15 de
diciembre de 2011
Cuando vi llegar a mi compañera, me encontraba
en el banco del patio de mi trabajo leyendo el libro No hay Tiempo que Perder, de Reynaldo Sietecase. Eran casi las
cuatro de la tarde. Mi jornada se había excedido prolongadamente, ya que mi
horario de salida era a las ocho de la mañana. Fue un día largo, aunque la
guardia fue calma: pude leer, hacer crucigramas y mirar un poco de televisión,
mientras esperaba a que los socios del servicio privado de emergencias médicas
llamaran solicitando una visita o, en el peor de los casos, por una emergencia.
Durante la noche, fueron unas pocas salidas de la ambulancia, consultas por fiebre,
mareos, náuseas, pero ninguna emergencia, hasta que sucedió: las 03.50 de la
madrugada, llamaron para ver a un paciente que no respondía a estímulos, y
parecía no estar respirando. “…me parece
que no respira… José, José (mi interlocutor intentaba despertar al
paciente, cuyo parentesco desconozco, mientras hablaba conmigo) Vengan rápido… José, José… No respira…”.
Finalmente, el anciano había muerto. El resto de la jornada fue igual de
tranquila que la noche, como si los pacientes supiesen del cansancio de mis
compañeros y mío, y hubiesen hecho el esfuerzo de soportar sus malestares en
silencio para hacernos más liviana la guardia.
Saludé a Noelia, que llegaba a relevarme, la
puse al corriente de lo ocurrido en el día y le pasé los servicios pendientes;
tomé mi mochila, mi moto, y partí. El sol de la tarde era cálido. Una leve
brisa traía consigo el aire caliente de diciembre; Venado Tuerto es calurosa
cuando quiere. Camino a mi casa, iba pensando en llegar, sólo quería dormir,
aunque también pensaba en escribir lo ocurrido. No tenía idea qué hacer
primero, aunque sabía que debía seguir ese orden: llegar, acostarme un rato y
luego escribir. Antes de arribar a mi refugio, pasé por un telecentro a comprar
una tarjeta prepaga para mi teléfono; el problema de quienes nos quedamos sin
crédito es destinar dinero (fuera de presupuesto) para una tarjeta. Por fin,
con la compra realizada, emprendí el recorrido por las últimas calles hasta mi
casa. Ya no sentía la brisa, no le prestaba atención; sólo pensaba en llegar.
Abrí el portón que da a la calle, entré la
moto y lo cerré; la estacioné en el patio, atravesé la puerta de casa y, una
vez adentro, el primer paso de mi plan estaba dado. Sin embargo, antes de
dormir, cargué el crédito en el celular (por las dudas). “Su
saldo es de veinte pesos…” me decía la computadora de la compañía
telefónica con parca voz de mujer, como una novia enojada que te habla con
desdén. Finalmente, llegué al dormitorio, me desligué de toda vestimenta y me
metí a la cama. Mi cuerpo necesitaba renovar la energía que había consumido,
por el simple hecho de haber permanecido alerta tanto tiempo; veinte horas de guardia,
más las que había transitado el día anterior, con apenas tres de descanso.
Cerré mis ojos y ya no existía nada más, sólo el placer de sentir cómo iba
relajándome poco a poco en ese abrazo que la almohada y el colchón me daban.
Desperté a las siete de la tarde, hora que
había programado en la alarma del teléfono; no había sido muy largo el
descanso, pero con eso tiraba hasta que volviera a acostarme. Encendí la radio
y la inconfundible voz de Sebastián Vignolo parecía darme la bienvenida a la
tarde noche. El aire de mi casa estaba viciado por haber permanecido tanto
tiempo cerrada y los ambientes me pedían a gritos que abriera las puertas de
par en par: “¡Ventilá un poco!”. Pero hice caso omiso, porque estaba en
calzoncillos, deambulando por la intimidad de mi hogar, y no quería vestirme. Puse
el agua a calentar y preparé el mate; recién ahí, cuando terminé con eso, decidí
a dar el último paso de mi plan y encendí la computadora. Ahora sí, estaba
listo para escribir y contar esta historia que, como cualquier hecho, puede ser
narrada. Eso lo aprendí también de Sietecase. “Todo es narrable”, dijo en la charla que dio en
Cebé el primer mate, le di un sorbo y posé mis dedos sobre el teclado…
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Interactuemos. ¡Dejame tu comentario!