Un día cualquiera te querés poner a escribir, así que
prendés la compu, te preparás el mate (tomás el primero y cebás el segundo) y
mientras sentís el sutil ruidito de la espumita y el vapor se te cruza por
delante del monitor, ponés los deditos en el teclado y, como por arte de magia,
se te pone la mente en blanco y no sabés sobre qué vas a escribir. ¿Cómo puede
ser? ¡Si hasta hace instantes tenías una idea buenísima dándote vueltas y
esperabas el momento oportuno para volcarlo en la hoja de texto, y ahora te
encontrás con la cabeza completamente vacía…!
En este blog comparto textos que escribí hace mucho y que escribo actualmente; verás cuentos, investigación histórica y artículos de opinión. Espero tus comentarios y te agradezco la visita. ¡Que disfrutes la lectura!
10/06/2023
Pescar una idea
01/06/2023
Los Custodios de la Columna
En mi barrio
hay personajes de todos los rubros como en cualquier barrio, supongo. Están los
que compran y venden autos viejos, los jugadores de fútbol callejero, los que
siempre ponen la casa para las juntadas (ese es mi vecino de al lado) y después
hay dos grupos que son particularmente notables: los “sostenedores de tapial”,
que son los que aguantan sobre su espalda el peso de las lajas de mi tapial,
más allá que la construcción está firme; y también están los “custodios de la
columna”, y es por ellos que he decidido bautizar este texto con ese nombre.
Son los más
sacrificados, porque están cumpliendo su labor haga calor o frío, haya sol o
esté nublado, haya viento o no. Excepto cuando llueve, ellos están todos los
días: mañana, tarde y noche.
La columna en
cuestión se encuentra en la esquina opuesta a la que vivo y cuando voy a
trabajar o cuando salgo al centro, sí o sí paso frente a ella y veo a sus
custodios trabajando y preservándola. En sí, la columna sostiene un entramado
de cables, así que pertenece a la Cooperativa Eléctrica de la ciudad.
Reconozco que
nunca me he atrevido a indagar, mucho menos a preguntarles por qué la cuidan
tanto. Entiendo que es su trabajo y por algo deben hacerlo, así que elijo no
interrumpirlos. Es más, hasta he pensado que son como esos guardias ingleses
que se mantienen estáticos frente a las puertas del palacio de Buckingham,
porque en más de una oportunidad he pasado y los he saludado, pero sólo me han
mirado. Ni levantaron la mano, ni movieron la cabeza, así que estimo que el
protocolo debe ser muy estricto.
Entonces
pienso: si estos pibes, siendo tan jóvenes, llevan adelante una labor dura con
tanto esmero, son un buen referente para todos los vagos que no quieren mover
un dedo ni para rascarse. Lo que no sé (por si quisiera sugerir este trabajo a
alguno que me pregunte) es dónde hay que inscribirse o quién regula la
actividad. ¿Habrá un sindicato de custodios de columnas? Me imagino que sería
algo como “Sindicato de Trabajadores Custodios de Columnas de la República
Argentina”, cuya impronunciable sigla sería “STCCRA”, algo así como la Comisión
de Mantenimiento y Actualización Permanente de la Canción Patria”, la CMAPCP”
de Les Luthiers. O, quizás, pueden ser parte de una logia secreta, como eran
los Masones en la antigüedad: los “Custos Columnarum”. Imagino una reunión en
un templo con forma de columna y la ubicación de los asientos en círculo, y
cada integrante tomando el lugar que sea correspondiente a la jerarquía de cada
uno; los cargos más altos ocupan las filas superiores y los cargos más bajos
ocupan las inferiores. Ya sé que es una flasheada, pero sería interesante ver
un culto de ese tipo.
También me
pregunto si tendrán ART, porque es un trabajo que se lleva al aire libre y
están expuestos a muchos peligros. Más allá de poder morir atropellados por un
colectivo que se sale de control, puede caerles un rayo, ser picados por una
abeja, mordidos por un perro o se les puede meter tierra en los ojos cuando hay
viento fuerte. Pienso esto, porque los veo trabajar sin equipo de seguridad,
como podrían ser antiparras o botines con punta de acero; porque ellos están
ahí, poniendo el cuerpo en joggin y zapatillas, y están muy expuestos. La única
protección para la cabeza es una gorra que sólo los puede proteger de una
cagada de paloma, pero si los caga un cóndor se las van a ver feas… Aunque es
poco probable que vuele un cóndor por estas pampas… Pero uno debe pensar en
todo, como las compañías de seguro.
Y volviendo al
tema del sindicato, también me pregunto si tendrán obra social, porque esa
gente debe tener familia y siempre se necesita algún turno al médico,
especialmente si hay niños o si algún integrante tiene una enfermedad crónica.
Y teniendo esto en cuenta, ¿serán trabajadores en blanco y con recibo de sueldo
o serán monotributistas? Podrían ser empleados estatales, pero para eso deberían
tener uniforme y, como he comentado anteriormente, no lo tienen. Para mí que
deben ser monotributistas y facturan a la empresa que fabrica las columnas…
Quizás, pienso, esa empresa las fabrica, las entrega en comodato a la Cooperativa
Eléctrica y, a su vez, pone a sus propios custodios para protegerlas. Y como
están haciendo un trabajo de riesgo, es muy probable que el “STCCRA” los
represente ante el Estado y la ART los proteja de eventuales accidentes por
ejercer una profesión que sí o sí debe llevarse a cabo en la vía pública.
O sea, uno pasa
y ve a un grupito de 4 o 5 pibes apoyados en una columna, con sus gorritas o
capuchas tapándoles parte de la cara, en joggin y zapatillas, y lo primero que
se puede pensar es que son una manga de vagos. Pero a partir de ahora, sé o
intuyo que ellos son trabajadores y se ganan la vida dignamente cuidando la
columna.
En Argentina,
no trabaja el que no quiere…
10/05/2023
Siempre hay tiempo para aprender
La vida es una mujer tan bella como misteriosa
y sabia. Pero no es sino cuando sufrimos, que aprendemos a escuchar y observar
detenidamente sus lecciones. Y no fue hasta que debí transitar por un sendero
muy oscuro, casi sintiendo el gélido aliento de la muerte, que pude
apreciarlas. Recién es la punta de un ovillo tan largo, que sólo veré el final
cuando realmente llegue el final. Sumado a esa experiencia, una conversación
con mi tío me enseñó dos metáforas: una salida de la boca de mi abuelo, y otra
de un anciano que se cruzó en la vida de mi tío cuando él era joven. La de mi
abuelo dice: “cuando salgas, no cierres esa puerta; por ahí pasó mi padre, el
padre de mi padre, y el padre del padre de mi padre; del mismo modo pasarán tus
hijos, y los hijos de tus hijos, y los hijos de los hijos de tus hijos”. Hace
referencia a que la puerta que atravesará mi tío en ese momento es la vida. Y
el hecho de dejarla abierta es para que los que siguen tras él, puedan seguir
sus huellas. Por eso mi abuelo hace referencia a su padre, su abuelo y su
bisabuelo; justamente para ejemplificar que él siguió los pasos de sus mayores,
dejó su huella para que la sigan sus hijos (en este caso mi tío), y como para
continuar el tránsito por la vida le pide a mi tío que siga marcando el camino
para que sus hijos, nietos y bisnietos continúen con su ejemplo.
La metáfora del anciano rezaba: “la vida es
como una escalera, y debés subirla peldaño por peldaño, lentamente, sin apuro;
nunca corriendo, porque podés tropezar y caer. Y cada vez que te ofrezca un
descanso, tomalo, así repondrás fuerzas para seguir subiendo”. La explicación a
esta metáfora es tan interesante como la anterior: Al transitar por la vida y
llevar a cabo nuestras rutinas, debemos ser más precavidos, detener la marcha a
una velocidad que nos permita apreciar mejor nuestro entorno, y todo aquello
que se nos ofrece a cada instante. Algo tan simple como mantener un diálogo con
nuestros padres, con un amigo o pareja, puede ser muy constructivo y revelador.
Si andamos siempre apurados, podemos perder mucho más que el supuesto tiempo
que perdemos al detenernos; contrariamente a eso, deteniéndonos ganamos mucho
más. Una palabra sabia de nuestro padre o madre, un punto de vista de nuestro
amigo, una sonrisa de nuestra pareja, pueden ser el gesto elemental para que
nuestro día sea mejor. Si pasamos apurados, corremos el riesgo de sufrir un
accidente; es decir, si no nos detenemos a apreciar ese pequeño gesto, tal vez
no tengamos una nueva oportunidad de disfrutarlo. Nunca sabremos cuándo es el
final del ovillo de la otra persona o nuestro.
Así fue que, deteniéndome en estos ejemplos,
pensándolos, más la explicación de mi tío, tomé esas frases como máximas para
aplicar en mi vida. Y si bien no hay que pensar en la muerte todo el tiempo y
en base a eso apreciar más la vida, sí deberíamos hacer las cosas por el simple
placer de vivirlas y regalarles a nuestros seres queridos más tiempo
compartido. Así la vida nos resulta más activa y productiva. Así, con pequeños
grandes gestos que llenen nuestra alma y la de nuestros semejantes, podemos
hacer un tránsito más agradable por este, nuestro camino. Nuestro ovillo y el
de los demás, se desmadejará de otra manera. Al menos, eso es lo que puedo
transmitir desde que
05/05/2023
La Escalera - Parábola de la vida

Era un día cálido, de esos que invitan a
sentarse en una plaza a tomar mates. Aquella tarde, Luís ingresó muy apresurado
a la pensión donde convivía con un anciano, y éste lo pudo comprobar al
escuchar los pasos en la escalera y verlo ingresar a la habitación que
compartían.
El joven, apenas lo saludó antes de ingresar
al baño a ducharse; pocos minutos después, salió envuelto en una toalla y
comenzó a vestirse presurosamente. El viejo, observaba sus movimientos en
silencio mientras tomaba mates sentado en la pequeña mesa de la cocina.
Una vez hubo terminado de vestirse y peinarse,
Luís encaminó sus pasos hacia la puerta, pero el anciano lo detuvo al invitarlo
con un mate.
- Antes de irse tómese un mate,
m’hijo.
- No puedo, don Pedro, me tengo
que ir; me está esperando una mina y…
- Tómese el mate, m’hijo, yo sé
lo que le digo –Repitió el viejo con voz serena; aun manteniendo el mate en el
aire, como si fuese una ofrenda religiosa.
- ¡Pero me tengo que ir, don
Pedro! ¡Me tengo que encontrar con esa mina, y estoy atrasado! ¡Me está
haciendo perder tiempo!
- Tómese el mate y escuche algo
importante que tengo que decirle…
El joven miró su reloj con ofuscación,
asimismo, optó por tomar el mate. “Este
viejo me va a hacer perder a esta mina”, pensó.
- Listo, me voy –dijo, cuando lo terminó el mate y se lo entregó al anciano.
- ¡Espere! –respondió a secas, mientras se
cebaba un mate- Lo que le tengo que decir es importante. Siéntese y escuche.
- Pero…
- Pero nada, m’hijo. Usted es
joven, yo soy viejo, y lo que tengo que decir le puede servir para el resto del
viaje. Hágame caso, por favor; siéntese.
Instintivamente, Luís tomó asiento; esta vez
no miró su reloj, supuso que, si no
se quedaba unos minutos más, jamás podría llegar a encontrarse con la mujer.
Pero don Pedro no parecía apurado; es más, cambió la yerba y cebó un mate;
mientras el joven lo tomaba, el viejo comenzó con una pregunta:
- ¿Por qué está tan apurado,
m’hijo?
- ¡Ya le dije, porque me tengo
que encontrar con una mina y es tarde!
- ¿Tarde, para qué?
- ¿Cómo para qué? ¡Para llegar
hasta la plaza donde nos vamos a encontrar! Me espera a las cinco de la tarde y
son las cinco menos diez, encima tengo como veinte minutos de colectivo hasta
allá y…
- Espere –interrumpió el viejo-, cálmese…
¿Y usted cree que esta chica se va a ir si no llega a las cinco en punto?
- Y…
- Si es así, usted no es del
interés de esta chica; si realmente usted le interesa, ella lo va a esperar.
- Bueno, pero…
- Dígame: ¿vale la pena correr y
andar apurado, a riesgo de caerse y no llegar nunca?
- No le entiendo, don Pedro. ¿A
dónde quiere llegar? ¡Se me hace tarde!
- Deme el mate y le digo -lo cebó lentamente y
prosiguió-. Fíjese cómo llegó a este cuarto: subió corriendo las escaleras,
entró casi sin saludar, se bañó y volvió a salir corriendo. Si no lo detenía para
decirle esto, usted iba a bajar las escaleras enloquecido, iba a tomar el
colectivo y se iba a poner más ansioso por el tiempo del viaje; iba a sudar
nervios en cada parada…
- No lo entiendo… -volvió a mirar su reloj: eran
las 16.56.
- Lo que quiero decirle, m’hijo,
es que puede que llegue tarde ahora, pero va a llegar. Imagine qué hubiese
pasado si se tropezaba al subir la escalera… Dígame, ¿qué hubiese pasado?
Luís guardó silencio unos instantes, no se
atrevía a mirar a los ojos de aquel viejo, cuyo brillo adivinaba detrás del
grueso vidrio de sus anteojos. Tomó el mate y lo devolvió a don Pedro.
- Me… Me hubiera caído o me
hubiera lastimado… -respondió,
casi a regañadientes.
- Exacto, m’hijo, y no hubiera
podido llegar nunca a verse con esa chica; porque en vez de ir a una plaza,
hubiera tenido que ir a un hospital a que le vean el pie.
- Sí, tiene razón, pero por
suerte no pasó nada y…
- ¿Y si pasaba? ¿Y si ahora,
cuando sale de acá, se cae?
Otra vez, Luís guardó silencio. Aquellas
palabras estaban haciendo mella en su cerebro, porque estaba entendiendo el mensaje.
Finalmente, el viejo dijo:
-
M’hijo, yo también he sido joven; también he
tenido aventuras y me he desesperado cuando no podía llegar… Le regalo esta reflexión,
para que piense mientras va en el colectivo: la vida es como una escalera y,
como tal, hay que subirla peldaño por peldaño, sin correr. Cuando ofrezca un
descanso hay que tomarlo y descansar, para seguir ascendiendo con más energía.
¿Me explico?
Luís sonrió al escuchar la metáfora del viejo,
se levantó y lo abrazó en gratitud. Entonces, don Pedro le palmeó la mejilla y
le dijo:
-
Ahora vaya y encuéntrese con ella. Recuerde que, si usted le interesa, esta
chica lo va a esperar.
El joven descendió la escalera a paso
habitual, sin prisas, relajado; caminó hasta la esquina y esperó al colectivo
unos minutos, hasta que llegó. Aquellos veinte
minutos se esfumaron entre el murmullo de la gente y el vibrante arrullo del
motor; finalmente, al llegar a la parada, Luís caminó las dos cuadras que lo
separaban del lugar de encuentro. Estaba ansioso, pero tranquilo; aquella breve
conversación con el viejo lo había ayudado a pensar con más claridad y entender
que todo lo que deba ser, será.
El sol reinaba en la tarde y una cálida brisa
acariciaba los cabellos de los transeúntes. Desde el mástil de una ondeante
bandera argentina, Luís oteaba el entorno en busca de aquella muchacha, pero no
la veía. Cuando volteó para retornar, suponiendo que él no le interesaba y por eso no
lo había esperado, la vio junto a una fuente. Estaba haciendo lo mismo que él,
intentando encontrarlo entre la gente, el paisaje verde y los monumentos.
- ¡Hola, me esperaste! –dijo Luís, con entusiasmo.
- ¡Hola! ¡Claro que te esperé!
Vivo acá y sé el lío que es, y que no siempre se puede ser puntual. Además, si
no me hubieses interesado, creeme que ya no estaría acá…
-
…Aquella confesión me trajo a la mente lo mismo
que me había dicho el viejo Pedro un rato antes, cuando estábamos en la pensión
haciendo lo mismo que estoy haciendo con vos. Pero ahora yo soy el viejo y vos
sos el joven…
El mate despedía un suave vapor mientras era
sujetado por la mano de mi tío, que me estaba relatando su historia. No recuerdo el año, ni día ni el mes; sólo sé
que aún no caminaba, por lo que no estaba yendo a trabajar y recibía algunas
visitas a diario. Esa tarde, él había llegado a verme, para conversar un poco y
tomar unos mates. El diálogo comenzó como todos en ese entonces:
- ¿Cómo
estás, te duele?
Y así
seguíamos, yo comentando cómo se desarrollaba mi día a día y, de paso, me
interiorizaba en el día a día de la persona que me visitara.
Con mi tío, la charla empieza en el hoy, se
desplaza hacia el ayer y culmina en una filosofía que se nutre de experiencias
personales. De ellas, rescatamos hechos que nos dejan la enseñanza que vamos
compartiendo en el transcurso de los minutos, entre diálogo y mates.
Sin dudas, este legado es una máxima de vida
que, quizás, cuando sea viejo, yo pueda transmitirle a otro hombre joven para
ayudarlo a transitar la escalera de su vida.
04/05/2023
Hay equipo
Aprovechando que mayo es el mes del trabajo,
me pareció copado escribir sobre mi historia con la actividad laboral, la que
comencé a realizar siendo muy joven.
Empecé en este mundo del laburo cuando era
apenas un pibe de 16 años, vivíamos del sueldo de mi vieja, que trabajaba como
empleada doméstica en una casa de familia y, a decir verdad, las cosas se
complicaban. A esa edad, yo era muy idílico y creía que, por ser varón, debía
ocupar el rol del hombre de la casa. Y los mandatos sociales decían (siempre
dijeron) que el hombre debe ser el que trae el sustento de la casa. Si bien no
lo sentía así, asumía la responsabilidad de contribuir a la economía doméstica
y, principalmente, ayudar a mi vieja.
Ella se deslomaba trabajando mañana y tarde,
levantándose a las 07.00, cortando a las 14.00 y volviendo a trabajar a las
16.00 para terminar a las 21.00. Ese trajín duró casi 10 años (pueden haber
sido 11 o 12, no lo recuerdo con nitidez). Yo la veía esforzarse para
administrar la plata que ganaba para comprar la comida, pagar los servicios,
comprarme lo necesario para la escuela, alimentar al perro y también para que
yo saliera los fines de semana. Algún que otro gasto extra debía bancarse
también con la plata de ella y a eso sumarle los créditos que iba sacando para
hacer arreglos en la casa.
Como me pesaba ser un mantenido, pese a que
ella no estaba muy de acuerdo (en el fondo, creo que sentía alivio al saber que
yo quisiera laburar) y gracias a un amigo que me ofreció trabajar en la fábrica
de su familia, es que pude dar mis primeros pasos en el mundo laboral. Gracias
a mi decisión de trabajar y al ofrecimiento de Martín (así se llama mi amigo)
empecé este camino de ida en el que uno aprende a disfrutar del sabroso fruto
del trabajo. Ni esfuerzo ni sacrificio ni lucha, como venden los gremialistas.
¡No! Desde muy joven y, pese a la rebeldía propia de la adolescencia, tuve en
claro que el trabajo no implica una lucha, sino todo lo contrario. Y, con el
correr de los años, entendí aún más y profundicé mis conceptos sobre el
trabajo: sea cual sea el área en que uno se desempeñe, es un auténtico trabajo
en equipo. Porque, por citar el ejemplo de mi experiencia, en una fábrica todos
debemos llevar a cabo nuestra tarea, que es el eslabón que nos toca ocupar en
la cadena de producción, y al final de esa cadena se consigue el producto
final; si uno es enfermero pasa lo mismo, y también si se trabaja de
telefonista, peón de albañil, en un estudio contable, en la secretaría de un
abogado, si sos dueño, si sos operador de radio, escritor, malabarista en una
compañía de teatro, etcétera, etcétera, etcétera. En cualquier rubro que nos
desempeñemos, siempre trabajamos en equipo, y eso es importantísimo saberlo,
aceptarlo y llevarlo a cabo con la dignidad que el puesto ocupado merece.
La experiencia fabril fue muy constructiva,
porque aprendí mucho sobre la inyección de plásticos, los diferentes tipos de polímeros
que usábamos, cómo utilizar algunas herramientas, cómo funciona (a grandes
rasgos) una máquina inyectora, un deshumificador (un aparato que le quita la
humedad al plástico), y la cantidad de pasos que hay desde que abrís la bolsa
de materia prima hasta el producto final.
Entré en el verano de 2000 y trabajé
aproximadamente 7 años (meses más, meses menos) hasta que, después de mandarme
varias cagadas, decidí renunciar, asesorado por un amigo abogado que me ayudó a
irme dejando las cosas bien, porque estaba muy agradecido por la oportunidad,
pero ya no me hallaba en ese trabajo.
Después de renunciar quise emprender como
productor y conductor de radio, haciendo un programa que salía de lunes a
viernes. Siempre fui un desastre vendiendo, así que no pude tener una mísera
publicidad en los meses que estuve haciendo el programa. Y, mientras tanto,
para sobrevivir, hice una changa con el tío de la novia que tenía en ese tiempo,
que era tapicero; también imprimí varias copias de mi currículum y empecé a
mandar a las vacantes que aparecían en los Avisos Clasificados del diario El
Informe hasta que, por octubre o noviembre de 2007, me llamaron de una empresa
para ocupar una vacante en un call center. Asistí a las entrevistas de admisión
y a los pocos días me llamaron para decirme que comenzaba con las pruebas. Fue
toda una experiencia, porque nunca había trabajado en una oficina… Cuando
entré, fue como en esas películas yanquis, en que los trabajadores tienen boxes
individuales y todos están metidos en su computadora y su teléfono; bueno, así
fue la primera impresión que tuve cuando entré a ese enorme lugar, repleto de
boxes verdes y gente hablando por teléfono. Yo veía a esas mujeres hablando por
teléfono todas juntas y a la vez, manejando una envidiable concentración para
no distraerse con las conversaciones de las demás compañeras.
En ese call center estuve casi tres años y
medio, y aprendí a trabajar los sábados, los domingos y los feriados, además
que el primer año me tocó año nuevo a la noche… ¡Un infierno! Si bien ya venía
haciendo el turno noche (que estaba solo, porque los servicios no eran tantos),
esa fue la noche más larga y estresante de todas. Cuando se hicieron las seis
de la mañana, hora en que terminaba mi turno, estaba completamente agotado. El
estrés no era por estar un año nuevo atendiendo el teléfono, sino, como era un
call center del servicio de grúas de una compañía de seguros, mi misión era
enviar un auxilio a cualquier asociado que me lo pidiera. Pero un 31 de
diciembre a la noche, pedirle a una grúa que salga a remolcar a un tipo que se
quedó a 100 kilómetros de su destino, era muy difícil y había que llamar a
otros prestadores hasta conseguir uno. Y, mientras tanto, había que atajar los
reclamos del socio que esperaba la grúa. Así fue durante las primeras horas de
la noche, con varios asociados, luego, pasada la medianoche, la cosa se calmó
bastante.
En ese call center también atendíamos un
servicio extra, que era de salud. Nada que ver con la compañía de seguros, sino
que era un convenio con otra empresa, y ese fue el motivo por el que me
despidieron en septiembre de 2010: porque, como no me gustaba esa parte de mi
trabajo, me mandé algunas metidas de pata muy grosas: me echaba flores de
puteadas cuando llamaba a un sanatorio u hospital en medio de una emergencia y tardaban
en atender, pero cuando alguien levantaba el tubo del otro lado, yo era un
señorito inglés. Nadie receptaba mis insultos al Universo, pero esa cloaca de
obscenidades que salía de mi boca quedaba grabada y a los superiores no les
gustaba. Ese fue mi único error (cojudo error, digo hoy) por el que la empresa
decidió “prescindir de mis servicios”. En ese tiempo que trabajé ahí, me había
convertido en uno de los referentes de mis compañeros nuevos, porque había
aprendido a manejar bien los servicios grúa y, mientras atendía 2 o 3 al mismo
tiempo, podía darle una mano a algún compañero o compañera que me necesitara.
Bueno, vueltas de la vida, una pareja que
trabajaba conmigo había emprendido con un comercio (una despensa) y me
ofrecieron que se la atienda hasta que me salga un nuevo trabajo que me dé más
estabilidad. Así que atendí la despensa “Fuerza” durante poco más de un mes
hasta que, a fines de 2011, me llamaron para una entrevista de trabajo en una
empresa privada de emergencias médicas: mi función sería atender el teléfono y
a las personas que fuesen a medirse la presión, colocarse un inyectable o pedir
asesoramiento para asociarse. Ahí también estuve trabajando poco más de tres
años, además que aprendí mucho sobre la medicación básica que se usa en estos
servicios domiciliarios, a preparar el botiquín, a limpiar el consultorio, a
tomar la presión, a escuchar a la gente que iba a controlársela y también
desmitifiqué la figura del médico. Antes de trabajar ahí, creía que los médicos
debían ser serios y siempre tomarse a la tremenda cualquier dolor que acusara
una persona, así como también pensaba que, mientras estaba de guardia, un
profesional de la salud hacía una vigilia permanente. Pero, al estar desde
adentro, supe que a veces hacían guardias de hasta 72 horas, por lo que
hacerlas sin dormir sería, como dijo un profesor de Cecilia Grierson en 1910,
“un error, un atentado contra sí mismo, una
inmoralidad”. Entonces, aprendí que los profesionales de la salud son tan humanos
como las personas que requieren de sus servicios; parece una estupidez, pero la
mayoría de la gente no lo entiende y cree que “el doctor” debe estar siempre a
la espera de su llamado y que un simple dolor en el pelo, acarreado desde hace
una semana, es una emergencia… No, ahí también aprendí y entendí algo que me
pedían las operadoras de los sanatorios en el trabajo anterior: “¿qué color le
pongo al servicio?”, me decía la persona que tenía del otro lado, y para mí era
chino básico. “¡¿Qué color?! ¡¿Qué sé yo, qué color se usa?!” “¿Esto es un
servicio de salud o una cartuchera escolar?”, pensaba mientras la escuchaba.
Claro, cuando entré a trabajar en esta empresa de emergencias aprendí qué son
esos colores: verde para consultas, amarillo para urgencias y rojo para
emergencias. ¡Ahí todo cuadraba! Entonces, persona que leés esto, te explico
que un dolor de pelo de hace una semana, no es una emergencia, sino una
consulta; por ende, el móvil va a demorar en llegar (o sea, hasta que termine
las demás consultas o, si tiene una emergencia, la atenderá primero y esperarás
con tu pelo doliente hasta que estabilicen al paciente y esa atención esté
finalizada). En síntesis, el color que se le aplica a cada servicio indica la
prioridad por el riesgo vital que el evento implica: si es accidente de
tránsito, es código rojo o emercencia, por lo que la atención es inmediata; si
es una fractura, es código amarillo o urgencia, y la atención no puede demorar
más de 30 minutos; si es dolor de pelo desde hace una semana, es código verde o
consulta, y la atención se puede demorar entre 60 y 120 minutos,
aproximadamente.
Bueno, la
cosa es que de ahí también me echaron. ¿A que no adivinan por qué? Sí, porque
también me mandé cagadas. A estas no las tengo tan claras, además que al
despedirme no me dieron demasiadas explicaciones; asimismo, quedé muy
agradecido con el equipo de trabajo y con lo aprendido, porque la empresa me
dio una mano enorme cuando tuve un accidente (ya lo contaré en otra
publicación) y me aliviaron mucho la carga económica de traslados, curaciones y
cuidados.
El tiempo
entre que fui despedido hasta que conseguí mi siguiente trabajo, fue el más
largo de inactividad desde que había comenzado a trabajar en aquel lejano año
2000, cuando era un adolescente con la cara llena de granos y una mochila
cargada de expectativas de crecimiento económico y social. Poco antes de
quedarme sin trabajo, por octubre de 2013, me había inscripto en un curso de
formación laboral, de acompañante terapéutico y gerontológico, y me preocupaba
no conseguir un laburo antes de ingresar a cursar, además que se me terminaba
la plata de la indemnización y debía pagar el alquiler, comer y bancar los
servicios. Por ese tiempo, una de las últimas sogas que tiré fue la de
emprender con la novia de un amigo en hacer prepizzas para vender. Hasta me
había hecho los análisis para la habilitación municipal, así que me había
tomado el emprendimiento en serio. Pese a que nos salían muy ricas, el negocio
no salió como planeábamos y, tras intentar hacerlo mejor, al no conseguir
comercios que nos las compren, decidimos dejarlo. Por supuesto que nos comimos
todas las prepizzas que nos habían sobrado, así que habremos comido pizza por
un mes.
A mediados de
marzo de 2014, cuando estaba arañando la lata para rescatar los últimos mangos
que tenía, una amiga me hizo llegar un ejemplar de los Avisos Clasificados de
El Informe, en el que pedían una persona para cuidar a un paciente con
Alzheimer. Como iba a estudiar algo similar, decidí presentarme a la
entrevista. Sin saberlo, estaba ingresando a un nuevo mundo, a una experiencia
que me acompaña hasta el día de hoy, porque gracias a esta decisión conocí y
conozco gente maravillosa, aprendí y aprendo sobre los pacientes, las
dificultades por las que mi servicio es solicitado, y también sobre mí mismo.
Este hombre con quien comencé a trabajar en marzo de 2014, fue mi primer gran
maestro en el arte de cuidar a una persona: su nombre era Donato (de él cuento
una anécdota en una narración anterior a esta).
Trabajar con
él me abrió las puertas a nuevos pacientes y mayores experiencias, llegando al
lugar donde hoy me encuentro, que es la clínica de salud mental en la que formo
parte del equipo interdisciplinario como acompañante terapéutico y, desde hace
un año y pico, también trabajo como administrativo.
Actualmente,
mientras sigo trabajando en la clínica y con algunos pacientes particulares,
estoy emprendiendo en mis pasiones, que son la locución, el dibujo y la
escritura. Acá también, pese a hacerlo solo, sé que necesito de otro para
completar determinados pasos; y con mi pareja estamos haciendo algo similar y también
somos un equipo.
En mi carrera
laboral he pasado por muchos rubros y he aprendido la importancia de trabajar codo
a codo con mis compañeros, con humildad y sin pretender pasar por encima de ninguno
de ellos.
El trabajo
dignifica y estimula positivamente a querer progresar. Si no sos feliz en el
lugar que trabajás o en la actividad que realizás, entonces es momento de
plantearte qué te gustaría hacer y tratar de enfocarte en tu objetivo. Al fin y
al cabo, trabajar es más que hacer algo a cambio de dinero; trabajar es también
disfrutar de la actividad y también del resultado; así, cuando percibas tu
pago, será doblemente gratificante.
Cada trabajo
necesita como mínimo a dos personas: una que trabaja y una que paga, ese es el
equipo mínimo e indispensable para llevar a cabo cualquier actividad.
Cultivemos y profesemos la hermosa y valiosa cultura del trabajo.
25/04/2023
Camino a los 40
Cuando cumplí 20 años, cosa que parece haber sido ayer, pensé que al llegar a los 40 estaría con una familia formada, con hijos, un auto y una casa propia. Casi idealicé una vida resuelta a esa edad… Pero esa edad se acercó tan rápidamente que no me di cuenta o, quizás, no sentí prisa y me relajé demasiado haciendo una vida distinta a la de mis congéneres. Hoy en día estoy a pocos meses de cumplir los 40 y, excepto la casa, carezco de lo demás: no tengo hijos, no tengo auto y no tengo una estabilidad económica; sí tengo la casa, porque salimos sorteados con mi vieja hace unos años en un plan de viviendas de la Provincia (si no, tampoco podría haberla comprado), y la familia está en proyecto. Esto último es estimulante, porque me ayuda a bajar a Tierra y tranquilizar un poco la cabeza, que piensa y piensa cómo hacer para generar más plata extra sin tener que vivir para trabajar, y me da ese abrazo emocional de saber que una de las expectativas que tenía hace 20 años atrás, está en vías de cumplirse. Además, eso quiere decir que las otras también van a venir tarde o temprano… Con toda franqueza y poniendo los pies sobre el suelo, soy yo el que tiene que materializar esas expectativas pendientes…
Si bien trabajo desde los 16 años, nunca aprendí a cuidar correctamente el dinero. Sé que no soy el único, porque es mucha la gente que conozco y veo en el día a día que ha llegado o superado la barrera de los 40 sin lograr una estabilidad económica, por ende, sin lograr ordenar su economía y tener, al menos, un pequeño colchoncito que le sirva para bancar un gasto inesperado, una comida con los amigos, un regalo, un viajecito, un gustito…
Y, más allá que la economía del país es más inestable que la piedra movediza de Tandil (que, de hecho, se cayó el 29 de febrero de 1912), no vale echarle la culpa a eso, porque la plata del bolsillo depende de uno, de cómo la gana y cómo (y en qué) la gasta. Aunque, haciendo justicia a la objetividad, nuestro país es una máquina exprimidora de bolsillos; desde los trabajadores más precarios hasta los empresarios más potentados, en Argentina los impuestos son elevados y están en todos lados, además que los precios suben constantemente y esa inflación, literalmente, se come el dinero de cada uno de nosotros.
Entonces, cuando uno no sabe organizarse con su propio dinero y se le agrega la inestabilidad permanente, pareciera que el pozo se hace cada vez más hondo y uno ve cómo los pequeños bordes de los que se sostiene, van desmoronándose, amenazando con tragarnos y llevarnos a las profundidades de la quiebra económica.
Obviamente que este texto no es una crítica a la economía del país ni a un gobierno en particular, porque, desde los tiempos de la colonia, quienes estuvieron en el poder han exprimido y explotado los recursos naturales y humanos, y la economía siempre ha estado floja de papeles. Así que no es un flagelo que se pueda atribuir a un color político, sino a una identidad que es la nuestra: los argentinos tenemos ese estigma en nuestro ADN.
La cosa es que estoy vislumbrando el horizonte y pareciera que el sol del amanecer trajera un 40 enorme que me dice:
¿Y, maestro, qué estás haciendo para llegar hasta acá como querés?
Y me pregunto, si ese sol con el 40 gigante, me estará boludeando o si me estará tratando de incentivar a que me mueva, a que, si no llego a los 40 con los bolsillos llenos, por lo menos, me ponga a hacer las cosas como debo para empezar a llenarlos.
Como soy un positivista (ya explicaré, en otro texto, a qué apunto con ser positivista), me quedo con la segunda opción: me tengo que poner en marcha para generar ese dinero extra y así empezar a materializar los sueños y expectativas que tengo desde los 20 años.
¿Pero, qué puedo hacer para tener más plata? Tiene que ser algo rentable, que me guste hacer, que sea útil, que requiera poca (o nula) inversión y, muy importante, que sea legal… Bueno, sé que la forma más rápida de conseguir plata es por izquierda, pero soy tan honesto (por no decir boludo), que no puedo hacer algo si sé que estoy cagando a alguien. Así que me emprendo en un proyecto muy ambicioso y difícil: organizar todos esos ítems que mencioné recién y comenzar uno nuevo.
En eso estoy desde hace un montón, vengo puliendo ideas viejas, anotando ideas nuevas, descartando unas, reciclando otras y volviendo a desechar algunas… Sí, vos, que estás leyendo esto, dirás “¡pero, este tipo es medio pelotudo!” Y, lo decís vos, no yo… Pero no me tengo tan mal ponderado, aunque sí soy autoexigente y vueltero, como una calesita.
Y vos dirás, “bueno, se entiende que estás entrando a los 40 y sientas la presión del tiempo por progresar y salir adelante…” Pero no, siempre fui vueltero, enfermizamente evaluativo de cada paso a dar, de contemplar los “pro” y los “contra”, de ver la posibilidad de demanda que vaya a tener por parte de la gente, etcétera. Pero el mayor enemigo de mis proyectos, siempre he sido yo. Y vos dirás, “¡¿Por qué, Jorge?!” Porque, al final, siempre termino autoboicoteando la idea.
Por una cuestión de necesidad emocional, voy a hacer una especie de inventario de lo que considero que son mis aptitudes:
Sé dibujar bastante bien
Soy perfeccionista
Me sigo formando en locución, que es una actividad que amo
Me gusta generar contenidos en Youtube
Tengo buenas ideas
Soy creativo y tengo una gran imaginación
Canto muy bien (mentira). Tengo sentido del humor
Soy positivo
Intento ser resolutivo (buscar soluciones a los problemas, y no al revés)
Escribo bastante bien (siempre trato de aprender algo nuevo)
Soy sociable
Ahora voy a enumerar lo que considero que son mis flaquezas:
No sé vender publicidad
Me cuesta poner un proyecto en marcha sin pensar demasiado en las dificultades
Temo demasiado a no poder
Pienso más de lo que hago
La espera del momento justo es una piedra que siempre pongo delante de mí
Pienso: ¿cómo hago para vender “esto”? ¿A la gente le interesa lo que hago? ¿Quién se interesará en leer o escuchar cuentos, hoy en día? (estas preguntas pertenecen a la nefasta familia de las llamadas “autoboicoteantes”)
Y no sé qué más, aunque sé que alguna flaqueza debe quedar en el tintero. Pero a diario intento ser más positivista que ayer, buscando aceptar que tengo esta edad, que mi situación económica actual variará (para bien o para mal) dependiendo de los movimientos que decida hacer. Lógicamente, es un partido de ajedrez conmigo mismo y, por lo tanto, es difícil inclinar la balanza hacia los pensamientos positivos y de progreso, porque es como plantearse: “mi pensamiento positivo juega con las blancas y el pensamiento negativo juega con las negras”, pero estoy jugando conmigo mismo y, por ende, no puedo engañarme a mí mismo, porque sé de antemano qué pieza va a mover “la otra parte”. Bueno, ya sé que es un quilombo de ideas y palabras, pero es así como soy…
Estoy llegando a los 40 y es hora de hacer lo que tengo que hacer… Entonces, me digo a mí mismo: “Jorge, ponete las pilas”.
21/04/2023
Discusión reflexiva
Aclaración: En esta historia, los nombres son cambiados por una cuestión de respeto a sus protagonistas.
Las discusiones en la pareja son algo
frecuente, pero no son algo a lo que uno se acostumbre, como sí puede hacerlo a
dormir de costado o al ritual de las mañanas al levantarse. Siempre dejan
huellas profundas que, como en un lodazal, se marcan con facilidad y tardan en
borrarse. Y no es rencor lo que queda, sino dolor. A veces se puede disfrazar
de enojo para aparentar entereza y seguridad, pero, en el fondo, duele mucho.
Hace poco leí una parábola que explica que
cuando las personas se enojan, gritan porque sus corazones se alejan. Y creo
que ese debe ser el factor más doloroso, porque tenés a la persona a pocos centímetros
de vos, pero emocionalmente están tan lejos que, pareciera, los gritos son la
única vía de comunicación. Y si a los gritos se le suman insultos o agresiones,
el filo de esas palabras y actos hieren más…
Las palabras salen de esas bocas casi sin filtro,
pronunciando los adjetivos que jamás saldrían si ambas personas estuvieran
tranquilas. Esa falta de filtro, probablemente, permite que cada uno desahogue
las molestias cotidianas: las propias y las que el otro le genera. Pero no es
la mejor manera de resolver una diferencia entre dos almas que se aman.
Creo que la evolución nos proveyó de voz y
razonamiento para poder comunicarnos, y parte de esa comunicación es resolver
las diferencias hablando. Pero aún somos una especie joven (hablando en términos
evolutivos) y siguen vivos los vestigios más primitivos de nuestros
antepasados. Pero no me voy a ir por las ramas (justamente, como nuestros
antepasados).
El tema es que, cuando discutimos
acaloradamente con nuestra pareja porque hay diferencias grandes y difíciles de
consensuar, terminamos heridos y cansados. He leído y escuchado que lo lindo de
las peleas son las reconciliaciones, como si el premio a la tolerancia ante esa
ola de violencia fuera unos minutos de sexo y placer. Eso no tiene gollete
(como dice mi vieja, cuando algo no tiene sentido). Entre las historias, he
rescatado una que conocí en primera persona, muy de cerca. Ellos son Carlos y
Laura (por llamarlos de alguna manera), se encontraron de grandes, con una vida
llena de experiencias amorosas frustradas, además de los golpes que la vida le
haya asestado a cada uno a lo largo de los años. Ninguno tenía hijos, aunque sí
había un deseo de concebir, aunque sea uno.
Ambos tenían mucho que aprender y aprehender
del otro, más allá de poseer un fuerte carácter a la hora de soltar los enojos.
Entonces, eran una pareja de dos seres muy sensibles y proclives a los enojos,
aunque eran mucho más proclives al sufrimiento que la frustración acarreaba en
ellos cuando bajaba la intensidad del encontronazo.
Ambos venían de un día cansador, el trabajo y
la vida se habían puesto de acuerdo para joder a estos dos infelices que debían
encontrarse a la noche, como todos los días. Resulta que Carlos es un despelote
con los horarios, tiene casi 40 años y sigue llegando tarde a casi todos lados;
suele decir que el día que se muera va a llegar tarde a su propio velatorio (y,
quienes lo conocemos, sabemos que es muy posible que así sea). Laura, en
cambio, es despelotada, pero también muy autoexigente: vive tensa, porque no
llega a cumplir casi ninguna de las múltiples actividades que se propone en el
día, además de los cursos en los que se inscribe y la enorme carga horaria que
tiene en su trabajo. Con semejante panorama, ambos son una pila de nervios y
cualquier dificultad puede llevarlos a una explosión más dañina que un cachorro
en una fábrica de ropa.
Esa noche, como casi todos los días, él llegó
tarde. Ella estaba enojada porque no encontraba una campera que necesitaba,
además que le hinchaba soberanamente las pelotas que él siempre se demore o
provoque demoras (como aquella vez que se tenían que ir a ver el partido en la
filial de Racing y cuando estaban por salir, a él se le antojó ir al baño).
Carlos llegó, abrió la puerta y lanzó su habitual saludo:
- ¡Holaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! -con un
tono jocoso y juguetón.
Pero la respuesta fue una gran cara que culo,
tanto que Carlos no supo si el “hola” que ella le respondió, era su voz apagada
o un pedo sordo. Ninguna de las dos cosas: ese “hola” casi imperceptible al
oído humano, fue la advertencia de la tormenta, el relámpago que antecede al
trueno.
- ¿Qué te pasa? -el tono de Carlos
había bajado y denostaba hastío.
No tenía ganas de otra discusión, pero se la
veía venir.
Ella es muy irascible y él también, la única
diferencia está en que Carlos no es tan impulsivo como Laura, que tiene la
capacidad de reaccionar después que explota. Y así fue…
A medida que la discusión avanzaba y recorría
el departamento, también avanzaba la angustia y la frustración, que se
camuflaba en el ímpetu que cada uno ponía a sus argumentos para ganarla.
Finalmente, él se sentó en un taburete y se acodó en la barra que divide la
cocina del comedor; ella se apoyó en la mesada de la cocina. Estaban separados
por el calor de la discusión, pero también lo estaban físicamente por aquella
barra que hacía las veces de muralla protectora, como si eso pudiera detener los
proyectiles que salían de aquellas bocas enfurecidas.
Para resumir la historia, ella le echó en cara
todas las cosas que le molestaban de él, lógicamente, haciendo una liberadora
catarsis que duró largos y agotadores minutos. Él no se quedó callado y también
respondió, primero intentando frenarla con preguntas (incisivas) y luego con
afirmaciones que, en lugar de detener la pelea, sólo la potenciaron. Algo así
como cuando uno le avienta oxígeno al asado para que la llama se haga más
fuerte; lo mismo, pero en vez de tratarse del cálido y dulce fuego del amor, se
trataba del infernal fuego del desamor (porque, digan lo que digan, las peleas
en la pareja son uno de los más grandes actos de desamor). Laura rodeó la barra
y se posicionó frente a Carlos, y el tono de la discusión se elevó hasta el
punto de ebullición. Pero, repentinamente, las voces se callaron y el silencio
se adueñó de la escena; la bomba había explotado entre las manos de ambos y
ahora sólo quedaba el sordo e incómodo silencio entre los escombros de sus
almas desgarradas.
Él se quedó sentado en el taburete, junto a la
barra que no había podido protegerlo de las palabras de Laura; ella también
estaba herida y se sentó en el otro taburete, quedando frente a él. Retomó la
palabra, pero esta vez hablando de ella, del dolor que le causaba sentirse
lejos de su familia y principales afectos; decía no entender por qué siempre la
dejaron de lado, desde que era chica, y siempre hubo favoritismo hacia su
hermano por parte de su madre, su padre y su abuela.
- ¡Me quiero ir con mi abuelo!
-dijo, y rompió en llanto.
Un llanto demasiado potente como para que Carlos
se mantuviera ajeno. Antes que él extendiera un músculo de su brazo derecho
para abrazarla, ella se adelantó y lo hizo primero. Él, manteniendo el
silencio, la replicó en el gesto y ahí se quedó. También necesitaba descansar
en los brazos de Laura, pero se sentía tan dolido que apenas si podía respirar.
Las palabras de ella, más allá del daño que le hicieron, lo habían hecho
reflexionar profundamente; habían calado muy hondo en él y le habían develado
una realidad que no estaba viendo: ella se había cansado de la monotonía de la
relación. ¿Sería el final? ¿Acaso se terminaría aquella relación que él tanto
había deseado, por culpa de sus estructuras y falta de atención hacia ella?
“¡¿Cuándo vas a aprender, Carlos?!” Se decía a
sí mismo, pensando. Ella, pasada la efusión del llanto y habiendo recuperado un
poco el aliento, le preguntó:
- ¿Qué pensás?
Carlos se mantuvo en silencio unos minutos y
luego respondió con un hilo de voz:
- Nada… Me siento para el orto…
Y ahí se quedó, no dijo más nada por un rato.
Luego, aún abrazado a Laura, le respondió. Había necesitado más tiempo para
elaborar la respuesta, para elegir las palabras y hablar desde la razón en
lugar de hacerlo desde el dolor, porque sabía que una palabra mal dicha o un
tono equivocado, podía encender otra vez aquella disputa.
- Yo me comprometo a cambiar mis
estructuras y tratar de llegar a tiempo; es algo muy difícil, lo que me estás
pidiendo… -dijo Carlos, con el mismo tono de voz- Pero a cambio te pido que no
vuelvas a maltratarme, que pienses un poco lo que me vas a decir, antes de
largarme lo primero que se te viene a la boca…
Laura volvió a abrazarlo y así se quedó un
largo rato, en silencio, apenas sollozando. La calma retornaba al departamento,
mientras ambos se contenían en un abrazo que intentaba reparar las roturas internas
de cada uno.
Eran casi las 23.00 y el hambre los obligó a
plantearse que, ahora que la furia había calmado, debían preparar algo para comer.
Cocinar juntos siempre ayuda en la unión y el acercamiento, ellos suelen
hacerlo por el gusto compartido del arte culinario y ese fue el manto de piedad
que ambos necesitaban. En realidad, no se jugaron mucho para cocinar:
simplemente recalentaron una sopa que había sobrado del día anterior y le
agregaron unos fideos mostacholes “de colores”, pusieron la novela que están
viendo por YouTube (una que pasaron cuando ambos eran muy chicos y que, por
nostalgia o por buscar un entretenimiento, decidieron comenzar a ver cada
noche: Más Allá del Horizonte), y una vez que todo estaba listo se sentaron a
cenar.
Cuando terminaron de lavar los platos y ver
dos capítulos seguidos, el sueño comenzó a ganar terreno. Apagaron la
computadora, juntaron lo que quedaba en la mesa, Laura fue a cepillarse los
dientes y luego la siguió Carlos; finalmente, y un poco empujados por el frío,
ambos se metieron en la cama. Se abrazaron y besaron, volviendo a encontrarse,
pero no hubo la reconciliación que profesan los amantes del melodrama del amor.
El sexo quedó postergado para otro día, porque estaban cansados y debían
madrugar (y el reloj seguía avanzando hacia el amanecer), así que se durmieron
abrazados y tranquilos, brindándose mutuamente su calor, además del calor
proporcionado por una estufita extra: la gata se echó a dormir sobre ellos.
Aquella batalla no había dejado vencedores ni
vencidos, nadie pudo adjudicarse laureles; sólo quedaron dos almas exhaustas
por el fragor de una pelea que comenzó por un evento repetido que desgastó
silenciosamente la paciencia de Laura. Habían podido conciliar las diferencias
con palabras, pero las heridas aún seguían abiertas y la sensibilidad estaba a
flor de piel. Carlos había decidido quedarse a dormir con ella por dos motivos:
primero, porque estaba cansado y con mucho sueño, y no le parecía prudente
conducir en ese estado; y segundo, porque necesitaba abrazar a Laura y ser
abrazado por ella. Sus ojos se cerraron, las respiraciones se hicieron cada vez
más sutiles, y el “arrorró” final fue el ronroneo de la gata.
La luz de la mañana llegó con su frío
resplandor e inundó lentamente la habitación, atravesando tímidamente las
cortinas oscuras de la ventana. Kicky, la gatita, aún seguía durmiendo entre
ellos; Carlos, apenas sonó la alarma de su despertador, la dejó sonar unos
minutos para despabilarse, mientras Laura remoloneaba en su lado de la cama.
Una cosa que les resulta curiosa es que siempre se duermen abrazados y se
despiertan alejados. “¿Significará algo?”, se preguntó Laura en varias
ocasiones. Carlos cree que es solamente porque están acostumbrados a dormir
solos, pero ninguna de las posturas tiene demasiado sentido.
El desayuno fue casi sin palabras, aunque él
se permitió hacer algún chiste sutil buscando provocar la risa de su novia, pero
sin demasiado éxito. A ella no le gustaba reírse cuando se levantaba. Aquella
mañana, Laura se fue a trabajar y Carlos se quedó en el departamento para
acomodar la mesa y lavar las tazas usadas en el desayuno, luego se fue.
Como todos los días, apenas llegó al portón de
entrada de su casa, saludó a los perros de la calle que siempre vienen a
recibirlo y a buscar mimos y comida, una vez que ingresó a su propiedad saludó
a sus perros y a su gato, que también se acercaron a recibirlo, entre ladridos
y maullidos. Giró la llave y siguió pensando en las palabras de su novia, esas
que lo habían hecho reflexionar y encontrarse con la dura verdad que no estaba
queriendo ver. Dejó la mochila en una silla y puso a calentar el agua en la
pava eléctrica; mientras seguía pensando, preparó el mate.
La radio, siempre sintonizada en la misma AM,
lo había recibido con la voz de Miguel Clariá que estaba hablando con un
entrevistado. Carlos permaneció en silencio, escuchando a sus pensamientos más
que a la radio, como cuando un equipo de rescate hace el relevamiento de los
daños después de un huracán.
Se sentó frente a la computadora y cebó el
primer mate. Mientras observaba el vaporcito de agua saliendo por entre la
yerba seca, la encendió; se quedó unos segundos mirando la pantalla, intentando
ordenar sus ideas.
Después de tomarse otro mate, colocó sus dedos
sobre el teclado y comenzó a escribir…
Se estuvo tan cerca...
Se terminó otra ilusión; otra Copa Libertadores que se niega a dar una vuelta olímpica en el Cilindro de Avellaneda. En el pueblo racingu...
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Se terminó otra ilusión; otra Copa Libertadores que se niega a dar una vuelta olímpica en el Cilindro de Avellaneda. En el pueblo racingu...
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Un día cualquiera te querés poner a escribir, así que prendés la compu, te preparás el mate (tomás el primero y cebás el segundo) y mient...





