05/05/2023

La Escalera - Parábola de la vida

 Era un día cálido, de esos que invitan a sentarse en una plaza a tomar mates. Aquella tarde, Luís ingresó muy apresurado a la pensión donde convivía con un anciano, y éste lo pudo comprobar al escuchar los pasos en la escalera y verlo ingresar a la habitación que compartían.

 El joven, apenas lo saludó antes de ingresar al baño a ducharse; pocos minutos después, salió envuelto en una toalla y comenzó a vestirse presurosamente. El viejo, observaba sus movimientos en silencio mientras tomaba mates sentado en la pequeña mesa de la cocina.

 Una vez hubo terminado de vestirse y peinarse, Luís encaminó sus pasos hacia la puerta, pero el anciano lo detuvo al invitarlo con un mate.

     - Antes de irse tómese un mate, m’hijo.

     - No puedo, don Pedro, me tengo que ir; me está esperando una mina y…

     - Tómese el mate, m’hijo, yo sé lo que le digo –Repitió el viejo con voz serena; aun manteniendo el mate en el aire, como si fuese una ofrenda religiosa.

     - ¡Pero me tengo que ir, don Pedro! ¡Me tengo que encontrar con esa mina, y estoy atrasado! ¡Me está haciendo perder tiempo!

     - Tómese el mate y escuche algo importante que tengo que decirle…

 El joven miró su reloj con ofuscación, asimismo, optó por tomar el mate. “Este viejo me va a hacer perder a esta mina”, pensó.

     - Listo, me voy –dijo, cuando lo terminó el mate y se lo entregó al anciano.

     - ¡Espere!respondió a secas, mientras se cebaba un mate- Lo que le tengo que decir es importante. Siéntese y escuche.

     - Pero…

     - Pero nada, m’hijo. Usted es joven, yo soy viejo, y lo que tengo que decir le puede servir para el resto del viaje. Hágame caso, por favor; siéntese.

 Instintivamente, Luís tomó asiento; esta vez no miró su reloj, supuso que, si no se quedaba unos minutos más, jamás podría llegar a encontrarse con la mujer. Pero don Pedro no parecía apurado; es más, cambió la yerba y cebó un mate; mientras el joven lo tomaba, el viejo comenzó con una pregunta:

     - ¿Por qué está tan apurado, m’hijo?

     - ¡Ya le dije, porque me tengo que encontrar con una mina y es tarde!

     - ¿Tarde, para qué?

     - ¿Cómo para qué? ¡Para llegar hasta la plaza donde nos vamos a encontrar! Me espera a las cinco de la tarde y son las cinco menos diez, encima tengo como veinte minutos de colectivo hasta allá y…

     - Espere –interrumpió el viejo-, cálmese… ¿Y usted cree que esta chica se va a ir si no llega a las cinco en punto?

     - Y…

     - Si es así, usted no es del interés de esta chica; si realmente usted le interesa, ella lo va a esperar.

     - Bueno, pero…

     - Dígame: ¿vale la pena correr y andar apurado, a riesgo de caerse y no llegar nunca?

     - No le entiendo, don Pedro. ¿A dónde quiere llegar? ¡Se me hace tarde!

     - Deme el mate y le digo -lo cebó lentamente y prosiguió-. Fíjese cómo llegó a este cuarto: subió corriendo las escaleras, entró casi sin saludar, se bañó y volvió a salir corriendo. Si no lo detenía para decirle esto, usted iba a bajar las escaleras enloquecido, iba a tomar el colectivo y se iba a poner más ansioso por el tiempo del viaje; iba a sudar nervios en cada parada…

     - No lo entiendo… -volvió a mirar su reloj: eran las 16.56.

     - Lo que quiero decirle, m’hijo, es que puede que llegue tarde ahora, pero va a llegar. Imagine qué hubiese pasado si se tropezaba al subir la escalera… Dígame, ¿qué hubiese pasado?

 Luís guardó silencio unos instantes, no se atrevía a mirar a los ojos de aquel viejo, cuyo brillo adivinaba detrás del grueso vidrio de sus anteojos. Tomó el mate y lo devolvió a don Pedro.

     - Me… Me hubiera caído o me hubiera lastimado… -respondió, casi a regañadientes.

     - Exacto, m’hijo, y no hubiera podido llegar nunca a verse con esa chica; porque en vez de ir a una plaza, hubiera tenido que ir a un hospital a que le vean el pie.

     - Sí, tiene razón, pero por suerte no pasó nada y…

     - ¿Y si pasaba? ¿Y si ahora, cuando sale de acá, se cae?

 Otra vez, Luís guardó silencio. Aquellas palabras estaban haciendo mella en su cerebro, porque estaba entendiendo el mensaje.

 Finalmente, el viejo dijo:

-       M’hijo, yo también he sido joven; también he tenido aventuras y me he desesperado cuando no podía llegar… Le regalo esta reflexión, para que piense mientras va en el colectivo: la vida es como una escalera y, como tal, hay que subirla peldaño por peldaño, sin correr. Cuando ofrezca un descanso hay que tomarlo y descansar, para seguir ascendiendo con más energía. ¿Me explico?

 Luís sonrió al escuchar la metáfora del viejo, se levantó y lo abrazó en gratitud. Entonces, don Pedro le palmeó la mejilla y le dijo:

-       Ahora vaya y encuéntrese con ella. Recuerde que, si usted le interesa, esta chica lo va a esperar.

 El joven descendió la escalera a paso habitual, sin prisas, relajado; caminó hasta la esquina y esperó al colectivo unos minutos, hasta que llegó. Aquellos veinte minutos se esfumaron entre el murmullo de la gente y el vibrante arrullo del motor; finalmente, al llegar a la parada, Luís caminó las dos cuadras que lo separaban del lugar de encuentro. Estaba ansioso, pero tranquilo; aquella breve conversación con el viejo lo había ayudado a pensar con más claridad y entender que todo lo que deba ser, será.

 El sol reinaba en la tarde y una cálida brisa acariciaba los cabellos de los transeúntes. Desde el mástil de una ondeante bandera argentina, Luís oteaba el entorno en busca de aquella muchacha, pero no la veía. Cuando volteó para retornar, suponiendo que él no le interesaba y por eso no lo había esperado, la vio junto a una fuente. Estaba haciendo lo mismo que él, intentando encontrarlo entre la gente, el paisaje verde y los monumentos.

     - ¡Hola, me esperaste! –dijo Luís, con entusiasmo.

     - ¡Hola! ¡Claro que te esperé! Vivo acá y sé el lío que es, y que no siempre se puede ser puntual. Además, si no me hubieses interesado, creeme que ya no estaría acá…

 

-       …Aquella confesión me trajo a la mente lo mismo que me había dicho el viejo Pedro un rato antes, cuando estábamos en la pensión haciendo lo mismo que estoy haciendo con vos. Pero ahora yo soy el viejo y vos sos el joven…

 El mate despedía un suave vapor mientras era sujetado por la mano de mi tío, que me estaba relatando su historia. No recuerdo el año, ni día ni el mes; sólo sé que aún no caminaba, por lo que no estaba yendo a trabajar y recibía algunas visitas a diario. Esa tarde, él había llegado a verme, para conversar un poco y tomar unos mates. El diálogo comenzó como todos en ese entonces:

-       ¿Cómo estás, te duele?

 Y así seguíamos, yo comentando cómo se desarrollaba mi día a día y, de paso, me interiorizaba en el día a día de la persona que me visitara.

 Con mi tío, la charla empieza en el hoy, se desplaza hacia el ayer y culmina en una filosofía que se nutre de experiencias personales. De ellas, rescatamos hechos que nos dejan la enseñanza que vamos compartiendo en el transcurso de los minutos, entre diálogo y mates.

 Sin dudas, este legado es una máxima de vida que, quizás, cuando sea viejo, yo pueda transmitirle a otro hombre joven para ayudarlo a transitar la escalera de su vida.

 

04/05/2023

Hay equipo

 


 Aprovechando que mayo es el mes del trabajo, me pareció copado escribir sobre mi historia con la actividad laboral, la que comencé a realizar siendo muy joven.

 Empecé en este mundo del laburo cuando era apenas un pibe de 16 años, vivíamos del sueldo de mi vieja, que trabajaba como empleada doméstica en una casa de familia y, a decir verdad, las cosas se complicaban. A esa edad, yo era muy idílico y creía que, por ser varón, debía ocupar el rol del hombre de la casa. Y los mandatos sociales decían (siempre dijeron) que el hombre debe ser el que trae el sustento de la casa. Si bien no lo sentía así, asumía la responsabilidad de contribuir a la economía doméstica y, principalmente, ayudar a mi vieja.

 Ella se deslomaba trabajando mañana y tarde, levantándose a las 07.00, cortando a las 14.00 y volviendo a trabajar a las 16.00 para terminar a las 21.00. Ese trajín duró casi 10 años (pueden haber sido 11 o 12, no lo recuerdo con nitidez). Yo la veía esforzarse para administrar la plata que ganaba para comprar la comida, pagar los servicios, comprarme lo necesario para la escuela, alimentar al perro y también para que yo saliera los fines de semana. Algún que otro gasto extra debía bancarse también con la plata de ella y a eso sumarle los créditos que iba sacando para hacer arreglos en la casa.

 Como me pesaba ser un mantenido, pese a que ella no estaba muy de acuerdo (en el fondo, creo que sentía alivio al saber que yo quisiera laburar) y gracias a un amigo que me ofreció trabajar en la fábrica de su familia, es que pude dar mis primeros pasos en el mundo laboral. Gracias a mi decisión de trabajar y al ofrecimiento de Martín (así se llama mi amigo) empecé este camino de ida en el que uno aprende a disfrutar del sabroso fruto del trabajo. Ni esfuerzo ni sacrificio ni lucha, como venden los gremialistas. ¡No! Desde muy joven y, pese a la rebeldía propia de la adolescencia, tuve en claro que el trabajo no implica una lucha, sino todo lo contrario. Y, con el correr de los años, entendí aún más y profundicé mis conceptos sobre el trabajo: sea cual sea el área en que uno se desempeñe, es un auténtico trabajo en equipo. Porque, por citar el ejemplo de mi experiencia, en una fábrica todos debemos llevar a cabo nuestra tarea, que es el eslabón que nos toca ocupar en la cadena de producción, y al final de esa cadena se consigue el producto final; si uno es enfermero pasa lo mismo, y también si se trabaja de telefonista, peón de albañil, en un estudio contable, en la secretaría de un abogado, si sos dueño, si sos operador de radio, escritor, malabarista en una compañía de teatro, etcétera, etcétera, etcétera. En cualquier rubro que nos desempeñemos, siempre trabajamos en equipo, y eso es importantísimo saberlo, aceptarlo y llevarlo a cabo con la dignidad que el puesto ocupado merece.

 La experiencia fabril fue muy constructiva, porque aprendí mucho sobre la inyección de plásticos, los diferentes tipos de polímeros que usábamos, cómo utilizar algunas herramientas, cómo funciona (a grandes rasgos) una máquina inyectora, un deshumificador (un aparato que le quita la humedad al plástico), y la cantidad de pasos que hay desde que abrís la bolsa de materia prima hasta el producto final.

 Entré en el verano de 2000 y trabajé aproximadamente 7 años (meses más, meses menos) hasta que, después de mandarme varias cagadas, decidí renunciar, asesorado por un amigo abogado que me ayudó a irme dejando las cosas bien, porque estaba muy agradecido por la oportunidad, pero ya no me hallaba en ese trabajo.

 Después de renunciar quise emprender como productor y conductor de radio, haciendo un programa que salía de lunes a viernes. Siempre fui un desastre vendiendo, así que no pude tener una mísera publicidad en los meses que estuve haciendo el programa. Y, mientras tanto, para sobrevivir, hice una changa con el tío de la novia que tenía en ese tiempo, que era tapicero; también imprimí varias copias de mi currículum y empecé a mandar a las vacantes que aparecían en los Avisos Clasificados del diario El Informe hasta que, por octubre o noviembre de 2007, me llamaron de una empresa para ocupar una vacante en un call center. Asistí a las entrevistas de admisión y a los pocos días me llamaron para decirme que comenzaba con las pruebas. Fue toda una experiencia, porque nunca había trabajado en una oficina… Cuando entré, fue como en esas películas yanquis, en que los trabajadores tienen boxes individuales y todos están metidos en su computadora y su teléfono; bueno, así fue la primera impresión que tuve cuando entré a ese enorme lugar, repleto de boxes verdes y gente hablando por teléfono. Yo veía a esas mujeres hablando por teléfono todas juntas y a la vez, manejando una envidiable concentración para no distraerse con las conversaciones de las demás compañeras.

 En ese call center estuve casi tres años y medio, y aprendí a trabajar los sábados, los domingos y los feriados, además que el primer año me tocó año nuevo a la noche… ¡Un infierno! Si bien ya venía haciendo el turno noche (que estaba solo, porque los servicios no eran tantos), esa fue la noche más larga y estresante de todas. Cuando se hicieron las seis de la mañana, hora en que terminaba mi turno, estaba completamente agotado. El estrés no era por estar un año nuevo atendiendo el teléfono, sino, como era un call center del servicio de grúas de una compañía de seguros, mi misión era enviar un auxilio a cualquier asociado que me lo pidiera. Pero un 31 de diciembre a la noche, pedirle a una grúa que salga a remolcar a un tipo que se quedó a 100 kilómetros de su destino, era muy difícil y había que llamar a otros prestadores hasta conseguir uno. Y, mientras tanto, había que atajar los reclamos del socio que esperaba la grúa. Así fue durante las primeras horas de la noche, con varios asociados, luego, pasada la medianoche, la cosa se calmó bastante.

 En ese call center también atendíamos un servicio extra, que era de salud. Nada que ver con la compañía de seguros, sino que era un convenio con otra empresa, y ese fue el motivo por el que me despidieron en septiembre de 2010: porque, como no me gustaba esa parte de mi trabajo, me mandé algunas metidas de pata muy grosas: me echaba flores de puteadas cuando llamaba a un sanatorio u hospital en medio de una emergencia y tardaban en atender, pero cuando alguien levantaba el tubo del otro lado, yo era un señorito inglés. Nadie receptaba mis insultos al Universo, pero esa cloaca de obscenidades que salía de mi boca quedaba grabada y a los superiores no les gustaba. Ese fue mi único error (cojudo error, digo hoy) por el que la empresa decidió “prescindir de mis servicios”. En ese tiempo que trabajé ahí, me había convertido en uno de los referentes de mis compañeros nuevos, porque había aprendido a manejar bien los servicios grúa y, mientras atendía 2 o 3 al mismo tiempo, podía darle una mano a algún compañero o compañera que me necesitara.

 Bueno, vueltas de la vida, una pareja que trabajaba conmigo había emprendido con un comercio (una despensa) y me ofrecieron que se la atienda hasta que me salga un nuevo trabajo que me dé más estabilidad. Así que atendí la despensa “Fuerza” durante poco más de un mes hasta que, a fines de 2011, me llamaron para una entrevista de trabajo en una empresa privada de emergencias médicas: mi función sería atender el teléfono y a las personas que fuesen a medirse la presión, colocarse un inyectable o pedir asesoramiento para asociarse. Ahí también estuve trabajando poco más de tres años, además que aprendí mucho sobre la medicación básica que se usa en estos servicios domiciliarios, a preparar el botiquín, a limpiar el consultorio, a tomar la presión, a escuchar a la gente que iba a controlársela y también desmitifiqué la figura del médico. Antes de trabajar ahí, creía que los médicos debían ser serios y siempre tomarse a la tremenda cualquier dolor que acusara una persona, así como también pensaba que, mientras estaba de guardia, un profesional de la salud hacía una vigilia permanente. Pero, al estar desde adentro, supe que a veces hacían guardias de hasta 72 horas, por lo que hacerlas sin dormir sería, como dijo un profesor de Cecilia Grierson en 1910, “un error, un atentado contra sí mismo, una inmoralidad”. Entonces, aprendí que los profesionales de la salud son tan humanos como las personas que requieren de sus servicios; parece una estupidez, pero la mayoría de la gente no lo entiende y cree que “el doctor” debe estar siempre a la espera de su llamado y que un simple dolor en el pelo, acarreado desde hace una semana, es una emergencia… No, ahí también aprendí y entendí algo que me pedían las operadoras de los sanatorios en el trabajo anterior: “¿qué color le pongo al servicio?”, me decía la persona que tenía del otro lado, y para mí era chino básico. “¡¿Qué color?! ¡¿Qué sé yo, qué color se usa?!” “¿Esto es un servicio de salud o una cartuchera escolar?”, pensaba mientras la escuchaba. Claro, cuando entré a trabajar en esta empresa de emergencias aprendí qué son esos colores: verde para consultas, amarillo para urgencias y rojo para emergencias. ¡Ahí todo cuadraba! Entonces, persona que leés esto, te explico que un dolor de pelo de hace una semana, no es una emergencia, sino una consulta; por ende, el móvil va a demorar en llegar (o sea, hasta que termine las demás consultas o, si tiene una emergencia, la atenderá primero y esperarás con tu pelo doliente hasta que estabilicen al paciente y esa atención esté finalizada). En síntesis, el color que se le aplica a cada servicio indica la prioridad por el riesgo vital que el evento implica: si es accidente de tránsito, es código rojo o emercencia, por lo que la atención es inmediata; si es una fractura, es código amarillo o urgencia, y la atención no puede demorar más de 30 minutos; si es dolor de pelo desde hace una semana, es código verde o consulta, y la atención se puede demorar entre 60 y 120 minutos, aproximadamente.

 Bueno, la cosa es que de ahí también me echaron. ¿A que no adivinan por qué? Sí, porque también me mandé cagadas. A estas no las tengo tan claras, además que al despedirme no me dieron demasiadas explicaciones; asimismo, quedé muy agradecido con el equipo de trabajo y con lo aprendido, porque la empresa me dio una mano enorme cuando tuve un accidente (ya lo contaré en otra publicación) y me aliviaron mucho la carga económica de traslados, curaciones y cuidados.

 El tiempo entre que fui despedido hasta que conseguí mi siguiente trabajo, fue el más largo de inactividad desde que había comenzado a trabajar en aquel lejano año 2000, cuando era un adolescente con la cara llena de granos y una mochila cargada de expectativas de crecimiento económico y social. Poco antes de quedarme sin trabajo, por octubre de 2013, me había inscripto en un curso de formación laboral, de acompañante terapéutico y gerontológico, y me preocupaba no conseguir un laburo antes de ingresar a cursar, además que se me terminaba la plata de la indemnización y debía pagar el alquiler, comer y bancar los servicios. Por ese tiempo, una de las últimas sogas que tiré fue la de emprender con la novia de un amigo en hacer prepizzas para vender. Hasta me había hecho los análisis para la habilitación municipal, así que me había tomado el emprendimiento en serio. Pese a que nos salían muy ricas, el negocio no salió como planeábamos y, tras intentar hacerlo mejor, al no conseguir comercios que nos las compren, decidimos dejarlo. Por supuesto que nos comimos todas las prepizzas que nos habían sobrado, así que habremos comido pizza por un mes.

 A mediados de marzo de 2014, cuando estaba arañando la lata para rescatar los últimos mangos que tenía, una amiga me hizo llegar un ejemplar de los Avisos Clasificados de El Informe, en el que pedían una persona para cuidar a un paciente con Alzheimer. Como iba a estudiar algo similar, decidí presentarme a la entrevista. Sin saberlo, estaba ingresando a un nuevo mundo, a una experiencia que me acompaña hasta el día de hoy, porque gracias a esta decisión conocí y conozco gente maravillosa, aprendí y aprendo sobre los pacientes, las dificultades por las que mi servicio es solicitado, y también sobre mí mismo. Este hombre con quien comencé a trabajar en marzo de 2014, fue mi primer gran maestro en el arte de cuidar a una persona: su nombre era Donato (de él cuento una anécdota en una narración anterior a esta).

 Trabajar con él me abrió las puertas a nuevos pacientes y mayores experiencias, llegando al lugar donde hoy me encuentro, que es la clínica de salud mental en la que formo parte del equipo interdisciplinario como acompañante terapéutico y, desde hace un año y pico, también trabajo como administrativo.

 Actualmente, mientras sigo trabajando en la clínica y con algunos pacientes particulares, estoy emprendiendo en mis pasiones, que son la locución, el dibujo y la escritura. Acá también, pese a hacerlo solo, sé que necesito de otro para completar determinados pasos; y con mi pareja estamos haciendo algo similar y también somos un equipo.

 En mi carrera laboral he pasado por muchos rubros y he aprendido la importancia de trabajar codo a codo con mis compañeros, con humildad y sin pretender pasar por encima de ninguno de ellos.

 El trabajo dignifica y estimula positivamente a querer progresar. Si no sos feliz en el lugar que trabajás o en la actividad que realizás, entonces es momento de plantearte qué te gustaría hacer y tratar de enfocarte en tu objetivo. Al fin y al cabo, trabajar es más que hacer algo a cambio de dinero; trabajar es también disfrutar de la actividad y también del resultado; así, cuando percibas tu pago, será doblemente gratificante.

 Cada trabajo necesita como mínimo a dos personas: una que trabaja y una que paga, ese es el equipo mínimo e indispensable para llevar a cabo cualquier actividad. Cultivemos y profesemos la hermosa y valiosa cultura del trabajo.

25/04/2023

Camino a los 40


 Cuando cumplí 20 años, cosa que parece haber sido ayer, pensé que al llegar a los 40 estaría con una familia formada, con hijos, un auto y una casa propia. Casi idealicé una vida resuelta a esa edad… Pero esa edad se acercó tan rápidamente que no me di cuenta o, quizás, no sentí prisa y me relajé demasiado haciendo una vida distinta a la de mis congéneres. Hoy en día estoy a pocos meses de cumplir los 40 y, excepto la casa, carezco de lo demás: no tengo hijos, no tengo auto y no tengo una estabilidad económica; sí tengo la casa, porque salimos sorteados con mi vieja hace unos años en un plan de viviendas de la Provincia (si no, tampoco podría haberla comprado), y la familia está en proyecto. Esto último es estimulante, porque me ayuda a bajar a Tierra y tranquilizar un poco la cabeza, que piensa y piensa cómo hacer para generar más plata extra sin tener que vivir para trabajar, y me da ese abrazo emocional de saber que una de las expectativas que tenía hace 20 años atrás, está en vías de cumplirse. Además, eso quiere decir que las otras también van a venir tarde o temprano… Con toda franqueza y poniendo los pies sobre el suelo, soy yo el que tiene que materializar esas expectativas pendientes…

 Si bien trabajo desde los 16 años, nunca aprendí a cuidar correctamente el dinero. Sé que no soy el único, porque es mucha la gente que conozco y veo en el día a día que ha llegado o superado la barrera de los 40 sin lograr una estabilidad económica, por ende, sin lograr ordenar su economía y tener, al menos, un pequeño colchoncito que le sirva para bancar un gasto inesperado, una comida con los amigos, un regalo, un viajecito, un gustito… 

 Y, más allá que la economía del país es más inestable que la piedra movediza de Tandil (que, de hecho, se cayó el 29 de febrero de 1912), no vale echarle la culpa a eso, porque la plata del bolsillo depende de uno, de cómo la gana y cómo (y en qué) la gasta. Aunque, haciendo justicia a la objetividad, nuestro país es una máquina exprimidora de bolsillos; desde los trabajadores más precarios hasta los empresarios más potentados, en Argentina los impuestos son elevados y están en todos lados, además que los precios suben constantemente y esa inflación, literalmente, se come el dinero de cada uno de nosotros.

 Entonces, cuando uno no sabe organizarse con su propio dinero y se le agrega la inestabilidad permanente, pareciera que el pozo se hace cada vez más hondo y uno ve cómo los pequeños bordes de los que se sostiene, van desmoronándose, amenazando con tragarnos y llevarnos a las profundidades de la quiebra económica.

 Obviamente que este texto no es una crítica a la economía del país ni a un gobierno en particular, porque, desde los tiempos de la colonia, quienes estuvieron en el poder han exprimido y explotado los recursos naturales y humanos, y la economía siempre ha estado floja de papeles. Así que no es un flagelo que se pueda atribuir a un color político, sino a una identidad que es la nuestra: los argentinos tenemos ese estigma en nuestro ADN.

 La cosa es que estoy vislumbrando el horizonte y pareciera que el sol del amanecer trajera un 40 enorme que me dice:

  • ¿Y, maestro, qué estás haciendo para llegar hasta acá como querés?

 Y me pregunto, si ese sol con el 40 gigante, me estará boludeando o si me estará tratando de incentivar a que me mueva, a que, si no llego a los 40 con los bolsillos llenos, por lo menos, me ponga a hacer las cosas como debo para empezar a llenarlos.

 Como soy un positivista (ya explicaré, en otro texto, a qué apunto con ser positivista), me quedo con la segunda opción: me tengo que poner en marcha para generar ese dinero extra y así empezar a materializar los sueños y expectativas que tengo desde los 20 años.

 ¿Pero, qué puedo hacer para tener más plata? Tiene que ser algo rentable, que me guste hacer, que sea útil, que requiera poca (o nula) inversión y, muy importante, que sea legal… Bueno, sé que la forma más rápida de conseguir plata es por izquierda, pero soy tan honesto (por no decir boludo), que no puedo hacer algo si sé que estoy cagando a alguien. Así que me emprendo en un proyecto muy ambicioso y difícil: organizar todos esos ítems que mencioné recién y comenzar uno nuevo.

 En eso estoy desde hace un montón, vengo puliendo ideas viejas, anotando ideas nuevas, descartando unas, reciclando otras y volviendo a desechar algunas… Sí, vos, que estás leyendo esto, dirás “¡pero, este tipo es medio pelotudo!”  Y, lo decís vos, no yo… Pero no me tengo tan mal ponderado, aunque sí soy autoexigente y vueltero, como una calesita.

 Y vos dirás, “bueno, se entiende que estás entrando a los 40 y sientas la presión del tiempo por progresar y salir adelante…” Pero no, siempre fui vueltero, enfermizamente evaluativo de cada paso a dar, de contemplar los “pro” y los “contra”, de ver la posibilidad de demanda que vaya a tener por parte de la gente, etcétera. Pero el mayor enemigo de mis proyectos, siempre he sido yo. Y vos dirás, “¡¿Por qué, Jorge?!” Porque, al final, siempre termino autoboicoteando la idea.

 Por una cuestión de necesidad emocional, voy a hacer una especie de inventario de lo que considero que son mis aptitudes:

  • Sé dibujar bastante bien

  • Soy perfeccionista

  • Me sigo formando en locución, que es una actividad que amo

  • Me gusta generar contenidos en Youtube

  • Tengo buenas ideas

  • Soy creativo y tengo una gran imaginación

  • Canto muy bien (mentira). Tengo sentido del humor

  • Soy positivo

  • Intento ser resolutivo (buscar soluciones a los problemas, y no al revés)

  • Escribo bastante bien (siempre trato de aprender algo nuevo)

  • Soy sociable


 Ahora voy a enumerar lo que considero que son mis flaquezas:

  • No sé vender publicidad

  • Me cuesta poner un proyecto en marcha sin pensar demasiado en las dificultades

  • Temo demasiado a no poder

  • Pienso más de lo que hago

  • La espera del momento justo es una piedra que siempre pongo delante de mí

  • Pienso: ¿cómo hago para vender “esto”? ¿A la gente le interesa lo que hago? ¿Quién se interesará en leer o escuchar cuentos, hoy en día? (estas preguntas pertenecen a la nefasta familia de las llamadas “autoboicoteantes”)

 Y no sé qué más, aunque sé que alguna flaqueza debe quedar en el tintero. Pero a diario intento ser más positivista que ayer, buscando aceptar que tengo esta edad, que mi situación económica actual variará (para bien o para mal) dependiendo de los movimientos que decida hacer. Lógicamente, es un partido de ajedrez conmigo mismo y, por lo tanto, es difícil inclinar la balanza hacia los pensamientos positivos y de progreso, porque es como plantearse: “mi pensamiento positivo juega con las blancas y el pensamiento negativo juega con las negras”, pero estoy jugando conmigo mismo y, por ende, no puedo engañarme a mí mismo, porque sé de antemano qué pieza va a mover “la otra parte”. Bueno, ya sé que es un quilombo de ideas y palabras, pero es así como soy…

 Estoy llegando a los 40 y es hora de hacer lo que tengo que hacer… Entonces, me digo a mí mismo: “Jorge, ponete las pilas”.


21/04/2023

Discusión reflexiva


 Aclaración: En esta historia, los nombres son cambiados por una cuestión de respeto a sus protagonistas.

 Las discusiones en la pareja son algo frecuente, pero no son algo a lo que uno se acostumbre, como sí puede hacerlo a dormir de costado o al ritual de las mañanas al levantarse. Siempre dejan huellas profundas que, como en un lodazal, se marcan con facilidad y tardan en borrarse. Y no es rencor lo que queda, sino dolor. A veces se puede disfrazar de enojo para aparentar entereza y seguridad, pero, en el fondo, duele mucho.

 Hace poco leí una parábola que explica que cuando las personas se enojan, gritan porque sus corazones se alejan. Y creo que ese debe ser el factor más doloroso, porque tenés a la persona a pocos centímetros de vos, pero emocionalmente están tan lejos que, pareciera, los gritos son la única vía de comunicación. Y si a los gritos se le suman insultos o agresiones, el filo de esas palabras y actos hieren más…

 Las palabras salen de esas bocas casi sin filtro, pronunciando los adjetivos que jamás saldrían si ambas personas estuvieran tranquilas. Esa falta de filtro, probablemente, permite que cada uno desahogue las molestias cotidianas: las propias y las que el otro le genera. Pero no es la mejor manera de resolver una diferencia entre dos almas que se aman.

 Creo que la evolución nos proveyó de voz y razonamiento para poder comunicarnos, y parte de esa comunicación es resolver las diferencias hablando. Pero aún somos una especie joven (hablando en términos evolutivos) y siguen vivos los vestigios más primitivos de nuestros antepasados. Pero no me voy a ir por las ramas (justamente, como nuestros antepasados).

 El tema es que, cuando discutimos acaloradamente con nuestra pareja porque hay diferencias grandes y difíciles de consensuar, terminamos heridos y cansados. He leído y escuchado que lo lindo de las peleas son las reconciliaciones, como si el premio a la tolerancia ante esa ola de violencia fuera unos minutos de sexo y placer. Eso no tiene gollete (como dice mi vieja, cuando algo no tiene sentido). Entre las historias, he rescatado una que conocí en primera persona, muy de cerca. Ellos son Carlos y Laura (por llamarlos de alguna manera), se encontraron de grandes, con una vida llena de experiencias amorosas frustradas, además de los golpes que la vida le haya asestado a cada uno a lo largo de los años. Ninguno tenía hijos, aunque sí había un deseo de concebir, aunque sea uno.

 Ambos tenían mucho que aprender y aprehender del otro, más allá de poseer un fuerte carácter a la hora de soltar los enojos. Entonces, eran una pareja de dos seres muy sensibles y proclives a los enojos, aunque eran mucho más proclives al sufrimiento que la frustración acarreaba en ellos cuando bajaba la intensidad del encontronazo.

 Ambos venían de un día cansador, el trabajo y la vida se habían puesto de acuerdo para joder a estos dos infelices que debían encontrarse a la noche, como todos los días. Resulta que Carlos es un despelote con los horarios, tiene casi 40 años y sigue llegando tarde a casi todos lados; suele decir que el día que se muera va a llegar tarde a su propio velatorio (y, quienes lo conocemos, sabemos que es muy posible que así sea). Laura, en cambio, es despelotada, pero también muy autoexigente: vive tensa, porque no llega a cumplir casi ninguna de las múltiples actividades que se propone en el día, además de los cursos en los que se inscribe y la enorme carga horaria que tiene en su trabajo. Con semejante panorama, ambos son una pila de nervios y cualquier dificultad puede llevarlos a una explosión más dañina que un cachorro en una fábrica de ropa.

 Esa noche, como casi todos los días, él llegó tarde. Ella estaba enojada porque no encontraba una campera que necesitaba, además que le hinchaba soberanamente las pelotas que él siempre se demore o provoque demoras (como aquella vez que se tenían que ir a ver el partido en la filial de Racing y cuando estaban por salir, a él se le antojó ir al baño). Carlos llegó, abrió la puerta y lanzó su habitual saludo:

-       ¡Holaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! -con un tono jocoso y juguetón.

 Pero la respuesta fue una gran cara que culo, tanto que Carlos no supo si el “hola” que ella le respondió, era su voz apagada o un pedo sordo. Ninguna de las dos cosas: ese “hola” casi imperceptible al oído humano, fue la advertencia de la tormenta, el relámpago que antecede al trueno.

-       ¿Qué te pasa? -el tono de Carlos había bajado y denostaba hastío.

 No tenía ganas de otra discusión, pero se la veía venir.

 Ella es muy irascible y él también, la única diferencia está en que Carlos no es tan impulsivo como Laura, que tiene la capacidad de reaccionar después que explota. Y así fue…

 A medida que la discusión avanzaba y recorría el departamento, también avanzaba la angustia y la frustración, que se camuflaba en el ímpetu que cada uno ponía a sus argumentos para ganarla. Finalmente, él se sentó en un taburete y se acodó en la barra que divide la cocina del comedor; ella se apoyó en la mesada de la cocina. Estaban separados por el calor de la discusión, pero también lo estaban físicamente por aquella barra que hacía las veces de muralla protectora, como si eso pudiera detener los proyectiles que salían de aquellas bocas enfurecidas.

 Para resumir la historia, ella le echó en cara todas las cosas que le molestaban de él, lógicamente, haciendo una liberadora catarsis que duró largos y agotadores minutos. Él no se quedó callado y también respondió, primero intentando frenarla con preguntas (incisivas) y luego con afirmaciones que, en lugar de detener la pelea, sólo la potenciaron. Algo así como cuando uno le avienta oxígeno al asado para que la llama se haga más fuerte; lo mismo, pero en vez de tratarse del cálido y dulce fuego del amor, se trataba del infernal fuego del desamor (porque, digan lo que digan, las peleas en la pareja son uno de los más grandes actos de desamor). Laura rodeó la barra y se posicionó frente a Carlos, y el tono de la discusión se elevó hasta el punto de ebullición. Pero, repentinamente, las voces se callaron y el silencio se adueñó de la escena; la bomba había explotado entre las manos de ambos y ahora sólo quedaba el sordo e incómodo silencio entre los escombros de sus almas desgarradas.

 Él se quedó sentado en el taburete, junto a la barra que no había podido protegerlo de las palabras de Laura; ella también estaba herida y se sentó en el otro taburete, quedando frente a él. Retomó la palabra, pero esta vez hablando de ella, del dolor que le causaba sentirse lejos de su familia y principales afectos; decía no entender por qué siempre la dejaron de lado, desde que era chica, y siempre hubo favoritismo hacia su hermano por parte de su madre, su padre y su abuela.

-       ¡Me quiero ir con mi abuelo! -dijo, y rompió en llanto.

 Un llanto demasiado potente como para que Carlos se mantuviera ajeno. Antes que él extendiera un músculo de su brazo derecho para abrazarla, ella se adelantó y lo hizo primero. Él, manteniendo el silencio, la replicó en el gesto y ahí se quedó. También necesitaba descansar en los brazos de Laura, pero se sentía tan dolido que apenas si podía respirar. Las palabras de ella, más allá del daño que le hicieron, lo habían hecho reflexionar profundamente; habían calado muy hondo en él y le habían develado una realidad que no estaba viendo: ella se había cansado de la monotonía de la relación. ¿Sería el final? ¿Acaso se terminaría aquella relación que él tanto había deseado, por culpa de sus estructuras y falta de atención hacia ella?

 “¡¿Cuándo vas a aprender, Carlos?!” Se decía a sí mismo, pensando. Ella, pasada la efusión del llanto y habiendo recuperado un poco el aliento, le preguntó:

-       ¿Qué pensás?

 Carlos se mantuvo en silencio unos minutos y luego respondió con un hilo de voz:

-       Nada… Me siento para el orto…

 Y ahí se quedó, no dijo más nada por un rato. Luego, aún abrazado a Laura, le respondió. Había necesitado más tiempo para elaborar la respuesta, para elegir las palabras y hablar desde la razón en lugar de hacerlo desde el dolor, porque sabía que una palabra mal dicha o un tono equivocado, podía encender otra vez aquella disputa.

-       Yo me comprometo a cambiar mis estructuras y tratar de llegar a tiempo; es algo muy difícil, lo que me estás pidiendo… -dijo Carlos, con el mismo tono de voz- Pero a cambio te pido que no vuelvas a maltratarme, que pienses un poco lo que me vas a decir, antes de largarme lo primero que se te viene a la boca…

 Laura volvió a abrazarlo y así se quedó un largo rato, en silencio, apenas sollozando. La calma retornaba al departamento, mientras ambos se contenían en un abrazo que intentaba reparar las roturas internas de cada uno.

 Eran casi las 23.00 y el hambre los obligó a plantearse que, ahora que la furia había calmado, debían preparar algo para comer. Cocinar juntos siempre ayuda en la unión y el acercamiento, ellos suelen hacerlo por el gusto compartido del arte culinario y ese fue el manto de piedad que ambos necesitaban. En realidad, no se jugaron mucho para cocinar: simplemente recalentaron una sopa que había sobrado del día anterior y le agregaron unos fideos mostacholes “de colores”, pusieron la novela que están viendo por YouTube (una que pasaron cuando ambos eran muy chicos y que, por nostalgia o por buscar un entretenimiento, decidieron comenzar a ver cada noche: Más Allá del Horizonte), y una vez que todo estaba listo se sentaron a cenar.

 Cuando terminaron de lavar los platos y ver dos capítulos seguidos, el sueño comenzó a ganar terreno. Apagaron la computadora, juntaron lo que quedaba en la mesa, Laura fue a cepillarse los dientes y luego la siguió Carlos; finalmente, y un poco empujados por el frío, ambos se metieron en la cama. Se abrazaron y besaron, volviendo a encontrarse, pero no hubo la reconciliación que profesan los amantes del melodrama del amor. El sexo quedó postergado para otro día, porque estaban cansados y debían madrugar (y el reloj seguía avanzando hacia el amanecer), así que se durmieron abrazados y tranquilos, brindándose mutuamente su calor, además del calor proporcionado por una estufita extra: la gata se echó a dormir sobre ellos.

 Aquella batalla no había dejado vencedores ni vencidos, nadie pudo adjudicarse laureles; sólo quedaron dos almas exhaustas por el fragor de una pelea que comenzó por un evento repetido que desgastó silenciosamente la paciencia de Laura. Habían podido conciliar las diferencias con palabras, pero las heridas aún seguían abiertas y la sensibilidad estaba a flor de piel. Carlos había decidido quedarse a dormir con ella por dos motivos: primero, porque estaba cansado y con mucho sueño, y no le parecía prudente conducir en ese estado; y segundo, porque necesitaba abrazar a Laura y ser abrazado por ella. Sus ojos se cerraron, las respiraciones se hicieron cada vez más sutiles, y el “arrorró” final fue el ronroneo de la gata.

 La luz de la mañana llegó con su frío resplandor e inundó lentamente la habitación, atravesando tímidamente las cortinas oscuras de la ventana. Kicky, la gatita, aún seguía durmiendo entre ellos; Carlos, apenas sonó la alarma de su despertador, la dejó sonar unos minutos para despabilarse, mientras Laura remoloneaba en su lado de la cama. Una cosa que les resulta curiosa es que siempre se duermen abrazados y se despiertan alejados. “¿Significará algo?”, se preguntó Laura en varias ocasiones. Carlos cree que es solamente porque están acostumbrados a dormir solos, pero ninguna de las posturas tiene demasiado sentido.

 El desayuno fue casi sin palabras, aunque él se permitió hacer algún chiste sutil buscando provocar la risa de su novia, pero sin demasiado éxito. A ella no le gustaba reírse cuando se levantaba. Aquella mañana, Laura se fue a trabajar y Carlos se quedó en el departamento para acomodar la mesa y lavar las tazas usadas en el desayuno, luego se fue.

 Como todos los días, apenas llegó al portón de entrada de su casa, saludó a los perros de la calle que siempre vienen a recibirlo y a buscar mimos y comida, una vez que ingresó a su propiedad saludó a sus perros y a su gato, que también se acercaron a recibirlo, entre ladridos y maullidos. Giró la llave y siguió pensando en las palabras de su novia, esas que lo habían hecho reflexionar y encontrarse con la dura verdad que no estaba queriendo ver. Dejó la mochila en una silla y puso a calentar el agua en la pava eléctrica; mientras seguía pensando, preparó el mate.

 La radio, siempre sintonizada en la misma AM, lo había recibido con la voz de Miguel Clariá que estaba hablando con un entrevistado. Carlos permaneció en silencio, escuchando a sus pensamientos más que a la radio, como cuando un equipo de rescate hace el relevamiento de los daños después de un huracán.

 Se sentó frente a la computadora y cebó el primer mate. Mientras observaba el vaporcito de agua saliendo por entre la yerba seca, la encendió; se quedó unos segundos mirando la pantalla, intentando ordenar sus ideas.

 Después de tomarse otro mate, colocó sus dedos sobre el teclado y comenzó a escribir…

17/04/2023

Me tengo que ir a mi casa


ACLARACIÓN
: En esta historia, los nombres son cambiados por una cuestión de respeto a sus protagonistas.

 

 El Alzheimer es una enfermedad muy jodida, como todos sabemos. Pero les aseguro que una cosa es saber algo por leer un artículo o ver un video en YouTube, y otra muy distinta es convivir con ella.

 En lo personal, puedo decir que he estado en la frontera de esa enfermedad: o sea, he leído, pero también he estado junto a un paciente y su familia en una parte crucial del Alzheimer. Esta historia (en realidad, mi encuentro cara a cara con la enfermedad), comenzó en el año 2014. Ironías de la historia, empecé a trabajar con un paciente con Alzheimer, un 24 de marzo, Día Nacional de la Memoria…

 Pero más allá de este hecho anecdótico, esta experiencia me marcó tanto que hoy, a 9 años de aquel día, aún sigo evocando lo aprendido y aprehendido con él, además que sigo emocionándome cuando lo nombro y cuento mi tiempo a su lado. ¡Y no es para menos, porque fue mi primer maestro! El que me enseñó, involuntariamente, sobre su enfermedad, sobre mi trabajo y sobre mí mismo. Gracias a él aprendí a “dialogar”, por decirlo así, con una persona con demencia, a higienizarlo, a bañarlo, y también aprendí la importancia de cuidar la piel de un paciente en reposo. Él me enseñó tanto, que hasta me hizo ver la importancia de cuidar la salud mental de quienes conviven y cuidan a un paciente en esas condiciones.

 Pero esto ya es hablar de mí, y quiero hablar de él y de su enfermedad, que afecta aproximadamente a cincuenta y cinco millones a de personas en todo el mundo. Y, aunque cada caso es único e irrepetible, todos tendrán algo en común, más allá que ninguno tendrá la misma historia.

 Dentro de esta enfermedad, así como en otras demencias y enfermedades neurológicas e incapacitantes, hay historias felices e historias muy tristes. En el caso de Donato, la historia es triste por la enfermedad en sí, pero para él la vida era un permanente cambio, yo era alguien nuevo a cada rato y todos los días debía hacer una rutina repetitiva de acciones para seguirle el tren en las alucinaciones propias de la enfermedad que cambiaban su realidad permanentemente. En los dos años y pico que trabajé junto a él, también me enseñó a ser un buen improvisador y a encontrar la luz del humor entre la penumbra de la tristeza.

 La historia de Donato comienza el 21 de noviembre de 1930, y la conocí gracias a los relatos de su esposa, Ema, que me la contaba cuando yo llegaba a la noche a cuidar de él. Pero no será el tema de esta narración. Lo que me trae a escribir y evocarlo es una anécdota que grafica los aires por los que puede volar la imaginación cuando no hay conocimientos sobre lo que se tiene en frente. O sea, cuando uno ignora algo (sea poco o mucho), imagina y crea hipótesis respecto a eso, aunque no siempre sean correctas.

 La fecha es incierta, pero para contextualizar, podemos situarnos en alguna madrugada de mayo o junio de 2014… Hacía muy poco tiempo que cuidaba a Donato y, como era habitual, él se levantaba a la madrugada y deambulaba por la casa con un único objetivo: irse a su casa. Como cada noche que esto pasaba, yo trataba de inventar argumentos para situarlo en contexto y que se diera cuenta que se encontraba en su casa. A veces funcionaba, pero otras no.

 Ahí aparece la primera ignorancia de mi parte, porque desconocía tanto la enfermedad que no me daba cuenta que iba a ser imposible que entrara en razones, a menos que su cerebro hiciera conexión con mis palabras y cayera en mi realidad. Digo “mi realidad”, porque la suya era completamente distinta y aleatoria: si ahora decía que en la foto estaba su hijo, a los 2 minutos veía a su padre o a sí mismo. Entonces, mi primer error aparecía al querer hacerlo comprender algo que para él ya estaba claro: se tenía que ir a su casa, porque esa (en la que estábamos) no lo era. O sí, pero no la casa a la que él se refería.

 Aquella noche se había dormido temprano, así que dejé la puerta del dormitorio abierta (para escucharlo), me preparé el mate y me quedé leyendo apuntes en el comedor. En un momento, como a la una de la madrugada, sentí el típico quejido de una persona que se despierta, las cobijas que se arrastraban lentamente de su cuerpo, destapándolo, y un sonido característico que me anunciaba que Donato se estaba levantando: el roce de las pantuflas contra el piso de parqué mientras se las estaba calzando. “Fffttt… Fffttt…” y los pasos se escuchaban, lentos, cruzando la puerta del dormitorio.

 Dejé los apuntes, el mate, y salí a su encuentro:

-¡Hola, Donato! ¿Cómo está? -Era una de las frases que usaba con él, cada vez que se despertaba.

-Hola, che… Bien, bien... Estoy buscando la puerta, porque me tengo que ir a mi casa…

 Su dicción era disminuida y arrastraba las palabras, aunque se le entendía bastante bien (especialmente cuando puteaba). Como otras tantas noches, estaba buscando la puerta para irse a su casa, entonces ya tenía la primera treta preparada…

-¿Tomamos unos mates, Donato? Mientras, esperamos a que venga Guillermo, que me tiene que venir a buscar…

 Guillermo es su hijo, con quien Donato tenía un vínculo muy fuerte y, por esta enfermedad, se había convertido en uno de sus principales lazarillos.

 Esa artimaña, la de invocar a su hijo, funcionaba en la mayoría de los casos… Por menos de 5 minutos y luego debía volver a usarla o inventar una nueva. Pero aquella noche funcionó y aceptó los mates.

 Observé, como otras noches, que pasaba la mano suavemente por la superficie de la mesa mientras tomaba el mate; al hacerlo, parecía un profesor de carpintería dando una clase magistral: la delicadeza con que acariciaba la madera, era hipnótica.

 Durante varios años había trabajado en una carpintería puliendo muebles, y su esposa me contaba que, con sólo pasar el dorso de la mano por la superficie, ya sabía si estaba terminada o en qué lugares aún quedaban pequeñas asperezas. Con ese gesto, Donato estaba volviendo a aquellos años…

 Pero, repentinamente, “cambió de canal” y reapareció el tema con que había empezado su charla: “Me tengo que ir, che”. Y se levantó, enfilando para la puerta de calle. Aunque el portallaves estaba colgado a un lado de la puerta, a la llave de la casa la guardábamos en el modular, para evitar que saliera y se pudiera caer o golpear.

 Abrió el ventiluz y miró hacia afuera (como, en apariencia, siempre había sido su costumbre) y tanteó el picaporte. “¡Clack” ¡Clack!”, la puerta se mantenía inmutable. Nuevamente, “¡Clack” ¡Clack!”, tirón hacia adentro; “¡Clack” ¡Clack!”, y otro tirón (esta vez más fuerte). ¡Y la puerta no se abría!

-¡Pero, che! ¡¿Por qué no se abre?!

-Es que está cerrado con llave, Donato… -le decía con un tono calmo, aunque inquieto. La verdad es que temía que rompiera la puerta o se cayera.

-¡¿Por qué está cerrado con llave?! ¡¿Dónde está la llave?!

 Ahí volví a la carga con mi artimaña:

-¡Discúlpeme, Donato! Me olvidé de decirle que Guillermo se llevó la llave para hacerse una copia. Ya debe estar por venir.

 Con eso se tranquilizaba, pero enseguida volvía con ese imperativo: “Tengo que ir a mi casa”. El tema es que cada vez que se repetía, se ponía más nervioso. Y, pensándolo bien, tenía razón: él necesitaba irse y yo le ponía siempre un freno. Más allá que no lo recordaba, estimo que algo le quedaba, así fuera la sensación de molestia al no poder hacer lo que estaba pendiente.

 La cosa es que esa noche sucedió algo que me hizo pensar por mucho tiempo, y me atrevo a decir que sigo reflexionando sobre ese evento hasta hoy, 9 años después. Resulta que, en un momento determinado, ante su insistencia de “tener que irse a su casa”, volví a usar el planteo que él estaba en su casa, que esos eran sus muebles, que las personas de las fotos eran él, su esposa, sus hijos, sus nietos…

 Pero Donato me dijo algo que me dejó helado:

-¡¡Ya sé que esta es mi casa, pero yo necesito irme a mi otra casa, con mi familia!!

 En ese momento me quedé helado. Un frío me recorrió la espalda, porque pensé que este hombre había tenido una segunda familia y que, por tratarse de una enfermedad que lo dejaba “sin filtro”, ahora se iba a deschavar y se vendría flor de quilombo. Pero enseguida me volvió el alma al cuerpo y sentí que me sacaban de encima tres toneladas de peso…

-¡Tengo que ir a mi otra casa, con mi madre y mis hermanas!

 Después de ese evento me propuse que, en adelante, debía estudiar más y mejor la patología que afecte a la persona que tenga a mi cuidado, y también su historia. Hay veces que nos topamos con algo que desconocemos y creemos que es algo fácil de resolver, pero ignoramos el tema en su mayor porcentaje; cuando hablamos de enfermedades, especialmente de las neurodegenerativas (como el Alzheimer), también debemos tener en cuenta la historia y el contexto histórico en que esa persona ha desarrollado su vida. Quizás, así, podamos entender, aprender y aprehender más sobre el ser humano que tenemos en frente. Y estudiando esos importantes detalles, también nos instruyamos sobre nosotros mismos. Cada persona es una biblioteca de historias y conocimientos que, si la conocemos, va a ayudarnos a entender mejor su presente (sea que esté enferma o no) y evitar la creación de prejuicios y falsas conclusiones.

 Siempre digo que Donato fue mi primer maestro, y esta anécdota es una pequeña e importante lección que muestra que realmente fue así.

Se estuvo tan cerca...

   Se terminó otra ilusión; otra Copa Libertadores que se niega a dar una vuelta olímpica en el Cilindro de Avellaneda. En el pueblo racingu...