27/05/2025

Todo es Narrable

 

3 de diciembre de 2011


 A las 20.30 en punto atravesé la puerta principal de la Biblioteca Ameghino, con el fin de estar en la presentación del libro No Hay Tiempo que Perder, de Reynaldo Sietecase. Unos pocos visitantes deambulaban por el hall, otros estaban fumando en el patio interno. Seguí camino al salón de conferencias, ubicado al final del pasillo, crucé el umbral y me topé con una masa de gente desconocida. Busqué entre esos rostros, añejos y extraños, alguno que fuera conocido; la primera fue Cristina, la dueña de la librería T&P, la saludé y crucé un par de palabras con ella; luego volví a mi postura anterior, buscando caras conocidas. Mis manos sudorosas, contenían los libros que le traía de regalo al escritor. ¿Dónde estaba? No lo veía, pero entre el barullo adivinaba su voz. Di un paso hacia la mesa donde se exhibían los libros y lo vi; estaba conversando con dos o tres personas, jovial y atento, tal como se lo escucha en la radio.

 Me acerqué a una mesa colmada de libros y compré un ejemplar. En ese momento, el autor pasó frente a mí con una bolsa llena de regalos, me saludó atentamente y le devolví el gesto de la misma manera. Con cierta timidez, me acerqué a él y le entregué el presente: dos libros que contenían dos de mis cuentos. Conversamos un poco sobre el mercado literario, de las dificultades que afronta un autor y de la buena calidad de esos libros; aprendí que las publicaciones para antologías por concurso no suelen tener mucho cuidado en los detalles de presentación. Siempre algo se aprende. Me despedí y lo dejé seguir hablando con la gente, ya que un hombre muy mayor, que había conocido a su padre, se acercó a saludarlo.

 Esperé unos minutos, mientras hablaba con otro conocido, con quien intentamos dilucidar de dónde nos conocíamos, ya que su rostro y su nombre los recordaba, pero no el contexto de dónde lo conocía. Luego, él se retiró y yo volví al autor a pedirle que me firmara el ejemplar que había adquirido. Ante Reynaldo, había una cola similar a la que forma la gente cuando va a pagar sus cuentas, pero mucho más entusiasta. Entre tantas voces, oí una que me resultó familiar: me di vuelta para ver quién era y, ante mí, estaba mi profesor de portugués. Nos saludamos y, en un breve cruce de palabras, me comentó que también está su hija menor, María. Finalmente llegó mi turno. Sietecase volvió a preguntar mi nombre, ya que mi apellido lo recordaba de la charla que habíamos tenidos minutos antes; posó su mano sujetando el libro y dejó fluir la tinta sobre la primera página. Una vez cumplido mi objetivo, fui a saludar a María; intercambiamos un par de palabras hasta que nos invitaron a tomar asiento para escuchar al autor.

 Igual que un curso en primer día de escuela, nos fuimos acomodando, buscando el mejor lugar para ver y escuchar. Primero me senté atrás, pero luego, vi un asiento libre en la tercera fila y lo ocupé. El primero en hablar fue Abel Pistrito, periodista local, refiriéndose al trabajo expuesto en las páginas del libro, el viaje a Sicilia y al pasado, más los textos de su historia como periodista. Luego, llegó el turno de Reynaldo, de contarnos su historia, su trabajo.

 Con respetuoso silencio, escuchamos al periodista que diariamente nos acompañaba con su voz a través de la radio en su programa “Mañana es Tarde”, por Radio Del Plata. Disfrutamos de su recorrido, de su oratoria y del orgullo de compartir ese breve instante de vida con él en nuestra ciudad.

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