18/06/2023

Ser padre


Ser padre es ocupar un lugar y rol muy importantes en la vida de una persona, porque es más que sólo concebir; implica la presencia, el acompañamiento y la transmisión de valores y conceptos morales que deben ser puestos en práctica para que los hijos, además de escucharlo, también vean a su referente llevarlo a la práctica. Por lo tanto, la palabra PADRE es mucho más que sólo esas cinco letras que pronunciamos a nuestro progenitor.

 A todos los hombres que ocupan ese importante lugar en nuestras vidas, les deseo un muy feliz día del padre!

 Y el saludo más especial es para Héctor Espíndola, mi viejo, mi compañero y mi padre de corazón.

 A mi papá y a mi abuelo, los abrazo en el pensamiento y los llevo siempre conmigo ❤️

10/06/2023

Pescar una idea

 

 Un día cualquiera te querés poner a escribir, así que prendés la compu, te preparás el mate (tomás el primero y cebás el segundo) y mientras sentís el sutil ruidito de la espumita y el vapor se te cruza por delante del monitor, ponés los deditos en el teclado y, como por arte de magia, se te pone la mente en blanco y no sabés sobre qué vas a escribir. ¿Cómo puede ser? ¡Si hasta hace instantes tenías una idea buenísima dándote vueltas y esperabas el momento oportuno para volcarlo en la hoja de texto, y ahora te encontrás con la cabeza completamente vacía…!

 Antes de entrar en desesperación, hacés una pausa y le das un sorbo a ese mate recién cebado que te invita a tomarlo con ese vaporcito y la espumita crepitante. El agua caliente arrastra por tu boca los sabores de la yerba y el sutil gustito de la cucharadita de café que le agregaste. Está fuerte como cachetada de Transformer, pero así te gusta (no que te cachetee un Transformer, entiéndase que hablo del mate): con un sabor intenso y fuerte, capaz de persistir aún por encima del gusto a cebolla que te quedó de la tarta recalentada que comiste. Te gusta ese mate señorial, cuya sola presencia en la mesa te dice “este soy yo, acá estoy” que no se golpea el pecho porque no tiene manos, pero vos sí te golpeás el pecho (simbólicamente, claro) por el mate que te cebaste. Aunque, sabés de antemano que dentro de un rato, cuando ya te metas en la sinuosidad de la escritura, lo vas a dejar un poco de lado y se te empezará a lavar, y su sabor será cada vez más suave y lo encontrarás más parecido al agua vieja del florero que al señor mate con que estás actualmente.

 El aroma del café mezclado con la yerba te acarician la nariz, el cerebro y la imaginación; remueven un poco tus pensamientos y recuerdos, pero no das con la idea que querías escribir hace unos minutos. De todas maneras, fluyen como agua de río y se asoman nuevas y buenas, como un cardumen de salmones que nada a contracorriente y salta fuera del agua; entonces, una de ellas queda, por decirlo así, atrapada en tu red y comienza a moverse en tu cabeza como queriendo volver al cardumen, y con cada movimiento va revolviendo tus neuronas, haciendo que aparezcan otras ideas más pequeñas de las que se alimenta y se hace más fuerte. Pero al ir creciendo te va guiando hacia un tema sobre el que escribir y se da una especie de retroalimentación, porque mientras la idea crece vos escribís y, a medida que escribís, la idea crece.

 Finalmente, casi sin darte cuenta cómo ni porqué, llegás al punto final, al cierre de un texto que nació del caudaloso río de ideas que surca tu mente y por la “pesca” al azar de una de ellas. Entonces podés soltar esa idea gordita y linda, para que regrese con las demás y vuelva a vos cuando quiera. Ese texto tiene la magia de ser una total improvisación creada únicamente de la información acumulada en el sedimento vivo de tu memoria…. Igual que este.

 A propósito… Para esta altura se cumplió lo que te dije líneas más arriba: mi señor mate está tan lavado que se parece al agua vieja de un florero.


01/06/2023

Los Custodios de la Columna

 

 En mi barrio hay personajes de todos los rubros como en cualquier barrio, supongo. Están los que compran y venden autos viejos, los jugadores de fútbol callejero, los que siempre ponen la casa para las juntadas (ese es mi vecino de al lado) y después hay dos grupos que son particularmente notables: los “sostenedores de tapial”, que son los que aguantan sobre su espalda el peso de las lajas de mi tapial, más allá que la construcción está firme; y también están los “custodios de la columna”, y es por ellos que he decidido bautizar este texto con ese nombre.

 Son los más sacrificados, porque están cumpliendo su labor haga calor o frío, haya sol o esté nublado, haya viento o no. Excepto cuando llueve, ellos están todos los días: mañana, tarde y noche.

 La columna en cuestión se encuentra en la esquina opuesta a la que vivo y cuando voy a trabajar o cuando salgo al centro, sí o sí paso frente a ella y veo a sus custodios trabajando y preservándola. En sí, la columna sostiene un entramado de cables, así que pertenece a la Cooperativa Eléctrica de la ciudad.

 Reconozco que nunca me he atrevido a indagar, mucho menos a preguntarles por qué la cuidan tanto. Entiendo que es su trabajo y por algo deben hacerlo, así que elijo no interrumpirlos. Es más, hasta he pensado que son como esos guardias ingleses que se mantienen estáticos frente a las puertas del palacio de Buckingham, porque en más de una oportunidad he pasado y los he saludado, pero sólo me han mirado. Ni levantaron la mano, ni movieron la cabeza, así que estimo que el protocolo debe ser muy estricto.

 Entonces pienso: si estos pibes, siendo tan jóvenes, llevan adelante una labor dura con tanto esmero, son un buen referente para todos los vagos que no quieren mover un dedo ni para rascarse. Lo que no sé (por si quisiera sugerir este trabajo a alguno que me pregunte) es dónde hay que inscribirse o quién regula la actividad. ¿Habrá un sindicato de custodios de columnas? Me imagino que sería algo como “Sindicato de Trabajadores Custodios de Columnas de la República Argentina”, cuya impronunciable sigla sería “STCCRA”, algo así como la Comisión de Mantenimiento y Actualización Permanente de la Canción Patria”, la CMAPCP” de Les Luthiers. O, quizás, pueden ser parte de una logia secreta, como eran los Masones en la antigüedad: los “Custos Columnarum”. Imagino una reunión en un templo con forma de columna y la ubicación de los asientos en círculo, y cada integrante tomando el lugar que sea correspondiente a la jerarquía de cada uno; los cargos más altos ocupan las filas superiores y los cargos más bajos ocupan las inferiores. Ya sé que es una flasheada, pero sería interesante ver un culto de ese tipo.

 También me pregunto si tendrán ART, porque es un trabajo que se lleva al aire libre y están expuestos a muchos peligros. Más allá de poder morir atropellados por un colectivo que se sale de control, puede caerles un rayo, ser picados por una abeja, mordidos por un perro o se les puede meter tierra en los ojos cuando hay viento fuerte. Pienso esto, porque los veo trabajar sin equipo de seguridad, como podrían ser antiparras o botines con punta de acero; porque ellos están ahí, poniendo el cuerpo en joggin y zapatillas, y están muy expuestos. La única protección para la cabeza es una gorra que sólo los puede proteger de una cagada de paloma, pero si los caga un cóndor se las van a ver feas… Aunque es poco probable que vuele un cóndor por estas pampas… Pero uno debe pensar en todo, como las compañías de seguro.

 Y volviendo al tema del sindicato, también me pregunto si tendrán obra social, porque esa gente debe tener familia y siempre se necesita algún turno al médico, especialmente si hay niños o si algún integrante tiene una enfermedad crónica. Y teniendo esto en cuenta, ¿serán trabajadores en blanco y con recibo de sueldo o serán monotributistas? Podrían ser empleados estatales, pero para eso deberían tener uniforme y, como he comentado anteriormente, no lo tienen. Para mí que deben ser monotributistas y facturan a la empresa que fabrica las columnas… Quizás, pienso, esa empresa las fabrica, las entrega en comodato a la Cooperativa Eléctrica y, a su vez, pone a sus propios custodios para protegerlas. Y como están haciendo un trabajo de riesgo, es muy probable que el “STCCRA” los represente ante el Estado y la ART los proteja de eventuales accidentes por ejercer una profesión que sí o sí debe llevarse a cabo en la vía pública.

 O sea, uno pasa y ve a un grupito de 4 o 5 pibes apoyados en una columna, con sus gorritas o capuchas tapándoles parte de la cara, en joggin y zapatillas, y lo primero que se puede pensar es que son una manga de vagos. Pero a partir de ahora, sé o intuyo que ellos son trabajadores y se ganan la vida dignamente cuidando la columna.

 En Argentina, no trabaja el que no quiere…


10/05/2023

Siempre hay tiempo para aprender

 


 La vida es una mujer tan bella como misteriosa y sabia. Pero no es sino cuando sufrimos, que aprendemos a escuchar y observar detenidamente sus lecciones. Y no fue hasta que debí transitar por un sendero muy oscuro, casi sintiendo el gélido aliento de la muerte, que pude apreciarlas. Recién es la punta de un ovillo tan largo, que sólo veré el final cuando realmente llegue el final. Sumado a esa experiencia, una conversación con mi tío me enseñó dos metáforas: una salida de la boca de mi abuelo, y otra de un anciano que se cruzó en la vida de mi tío cuando él era joven. La de mi abuelo dice: “cuando salgas, no cierres esa puerta; por ahí pasó mi padre, el padre de mi padre, y el padre del padre de mi padre; del mismo modo pasarán tus hijos, y los hijos de tus hijos, y los hijos de los hijos de tus hijos”. Hace referencia a que la puerta que atravesará mi tío en ese momento es la vida. Y el hecho de dejarla abierta es para que los que siguen tras él, puedan seguir sus huellas. Por eso mi abuelo hace referencia a su padre, su abuelo y su bisabuelo; justamente para ejemplificar que él siguió los pasos de sus mayores, dejó su huella para que la sigan sus hijos (en este caso mi tío), y como para continuar el tránsito por la vida le pide a mi tío que siga marcando el camino para que sus hijos, nietos y bisnietos continúen con su ejemplo.

 La metáfora del anciano rezaba: “la vida es como una escalera, y debés subirla peldaño por peldaño, lentamente, sin apuro; nunca corriendo, porque podés tropezar y caer. Y cada vez que te ofrezca un descanso, tomalo, así repondrás fuerzas para seguir subiendo”. La explicación a esta metáfora es tan interesante como la anterior: Al transitar por la vida y llevar a cabo nuestras rutinas, debemos ser más precavidos, detener la marcha a una velocidad que nos permita apreciar mejor nuestro entorno, y todo aquello que se nos ofrece a cada instante. Algo tan simple como mantener un diálogo con nuestros padres, con un amigo o pareja, puede ser muy constructivo y revelador. Si andamos siempre apurados, podemos perder mucho más que el supuesto tiempo que perdemos al detenernos; contrariamente a eso, deteniéndonos ganamos mucho más. Una palabra sabia de nuestro padre o madre, un punto de vista de nuestro amigo, una sonrisa de nuestra pareja, pueden ser el gesto elemental para que nuestro día sea mejor. Si pasamos apurados, corremos el riesgo de sufrir un accidente; es decir, si no nos detenemos a apreciar ese pequeño gesto, tal vez no tengamos una nueva oportunidad de disfrutarlo. Nunca sabremos cuándo es el final del ovillo de la otra persona o nuestro.

 Así fue que, deteniéndome en estos ejemplos, pensándolos, más la explicación de mi tío, tomé esas frases como máximas para aplicar en mi vida. Y si bien no hay que pensar en la muerte todo el tiempo y en base a eso apreciar más la vida, sí deberíamos hacer las cosas por el simple placer de vivirlas y regalarles a nuestros seres queridos más tiempo compartido. Así la vida nos resulta más activa y productiva. Así, con pequeños grandes gestos que llenen nuestra alma y la de nuestros semejantes, podemos hacer un tránsito más agradable por este, nuestro camino. Nuestro ovillo y el de los demás, se desmadejará de otra manera. Al menos, eso es lo que puedo transmitir desde que la Parca y San Pedro se disputaban mi vida en un tablero de ajedrez. Hoy disfruto de mis días en compañía de mis padres, amigos y conocidos; aunque también aprovecho las oportunidades de seguir conociendo gente. Todo esto que me está pasando, todo lo que me rodea, me hace más fuerte como persona, me ayuda a crecer, me hace feliz, me llena el alma. Aprendí que, en lugar de hacerme mala sangre por pequeñeces, es mejor buscar una solución a ese problemita... La vida es una mujer tan bella como misteriosa y sabia. Pero no es sino cuando sufrimos que aprendemos a escuchar y observar detenidamente sus lecciones. Yo, estoy aprendiendo, por eso lo transmito.

05/05/2023

La Escalera - Parábola de la vida

 Era un día cálido, de esos que invitan a sentarse en una plaza a tomar mates. Aquella tarde, Luís ingresó muy apresurado a la pensión donde convivía con un anciano, y éste lo pudo comprobar al escuchar los pasos en la escalera y verlo ingresar a la habitación que compartían.

 El joven, apenas lo saludó antes de ingresar al baño a ducharse; pocos minutos después, salió envuelto en una toalla y comenzó a vestirse presurosamente. El viejo, observaba sus movimientos en silencio mientras tomaba mates sentado en la pequeña mesa de la cocina.

 Una vez hubo terminado de vestirse y peinarse, Luís encaminó sus pasos hacia la puerta, pero el anciano lo detuvo al invitarlo con un mate.

     - Antes de irse tómese un mate, m’hijo.

     - No puedo, don Pedro, me tengo que ir; me está esperando una mina y…

     - Tómese el mate, m’hijo, yo sé lo que le digo –Repitió el viejo con voz serena; aun manteniendo el mate en el aire, como si fuese una ofrenda religiosa.

     - ¡Pero me tengo que ir, don Pedro! ¡Me tengo que encontrar con esa mina, y estoy atrasado! ¡Me está haciendo perder tiempo!

     - Tómese el mate y escuche algo importante que tengo que decirle…

 El joven miró su reloj con ofuscación, asimismo, optó por tomar el mate. “Este viejo me va a hacer perder a esta mina”, pensó.

     - Listo, me voy –dijo, cuando lo terminó el mate y se lo entregó al anciano.

     - ¡Espere!respondió a secas, mientras se cebaba un mate- Lo que le tengo que decir es importante. Siéntese y escuche.

     - Pero…

     - Pero nada, m’hijo. Usted es joven, yo soy viejo, y lo que tengo que decir le puede servir para el resto del viaje. Hágame caso, por favor; siéntese.

 Instintivamente, Luís tomó asiento; esta vez no miró su reloj, supuso que, si no se quedaba unos minutos más, jamás podría llegar a encontrarse con la mujer. Pero don Pedro no parecía apurado; es más, cambió la yerba y cebó un mate; mientras el joven lo tomaba, el viejo comenzó con una pregunta:

     - ¿Por qué está tan apurado, m’hijo?

     - ¡Ya le dije, porque me tengo que encontrar con una mina y es tarde!

     - ¿Tarde, para qué?

     - ¿Cómo para qué? ¡Para llegar hasta la plaza donde nos vamos a encontrar! Me espera a las cinco de la tarde y son las cinco menos diez, encima tengo como veinte minutos de colectivo hasta allá y…

     - Espere –interrumpió el viejo-, cálmese… ¿Y usted cree que esta chica se va a ir si no llega a las cinco en punto?

     - Y…

     - Si es así, usted no es del interés de esta chica; si realmente usted le interesa, ella lo va a esperar.

     - Bueno, pero…

     - Dígame: ¿vale la pena correr y andar apurado, a riesgo de caerse y no llegar nunca?

     - No le entiendo, don Pedro. ¿A dónde quiere llegar? ¡Se me hace tarde!

     - Deme el mate y le digo -lo cebó lentamente y prosiguió-. Fíjese cómo llegó a este cuarto: subió corriendo las escaleras, entró casi sin saludar, se bañó y volvió a salir corriendo. Si no lo detenía para decirle esto, usted iba a bajar las escaleras enloquecido, iba a tomar el colectivo y se iba a poner más ansioso por el tiempo del viaje; iba a sudar nervios en cada parada…

     - No lo entiendo… -volvió a mirar su reloj: eran las 16.56.

     - Lo que quiero decirle, m’hijo, es que puede que llegue tarde ahora, pero va a llegar. Imagine qué hubiese pasado si se tropezaba al subir la escalera… Dígame, ¿qué hubiese pasado?

 Luís guardó silencio unos instantes, no se atrevía a mirar a los ojos de aquel viejo, cuyo brillo adivinaba detrás del grueso vidrio de sus anteojos. Tomó el mate y lo devolvió a don Pedro.

     - Me… Me hubiera caído o me hubiera lastimado… -respondió, casi a regañadientes.

     - Exacto, m’hijo, y no hubiera podido llegar nunca a verse con esa chica; porque en vez de ir a una plaza, hubiera tenido que ir a un hospital a que le vean el pie.

     - Sí, tiene razón, pero por suerte no pasó nada y…

     - ¿Y si pasaba? ¿Y si ahora, cuando sale de acá, se cae?

 Otra vez, Luís guardó silencio. Aquellas palabras estaban haciendo mella en su cerebro, porque estaba entendiendo el mensaje.

 Finalmente, el viejo dijo:

-       M’hijo, yo también he sido joven; también he tenido aventuras y me he desesperado cuando no podía llegar… Le regalo esta reflexión, para que piense mientras va en el colectivo: la vida es como una escalera y, como tal, hay que subirla peldaño por peldaño, sin correr. Cuando ofrezca un descanso hay que tomarlo y descansar, para seguir ascendiendo con más energía. ¿Me explico?

 Luís sonrió al escuchar la metáfora del viejo, se levantó y lo abrazó en gratitud. Entonces, don Pedro le palmeó la mejilla y le dijo:

-       Ahora vaya y encuéntrese con ella. Recuerde que, si usted le interesa, esta chica lo va a esperar.

 El joven descendió la escalera a paso habitual, sin prisas, relajado; caminó hasta la esquina y esperó al colectivo unos minutos, hasta que llegó. Aquellos veinte minutos se esfumaron entre el murmullo de la gente y el vibrante arrullo del motor; finalmente, al llegar a la parada, Luís caminó las dos cuadras que lo separaban del lugar de encuentro. Estaba ansioso, pero tranquilo; aquella breve conversación con el viejo lo había ayudado a pensar con más claridad y entender que todo lo que deba ser, será.

 El sol reinaba en la tarde y una cálida brisa acariciaba los cabellos de los transeúntes. Desde el mástil de una ondeante bandera argentina, Luís oteaba el entorno en busca de aquella muchacha, pero no la veía. Cuando volteó para retornar, suponiendo que él no le interesaba y por eso no lo había esperado, la vio junto a una fuente. Estaba haciendo lo mismo que él, intentando encontrarlo entre la gente, el paisaje verde y los monumentos.

     - ¡Hola, me esperaste! –dijo Luís, con entusiasmo.

     - ¡Hola! ¡Claro que te esperé! Vivo acá y sé el lío que es, y que no siempre se puede ser puntual. Además, si no me hubieses interesado, creeme que ya no estaría acá…

 

-       …Aquella confesión me trajo a la mente lo mismo que me había dicho el viejo Pedro un rato antes, cuando estábamos en la pensión haciendo lo mismo que estoy haciendo con vos. Pero ahora yo soy el viejo y vos sos el joven…

 El mate despedía un suave vapor mientras era sujetado por la mano de mi tío, que me estaba relatando su historia. No recuerdo el año, ni día ni el mes; sólo sé que aún no caminaba, por lo que no estaba yendo a trabajar y recibía algunas visitas a diario. Esa tarde, él había llegado a verme, para conversar un poco y tomar unos mates. El diálogo comenzó como todos en ese entonces:

-       ¿Cómo estás, te duele?

 Y así seguíamos, yo comentando cómo se desarrollaba mi día a día y, de paso, me interiorizaba en el día a día de la persona que me visitara.

 Con mi tío, la charla empieza en el hoy, se desplaza hacia el ayer y culmina en una filosofía que se nutre de experiencias personales. De ellas, rescatamos hechos que nos dejan la enseñanza que vamos compartiendo en el transcurso de los minutos, entre diálogo y mates.

 Sin dudas, este legado es una máxima de vida que, quizás, cuando sea viejo, yo pueda transmitirle a otro hombre joven para ayudarlo a transitar la escalera de su vida.

 

04/05/2023

Hay equipo

 


 Aprovechando que mayo es el mes del trabajo, me pareció copado escribir sobre mi historia con la actividad laboral, la que comencé a realizar siendo muy joven.

 Empecé en este mundo del laburo cuando era apenas un pibe de 16 años, vivíamos del sueldo de mi vieja, que trabajaba como empleada doméstica en una casa de familia y, a decir verdad, las cosas se complicaban. A esa edad, yo era muy idílico y creía que, por ser varón, debía ocupar el rol del hombre de la casa. Y los mandatos sociales decían (siempre dijeron) que el hombre debe ser el que trae el sustento de la casa. Si bien no lo sentía así, asumía la responsabilidad de contribuir a la economía doméstica y, principalmente, ayudar a mi vieja.

 Ella se deslomaba trabajando mañana y tarde, levantándose a las 07.00, cortando a las 14.00 y volviendo a trabajar a las 16.00 para terminar a las 21.00. Ese trajín duró casi 10 años (pueden haber sido 11 o 12, no lo recuerdo con nitidez). Yo la veía esforzarse para administrar la plata que ganaba para comprar la comida, pagar los servicios, comprarme lo necesario para la escuela, alimentar al perro y también para que yo saliera los fines de semana. Algún que otro gasto extra debía bancarse también con la plata de ella y a eso sumarle los créditos que iba sacando para hacer arreglos en la casa.

 Como me pesaba ser un mantenido, pese a que ella no estaba muy de acuerdo (en el fondo, creo que sentía alivio al saber que yo quisiera laburar) y gracias a un amigo que me ofreció trabajar en la fábrica de su familia, es que pude dar mis primeros pasos en el mundo laboral. Gracias a mi decisión de trabajar y al ofrecimiento de Martín (así se llama mi amigo) empecé este camino de ida en el que uno aprende a disfrutar del sabroso fruto del trabajo. Ni esfuerzo ni sacrificio ni lucha, como venden los gremialistas. ¡No! Desde muy joven y, pese a la rebeldía propia de la adolescencia, tuve en claro que el trabajo no implica una lucha, sino todo lo contrario. Y, con el correr de los años, entendí aún más y profundicé mis conceptos sobre el trabajo: sea cual sea el área en que uno se desempeñe, es un auténtico trabajo en equipo. Porque, por citar el ejemplo de mi experiencia, en una fábrica todos debemos llevar a cabo nuestra tarea, que es el eslabón que nos toca ocupar en la cadena de producción, y al final de esa cadena se consigue el producto final; si uno es enfermero pasa lo mismo, y también si se trabaja de telefonista, peón de albañil, en un estudio contable, en la secretaría de un abogado, si sos dueño, si sos operador de radio, escritor, malabarista en una compañía de teatro, etcétera, etcétera, etcétera. En cualquier rubro que nos desempeñemos, siempre trabajamos en equipo, y eso es importantísimo saberlo, aceptarlo y llevarlo a cabo con la dignidad que el puesto ocupado merece.

 La experiencia fabril fue muy constructiva, porque aprendí mucho sobre la inyección de plásticos, los diferentes tipos de polímeros que usábamos, cómo utilizar algunas herramientas, cómo funciona (a grandes rasgos) una máquina inyectora, un deshumificador (un aparato que le quita la humedad al plástico), y la cantidad de pasos que hay desde que abrís la bolsa de materia prima hasta el producto final.

 Entré en el verano de 2000 y trabajé aproximadamente 7 años (meses más, meses menos) hasta que, después de mandarme varias cagadas, decidí renunciar, asesorado por un amigo abogado que me ayudó a irme dejando las cosas bien, porque estaba muy agradecido por la oportunidad, pero ya no me hallaba en ese trabajo.

 Después de renunciar quise emprender como productor y conductor de radio, haciendo un programa que salía de lunes a viernes. Siempre fui un desastre vendiendo, así que no pude tener una mísera publicidad en los meses que estuve haciendo el programa. Y, mientras tanto, para sobrevivir, hice una changa con el tío de la novia que tenía en ese tiempo, que era tapicero; también imprimí varias copias de mi currículum y empecé a mandar a las vacantes que aparecían en los Avisos Clasificados del diario El Informe hasta que, por octubre o noviembre de 2007, me llamaron de una empresa para ocupar una vacante en un call center. Asistí a las entrevistas de admisión y a los pocos días me llamaron para decirme que comenzaba con las pruebas. Fue toda una experiencia, porque nunca había trabajado en una oficina… Cuando entré, fue como en esas películas yanquis, en que los trabajadores tienen boxes individuales y todos están metidos en su computadora y su teléfono; bueno, así fue la primera impresión que tuve cuando entré a ese enorme lugar, repleto de boxes verdes y gente hablando por teléfono. Yo veía a esas mujeres hablando por teléfono todas juntas y a la vez, manejando una envidiable concentración para no distraerse con las conversaciones de las demás compañeras.

 En ese call center estuve casi tres años y medio, y aprendí a trabajar los sábados, los domingos y los feriados, además que el primer año me tocó año nuevo a la noche… ¡Un infierno! Si bien ya venía haciendo el turno noche (que estaba solo, porque los servicios no eran tantos), esa fue la noche más larga y estresante de todas. Cuando se hicieron las seis de la mañana, hora en que terminaba mi turno, estaba completamente agotado. El estrés no era por estar un año nuevo atendiendo el teléfono, sino, como era un call center del servicio de grúas de una compañía de seguros, mi misión era enviar un auxilio a cualquier asociado que me lo pidiera. Pero un 31 de diciembre a la noche, pedirle a una grúa que salga a remolcar a un tipo que se quedó a 100 kilómetros de su destino, era muy difícil y había que llamar a otros prestadores hasta conseguir uno. Y, mientras tanto, había que atajar los reclamos del socio que esperaba la grúa. Así fue durante las primeras horas de la noche, con varios asociados, luego, pasada la medianoche, la cosa se calmó bastante.

 En ese call center también atendíamos un servicio extra, que era de salud. Nada que ver con la compañía de seguros, sino que era un convenio con otra empresa, y ese fue el motivo por el que me despidieron en septiembre de 2010: porque, como no me gustaba esa parte de mi trabajo, me mandé algunas metidas de pata muy grosas: me echaba flores de puteadas cuando llamaba a un sanatorio u hospital en medio de una emergencia y tardaban en atender, pero cuando alguien levantaba el tubo del otro lado, yo era un señorito inglés. Nadie receptaba mis insultos al Universo, pero esa cloaca de obscenidades que salía de mi boca quedaba grabada y a los superiores no les gustaba. Ese fue mi único error (cojudo error, digo hoy) por el que la empresa decidió “prescindir de mis servicios”. En ese tiempo que trabajé ahí, me había convertido en uno de los referentes de mis compañeros nuevos, porque había aprendido a manejar bien los servicios grúa y, mientras atendía 2 o 3 al mismo tiempo, podía darle una mano a algún compañero o compañera que me necesitara.

 Bueno, vueltas de la vida, una pareja que trabajaba conmigo había emprendido con un comercio (una despensa) y me ofrecieron que se la atienda hasta que me salga un nuevo trabajo que me dé más estabilidad. Así que atendí la despensa “Fuerza” durante poco más de un mes hasta que, a fines de 2011, me llamaron para una entrevista de trabajo en una empresa privada de emergencias médicas: mi función sería atender el teléfono y a las personas que fuesen a medirse la presión, colocarse un inyectable o pedir asesoramiento para asociarse. Ahí también estuve trabajando poco más de tres años, además que aprendí mucho sobre la medicación básica que se usa en estos servicios domiciliarios, a preparar el botiquín, a limpiar el consultorio, a tomar la presión, a escuchar a la gente que iba a controlársela y también desmitifiqué la figura del médico. Antes de trabajar ahí, creía que los médicos debían ser serios y siempre tomarse a la tremenda cualquier dolor que acusara una persona, así como también pensaba que, mientras estaba de guardia, un profesional de la salud hacía una vigilia permanente. Pero, al estar desde adentro, supe que a veces hacían guardias de hasta 72 horas, por lo que hacerlas sin dormir sería, como dijo un profesor de Cecilia Grierson en 1910, “un error, un atentado contra sí mismo, una inmoralidad”. Entonces, aprendí que los profesionales de la salud son tan humanos como las personas que requieren de sus servicios; parece una estupidez, pero la mayoría de la gente no lo entiende y cree que “el doctor” debe estar siempre a la espera de su llamado y que un simple dolor en el pelo, acarreado desde hace una semana, es una emergencia… No, ahí también aprendí y entendí algo que me pedían las operadoras de los sanatorios en el trabajo anterior: “¿qué color le pongo al servicio?”, me decía la persona que tenía del otro lado, y para mí era chino básico. “¡¿Qué color?! ¡¿Qué sé yo, qué color se usa?!” “¿Esto es un servicio de salud o una cartuchera escolar?”, pensaba mientras la escuchaba. Claro, cuando entré a trabajar en esta empresa de emergencias aprendí qué son esos colores: verde para consultas, amarillo para urgencias y rojo para emergencias. ¡Ahí todo cuadraba! Entonces, persona que leés esto, te explico que un dolor de pelo de hace una semana, no es una emergencia, sino una consulta; por ende, el móvil va a demorar en llegar (o sea, hasta que termine las demás consultas o, si tiene una emergencia, la atenderá primero y esperarás con tu pelo doliente hasta que estabilicen al paciente y esa atención esté finalizada). En síntesis, el color que se le aplica a cada servicio indica la prioridad por el riesgo vital que el evento implica: si es accidente de tránsito, es código rojo o emercencia, por lo que la atención es inmediata; si es una fractura, es código amarillo o urgencia, y la atención no puede demorar más de 30 minutos; si es dolor de pelo desde hace una semana, es código verde o consulta, y la atención se puede demorar entre 60 y 120 minutos, aproximadamente.

 Bueno, la cosa es que de ahí también me echaron. ¿A que no adivinan por qué? Sí, porque también me mandé cagadas. A estas no las tengo tan claras, además que al despedirme no me dieron demasiadas explicaciones; asimismo, quedé muy agradecido con el equipo de trabajo y con lo aprendido, porque la empresa me dio una mano enorme cuando tuve un accidente (ya lo contaré en otra publicación) y me aliviaron mucho la carga económica de traslados, curaciones y cuidados.

 El tiempo entre que fui despedido hasta que conseguí mi siguiente trabajo, fue el más largo de inactividad desde que había comenzado a trabajar en aquel lejano año 2000, cuando era un adolescente con la cara llena de granos y una mochila cargada de expectativas de crecimiento económico y social. Poco antes de quedarme sin trabajo, por octubre de 2013, me había inscripto en un curso de formación laboral, de acompañante terapéutico y gerontológico, y me preocupaba no conseguir un laburo antes de ingresar a cursar, además que se me terminaba la plata de la indemnización y debía pagar el alquiler, comer y bancar los servicios. Por ese tiempo, una de las últimas sogas que tiré fue la de emprender con la novia de un amigo en hacer prepizzas para vender. Hasta me había hecho los análisis para la habilitación municipal, así que me había tomado el emprendimiento en serio. Pese a que nos salían muy ricas, el negocio no salió como planeábamos y, tras intentar hacerlo mejor, al no conseguir comercios que nos las compren, decidimos dejarlo. Por supuesto que nos comimos todas las prepizzas que nos habían sobrado, así que habremos comido pizza por un mes.

 A mediados de marzo de 2014, cuando estaba arañando la lata para rescatar los últimos mangos que tenía, una amiga me hizo llegar un ejemplar de los Avisos Clasificados de El Informe, en el que pedían una persona para cuidar a un paciente con Alzheimer. Como iba a estudiar algo similar, decidí presentarme a la entrevista. Sin saberlo, estaba ingresando a un nuevo mundo, a una experiencia que me acompaña hasta el día de hoy, porque gracias a esta decisión conocí y conozco gente maravillosa, aprendí y aprendo sobre los pacientes, las dificultades por las que mi servicio es solicitado, y también sobre mí mismo. Este hombre con quien comencé a trabajar en marzo de 2014, fue mi primer gran maestro en el arte de cuidar a una persona: su nombre era Donato (de él cuento una anécdota en una narración anterior a esta).

 Trabajar con él me abrió las puertas a nuevos pacientes y mayores experiencias, llegando al lugar donde hoy me encuentro, que es la clínica de salud mental en la que formo parte del equipo interdisciplinario como acompañante terapéutico y, desde hace un año y pico, también trabajo como administrativo.

 Actualmente, mientras sigo trabajando en la clínica y con algunos pacientes particulares, estoy emprendiendo en mis pasiones, que son la locución, el dibujo y la escritura. Acá también, pese a hacerlo solo, sé que necesito de otro para completar determinados pasos; y con mi pareja estamos haciendo algo similar y también somos un equipo.

 En mi carrera laboral he pasado por muchos rubros y he aprendido la importancia de trabajar codo a codo con mis compañeros, con humildad y sin pretender pasar por encima de ninguno de ellos.

 El trabajo dignifica y estimula positivamente a querer progresar. Si no sos feliz en el lugar que trabajás o en la actividad que realizás, entonces es momento de plantearte qué te gustaría hacer y tratar de enfocarte en tu objetivo. Al fin y al cabo, trabajar es más que hacer algo a cambio de dinero; trabajar es también disfrutar de la actividad y también del resultado; así, cuando percibas tu pago, será doblemente gratificante.

 Cada trabajo necesita como mínimo a dos personas: una que trabaja y una que paga, ese es el equipo mínimo e indispensable para llevar a cabo cualquier actividad. Cultivemos y profesemos la hermosa y valiosa cultura del trabajo.

25/04/2023

Camino a los 40


 Cuando cumplí 20 años, cosa que parece haber sido ayer, pensé que al llegar a los 40 estaría con una familia formada, con hijos, un auto y una casa propia. Casi idealicé una vida resuelta a esa edad… Pero esa edad se acercó tan rápidamente que no me di cuenta o, quizás, no sentí prisa y me relajé demasiado haciendo una vida distinta a la de mis congéneres. Hoy en día estoy a pocos meses de cumplir los 40 y, excepto la casa, carezco de lo demás: no tengo hijos, no tengo auto y no tengo una estabilidad económica; sí tengo la casa, porque salimos sorteados con mi vieja hace unos años en un plan de viviendas de la Provincia (si no, tampoco podría haberla comprado), y la familia está en proyecto. Esto último es estimulante, porque me ayuda a bajar a Tierra y tranquilizar un poco la cabeza, que piensa y piensa cómo hacer para generar más plata extra sin tener que vivir para trabajar, y me da ese abrazo emocional de saber que una de las expectativas que tenía hace 20 años atrás, está en vías de cumplirse. Además, eso quiere decir que las otras también van a venir tarde o temprano… Con toda franqueza y poniendo los pies sobre el suelo, soy yo el que tiene que materializar esas expectativas pendientes…

 Si bien trabajo desde los 16 años, nunca aprendí a cuidar correctamente el dinero. Sé que no soy el único, porque es mucha la gente que conozco y veo en el día a día que ha llegado o superado la barrera de los 40 sin lograr una estabilidad económica, por ende, sin lograr ordenar su economía y tener, al menos, un pequeño colchoncito que le sirva para bancar un gasto inesperado, una comida con los amigos, un regalo, un viajecito, un gustito… 

 Y, más allá que la economía del país es más inestable que la piedra movediza de Tandil (que, de hecho, se cayó el 29 de febrero de 1912), no vale echarle la culpa a eso, porque la plata del bolsillo depende de uno, de cómo la gana y cómo (y en qué) la gasta. Aunque, haciendo justicia a la objetividad, nuestro país es una máquina exprimidora de bolsillos; desde los trabajadores más precarios hasta los empresarios más potentados, en Argentina los impuestos son elevados y están en todos lados, además que los precios suben constantemente y esa inflación, literalmente, se come el dinero de cada uno de nosotros.

 Entonces, cuando uno no sabe organizarse con su propio dinero y se le agrega la inestabilidad permanente, pareciera que el pozo se hace cada vez más hondo y uno ve cómo los pequeños bordes de los que se sostiene, van desmoronándose, amenazando con tragarnos y llevarnos a las profundidades de la quiebra económica.

 Obviamente que este texto no es una crítica a la economía del país ni a un gobierno en particular, porque, desde los tiempos de la colonia, quienes estuvieron en el poder han exprimido y explotado los recursos naturales y humanos, y la economía siempre ha estado floja de papeles. Así que no es un flagelo que se pueda atribuir a un color político, sino a una identidad que es la nuestra: los argentinos tenemos ese estigma en nuestro ADN.

 La cosa es que estoy vislumbrando el horizonte y pareciera que el sol del amanecer trajera un 40 enorme que me dice:

  • ¿Y, maestro, qué estás haciendo para llegar hasta acá como querés?

 Y me pregunto, si ese sol con el 40 gigante, me estará boludeando o si me estará tratando de incentivar a que me mueva, a que, si no llego a los 40 con los bolsillos llenos, por lo menos, me ponga a hacer las cosas como debo para empezar a llenarlos.

 Como soy un positivista (ya explicaré, en otro texto, a qué apunto con ser positivista), me quedo con la segunda opción: me tengo que poner en marcha para generar ese dinero extra y así empezar a materializar los sueños y expectativas que tengo desde los 20 años.

 ¿Pero, qué puedo hacer para tener más plata? Tiene que ser algo rentable, que me guste hacer, que sea útil, que requiera poca (o nula) inversión y, muy importante, que sea legal… Bueno, sé que la forma más rápida de conseguir plata es por izquierda, pero soy tan honesto (por no decir boludo), que no puedo hacer algo si sé que estoy cagando a alguien. Así que me emprendo en un proyecto muy ambicioso y difícil: organizar todos esos ítems que mencioné recién y comenzar uno nuevo.

 En eso estoy desde hace un montón, vengo puliendo ideas viejas, anotando ideas nuevas, descartando unas, reciclando otras y volviendo a desechar algunas… Sí, vos, que estás leyendo esto, dirás “¡pero, este tipo es medio pelotudo!”  Y, lo decís vos, no yo… Pero no me tengo tan mal ponderado, aunque sí soy autoexigente y vueltero, como una calesita.

 Y vos dirás, “bueno, se entiende que estás entrando a los 40 y sientas la presión del tiempo por progresar y salir adelante…” Pero no, siempre fui vueltero, enfermizamente evaluativo de cada paso a dar, de contemplar los “pro” y los “contra”, de ver la posibilidad de demanda que vaya a tener por parte de la gente, etcétera. Pero el mayor enemigo de mis proyectos, siempre he sido yo. Y vos dirás, “¡¿Por qué, Jorge?!” Porque, al final, siempre termino autoboicoteando la idea.

 Por una cuestión de necesidad emocional, voy a hacer una especie de inventario de lo que considero que son mis aptitudes:

  • Sé dibujar bastante bien

  • Soy perfeccionista

  • Me sigo formando en locución, que es una actividad que amo

  • Me gusta generar contenidos en Youtube

  • Tengo buenas ideas

  • Soy creativo y tengo una gran imaginación

  • Canto muy bien (mentira). Tengo sentido del humor

  • Soy positivo

  • Intento ser resolutivo (buscar soluciones a los problemas, y no al revés)

  • Escribo bastante bien (siempre trato de aprender algo nuevo)

  • Soy sociable


 Ahora voy a enumerar lo que considero que son mis flaquezas:

  • No sé vender publicidad

  • Me cuesta poner un proyecto en marcha sin pensar demasiado en las dificultades

  • Temo demasiado a no poder

  • Pienso más de lo que hago

  • La espera del momento justo es una piedra que siempre pongo delante de mí

  • Pienso: ¿cómo hago para vender “esto”? ¿A la gente le interesa lo que hago? ¿Quién se interesará en leer o escuchar cuentos, hoy en día? (estas preguntas pertenecen a la nefasta familia de las llamadas “autoboicoteantes”)

 Y no sé qué más, aunque sé que alguna flaqueza debe quedar en el tintero. Pero a diario intento ser más positivista que ayer, buscando aceptar que tengo esta edad, que mi situación económica actual variará (para bien o para mal) dependiendo de los movimientos que decida hacer. Lógicamente, es un partido de ajedrez conmigo mismo y, por lo tanto, es difícil inclinar la balanza hacia los pensamientos positivos y de progreso, porque es como plantearse: “mi pensamiento positivo juega con las blancas y el pensamiento negativo juega con las negras”, pero estoy jugando conmigo mismo y, por ende, no puedo engañarme a mí mismo, porque sé de antemano qué pieza va a mover “la otra parte”. Bueno, ya sé que es un quilombo de ideas y palabras, pero es así como soy…

 Estoy llegando a los 40 y es hora de hacer lo que tengo que hacer… Entonces, me digo a mí mismo: “Jorge, ponete las pilas”.


Se estuvo tan cerca...

   Se terminó otra ilusión; otra Copa Libertadores que se niega a dar una vuelta olímpica en el Cilindro de Avellaneda. En el pueblo racingu...