona de confort o preferís arriesgarte y votar un cambio?

 Lo distinto y lo desconocido dan miedo, pero es mejor aventurarse a conocer otra manera de gobernar que seguir con el "malo conocido" al que sólo le importa que tu voto lo mantenga en el lugar de privilegio en que se encuentra, porque si vuelven a ser civiles como vos y yo, en el mejor de los casos, la Justicia le podrá caer con su peso y procesarlos como a cualquier delincuente común. O sea, quieren que elijas a Massa para mantener sus fueros y seguir delinquiendo en libertad. Pero la verdadera libertad es la que tenemos nosotros con el voto; elegir al distinto puede ser la posibilidad de salir de este flagelo que nos asfixia desde hace años.

 Puede que Javier Milei no sea el estereotipo de candidato al que estamos acostumbrados, pero es la única opción viable que nos queda. Dan miedo algunas de sus propuestas, pero son preferibles a la falta de propuestas por parte de Sergio Massa, que es otra marioneta (como el actual presidente). Podemos elegir un mandatario fuerte y decidido a llevar adelante su proyecto, o a un muñeco que actúa de acuerdo a lo que la titiritera le ordena.

 Y si elegimos a Milei será un camino difícil y una cuesta arriba, pero será una búsqueda de la puerta de salida a esta situación empobrecedora a la que somos sometidos desde hace tantos años. En 2015 elegimos un cambio que no funcionó y retomamos la fórmula nefasta ya conocida; pongamos lo que tenemos que poner y busquemos otro cambio. Sólo así se consigue progresar: manteniendo el objetivo siempre a la vista y buscar la fórmula necesaria para lograrlo, aunque nos cueste años de esfuerzo; lo que nunca debemos hacer es regresar a las viejas fórmulas que no sirven y nos perjudican.

 El país está otra vez en llamas y es una “causalidad” que estemos en un conflicto tan difícil justo al final de un gobierno extenso: en 2001 vivimos una situación terrible con saqueos, piquetes (cortes de calles por parte de numerosos grupos de personas), el corralito (que encerró los ahorros de millones de argentinos en los bancos, limitando la posibilidad de extraer dinero a sólo $250 por semana /en ese tiempo, eran US$250) y una escalada de violencia que terminó con el gobierno de Fernando De La Rúa, que fue el presidente desde 1999. Acá abro un paréntesis: Fernando De La Rúa fue el candidato de La Alianza, un frente formado por el Unión Cívica Radical y el FREPASO (Frente para un País Solidario), para retomar el poder tras una década de gobierno peronista llevado adelante por Carlos Menem. Cierro paréntesis. Este gobierno, débil institucionalmente, tomó las riendas de un país en crisis que decantó en el cierre de comercios y fábricas, la consecuente pérdida masiva de empleo, y la decadencia institucional en todos los niveles: hubo falta de insumos hospitalarios, falta de materias primas para producción, y un amplísimo etcétera. Y para hacer cartón lleno, tuvimos cinco presidentes en una semana: Fernando De La Rúa (que se fue en helicóptero desde la Casa Rosada), Ramón Puerta, Adolfo Rodríguez Sáa, Eduardo Camaño y Eduardo Duhalde, que siguió gobernando hasta 2003, cuando convocó a elecciones. De estos comicios, el ganador fue Néstor Kirchner, que tuvo una disputa muy férrea con Carlos Menem (que se bajó a último momento, porque si no, iba a haber balotaje y era muy probable que se quedara con la presidencia).

 Ahí comenzaron estos casi 20 años de kirchnerismo; ahí comenzó a gestarse la metástasis de esta enfermedad argentina que lleva décadas evolucionando. La utilización de planes sociales, que en un principio fueron propuestos por Elisa Carrió como un paliativo para ayudar a la población de menos recursos y que era temporal, se convirtió en un arma política que aumentó el gasto público (dinero de impuestos) y elevó estrepitosamente la cantidad de personas mantenidas por el Estado, lo que motivó a que, al menos, dos generaciones se críen sin necesidad de trabajar, provocando el deterioro de la cultura del trabajo. Otra de las armas políticas fue el uso de organizaciones sociales con punteros que recibían (y reciben) grandes cantidades de dinero, movilizando a sus grupos de acuerdo a los intereses del partido político que gobierna.

 En 2008, como decía hace instantes, el conflicto con el campo volvió a destapar la olla y encendió la caldera social: otra vez desabastecimiento de combustible, de insumos hospitalarios y para producción que afectaron negativamente el funcionamiento económico del país. Esta vez, los punteros estaban por todos lados, pero no fueron ellos, sino los agremiados del Sindicato de Camioneros los que más ruido hicieron, que cortaban los principales accesos a las ciudades. En Venado Tuerto, mi ciudad, cortaban el cruce de las rutas nacionales 8 y 33, dos puntos importantísimos del transporte hacia los puertos de Buenos Aires y Rosario, y de éstos hacia el interior del país.

 Hoy, a 20 años de aquellos comienzos, los punteros siguen siendo utilizados y creciendo; el problema es que el alimento de esas masas es el dinero público, son nuestros impuestos. Y hoy, el desabastecimiento se está dando otra vez; otra vez estamos a las puertas de una situación de crisis que genera incertidumbre y temor a una nueva escalada de violencia como en los dos episodios que mencioné recién. Y si ya estamos viviendo tiempos violentos con la inseguridad y el problema del narcotráfico (especialmente en Rosario y Santa Fe), imaginate la que se viene…

 Estamos también a las puertas de una elección decisiva para el futuro del país o, por lo menos, de los próximos 4 años. Tenemos la obligación de instruirnos y leer la historia contemporánea y la historia pasada de nuestro país, para decidir con conocimiento de nosotros mismos, del pueblo que somos; son más de 200 años de historia, pero si te da fiaca leer tanto, podés partir desde la conformación nacional (1.862, con el gobierno de Bartolomé Mitre), son apenas un poco más de 100 años de historia. Tengamos en cuenta cómo se han suscitado los hechos antes, durante y después de cada gobierno; veamos qué decisiones acertadas y qué errores cometieron los gobernantes, especialmente los que, a partir de 1.930, fueron sucedidos por Golpes de Estado y quiénes estuvieron detrás de éstos, para tener un pantallazo de cómo piensan y conducen los representantes de los diferentes partidos. Obvio que hay cambios de paradigmas, porque el pensamiento de antes no es el mismo que el de hoy en día; pero la codicia y la corrupción existieron siempre, y lo que vemos hoy es una evolución de los mecanismos de corrupción y sometimiento de las masas, sin precedentes. Quienes vivimos en los ’90 pensábamos que no iba a haber mayor corrupción que la del gobierno de Menem, pero los Kirchner nos taparon la boca.

 La permanente búsqueda de enemigos (externos e internos), así como adjudicarse la “noble obligación de proteger al Pueblo, guiarlo y llevarlo a un futuro promisorio”, han sido estrategias políticas de gobiernos democráticos y de facto casi por igual, especialmente de gobiernos de tinte populista como lo han sido los sucesivos mandatos kirchneristas.

 Ya dije esto, pero vale repetirlo: nos robaron, nos están robando y nos quieren seguir robando. Pero no hacen esto para llevar a cabo una obra de gobierno, hacen esto para seguir protegidos por los fueros y para evitar ser juzgados como delincuentes comunes, especialmente el mascarón de proa de este barco pirata, que es Cristina Fernández.

 El 30 de octubre se cumplieron 40 años del regreso de la Democracia, 40 años de poder elegir ininterrumpidamente a los mandatarios de todos los estratos del Estado: intendentes, concejales, senadores, diputados, ministros y presidentes.

 Nos hemos equivocado en nuestras elecciones, sí; a veces muy feo y otras no tanto, pero no hemos conseguido elegir a un equipo de gobierno que sea honesto, que sea eficaz, y mucho menos una combinación de ambos. Ahora tenemos la posibilidad de volver a hacerlo, y tenemos menos de un mes para pensar y reflexionar sobre esta decisión, cuya consecuencia será nuestro futuro (nada más y nada menos); hagamos que la decisión personal se convierta en la decisión colectiva que nos conduzca hacia el mejor resultado para todos; convirtámonos en una masa homogénea que avanza para el mismo lado en búsqueda del progreso, y no pretendamos que las cosas cambien de un día para el otro; si elegimos bien, el verdadero cambio se verá a largo plazo (muy largo plazo; o sea, no se verá reflejado en un mandato de 4 años), pero será mejor que el "pan para hoy y hambre para mañana" al que nos somete el kirchnerismo.

 "¡Seamos libres y lo demás no importa!", dijo el General San Martín. Su ejemplo es más que suficiente para que decidamos a conciencia hacia dónde queremos ir.

18/06/2023

Ser padre


Ser padre es ocupar un lugar y rol muy importantes en la vida de una persona, porque es más que sólo concebir; implica la presencia, el acompañamiento y la transmisión de valores y conceptos morales que deben ser puestos en práctica para que los hijos, además de escucharlo, también vean a su referente llevarlo a la práctica. Por lo tanto, la palabra PADRE es mucho más que sólo esas cinco letras que pronunciamos a nuestro progenitor.

 A todos los hombres que ocupan ese importante lugar en nuestras vidas, les deseo un muy feliz día del padre!

 Y el saludo más especial es para Héctor Espíndola, mi viejo, mi compañero y mi padre de corazón.

 A mi papá y a mi abuelo, los abrazo en el pensamiento y los llevo siempre conmigo ❤️

10/06/2023

Pescar una idea

 

 Un día cualquiera te querés poner a escribir, así que prendés la compu, te preparás el mate (tomás el primero y cebás el segundo) y mientras sentís el sutil ruidito de la espumita y el vapor se te cruza por delante del monitor, ponés los deditos en el teclado y, como por arte de magia, se te pone la mente en blanco y no sabés sobre qué vas a escribir. ¿Cómo puede ser? ¡Si hasta hace instantes tenías una idea buenísima dándote vueltas y esperabas el momento oportuno para volcarlo en la hoja de texto, y ahora te encontrás con la cabeza completamente vacía…!

 Antes de entrar en desesperación, hacés una pausa y le das un sorbo a ese mate recién cebado que te invita a tomarlo con ese vaporcito y la espumita crepitante. El agua caliente arrastra por tu boca los sabores de la yerba y el sutil gustito de la cucharadita de café que le agregaste. Está fuerte como cachetada de Transformer, pero así te gusta (no que te cachetee un Transformer, entiéndase que hablo del mate): con un sabor intenso y fuerte, capaz de persistir aún por encima del gusto a cebolla que te quedó de la tarta recalentada que comiste. Te gusta ese mate señorial, cuya sola presencia en la mesa te dice “este soy yo, acá estoy” que no se golpea el pecho porque no tiene manos, pero vos sí te golpeás el pecho (simbólicamente, claro) por el mate que te cebaste. Aunque, sabés de antemano que dentro de un rato, cuando ya te metas en la sinuosidad de la escritura, lo vas a dejar un poco de lado y se te empezará a lavar, y su sabor será cada vez más suave y lo encontrarás más parecido al agua vieja del florero que al señor mate con que estás actualmente.

 El aroma del café mezclado con la yerba te acarician la nariz, el cerebro y la imaginación; remueven un poco tus pensamientos y recuerdos, pero no das con la idea que querías escribir hace unos minutos. De todas maneras, fluyen como agua de río y se asoman nuevas y buenas, como un cardumen de salmones que nada a contracorriente y salta fuera del agua; entonces, una de ellas queda, por decirlo así, atrapada en tu red y comienza a moverse en tu cabeza como queriendo volver al cardumen, y con cada movimiento va revolviendo tus neuronas, haciendo que aparezcan otras ideas más pequeñas de las que se alimenta y se hace más fuerte. Pero al ir creciendo te va guiando hacia un tema sobre el que escribir y se da una especie de retroalimentación, porque mientras la idea crece vos escribís y, a medida que escribís, la idea crece.

 Finalmente, casi sin darte cuenta cómo ni porqué, llegás al punto final, al cierre de un texto que nació del caudaloso río de ideas que surca tu mente y por la “pesca” al azar de una de ellas. Entonces podés soltar esa idea gordita y linda, para que regrese con las demás y vuelva a vos cuando quiera. Ese texto tiene la magia de ser una total improvisación creada únicamente de la información acumulada en el sedimento vivo de tu memoria…. Igual que este.

 A propósito… Para esta altura se cumplió lo que te dije líneas más arriba: mi señor mate está tan lavado que se parece al agua vieja de un florero.


10/05/2023

Siempre hay tiempo para aprender

 


 La vida es una mujer tan bella como misteriosa y sabia. Pero no es sino cuando sufrimos, que aprendemos a escuchar y observar detenidamente sus lecciones. Y no fue hasta que debí transitar por un sendero muy oscuro, casi sintiendo el gélido aliento de la muerte, que pude apreciarlas. Recién es la punta de un ovillo tan largo, que sólo veré el final cuando realmente llegue el final. Sumado a esa experiencia, una conversación con mi tío me enseñó dos metáforas: una salida de la boca de mi abuelo, y otra de un anciano que se cruzó en la vida de mi tío cuando él era joven. La de mi abuelo dice: “cuando salgas, no cierres esa puerta; por ahí pasó mi padre, el padre de mi padre, y el padre del padre de mi padre; del mismo modo pasarán tus hijos, y los hijos de tus hijos, y los hijos de los hijos de tus hijos”. Hace referencia a que la puerta que atravesará mi tío en ese momento es la vida. Y el hecho de dejarla abierta es para que los que siguen tras él, puedan seguir sus huellas. Por eso mi abuelo hace referencia a su padre, su abuelo y su bisabuelo; justamente para ejemplificar que él siguió los pasos de sus mayores, dejó su huella para que la sigan sus hijos (en este caso mi tío), y como para continuar el tránsito por la vida le pide a mi tío que siga marcando el camino para que sus hijos, nietos y bisnietos continúen con su ejemplo.

 La metáfora del anciano rezaba: “la vida es como una escalera, y debés subirla peldaño por peldaño, lentamente, sin apuro; nunca corriendo, porque podés tropezar y caer. Y cada vez que te ofrezca un descanso, tomalo, así repondrás fuerzas para seguir subiendo”. La explicación a esta metáfora es tan interesante como la anterior: Al transitar por la vida y llevar a cabo nuestras rutinas, debemos ser más precavidos, detener la marcha a una velocidad que nos permita apreciar mejor nuestro entorno, y todo aquello que se nos ofrece a cada instante. Algo tan simple como mantener un diálogo con nuestros padres, con un amigo o pareja, puede ser muy constructivo y revelador. Si andamos siempre apurados, podemos perder mucho más que el supuesto tiempo que perdemos al detenernos; contrariamente a eso, deteniéndonos ganamos mucho más. Una palabra sabia de nuestro padre o madre, un punto de vista de nuestro amigo, una sonrisa de nuestra pareja, pueden ser el gesto elemental para que nuestro día sea mejor. Si pasamos apurados, corremos el riesgo de sufrir un accidente; es decir, si no nos detenemos a apreciar ese pequeño gesto, tal vez no tengamos una nueva oportunidad de disfrutarlo. Nunca sabremos cuándo es el final del ovillo de la otra persona o nuestro.

 Así fue que, deteniéndome en estos ejemplos, pensándolos, más la explicación de mi tío, tomé esas frases como máximas para aplicar en mi vida. Y si bien no hay que pensar en la muerte todo el tiempo y en base a eso apreciar más la vida, sí deberíamos hacer las cosas por el simple placer de vivirlas y regalarles a nuestros seres queridos más tiempo compartido. Así la vida nos resulta más activa y productiva. Así, con pequeños grandes gestos que llenen nuestra alma y la de nuestros semejantes, podemos hacer un tránsito más agradable por este, nuestro camino. Nuestro ovillo y el de los demás, se desmadejará de otra manera. Al menos, eso es lo que puedo transmitir desde que la Parca y San Pedro se disputaban mi vida en un tablero de ajedrez. Hoy disfruto de mis días en compañía de mis padres, amigos y conocidos; aunque también aprovecho las oportunidades de seguir conociendo gente. Todo esto que me está pasando, todo lo que me rodea, me hace más fuerte como persona, me ayuda a crecer, me hace feliz, me llena el alma. Aprendí que, en lugar de hacerme mala sangre por pequeñeces, es mejor buscar una solución a ese problemita... La vida es una mujer tan bella como misteriosa y sabia. Pero no es sino cuando sufrimos que aprendemos a escuchar y observar detenidamente sus lecciones. Yo, estoy aprendiendo, por eso lo transmito.

05/05/2023

La Escalera - Parábola de la vida

 Era un día cálido, de esos que invitan a sentarse en una plaza a tomar mates. Aquella tarde, Luís ingresó muy apresurado a la pensión donde convivía con un anciano, y éste lo pudo comprobar al escuchar los pasos en la escalera y verlo ingresar a la habitación que compartían.

 El joven, apenas lo saludó antes de ingresar al baño a ducharse; pocos minutos después, salió envuelto en una toalla y comenzó a vestirse presurosamente. El viejo, observaba sus movimientos en silencio mientras tomaba mates sentado en la pequeña mesa de la cocina.

 Una vez hubo terminado de vestirse y peinarse, Luís encaminó sus pasos hacia la puerta, pero el anciano lo detuvo al invitarlo con un mate.

     - Antes de irse tómese un mate, m’hijo.

     - No puedo, don Pedro, me tengo que ir; me está esperando una mina y…

     - Tómese el mate, m’hijo, yo sé lo que le digo –Repitió el viejo con voz serena; aun manteniendo el mate en el aire, como si fuese una ofrenda religiosa.

     - ¡Pero me tengo que ir, don Pedro! ¡Me tengo que encontrar con esa mina, y estoy atrasado! ¡Me está haciendo perder tiempo!

     - Tómese el mate y escuche algo importante que tengo que decirle…

 El joven miró su reloj con ofuscación, asimismo, optó por tomar el mate. “Este viejo me va a hacer perder a esta mina”, pensó.

     - Listo, me voy –dijo, cuando lo terminó el mate y se lo entregó al anciano.

     - ¡Espere!respondió a secas, mientras se cebaba un mate- Lo que le tengo que decir es importante. Siéntese y escuche.

     - Pero…

     - Pero nada, m’hijo. Usted es joven, yo soy viejo, y lo que tengo que decir le puede servir para el resto del viaje. Hágame caso, por favor; siéntese.

 Instintivamente, Luís tomó asiento; esta vez no miró su reloj, supuso que, si no se quedaba unos minutos más, jamás podría llegar a encontrarse con la mujer. Pero don Pedro no parecía apurado; es más, cambió la yerba y cebó un mate; mientras el joven lo tomaba, el viejo comenzó con una pregunta:

     - ¿Por qué está tan apurado, m’hijo?

     - ¡Ya le dije, porque me tengo que encontrar con una mina y es tarde!

     - ¿Tarde, para qué?

     - ¿Cómo para qué? ¡Para llegar hasta la plaza donde nos vamos a encontrar! Me espera a las cinco de la tarde y son las cinco menos diez, encima tengo como veinte minutos de colectivo hasta allá y…

     - Espere –interrumpió el viejo-, cálmese… ¿Y usted cree que esta chica se va a ir si no llega a las cinco en punto?

     - Y…

     - Si es así, usted no es del interés de esta chica; si realmente usted le interesa, ella lo va a esperar.

     - Bueno, pero…

     - Dígame: ¿vale la pena correr y andar apurado, a riesgo de caerse y no llegar nunca?

     - No le entiendo, don Pedro. ¿A dónde quiere llegar? ¡Se me hace tarde!

     - Deme el mate y le digo -lo cebó lentamente y prosiguió-. Fíjese cómo llegó a este cuarto: subió corriendo las escaleras, entró casi sin saludar, se bañó y volvió a salir corriendo. Si no lo detenía para decirle esto, usted iba a bajar las escaleras enloquecido, iba a tomar el colectivo y se iba a poner más ansioso por el tiempo del viaje; iba a sudar nervios en cada parada…

     - No lo entiendo… -volvió a mirar su reloj: eran las 16.56.

     - Lo que quiero decirle, m’hijo, es que puede que llegue tarde ahora, pero va a llegar. Imagine qué hubiese pasado si se tropezaba al subir la escalera… Dígame, ¿qué hubiese pasado?

 Luís guardó silencio unos instantes, no se atrevía a mirar a los ojos de aquel viejo, cuyo brillo adivinaba detrás del grueso vidrio de sus anteojos. Tomó el mate y lo devolvió a don Pedro.

     - Me… Me hubiera caído o me hubiera lastimado… -respondió, casi a regañadientes.

     - Exacto, m’hijo, y no hubiera podido llegar nunca a verse con esa chica; porque en vez de ir a una plaza, hubiera tenido que ir a un hospital a que le vean el pie.

     - Sí, tiene razón, pero por suerte no pasó nada y…

     - ¿Y si pasaba? ¿Y si ahora, cuando sale de acá, se cae?

 Otra vez, Luís guardó silencio. Aquellas palabras estaban haciendo mella en su cerebro, porque estaba entendiendo el mensaje.

 Finalmente, el viejo dijo:

-       M’hijo, yo también he sido joven; también he tenido aventuras y me he desesperado cuando no podía llegar… Le regalo esta reflexión, para que piense mientras va en el colectivo: la vida es como una escalera y, como tal, hay que subirla peldaño por peldaño, sin correr. Cuando ofrezca un descanso hay que tomarlo y descansar, para seguir ascendiendo con más energía. ¿Me explico?

 Luís sonrió al escuchar la metáfora del viejo, se levantó y lo abrazó en gratitud. Entonces, don Pedro le palmeó la mejilla y le dijo:

-       Ahora vaya y encuéntrese con ella. Recuerde que, si usted le interesa, esta chica lo va a esperar.

 El joven descendió la escalera a paso habitual, sin prisas, relajado; caminó hasta la esquina y esperó al colectivo unos minutos, hasta que llegó. Aquellos veinte minutos se esfumaron entre el murmullo de la gente y el vibrante arrullo del motor; finalmente, al llegar a la parada, Luís caminó las dos cuadras que lo separaban del lugar de encuentro. Estaba ansioso, pero tranquilo; aquella breve conversación con el viejo lo había ayudado a pensar con más claridad y entender que todo lo que deba ser, será.

 El sol reinaba en la tarde y una cálida brisa acariciaba los cabellos de los transeúntes. Desde el mástil de una ondeante bandera argentina, Luís oteaba el entorno en busca de aquella muchacha, pero no la veía. Cuando volteó para retornar, suponiendo que él no le interesaba y por eso no lo había esperado, la vio junto a una fuente. Estaba haciendo lo mismo que él, intentando encontrarlo entre la gente, el paisaje verde y los monumentos.

     - ¡Hola, me esperaste! –dijo Luís, con entusiasmo.

     - ¡Hola! ¡Claro que te esperé! Vivo acá y sé el lío que es, y que no siempre se puede ser puntual. Además, si no me hubieses interesado, creeme que ya no estaría acá…

 

-       …Aquella confesión me trajo a la mente lo mismo que me había dicho el viejo Pedro un rato antes, cuando estábamos en la pensión haciendo lo mismo que estoy haciendo con vos. Pero ahora yo soy el viejo y vos sos el joven…

 El mate despedía un suave vapor mientras era sujetado por la mano de mi tío, que me estaba relatando su historia. No recuerdo el año, ni día ni el mes; sólo sé que aún no caminaba, por lo que no estaba yendo a trabajar y recibía algunas visitas a diario. Esa tarde, él había llegado a verme, para conversar un poco y tomar unos mates. El diálogo comenzó como todos en ese entonces:

-       ¿Cómo estás, te duele?

 Y así seguíamos, yo comentando cómo se desarrollaba mi día a día y, de paso, me interiorizaba en el día a día de la persona que me visitara.

 Con mi tío, la charla empieza en el hoy, se desplaza hacia el ayer y culmina en una filosofía que se nutre de experiencias personales. De ellas, rescatamos hechos que nos dejan la enseñanza que vamos compartiendo en el transcurso de los minutos, entre diálogo y mates.

 Sin dudas, este legado es una máxima de vida que, quizás, cuando sea viejo, yo pueda transmitirle a otro hombre joven para ayudarlo a transitar la escalera de su vida.

 

Se estuvo tan cerca...

   Se terminó otra ilusión; otra Copa Libertadores que se niega a dar una vuelta olímpica en el Cilindro de Avellaneda. En el pueblo racingu...