Una buena manera de
empezar, creo, es por la niñez, el mismo lugar por el que todos empezamos este
viaje, esta aventura que llamamos vida. La escena de la foto es pintoresca y
típica de los cumpleaños de los '80: el que está detrás de la torta en forma de
autito, con cara seria y sacando la lengua, soy yo. Ahí debo haber cumplido 3 o
4 años, estoy al lado de una de mis primas y las manos que se ven son las de mi
mamá.
Aquel cumpleaños tiene una
anécdota muy particular: todo venía bien, hasta que mi mamá y mis tías
decidieron que era momento de traer la torta a la mesa. ¡Yo la vi y quise
jugar! ¡Cómo íbamos a comer esa joya! ¡Para mí era un juguete, no una torta! Y
no quería saber nada con que la cortaran, porque esa torta, ese autito, era
para que yo jugara, no para que mis amigos, mi familia y yo la comiéramos.
La cosa es que me mandé
tal berrinche, que tuvieron que inventar algo para que saliera de la casa y pudieran
cortarla. Creo que se les ocurrió llevar la piñata a la vereda o algo por el
estilo, la cosa es que lograron que mis amiguitos y yo saliéramos para llevar a
cabo otra de las tradiciones de aquellos cumpleaños: reventar la piñata y abalanzarnos
sobre las golosinas y las sorpresitas.
Una vez que estábamos
todos cubiertos de harina, con las golosinas en los bolsillos, las sorpresitas
en las manos y habiendo dejado un buen derrotero de mugre en la vereda, mi mamá
y mis tías nos invitaron a que entremos a comer la torta... Fue una invitación
al encuentro con un trauma perdurable, a un dolor tan intenso y una sensación
de pérdida casi irremediable: en la mesada de mi casa, reposaba apenas medio
autito. El resto ya estaba siendo convertido en una masa pegajosa y dulce en la
boca de mis amigos, de mis primos y de mis tías. Y ahora era mi turno. ¡No
estaba dispuesto a devorar a mi amado autito!
Comenzó, quizás, otro
berrinche. Sinceramente no lo recuerdo, porque esto fue hace casi 36 años y,
por lo visto, la torta no sobrevivió y mi berrinche debe haber provocado una
especie de amnesia que me protege del trauma de vivir con la imagen de mi
autito mutilado. El recuerdo de la media torta es apenas una vaga imagen, pero
no existen en mis registros neuronales voces, gritos, llanto o las risas de mis
amigos, por aquel posible escándalo que debo haber llevado a cabo aquella tarde
de septiembre.
Ese cumpleaños fue la
postal de un nene feliz y complacido: era el centro de atención, todos cantaban
mi nombre en el "Feliz Cumpleaños", y estaba a la cabecera de la mesa
sentado en la sillita alta de caña y mimbre que me había conseguido mi abuelo;
además, ocupaba su lugar en la mesa y eso ya era motivo de orgullo. Pero toda
bonanza tiene un fin, y ese ocaso de mi felicidad fue el asesinato, el
despiadado desmantelamiento de mi hermosa torta autito. Ni siquiera, en los
años venideros, volví a tener una torta de cumpleaños tan linda y entrañable
como esa. Y me han hecho muchas, porque, si de algo puedo dar fe, es que en mi
familia materna las mujeres siempre cocinaron muy bien. La cosa es que, pese a
todos los manjares que me regalaron, cumpleaños tras cumpleaños, nunca más hubo
un autito comestible en mi mesa.
Cuando somos niños tenemos
la enorme capacidad de generar apego con los objetos menos pensados. En este
caso, fue una torta con forma de autito con la que quería jugar, en lugar de
compartirla y tomar la leche con mis amigos. Hubiera sido mucho más traumático
si me hubieran complacido y dejado jugar con ella, porque iba a quedar cubierto
de masa, chocolate y dulce de leche, además de ser inmortalizado en una foto
que me ridiculizaría de por vida. Pero pasó lo que tenía que pasar; esa torta
tuvo el mismo destino que todas las demás: fue devorada.
Más allá del
"trauma" que aquella dura realidad, los años se encargaron de
convertir un evento desastroso para mi psiquis de 3 o 4 años, en una anécdota
digna de cualquier reunión familiar.

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