En este blog comparto textos que escribí hace mucho y que escribo actualmente; verás cuentos, investigación histórica y artículos de opinión. Espero tus comentarios y te agradezco la visita. ¡Que disfrutes la lectura!
20/08/2025
Mi Cobito
19/08/2025
Coby
Nació un 2 de octubre de 2019 junto a otros cinco hermanitos y la dueña de su mamá los daba en adopción, por no tener recursos para mantenerlos. Por esas cosas de la vida, mi ex pareja se contactó con ella y fui a buscarlo; era un pomponcito marrón con una rayita de pelo negro cruzando su lomo hasta la cola. Había mucho espacio en aquel patio que lo vio nacer y donde vivió sus primeros dos meses de vida; lo vi y me enamoré. Lo alcé, lo acaricié y nos fuimos; así fue nuestro primer encuentro. Pero antes de ese momento, Coby ya se llamaba Coby; fue por una marca de micrófonos; sin embargo, tiempo después la gente confundía su nombre con Covid (y en algo se parecían: Covid y Coby hicieron desastres).Durante los primeros días de adopción vivió conmigo, recién a la semana fue a la casa en la que viviría el siguiente año. Aquellos primeros días, creo, fueron los que marcaron nuestro vínculo. Luego, en la otra casa, jugábamos y salíamos a pasear a la plaza Sarmiento, que quedaba cerca.
Con el correr de los meses, se fue haciendo grande y dañino, jugaba con lo que se le pusiera en frente y mordía todo aquello que cupiera en su boca: una zapatilla, una media, un almohadón, una botella plástica, un calzoncillo y un amplio etcétera. Todo rompía, hasta que le compré una pelota de goma bien dura y pesada; al principio no la podía sostener, pero se las ingeniaba para jugar. Igual, cuando le caía algo para morder (y romper) lo aprovechaba.
Hay muchas anécdotas en esa primera etapa de vida, pero me quedo con la que, a mi criterio, es la mejor: cuando fue un poco más grande, rondando los seis meses de vida, lo dejábamos salir a pasear, pero era cómico el "regalo" que traía: palomas muertas. Siempre nos dejaba en la puerta un regalito de esos, mientras esperaba a que le abriéramos para entrar a comer.
Tiempo después, vino la separación y con ella la situación que plantea la canción de Jesse & Joy: ¿Con quién se queda el perro? Luego de debatir sobre los pro y los contras, decidimos que lo mejor para Coby sería que viviera conmigo, porque en casa tendría patio y otros dos perros para jugar, Pompín y Cora, además de un gato, Ástor. Así fue que Coby se volvió a subir al auto, esta vez de mi viejo, y se mudó a su casa definitiva.
El tiempo fue pasando, Pompín y Cora fallecieron, y sólo quedaron Coby y Ástor. Lo llamativo es que, pese a ser perro y gato, se llevan muy bien. El tema es que Coby necesitaba otros perros, así que lo fui dejando que de a poco se hiciera amigo de la barra de los perros de la cuadra (pese a tener casa, andan siempre en la calle). El problema comenzó cuando Coby redescubrió el gustito de la libertad que da la calle, entonces empezó a pasar algunos días afuera, callejeando y jugando con los otros perros. Pero, si hubiera sido sólo eso, no existiría problema alguno... El tema es que comía cualquier cosa, y eso comenzó a deteriorar su salud.
Poco a poco comenzó a perder peso hasta que, en el mes de marzo o abril de este año, lo llevé al veterinario. El diagnóstico no era bueno: problemas hepáticos y pancreáticos a causa de una bacteria que, además, le provocó anemia. Con medicación y cuidados (básicamente, que no salga a la calle) fue recuperando energía y vitalidad. Pero la tranquilidad duró poco... Desde hace unas semanas comenzó a escaparse nuevamente: cada vez que abría el portón de casa para entrar o salir, el tipo trataba de salirse. La mayoría de las veces podía retenerlo o impedirle el paso, pero esas pocas veces que agarró la calle, fueron decisivas para que su salud se complique nuevamente. Comenzó por perder peso paulatinamente y, en consecuencia, energía.
Coby siempre fue un perro hiperactivo, pero últimamente estaba más tranquilo, incluso, ya no corría al gato para jugar como lo hizo hasta hace dos semanas. Entonces, decidí llevarlo al veterinario, que lo medicó para la anemia y volvimos a casa; la indicación fue que le diera algo de pollo hervido o carne, pero nada más y que volviéramos mañana (o sea, hoy). Sin embargo, no comió. Hoy lo llevé al veterinario y se quedó internado, para que le pase suero y evaluar su recuperación.
Sinceramente, es una situación que me angustia mucho. Escribí esta entrada solamente para desahogarme y recordar un poco de su carácter inquieto, que es lo que más me gusta de él. Ya quisiera que se reponga y me traiga su pelota (que no es la pesada, es otra que ya está pinchada de tantos mordiscos) y salga corriendo con la misma torpeza de un cachorro, cosa que sigue manteniendo hasta el día de hoy.
Te espero para que volvamos a jugar y para cuidarte mejor, mi hermoso Cobito.
27/05/2025
Todo es Narrable
3 de
diciembre de 2011
A
las 20.30 en punto atravesé la puerta principal de
Me
acerqué a una mesa colmada de libros y compré un ejemplar. En ese momento, el
autor pasó frente a mí con una bolsa llena de regalos, me saludó atentamente y
le devolví el gesto de la misma manera. Con cierta timidez, me acerqué a él y
le entregué el presente: dos libros que contenían dos de mis cuentos.
Conversamos un poco sobre el mercado literario, de las dificultades que afronta
un autor y de la buena calidad de esos libros; aprendí que las publicaciones
para antologías por concurso no suelen tener mucho cuidado en los detalles de
presentación. Siempre algo se aprende. Me despedí y lo dejé seguir hablando con
la gente, ya que un hombre muy mayor, que había conocido a su padre, se acercó
a saludarlo.
Esperé unos minutos, mientras hablaba con otro
conocido, con quien intentamos dilucidar de dónde nos conocíamos, ya que su
rostro y su nombre los recordaba, pero no el contexto de dónde lo conocía. Luego,
él se retiró y yo volví al autor a pedirle que me firmara el ejemplar que había
adquirido. Ante Reynaldo, había una cola similar a la que forma la gente cuando
va a pagar sus cuentas, pero mucho más entusiasta. Entre tantas voces, oí una
que me resultó familiar: me di vuelta para ver quién era y, ante mí, estaba mi
profesor de portugués. Nos saludamos y, en un breve cruce de palabras, me
comentó que también está su hija menor, María. Finalmente llegó mi turno.
Sietecase volvió a preguntar mi nombre, ya que mi apellido lo recordaba de la
charla que habíamos tenidos minutos antes; posó su mano sujetando el libro y
dejó fluir la tinta sobre la primera página. Una vez cumplido mi objetivo, fui
a saludar a María; intercambiamos un par de palabras hasta que nos invitaron a
tomar asiento para escuchar al autor.
Igual que un curso en primer día de escuela,
nos fuimos acomodando, buscando el mejor lugar para ver y escuchar. Primero me
senté atrás, pero luego, vi un asiento libre en la tercera fila y lo ocupé. El
primero en hablar fue Abel Pistrito, periodista local, refiriéndose al trabajo
expuesto en las páginas del libro, el viaje a Sicilia y al pasado, más los textos de su historia como
periodista. Luego, llegó el turno de Reynaldo, de contarnos su historia, su
trabajo.
Con respetuoso silencio, escuchamos al periodista que diariamente nos acompañaba con su voz a través de la radio en su programa “Mañana es Tarde”, por Radio Del Plata. Disfrutamos de su recorrido, de su oratoria y del orgullo de compartir ese breve instante de vida con él en nuestra ciudad.
Veinte horas
15 de
diciembre de 2011
Cuando vi llegar a mi compañera, me encontraba
en el banco del patio de mi trabajo leyendo el libro No hay Tiempo que Perder, de Reynaldo Sietecase. Eran casi las
cuatro de la tarde. Mi jornada se había excedido prolongadamente, ya que mi
horario de salida era a las ocho de la mañana. Fue un día largo, aunque la
guardia fue calma: pude leer, hacer crucigramas y mirar un poco de televisión,
mientras esperaba a que los socios del servicio privado de emergencias médicas
llamaran solicitando una visita o, en el peor de los casos, por una emergencia.
Durante la noche, fueron unas pocas salidas de la ambulancia, consultas por fiebre,
mareos, náuseas, pero ninguna emergencia, hasta que sucedió: las 03.50 de la
madrugada, llamaron para ver a un paciente que no respondía a estímulos, y
parecía no estar respirando. “…me parece
que no respira… José, José (mi interlocutor intentaba despertar al
paciente, cuyo parentesco desconozco, mientras hablaba conmigo) Vengan rápido… José, José… No respira…”.
Finalmente, el anciano había muerto. El resto de la jornada fue igual de
tranquila que la noche, como si los pacientes supiesen del cansancio de mis
compañeros y mío, y hubiesen hecho el esfuerzo de soportar sus malestares en
silencio para hacernos más liviana la guardia.
Saludé a Noelia, que llegaba a relevarme, la
puse al corriente de lo ocurrido en el día y le pasé los servicios pendientes;
tomé mi mochila, mi moto, y partí. El sol de la tarde era cálido. Una leve
brisa traía consigo el aire caliente de diciembre; Venado Tuerto es calurosa
cuando quiere. Camino a mi casa, iba pensando en llegar, sólo quería dormir,
aunque también pensaba en escribir lo ocurrido. No tenía idea qué hacer
primero, aunque sabía que debía seguir ese orden: llegar, acostarme un rato y
luego escribir. Antes de arribar a mi refugio, pasé por un telecentro a comprar
una tarjeta prepaga para mi teléfono; el problema de quienes nos quedamos sin
crédito es destinar dinero (fuera de presupuesto) para una tarjeta. Por fin,
con la compra realizada, emprendí el recorrido por las últimas calles hasta mi
casa. Ya no sentía la brisa, no le prestaba atención; sólo pensaba en llegar.
Abrí el portón que da a la calle, entré la
moto y lo cerré; la estacioné en el patio, atravesé la puerta de casa y, una
vez adentro, el primer paso de mi plan estaba dado. Sin embargo, antes de
dormir, cargué el crédito en el celular (por las dudas). “Su
saldo es de veinte pesos…” me decía la computadora de la compañía
telefónica con parca voz de mujer, como una novia enojada que te habla con
desdén. Finalmente, llegué al dormitorio, me desligué de toda vestimenta y me
metí a la cama. Mi cuerpo necesitaba renovar la energía que había consumido,
por el simple hecho de haber permanecido alerta tanto tiempo; veinte horas de guardia,
más las que había transitado el día anterior, con apenas tres de descanso.
Cerré mis ojos y ya no existía nada más, sólo el placer de sentir cómo iba
relajándome poco a poco en ese abrazo que la almohada y el colchón me daban.
Desperté a las siete de la tarde, hora que
había programado en la alarma del teléfono; no había sido muy largo el
descanso, pero con eso tiraba hasta que volviera a acostarme. Encendí la radio
y la inconfundible voz de Sebastián Vignolo parecía darme la bienvenida a la
tarde noche. El aire de mi casa estaba viciado por haber permanecido tanto
tiempo cerrada y los ambientes me pedían a gritos que abriera las puertas de
par en par: “¡Ventilá un poco!”. Pero hice caso omiso, porque estaba en
calzoncillos, deambulando por la intimidad de mi hogar, y no quería vestirme. Puse
el agua a calentar y preparé el mate; recién ahí, cuando terminé con eso, decidí
a dar el último paso de mi plan y encendí la computadora. Ahora sí, estaba
listo para escribir y contar esta historia que, como cualquier hecho, puede ser
narrada. Eso lo aprendí también de Sietecase. “Todo es narrable”, dijo en la charla que dio en
Cebé el primer mate, le di un sorbo y posé mis dedos sobre el teclado…
29/04/2025
La vida sigue
Hace mucho que no escribo, pero ayer me anoticié de un hecho muy triste que fue la gota que llenó el vaso y me motivó a escribir algo que venía craneando desde hace bastante.
Todos sabemos que, de un momento a otro, podemos dejar este plano; no importa cómo ni en qué circunstancias, pero somos conscientes de eso. Sin embargo, no estamos pensando en que nos vamos a morir; sin embargo, lo que sí está bueno es plantearse individualmente: ¿Qué hago con mi existencia? ¿Dialogo? ¿Reflexiono? ¿Digo "te amo" o "te quiero" a mis seres queridos? ¿Disfruto de las pequeñas cosas de la vida? ¿Cuánto tiempo malgasto sintiéndome mal y preocupándome? ¿Me gusta mi trabajo? ¿Miento, o hablo con sinceridad? ¿Me cuido y cuido a los demás? ¿Cuánto tiempo hace que no veo a tal persona? ¿Me ocupo de contactarla? Y esa lista de preguntas se puede extender hasta el infinito. La cuestión es preguntarse sobre la propia vida, sobre los propios afectos y, con la más cruda sinceridad, reconocerse qué se está dejando de hacer o, como me gusta decir, qué se está procrastinando. ¿Por qué y para qué dejamos para después? Después llamo, después voy, después hago... Después puede ser muy tarde. Especialmente si se trata de personas, y es acá a donde apunto con este texto.
Como decía al principio, todos sabemos que nos podemos morir de un momento a otro, pero no vivimos pensando en eso y está bien, porque la muerte es lo único asegurado que tenemos en la vida y pensar tanto en ella sería una pérdida de tiempo. El tema es que, mientras respiramos, tenemos la obligación (me atrevo a decirlo así) de VIVIR: abrazar más, estudiar, aprender algo nuevo, tomar unos mates con los amigos un día cualquiera. disfrutar de jugar como niños, etcétetetetetetetetetetetetetetetetetera (un amplio etcétera). ¿Y por qué? Porque, cuando alguien se va repentinamente, recordamos las veces que dijimos que "después llamo" o "después voy"; porque ese tiempo que se va no vuelve; porque, una vez que alguien se va, es para siempre y nunca más habrá un nuevo encuentro; porque cuando la salud flaquea nos acordamos de todo lo que no hicimos por vergüenza, por lo que va a pensar el resto, porque "ya estoy grande para eso"; porque estamos vivos ahora y la obligación de vivir es ahora. ¿Y para qué? El "para qué" es más duro, pero más corto: Simplemente, para no vivir con la angustia del "mirá si hubiera ido antes" o "mirá si lo hubiera hecho antes". Esa angustia enferma más que cualquier virus, porque se alía con la culpa y juntas se comen a una persona desde adentro.
Entonces, para ir cerrando este pensamiento, la vida se vive y se llena todos los días. No hace falta llamar ni visitar a todos tus seres queridos, pero sí un mensajito, una llamada o una visita de vez en cuando. Básicamente, para sentir más tranquilidad en tu alma cuando alguien se vaya para siempre, porque después vendrán a decirte que "la vida sigue", y sí, es así; pero no es lo mismo que la vida siga con una eterna culpa, que con el sentimiento de haber vivido cada momento.01/10/2024
"Trébol de 4 hojas"
Llegar a determinada edad y no tener una familia constituida (esposa e hijo, por ejemplo), además de tener una situación económica inestable (o, por decirlo de otra manera, de mierda), genera angustia y una cantidad importante de cuestionamientos hacia la propia existencia: ¿Qué decisiones tomé a lo largo de mi vida para haber llegado hasta acá? ¿Qué decisiones tomo a diario? ¿Estas decisiones me ayudan a mejorar mi calidad de vida, la empeoran o la mantienen? Y así un montón de preguntas que me hago a diario porque tengo 41, porque llego a mitad de mes y empiezo a arañar la lata; o sea, no tengo plata y empiezo a sacar los últimos pesos que andan dando vueltas por la billetera o por algún bolsillo. Es penoso, es difícil de digerir y de aceptar, porque muchos ex compañeros de primaría, secundaria o de facultad, hoy ya tienen sus familias constituidas, una estabilidad económica que les permite, al menos, tener un auto o algo de plata hasta volver a cobrar el sueldo. Yo no. Apenas si puedo juntar unos mangos con los dos acompañamientos particulares que veo 2 veces por semana a cada uno. Con eso tiro, pero no alcanza.
Es difícil pensar con calma cuando la cabeza es un tumulto de ideas y cuestionamientos que no llevan a ninguna parte, excepto a profundizar la angustia. Cuando hay algo de plata, uno se siente más tranquilo y puede pensar cómo hacerla crecer, pero hay que tener cuidado con el autosabotaje de pensar en los pagos pendientes y que la poca plata que hay en este momento no alcanza.
Le debe pasar a más de una persona que lee este artículo, que cranea ideas para hacer crercer la economía doméstica. Uno se basa en lo que conoce, lo que le gusta o, simplemente, lo que pueda generar plata fácil y con poca o nula inversión. Quizás aparece una buena idea, pero también los cuestionamientos: ¿esto será rentable? ¿A quién le puedo vender esto? ¿Cuánto tiempo tardaré en generar un buen ingreso extra? ¿Y si invierto y no vendo? Y así un montón de preguntas más, que dan vueltas en la cabeza alrededor de la "grandiosa idea". Bueno, lo cierto es que hay que planificar y mantener la paciencia y la constancia para llevar adelante el proyecto. El principal obstáculo entre la idea y el resultado materializado es uno mismo; sí, uno mismo es quien se trunca los proyectos. No son las entidades financieras que otorgan créditos, ni el Estado, ni el vecino que tira mierda; es uno mismo, con esos cuestionamientos permanentes y negativos.
Decía que hay que macerar y mantener la paciencia y la constancia para llevar adelante un proyecto. En mi caso, por ejemplo, pienso mucho y muchas veces mis proyectos quedan en una hoja o archivados en alguna carpeta de mi computadora. Si los extendiera un poco más y los llevara a la práctica, seguramente funcionarían y terminaría por no tener tiempo de llevarlos a cabo a todos. Por eso, lo mejor es la organización y la dedicación de tiempo y energía a un solo proyecto a la vez.
Primero, evaluar entre todos los proyectos que andan dando vueltas y rescatar los más rentables, por decirlo así. Luego, examinar entre estos cuál es el que mejor se adapta a las condiciones actuales. Por último, tomar uno, el más especial, el que más nos convenza que ese es EL PROYECTO y comenzar a organizarlo, planificarlo y trabajarlo. Llevará mucho tiempo, pero al estar en marcha, el objetivo final ya estará mucho más cerca que antes.
Sí, leerlo así, en una publicación de un blog es fácil y queda lindo, pero para llevarlo a la práctica son necesarias cuatro etapas, pasos o, como dice el título, las cuatro hojas del trébol: decisión, voluntad, paciencia y constancia.
- Decisión de llevar a la práctica el proyecto
- Voluntad de comenzar
- Paciencia en el proceso
- Constancia para llevarlo a cabo hasta materializarlo
26/09/2024
La procrastinación individual de la manada.
Estas dos últimas semanas han sido para mí un resumen de esto que acabo de escribir, porque en estos días transcurridos desde el martes 17 hasta el martes 24 de septiembre, han sido golpes emocionalmente fuertes: la mamá de un amigo de la infancia, quien también era amiga de mi mamá; un ex compañero de la facultad, con quien mantuvimos una amistad durante varios años; un hombre mayor con quien debía comenzar un acompañamiento y apenas habíamos tenido tres entrevistas; y un hombre a quien acompañaba desde hacía más de 5 años; también, en estos días me enteré del fallecimiento de un hombre a quien había entrevistado una sola vez, que era el papá de una mujer que acompañé mucho tiempo. Desde 2020, cuando la pandemia nos azotaba con muertes todos los días (que, cada tanto, era alguien cercano), que no tenía esta sensación de pérdida.
¿Los seres humanos somos extraños o es parte de nuestra naturaleza, esto de sentir la muerte cuando sucede? ¿Somos conscientes de nuestro paso por la vida y de los vínculos, o nos damos cuenta cuando hay poco tiempo o, peor aún, cuando ya es tarde? Nos alejamos de los vínculos, nos ensordecemos y cegamos ante la rutina y dejamos de prestar atención a las personas que queremos, las mantenemos presentes en el recuerdo pero no hay llamados o mensajes; quizás, mantenemos un contacto periódico, pero no profundizamos en temas sensibles o de cercanía. ¿Será el comportamiento de la manada (*) el que nos condiciona, nos lleva a avanzar en el día a día; el que ocasionalmente nos permite retornar para ver cómo están los demás seres que conocemos y luego nos obliga a seguir adelante en nuestra vida? Porque, cuando uno de esos seres se va, se pierde o se muere, es cuando recordamos que es (o era) importante para nosotros. ¿Entonces, por qué o para qué dejamos pasar el tiempo? ¿Por qué o para qué dejamos para después una visita o un mensaje? Sí, la rutina de la manada nos obliga a seguir avanzando y no nos queda tiempo en el día para hacer las visitas pendientes; pero no es excusa para dejar atrás a personas significativas o para dedicar unos minutos más de la visita periódica y conversar un poco sobre la vida u otra cosa que nos permita reencontrarnos con la humanidad que nos caracteriza y dejar de ser, al menos por un momento, parte de esa manada que avanza sin detenerse.
Lamentablemente, fue necesario que murieran cinco personas cercanas o conocidas, para inspirarme esta reflexión. Lamentablemente, también, no es la primera vez que lo pienso. Lamentablemente, me dejo arrear por la manada, más allá que el dolor pasa con el tiempo, las energías y la pulsión de vida vuelven a su cauce cotidiano y me vuelvo a olvidar de lo importante, que es lo que mencionaba líneas arriba: si no podemos visitar personalmente, podemos tomarnos unos minutos para hacer una llamada o enviar un mensaje. La vida no debe ser únicamente transitar los días junto a la manada, sino que es también prestarnos atención individualmente, encontrarnos con nuestra humanidad más esencial y permitirnos estar cerca de quienes queremos. Porque, cuando se alejan de la manada, se pierden o se mueren, ya es tarde para todo y el dolor se hace mucho más grande y pesado.
Yo creo que todo termina cuando debe terminar y que nadie se muere en la víspera, o sea, nadie se muere antes de tiempo y dejando algo pendiente en su esencia (que no es lo mismo que en la vida en general). Pero si a eso le sumamos el encuentro cercano durante el tiempo de vida, mientras ambos respiramos, cuando llegue el momento de la despedida definitiva no quedarán asuntos pendientes que lamentar; sólo la pérdida física. Esto, aunque parezca uno de esos "consejos útiles para vivir mejor", puede ayudar a la elaboración del duelo y mitigar un poco el dolor. Porque ese dolor de la pérdida, cuando no hay un contacto y sólo se remite a los recuerdos, se acentúa con la culpa de no habernos hecho tiempo para compartir un mate, una charla o un simple saludo por mensaje; en definitiva, un mínimo contacto para hacerle saber al otro que estamos ahí, que esa persona aún sigue siendo importante y que le dedicamos una porción de nuestro tiempo, de nuestra vida.
Después nos vemos, después paso, después, después, después... Después, puede ser muy tarde.
(*) Este "comportamiento de manada" que menciono no tiene que ver con la definición psicológica, sino que es una metáfora para explicar una idea.
Se estuvo tan cerca...
Se terminó otra ilusión; otra Copa Libertadores que se niega a dar una vuelta olímpica en el Cilindro de Avellaneda. En el pueblo racingu...
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Se terminó otra ilusión; otra Copa Libertadores que se niega a dar una vuelta olímpica en el Cilindro de Avellaneda. En el pueblo racingu...
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Un día cualquiera te querés poner a escribir, así que prendés la compu, te preparás el mate (tomás el primero y cebás el segundo) y mient...

